Una pasión no correspondida

II

Con el avance de la tecnología y una mayor demanda, la edición del siglo XXI ha tenido que pasar por diversos retos para adaptarse a estos nuevos tiempos. En esta segunda parte, Ricardo Meinhold compara la labor del editor con la del director de cine para ilustrar cómo ha sido su evolución en un punto específico de la historia. Asimismo, nos advierte sobre lo que sucedería con la comunidad lectora si únicamente las editoriales se enfocan en un catálogo que responda a los gustos de las personas, en lugar de la calidad y la innovación de los contenidos.  

Escribe: Ricardo Meinhold

En estos últimos años, encuentro cada vez más artículos relacionados a los retos de la edición en el siglo XXI. Todos, de alguna forma, concluyen que los cambios tecnológicos —principalmente aquellos que son producto de la posmodernidad— retan al «nuevo» editor a romper los anacrónicos paradigmas y a abandonar aquel viejo romanticismo que le atribuye el monopolio del buen gusto literario (y también de los prejuicios). Su nuevo papel ahora está más cerca al de un gerente comercial; así como el del libro o la revista, al de un producto de consumo masivo —ni más ni menos que una camisa de temporada o un celular—. Pero, en realidad, eso depende del cristal con que se le mire.

Estos temas me hacen recordar a la película Lo que el viento se llevó, un clásico norteamericano, y a su productor David O. Selznick. No la dirigió, pero intervino en todo el proceso con interminables memos que atormentaban a su equipo, incluido el director, a quien Selznick consideraba una extensión de sí mismo. Era entonces la época dorada de Hollywood donde los productores, no los directores, eran quienes hacían las películas para un público ávido de historias —si bien desarrolladas a través de varios géneros— llenas de estereotipos repetitivos.

Aunque los directores pioneros —muchos de ellos provenientes del teatro— crearon el género como lo conocemos hoy en día, fue el sistema de las emergentes productoras cinematográficas que, absorbiéndolos a partir de los años veinte, tomaron las riendas de la filmación de películas hasta la década de los años sesenta. El director recuperó protagonismo, mientras que el viejo Hollywood empezaba a caerse a pedazos.

Pocos directores, como Orson Welles o Charles Chaplin, pudieron darse el lujo de imponer su visión, aunque al final la industria les pasó factura y tuvieron que exiliarse. Otros, sin embargo, —sin romper las reglas de manera tan evidente—, como es el caso de Alfred Hitchcock, lograron éxitos de taquilla al mismo tiempo que genuinas obras artísticas. Con los años, las generaciones dejaron de consumir un cine que ya no reflejaba la realidad —en verdad nunca la reflejó—, lo que terminó devolviendo a los directores el lugar que originalmente ocuparon.

Pero, ¿qué tiene que ver esta historia con la edición en el siglo XXI? En contraste, lo mismo. Si parece muy esquemático es por mi torpeza, no por mi intención. Que en el presente el editor tenga que intervenir también en la distribución y la venta, y por ende en los ingresos de la empresa editora, es una verdad como un templo. Pero, que de ello se desprenda que su posición deba subordinarse o reemplazarse por la de un funcionario más, es llegar a conclusiones falsas de premisas ciertas. Puede incluso ser un ejecutivo en la jerarquía organizacional —acorde con los tiempos actuales—, pero sin olvidar que lo esencial de su función es velar por la calidad del circuito editorial que va del autor al lector.

No es gratuito que sean las editoriales independientes las que cubran el espacio que las grandes editoriales han dejado, y los editores de las primeras quienes apuesten por catálogos más sólidos. Después de todo, el editor debe cuidar al lector, que es el destinatario final y la razón de ser de toda la cadena editorial. Desde luego que también es un negocio y obtener utilidades es parte del objetivo, pero debería ser una consecuencia de lo anterior: un producto editorial de calidad, ya se trate de un libro, una revista, un periódico o cualquier otra publicación. Lograr ese equilibrio es el verdadero reto del editor del siglo XXI.

Lo que pasa, hoy por hoy, es lo contrario. Por un lado, los sellos de prestigio apuntan mayoritariamente a publicaciones coyunturales. Mientras que, por el otro, los medianos y pequeños carecen de un fondo editorial o un catálogo propio, por lo que se orientan cada vez más hacia las publicaciones por encargo. Se apuesta sobre seguro sacrificando, en muchos casos, la calidad en aras de una mayor producción.

Es cada vez más común encontrar libros con ortotipografía mal aplicada, o tipografía y fuentes inadecuadas solo para ahorrar páginas; así como diseños gráficos (portadas o interiores) que no conversan con el contenido y, en algunos casos, de increíble mal gusto. Es cierto que la piratería —con su competencia desleal— obliga al editor a reevaluar para reducir costos. Pero si se apuntan todas las balas a campañas de marketing o a reducir los contenidos —en función a lo que «le gusta o espera la gente» y no a la calidad, propuestas innovadoras, potenciales autores o redescubrimientos—, la consecuencia será empobrecer la oferta editorial. Así, se seguirán reduciendo aquellas grandes minorías de lectores en vez de contribuir a su aumento.

Aunque, todavía se mantienen ciertos estándares que nos sirven de referencia y una crítica que se resiste a confundir fondo con forma, la verdad es que está sucediendo lo que desde hace años con la pintura. Las galerías de arte solo se manejan con criterios marketeros y comerciales antes que estéticos, cuando debería ser al revés.

El desafío es reinventarse, sin olvidar que aquellas nuevas funciones o responsabilidades deben girar en torno a lo esencial para cualquier editor. Descubrir autores, y crear un catálogo usando actuales y nuevas plataformas, alternándolas o jerarquizándolas en función de los tipos de lectores a los que se pretende llegar. La tiranía del corto plazo hace que el camino no sea fácil. Sin embargo, los resultados a mediano y largo plazo justifican ese recorrido.

En febrero pasado, se cumplieron cien años de la publicación del Ulises, novela del genial escritor irlandés James Joyce y considerada por la crítica como la mejor escrita en idioma inglés del siglo XX.  Sin embargo, pocos recuerdan que hace cien años los editores rechazaron aquella novela adelantada a su tiempo. Nadie la aceptó, excepto una joven editora norteamericana radicada en París llamada Sylvia Beach, quien la valoró en su complejidad y se arriesgó a publicarla.

El centenario de la novela Ulises se ha celebrado a lo grande —como cabía esperar— con reediciones y nuevas traducciones en todos los idiomas, ediciones críticas y homenajes, biografías de Joyce, así como peregrinaciones a la ahora mítica ciudad de Dublín, escenario de la narración. Sin comentarios.

No hay moraleja en esta historia. Mi intención únicamente es recordar cómo la actual confusión contemporánea en la que andamos dando tumbos es también consecuencia de la banalización de la cultura.

Ricardo Meinhold

San Isidro, noviembre de 2022

Ricardo Meinhold Gálvez nació en Lima en 1971. Es editor y escritor. Ha colaborado para revistas como SOHO Perú y URL, una revista de libros. Ha sido editor de la revista Beppo de la Escuela de Edición de Lima. Es especialista en finanzas y considera la edición como una manera de influir, para bien, pero sobre todo para mal, en la sociedad.

Una pasión no correspondida

I

Al tener un libro, revista u otro tipo de publicación debemos preguntarnos sobre el proceso y los agentes que están detrás. En esta primera parte, Ricardo Meinhold se centra en las revistas dentro del rubro editorial. Nos presenta cómo fue el contacto que tuvo con una publicación en particular y que lo motivó a ejercer la profesión de editor. Asimismo, hace un recuento de cómo ha evolucionado este trabajo con el paso de los años, y de las figuras que han ido apareciendo en la industria y que han impulsado a los futuros profesionales.      

Escribe: Ricardo Meinhold

A mediados de los años setenta, cuando mi hermano y yo éramos niños, papá se suscribió a la revista National Geographic. Fue una revelación: una ventana hacia un mundo maravilloso. A través de sus páginas, sobre todo gracias a las magníficas fotografías que mostraban —National Geographic Society trabajaba entonces con los mejores fotógrafos —conocimos personas de diferentes culturas, parajes maravillosos, lugares temibles,historias del pasado que habían marcado el presente, descubrimientos tecnológicos increíbles, personajes inolvidables y geografías cambiantes. Sus bien contadas historias nos atrapaban.

Algo que nos gustaba tanto como sus fotografías era la manera en que estaban diagramadas sus páginas, donde los textos acomodados a las fotos formaban un todo armonioso. Textos en inglés —aún no existía la versión en español— cuyos títulos, que traducíamos a medias ayudado por diccionarios, nos revelaban interesantes historias detrás de aquellos párrafos con letras de todos los tamaños. A mí, particularmente, me frustraba no entenderlos y, sin duda, esto afianzó mi deseo de aprender el idioma de Shakespeare.

Finalmente, otro de los atractivos de esta revista lo constituía cada página de publicidad que aparecía entre artículo y reportaje. Ahora entiendo que el mayor ingreso de las revistas proviene principalmente de publicitar productos; pero para mí se trataba únicamente de ese todo armonioso que acabo de describir. Porque aquella publicidad de buen gusto, a tono con la revista, también ponía a mi alcance un estilo de vida ideal —el de la gente con automóviles de ensueño, bebidas y comestibles que ni por asomo sabía que existían, marcas de productos que años después encontraría en las tiendas —que contrastaba con el nuestro, limitado por el gobierno de la dictadura militar.

Todo lo anterior estaba presentado en una plataforma hecha de suaves páginas, colores ideales, una medida de letra accesible e impreso en un tamaño perfecto que predisponía a leerlo, a verlo. Entonces, no hablamos solo de un objeto inerte, sino de un dispositivo cuyos mecanismos internos nos llevaban, como acabo de describir, a otras realidades cuyos escenarios cambiaban a cada vuelta de página.

Terminábamos la lectura y, luego de los comentarios de rigor con mi mamá —ella también era seducida por su contenido—, la vida continuaba. Pero siempre me quedaba rondando en la mente quién o quiénes eran los artífices de esa publicación. A diferencia del periódico que se leía en casa —el cual acababa en la noche irremediablemente como envoltorio de los desechos de la cocina—, la revista National Geographic parecía tener una vida aparte. Desde ese entonces —aunque sin tenerlo muy claro todavía—, debe haber nacido en mí el deseo de convertirme en uno de aquellos «artífices».

Lo descubrí muchos años después —cuando ya era un lector habitual de revistas y suplementos de periódicos— mediante un documental dedicado a Hugh Hefner, el mítico creador de la revista Playboy. Fue la primera vez que entendí que la mente creativa —el motor, el director de orquesta, cuyo oído decidía el orden de cada instrumento—, quien finalmente le proveía de personalidad a una publicación, se llamaba «editor». Hefner fue polémico por muchas cosas —y en estos tiempos de empoderamiento de la mujer aún más—, pero no se le puede negar que su visión cambió el mundo de las revistas para siempre. Le dio al editor un protagonismo, cuya posta tomaron editores de revistas como Esquire, The New Yorker, Rolling Stone o The Paris Review, quienes presentaban nuevos contenidos que contaban historias contemporáneas e influyeron en muchas generaciones de lectores. Aquí, se reflejó en revistas como Oiga y, sobre todo, Caretas, donde editores como Francisco Igartua y Enrique Zileri, respectivamente,estuvieron a la vanguardia de las publicaciones periódicas peruanas.

Era común hallar en muchas de aquellas revistas textos de literatura de diversos géneros. Sobre todo, extractos de novelas, cuentos y ensayos, así como reseñas sobre autores nuevos y clásicos. No era difícil encontrar en las décadas de los setenta y ochenta la mítica revista Reader’s Digest en cada casa de clase media limeña. En ella leí una breve crónica titulada «¿Qué es un gran libro?» de un autor entonces desconocido para mí, y que solo a comienzos de los años noventa influiría notablemente en mi vocación de escribidor: Mario Vargas Llosa.

Gran parte del contenido de aquel pequeño magazín eran resúmenes de novelas y best sellers americanos, cuyos autores habían cambiado para siempre la literatura moderna. Muchos de ellos fueron descubiertos por lectores con una intuición y visión de largo alcance, profesionales que lideraban las casas editoriales de entonces, y que —como no podía ser de otro modo— se llamaban también editores. No solo descubrían autores, sino que los pulían y los representaban profesionalizando el oficio de escritor. Más todavía, ayudaron a redescubrir autores nacionales y extranjeros, traduciendo a estos últimos. Con ello, ampliaron una oferta editorial de calidad que contribuyó a democratizar la cultura, llevándola a todo el mundo.

Ediciones de tapa dura o blanda, cartoné o de bolsillo no eran solo libros, sino algo más. Objetos bellos que, al igual que las revistas, compartían la excelencia de su contenido, su diagramación, sus páginas, sus diseños y sus portadas. La creatividad de estas últimas marcó la diferencia con otras publicaciones, que se volverían con los años la marca de fábrica de las casas editoriales hasta la actualidad.

Editores ahora clásicos como Maxwell Perkins y Roberto Calasso en Estados Unidos y Europa, respectivamente, o Victoria Ocampo en Argentina, abonaron la tierra que luego cosecharon muchos editores. Los mejores contenidos llegaron a las grandes mayorías, principalmente a la clase media.

Ahora, en plena crisis, todos estos recuerdos me vienen de golpe a la memoria pues fueron el origen de una pasión —no solo de una profesión— que actualmente practico: la edición. Pasión que, con tristeza, veo que va desapareciendo del espíritu de muchos de mis colegas, quienes con un respetable sentido práctico olvidan lo que alguna vez significó, sin duda,o debió significar también para ellos.

Ricardo Meinhold

San Isidro, octubre de 2022

Ricardo Meinhold Gálvez nació en Lima en 1971. Es editor y escritor. Ha colaborado para revistas como SOHO Perú y URL, una revista de libros. Ha sido editor de la revista Beppo de la Escuela de Edición de Lima. Es especialista en finanzas y considera la edición como una manera de influir, para bien, pero sobre todo para mal, en la sociedad.

Tecleando para anotar el tiempo

A lo largo de los años, de alguna u otra forma, ha existido una relación entre los lectores y los escritores que es difícil explicar. Sin embargo, lo que sí es posible apreciar es que esa relación es inquebrantable debido a que cada autor tiene una esencia con la que puede establecer dicha conexión a través de sus libros. Entre ellos, se encuentra Javier Marías. Su muerte reciente no solo dejó un vació en el mundo de las letras, sino que también su público sigue teniéndolo en mente. A través de sus diferentes facetas, es que las personas han logrado establecer un vínculo con él.  

Escribe: Ricardo Meinhold

Iba de copiloto camino a mi oficina —practicando el mal hábito de consultar constantemente mi celular o, para entendernos mejor, smartphone— cuando me enteré de la noticia. «¡Murió Javier Marías!», exclamé sorprendido. Cecilia bajó el volumen de la radio para escucharme. No puedo creerlo, me estoy quedando solo —murmuré—. Resignado, continué el viaje en piloto automático —conversando, pero con mi mente en otra parte.

La relación de un lector con los escritores es siempre muy particular. Ya sea por afinidad, empatía, gusto o simple casualidad te encuentras con un texto —no importa si es de ficción o no ficción— que de alguna forma conecta contigo. Es difícil de explicar, pero, intentándolo, es como si esa línea, aquel párrafo o aquella escena la escribieron para ti. En mayor o menor grado casi siempre sucede.

Y cuando sucede terminas identificándote con aquel novelista, dramaturgo, poeta o ensayista por razones extraliterarias. Razones que no tienen que ver solamente con sus escritos, sino con sus motivaciones —Vargas Llosa los llama demonios— detrás de dichos textos. Anhelos, miedos, ilusiones, prejuicios, rencores con nombre y apellido que explican una vida que se parece mucho a la propia.

Me sucede con escritores como Albert Camus, George Orwell, Octavio Paz, Ricardo Palma; entre los vivos, Mario Vargas Llosa y, hasta hace poco, Javier Marías. Lamento mucho su partida. Si bien conozco su nombre hace años, solo en el último me identifiqué mucho con él por las razones que he intentado describir.

Me falta espacio, así que dejo para próximas columnas escribir sobre las múltiples facetas de quien fue uno de los más brillantes escritores contemporáneos. Quisiera concentrarme ahora en lo que me dio a mí como lector.

Hijo del filósofo Julián Marías y de la escritora Dolores Franco Manera. Crecer en un ambiente rodeado de libros y de ideas hizo de él un intelectual, al mismo tiempo que un escritor. Empezando por sus gustos e influencias, Marías fue diferente a los demás escritores españoles. Practicó una prosa reflexiva, más inglesa que española, hecha de largas frases, donde la acción llegaba al lector por efecto acumulativo. Solo en apariencia autobiográficos —Marías supo darle una vuelta de tuerca a la denominada autoficción—, sus libros fueron ante todo verdadera literatura. Algo difícil de entender para el lector promedio que tiende a pensar que el narrador es el mismo autor. No. Sobre todo, en sus mejores libros: Corazón tan blanco, Mañana en la batalla piensa en mí, Negra espalda del tiempo y Tu rostro mañana, el narrador es la primera invención del escritor, no su espejo.

Otro tema recurrente en su obra creativa es el tiempo y su relación con el comportamiento humano. La negación del tiempo por un presente casi siempre breve, hecho solo de instantes. Esto es importante porque generalmente pasa inadvertido y solo intuimos cuando enfermamos o envejecemos.

Esto también alimentó otra conocida faceta suya: la de columnista. De hecho, fue por esta actividad que lo conocí y por la que me identifiqué con él. Políticamente incorrecto, Javier Marías fue un testigo de su tiempo y por medio de sus columnas semanales —primero en El Semanal y luego, hasta su muerte, en El País— un crítico implacable de la hipocresía y la estupidez humanas. La importancia que le daba a este género periodístico se reflejaba en las colecciones que, cada dos o tres años, enviaba a la imprenta. Desde el primer tomo «Mano de sombra» de 1997 hasta el último de este tipo que publicó «¿Será buena persona el cocinero?» de 2022. Si quieren acercarse a Marías, les recomiendo firme y entusiastamente estas colecciones.

Ese mismo espíritu lo hizo rescatar textos en otros idiomas que tradujo al español para deleite de ese primer lector que late en el pecho de todo escritor. Gracias a él pudimos leer en castellano El espejo del mar de Joseph Conrad o De vuelta del mar de Robert Louis Stevenson, solo por citar algunos títulos exquisitos. Amó la traducción y su formación literaria le debe mucho a esta labor —pasión en realidad— que ejerció una influencia notable en su manejo de la escritura.

Rescatar textos —no siempre comerciales o de actualidad— lo llevo a sumar otra actividad más a su prontuario vital: la edición. Financiado por él mismo, creó Reino de Redonda, con el cual nos dejó un legado editorial de cuatro decenas de títulos singulares con portadas características e inconfundibles. En realidad, este sello editorial le sirvió para reunir sus amores literarios. Solo el tiempo nos revelará el futuro de este catálogo.

Llego a mi oficina y lo busco en YouTube. Lo vuelvo a encontrar conversando con su entrañable amigo Arturo Pérez-Reverte o con Mario Vargas Llosa, quienes escribieron recordándolo. Leyendo su discurso de entrada a la Real Academia Española, un discurso a contracorriente, como cabía esperar de él, sobre la novela. Otro sobre su admirado William Faulkner; y, por último, uno donde habla sobre las columnas y sus lectores. Siempre con esa voz grave como del siglo XIX, el siglo por lo demás de la novela, género por excelencia de Javier Marías.

No es difícil imaginarlo escribiendo en su vieja Olympia Carrera de Luxe —nunca escribió en un ordenador o computadora—. Deteniendo el tiempo en frases memorables, que él sabía hacer inolvidables, para mostrar a sus potenciales lectores lo efímeras y contradictorias que serán siempre las acciones humanas. Te vamos a extrañar, Javier Marías.

Ricardo Meinhold

El Pueblo, septiembre de 2022

Ricardo Meinhold Gálvez nació en Lima en 1971. Es editor y escritor. Ha colaborado para revistas como SOHO Perú y URL, una revista de libros. Ha sido editor de la revista Beppo de la Escuela de Edición de Lima. Es especialista en finanzas y considera la edición como una manera de influir, para bien, pero sobre todo para mal, en la sociedad.

Tú eres tu lenguaje

El ser humano ha tenido el privilegio de nacer con la habilidad innata del lenguaje con la que es posible expresar los pensamientos y sentimientos. Gracias al ingenio del hombre, se ha convertido en una herramienta poderosa que ha permitido la creación de los más bellos discursos hasta la destrucción. Sin embargo, ¿qué sucede cuando nuestros representantes usan el lenguaje para su provecho? ¿En qué medida los ciudadanos de a pie son cómplices de esta corrupción?    

Escribe: Ricardo Meinhold

No es necesario ver los paneles en las calles con los rostros relucientes de los candidatos a las alcaldías —cada cual con su mejor pose y envidiable sonrisa— para darse cuenta de que las elecciones municipales están cerca. Basta con observar el colapso del tráfico, producto del inesperado mantenimiento de calles y plazas, que de pronto parecen haber sufrido un bombardeo semejante al que se ve en las películas sobre la Segunda Guerra Mundial. Lo curioso es que, en el mejor de los casos, estas no necesitaban de mantenimiento alguno; y en el peor, que es demasiado tarde para efectuarlo.

Todo ello podría ser anecdótico; pero no lo es, desafortunadamente. Lo grave del asunto es que, por un lado, los actuales alcaldes hicieron promesas que nunca honraron; y, por el otro, que los vecinos lo aceptaron como algo natural e inevitable. Después de todo, ¿no funciona así la política peruana?

Así también, advertimos en las noticias de la televisión, los periódicos y las redes sociales cómo la coyuntura política solo muestra las constantes contradicciones entre lo que dice el Poder Ejecutivo y el Poder Legislativo y lo que finalmente hacen, donde la realidad los desmiente de manera constante. Sin embargo, casi toda la clase política cree —o así parece— que hay una realidad alterna que solo funciona para ellos y no para el común de los mortales (en este caso, para el común de los electores). Al menos, eso parece que somos para sus intereses.

El sociólogo alemán Max Weber afirmó en su famosa conferencia de 1919 titulada Politik als Beruf —elegantemente reseñada por Mario Vargas Llosa en una de sus Piedras de toque— que existen dos tipos de moral: la de la «convicción» y la de la «responsabilidad». Es curioso, pero ambas son mucho más visibles en dos arquetipos humanos: el intelectual y el político. La primera tiene que ver con principios o valores, cuyas acciones solo se justifican por aquellos, sin tener en cuenta los posibles efectos. Por ejemplo, el mismo Vargas Llosa, quien siempre opina lo que piensa sin importar la impopularidad que todo ello le pueda causar. La segunda, en cambio, ajusta sus acciones al presente inmediato y a sus consecuencias, pensando siempre en la eficacia o en una visión de largo alcance. Como fue el caso de Charles de Gaulle, el cual fue utilizado como ejemplo por Vargas Llosa en aquella columna. De hecho, entre medias verdades y medias mentiras, el gran estadista francés logró movilizar a una opinión pública que, al inicio, se manifestó en contra de perder todas las posesiones africanas de Francia, y luego aceptó una descolonización, que al final se llevó a cabo.

Entonces, ¿qué pasa con nuestros intelectuales y sobre todo con nuestros políticos, cuyas acciones desmienten en forma repetida sus palabras, en especial cuando las elecciones están próximas? Lo que sucede es que los dos personajes citados —sin importar si estamos de acuerdo o no ellos— comparten una integridad esencial que hacen consistentes sus acciones. Allí está precisamente el talón de Aquiles entre los supuestos moralistas convencidos y moralistas responsables —en particular estos últimos— que dominan el panorama político en la actualidad: no todos comparten una integridad básica. Más bien todo lo contrario: aquella brilla por su ausencia. Y es justo esa ausencia —o falsa presencia— lo que termina por corromperlo todo con los resultados que vemos a diario aquí y en el mundo.

No solo se corrompe aquella capacidad propia del ser humano para expresar sus pensamientos y sentimientos; también, los signos que utiliza para comunicarlos: el lenguaje. Tú eres tu lenguaje. Corromper tu lenguaje es corromper tus valores.

El lenguaje —lo sabemos quienes escribimos y editamos— es el origen de lo que, a falta de otra palabra, llamaremos civilización. Gracias a aquel, primero oral y luego escrito, le dimos forma a los sueños, domesticamos nuestros temores, construimos sociedades, le dimos carta de ciudadanía al individuo, escribimos una memoria colectiva como humanidad. Pero, por alguna razón, en algún momento de la historia dejó de interesarnos.

La tecnología, en vez de colaborar, parece ser enemiga del lenguaje y lleva al ciudadano de a pie a adecuarlo para su uso, lo que termina por deformar su principal atributo: la correcta comunicación. Algo más profundo que lo que aprendemos en el colegio. Hablar y escribir bien no solo sirve para comunicar alguna necesidad o interés propio. No. Sirve sobre todo para mostrarnos a nosotros mismos. Más todavía, determina nuestra actitud en el mundo, nuestra categoría moral. De ahí la importancia de no mentir que inculcamos a nuestros hijos, pero que olvidamos de adultos. La verdad —con todos los riesgos que trae— será siempre el mejor camino.

Las elecciones se han vuelto un rito, una ficción jurídica, porque en el fondo hemos aceptado la mentira en el discurso político; algo que no aceptaríamos en el trabajo, en la familia, en la amistad. Por eso debemos proteger nuestro lenguaje, alimentarlo —no solo de pan vive el hombre— para que no muera. Léase morir cuando para el ciudadano ya no significa nada lo que escucha, aunque lo entienda.

Aquí y en muchos países del mundo nos quejamos de nuestros jefes de gobierno, a quienes nuestro voto los llevó allí para liderarnos y juntos solucionar los problemas del país. No obstante, no nos damos cuenta de que parte de estos los hemos provocado nosotros al aceptar como natural en los políticos aquella escisión entre pensamiento y acción, en lugar de reclamar todo lo contrario.

Exigir que digan lo que piensan y que hagan lo que dicen es el primer paso —mejor dicho, el único posible— para empezar a adecentar la política peruana.

San Isidro, septiembre de 2022

Ricardo Meinhold Gálvez nació en Lima en 1971. Es editor y escritor. Ha colaborado para revistas como SOHO Perú y URL, Una revista de libros. Ha sido editor de la revista Beppo de la Escuela de Edición de Lima. Es especialista en finanzas y considera la edición como una manera de influir, para bien, pero sobre todo para mal, en la sociedad.

Un último lector

Los libros son una extensión de nosotros mismos. Desde el momento que los adquirimos hasta que llegan a nuestros estantes, van escribiendo parte de la historia de nuestras vidas y nos acompañan en momentos clave. Sin embargo, ¿qué sucede cuando dejamos este mundo?, ¿quién los rescata del olvido?

Escribe: Ricardo Meinhold

Hasta donde recuerdo, la tarde dominical siempre me ha disgustado. Incluso ahora. Un malestar emocional —también físico— me sobrecoge. Cuando un domingo cualquiera aquella desazón viene acompañada de mal humor, sé que es hora de salir a caminar —no importa dónde me encuentre— en busca de la primera ayuda espiritual a mi alcance. Un sándwich kilométrico con mucha mayonesa, una coca cola bien helada —se me escapó la publicidad—, un caliente y aromático café pasado, o unos makis de lomo saltado. Sin embargo, por salud he debido resignarme solo a un sándwich de pollo libre de salsas, una infusión de muña o un queque de zanahoria. Nada desdeñables, por supuesto. Todas excusas, al fin y al cabo, para continuar en la búsqueda del verdadero antídoto: una librería.

La encontré rápidamente hace un par de domingos —justo después de una de las crisis que acabo de describir— en plena venta de saldos. Costumbre que muchas librerías peruanas practican para limpiar sus estantes de libros viejos, pero en buen estado. Ediciones fuera de catálogo, ejemplares sobrantes, promesas incumplidas, elecciones equivocadas y un largo etcétera. Como estábamos aún en pandemia, los libros se ofrecían en el corredor abierto, espacioso y seguro de un centro comercial. Me senté un instante. Fue educativo observar todo aquel movimiento, el bullicio en torno a los anaqueles al aire libre. No me refiero a la cantidad de gente que frecuentaba estas ventas a granel —insignificantes si las comparamos con los Black Friday norteamericanos—, sino a todos los ejemplares elegidos por aquellos improvisados lectores. Obras que a precios normales jamás hubieran comprado.

Hace algún tiempo, en una conferencia sobre libros usados, la discusión entre el público —también me incluyo— y los expositores se centró en aquellos cuyo origen se encontraba en las bibliotecas privadas de muchos intelectuales nacionales. Sus libros eran vendidos en el mercado informal por sus familias con total desconocimiento —más bien desinterés— de los organismos culturales del Estado o la universidad privada; a diferencia de países como Argentina o México —para no ir más al norte— que sí consideran importante conservarlos.

Es común encontrar en las redes sociales libros publicitados como propiedad de tal escritor o escritora que —por su fama y no por su obra— se ofrecen a precios excesivos para muchos o justificados para otros. Leo estos anuncios y confieso que muchas veces he cedido a la tentación de comprarlos. No por el renombre de sus antiguos dueños —cosa que no me interesa en absoluto—, sino porque generalmente son títulos cuya traducción, tema o autor son difícilmente hallables aún en el ciberespacio. No puedo dejar de pensar en la ilusión con la que esas personas fueron construyendo sus bibliotecas, historia tras historia, libro tras libro. Creando con ellos —muchos sin siquiera saberlo— su biografía paralela que, a la vez que los reflejaba, los expresaba. Seguros de que sus libros los sobrevivirían, sin adivinar que por razones nobles o innobles terminarían siendo separados, destruidos o vendidos. Como aquellos, los ejemplares seleccionados para estas ventas de garage deben salir rápidamente para hacer espacio a los títulos nuevos. Para estos libros, las ferias de descuentos son su última oportunidad antes de terminar en algún almacén, donación o reciclaje; pero nunca más a la mesa de novedades, o a los mostradores y vitrinas de una librería.   

En la conferencia que menciono, se discutieron las razones de aquel trágico peregrinaje del libro usado: falta de dinero de las instituciones culturales, poca investigación de las universidades, olvido de las autoridades, desconocimiento generalizado o simple indiferencia. Todas evidentes y que tristemente confirman por qué seguimos siendo aún parte del tercer mundo.

Sin embargo, tal vez no todo está perdido para ellos. Gracias a las redes sociales y ferias del libro —permanentes como la que funciona en el jirón Amazonas del Cercado de Lima, temporales como la del distrito de Lince, o de saldos como la que visité — aquellos libros podrán llegar a las manos de «un último lector» que volverá a ser el primero.

Yo encontré en buenas condiciones un breve ensayo de la editorial Siruela sobre la biblia hebrea, escrito por el gran crítico inglés George Steiner. Otro sobre Geronimo Stilton, el ratón editor creado por la escritora italiana Elisabetta Dani en editorial Destino. Y finalmente, una novela que siempre andaba persiguiendo: Viva del escritor francés Patrick Deville, editada por Anagrama. Donde la presentación de uno de los personajes prometía como en las mejores historias: «A punto de cumplir los treinta, parece que tiene veinte; es frágil y de baja estatura. Sandino lleva atuendo de mecánico, con la llave inglesa en el bolsillo; comprueba que no le están siguiendo, se aleja de los diques rumbo al barrio de las cantinas, donde tiene lugar la reunión clandestina».

Espero que los libros de mi biblioteca terminen en las manos de mis hijos. En cualquier caso, deseo que quién sea que los hojee alguna vez, pueda experimentar una emoción parecida.

San Isidro, agosto de 2022

Ricardo Meinhold Gálvez nació en Lima en 1971. Es editor y escritor. Ha colaborado para revistas como SOHO Perú y URL, Una revista de libros. Ha sido editor de la revista Beppo de la Escuela de Edición de Lima. Es especialista en finanzas y considera la edición como una manera de influir, para bien, pero sobre todo para mal, en la sociedad.

La Contracubierta

Para los amantes de los libros, asistir a una librería es sumergirse en un mundo paralelo. La emoción de revisar los estantes, hojear los ejemplares, y tener en sus manos el libro que tanto anhelan. El lector no solo se siente atraído por la portada, sino que también la contracubierta lo invita a ser partícipe de la realidad propuesta.  

Escribe: Ricardo Meinhold

Cuando el doctor me dijo que sería internado en la clínica y sin posibilidad de visitas —mientras la silla de ruedas se atascaba en el ascensor —me envolvió un sentimiento de completa soledad—. Similar a la que sentí cuando a los ocho años me perdí en el centro comercial —subiendo y bajando las novedosas escaleras eléctricas— por desobedecer a mi madre.

Luego, entre la incomodidad del catéter en mi brazo y el malestar producto de la unánime soledad —parafraseando a Borges— solo aquel libro que se asomaba desde mi vieja mochila, además de mi muda de ropa, pudo arrancarme de ella.

No hablo de su contenido, desde luego que su relectura completó mi regreso al mundo de la razón; sino de su cubierta, su color, su vitalidad y hasta diría su salud o la salud que mostraba, ciertamente mayor que la de este escribidor.

Era un ser vivo. Suerte de creación colectiva que, una vez arrojada al mundo real como cualquiera de nosotros, siguió su propio camino. Y por obra de la causalidad —y no de la casualidad— se encontró conmigo y, al hacerlo, ayudó a recuperarme.

De alguna forma, aquel libro, todos los libros en realidad, tienen esa facultad: darte lo que necesitas en el momento que lo necesitas. Consuelo, pero también dolor; alegría, pero también tristeza; conocimiento, pero también dudas; certezas, pero también incertidumbres.

Pero hay algo más que nos brindan, y que solo quienes amamos los libros lo sabemos. Como cuando entramos a una librería —si hay como fondo música instrumental mucho mejor— para hojear y olisquear los libros y nos llenamos de felicidad —y también de angustia por no poder comprar todos los que quisiéramos—. Cuando el bibliotecario nos alcanza el ejemplar solicitado luego de larga espera. Cuando preferimos imprimir y anillar —o encuadernar— aquel texto —negándonos a leerlo en nuestro celular, tableta o computadora —para iniciar ahora sí la ceremonia de su lectura. Cuando lo vemos en la casa de algún amigo y nos asalta el deseo de tomarlo prestado indefinidamente, pero no lo hacemos. O finalmente, cuando leemos una reseña en la contraportada que es a la vez una presentación, aunque ella sea subjetiva.  

El gran editor italiano Roberto Calasso la llamaba «carta a un desconocido». Dependerá pues de cada lector tomarla o no. En cualquier caso, está allí expresada una opinión, o tal vez debería decir una interpretación, y que habla tanto del libro como de quien lo reseña —en este caso el mismo Calasso—, esperando que sirva como guía, como ayuda. Esa fue la razón que me llevó a elegirla como nombre para nombrar esta columna. Después de todo, la contraportada por estar hecha de palabras es una interpretación de la realidad; no solo la realidad editorial, sino la realidad a secas.

Regreso a ella después de un no tan breve intermedio. Confieso que la escribo con dificultad —a mano, en mi computadora, ahora mismo desde mi celular— tratando de comentar algún suceso relacionado al mundo editorial, pero vinculado de algún modo con la actualidad. Suceso que, como escribió Mario Vargas Llosa refiriéndose a su columna «Piedra de Toque», «me entusiasme, irrite o preocupe, sometiéndolo a la criba de la razón y cotejándolo con mis convicciones, dudas y confusiones», escribiendo una columna «que me obliga a ver claro en la tumultuosa actualidad y que me gustaría ayudara a mis presuntos lectores a tomar posición sobre lo que ocurre a su alrededor».

Pero también las escribo con mucho placer, aspirando a encontrar un lenguaje que consiga que la historia que quiero contar se exprese a sí misma sin interferencias. Tal como lo consiguieron las columnas que frecuento —o releo— con más regularidad como «Sin licencia» de Federico Salazar, «Zona fantasma» de Javier Marías, «Patente de corso» de Arturo Pérez-Reverte, «Y otra cosa» de Paul Johnson, o «A mi manera» de George Orwell, el mejor ensayista británico del siglo XX, o la ya citada del gran novelista peruano; aunque también sé que es una aspiración difícil de conseguir. En cualquier caso, si logramos generar algún sentimiento, ya sea de empatía o molestia —como pasó conmigo leyendo a los columnistas citados—  sabremos que dimos en el blanco.

Me apresuro a terminar esta historia porque es tarde ya, y mi primer lector —un lector exigente pero también cómplice— está esperando: el editor.

Ingeniería, agosto 2022

Ricardo Meinhold Gálvez nació en Lima en 1971. Es editor y escritor. Ha colaborado para revistas como SOHO Perú y URL, Una revista de libros. Ha sido editor de la revista Beppo de la Escuela de Edición de Lima. Es especialista en finanzas y considera la edición como una manera de influir, para bien, pero sobre todo para mal, en la sociedad.

La marca de Calasso

La marca de Calasso

Por Ricardo Meinhold

La muerte de Roberto Calasso es un duro golpe para el mundo editorial, pues deja un vacío en quienes se aproximan al libro con pasión y saben deleitarse con el cuidado en los detalles propios del oficio. He aquí un pequeño homenaje a Roberto Calasso.

Nunca lo conocí en persona y, sin embargo, cuando recibí temprano la noticia de su muerte —un lacónico mensaje por WhatsApp de un amigo, también editor— sentí, después de la sorpresa, una profunda tristeza que, aunada a mi decepción por la situación política en Perú, me hizo preguntarme —mientras hojeaba un libro suyo— qué pasaba en este mundo. ¿Por qué los que mejor representan la modernidad, la curiosidad, la cultura, el riesgo, la tolerancia se van y solo quedan los que representan el lugar común, la mediocridad, los prejuicios?

El gran editor italiano Roberto Calasso, quien falleció este último jueves en Milán a los 80 años, «representaba» en esta época de confusión contemporánea aquel eslabón que aún vincula la gran literatura y la alta cultura —¿por cuánto tiempo más?— con el lector de a pie, aquel como tú y como yo. Su muerte es un mal augurio para todos quienes amamos los libros.

Nació en Florencia en 1941, vivió siempre en un ambiente intelectual —su familia pertenecía a la clase alta de la región de Toscana—. Su abuelo materno fue profesor de filosofía y editor, su madre traductora italiana y su padre decano de la facultad de Derecho de la Universidad de Roma, donde Calasso estudió Filología Inglesa, punto de partida de una vida dedicada a las letras.

Roberto Calasso, morto il rivoluzionario della dieta culturale in Italia

Heredó de su abuelo materno, Ernesto Codignola, la vocación editorial, así como sus primeras lecturas juveniles tan bien complementadas por otro peso pesado italiano: el crítico y gran lector literario Roberto Bazlen. Ellos lo acercaron a la literatura centroeuropea, al igual que a la mitología clásica, piedra angular de su obra, tanto literaria como editorial.

En una columna escribí sobre las reseñas que, a la manera de cartas, escribió para varios libros que publicó como editor de la prestigiosa editorial italiana Adelphi, labor que de alguna forma lo emparenta con los clásicos editores europeos y estadounidenses del siglo xx. Aquellos publicaban lo que les gustaba, lo que percibían como bello —entiéndase belleza en el amplio sentido que le daba Albert Camus—, lo que detectaban en peligro de desaparición; independientemente de las modas, ideologías o prejuicios, construyendo un catálogo —«un libro único» lo habría llamado— para aquel «lector desconocido». Después de todo, para él la edición era también un género literario.

Calasso entendió que las nuevas tecnologías no eran culpables de drenar potenciales lectores a la literatura. Eran otros los factores como la banalización de la cultura, la caída de los niveles educativos, entre muchas otros. Entendió también que existe una suerte de rechazo contemporáneo hacia los intermediarios, malentendido producto de aquella idea demagógica sobre una relación directa entre autor y lector. A ello se suma la autocensura practicada por muchos editores quienes ven en lo que no da resultado comercial algo dudoso, cuando justamente la esencia de un catálogo es también apostar por lo menos convencional, lo que no está de moda. Sin ese espíritu nunca hubiéramos leído a Hemingway o a Fitzgerald.

Elegante, sobrio, inteligente, de gusto personal exquisito, contrario al predominio cultural de la izquierda —representada en ese entonces por la editorial Einaudi—, creó Adelphi como contrapeso a aquella propuesta.  Tradujo a Nietzsche y a Kafka, publicó a Milan Kundera y a Hermann Hesse, así como a Joseph Roth y Karl Kraus; a autores perseguidos por el comunismo como Vasily Grossman o al premio Nobel de 1980, Czesław Miłosz ; autores despreciados como el escritor de género policial Georges Simenon, uno de los favoritos de su maestro Bazlen, o autores contemporáneos como el italiano Leonardo Sciascia. En lo que se refiere a América Latina, recordemos que gracias a él los italianos pueden leer al argentino Jorge Luis Borges.

Además de editor fue también un extraordinario escritor, capaz de teorizar sobre su actividad en libros como La marca del editor o Cien cartas a un desconocido, exponer su visión sobre la cultura y la mitología griegas en La ruina de Kasch o Las bodas de Cadmo y Harmonía, revisitar a creadores como Kafka en K o el pintor Giambattista Tiepolo en El rosa Tiepolo, abordar la cultura védica en El ardor, la mitología hinduista en Ka, la modernidad europea en Los cuarenta y nueve escalones, la sociedad contemporánea en La actualidad innombrable, las formas de comunicación entre lo humano en El cazador celeste hasta la reflexión que establecemos con los libros en Cómo ordenar una biblioteca. Sus obras se han traducido a 25 idiomas y se publican en similar número de países.

Vuelvo a hojear La marca del editor, título que tengo entre mis libros de cabecera, aquellos que relees para salir de la rutina embrutecedora y constatar que aún estás vivo, y encuentro lo siguiente: «Se puede entonces llegar a la conclusión de que, además de ser una rama de los negocios, la edición siempre ha sido una cuestión de prestigio, cuando menos por tratarse de un género de negocios que es a la vez un arte. Un arte en todos los sentidos, y seguramente un arte peligroso porque, para practicarlo, el dinero es un elemento esencial. Desde este punto de vista bien se puede afirmar que muy poco ha cambiado desde los tiempos de Gutenberg. Sin embargo, si echamos un vistazo a cinco siglos de edición tratando de pensar en la edición misma como un arte, enseguida vemos surgir paradojas de todo tipo. La primera podría ser esta: ¿según qué criterios se puede juzgar la grandeza de un editor? Sobre esta cuestión, como solía decir un amigo mío español, “no hay nada escrito”».

Una rara avis como editor y como escritor, Roberto Calasso dejó una profunda huella en el siglo xx. Con él se va un grande, aunque él no habría aceptado ese adjetivo. Una manera de entender la edición y una manera de encontrar al lector que difícilmente será continuada por las nuevas generaciones.

De él se puede escribir lo que Mario Vargas Llosa dijo ante la muerte del gran crítico uruguayo Ángel Rama, cambiando solo el sustantivo: los editores, sabemos que su muerte ha empobrecido de algún modo nuestro oficio.

¿Libertad para los libres?

Escribe Ricardo Meinhold

Cuando logramos adquirir sistemas democráticos de gobierno, fuimos rápidamente conscientes de que estos conllevan una gran cantidad de nuevos problemas debido a la naturaleza humana de buscar siempre la libertad y la mejor calidad de vida posible.

Desde que vi en la televisión, en mi adolescencia, un documental sobre Hugh Hefner, supe que quería, algún día, convertirme en editor. Hasta entonces las revistas eran, al menos para mí, una ventana de escape ―no una puerta― porque desde aquella podía observar otro mundo. O al menos uno diferente al mío. ¿Cómo? Gracias a que todo en ella parecía estar organizado para contarte una historia: bellas o descarnadas imágenes, a color o en blanco y negro, historias reales o imaginarias, opiniones a favor o en contra, ilustraciones que te hacían reír o pensar; también la publicidad en sus páginas que aparecía siempre mostrando algo novedoso, y donde muchas veces encontrabas a tu actor favorito. No puedo olvidar a Michael Landon, protagonista de La familia Ingalls, siempre sonriente con la última cámara Kodak en sus manos: acaso por arte de magia todo, absolutamente todo, parecía encajar en su lugar.

Pero fue aquella biografía la que me mostró que no había magia sino una mente detrás de todo esto. Una suerte de director de orquesta que en las publicaciones periódicas más logradas dejaba su impronta, su visión, su personalidad; ni más ni menos que un director de cine o un escritor. Porque Playboy fue mucho más que una revista para hombres que mostraba bellas mujeres como Dios las trajo al mundo ―un acto de rebeldía para la época―, también fue una tribuna desde donde Hefner pudo criticar a lo que andaba mal por aquellos años, los cincuenta y sesenta: racismo y discriminación, violencia política e intolerancia, y en cambio proponía una visión hedonista y sofisticada de la realidad, elevando al individuo sobre la sociedad, donde el placer era un derecho para todos, y oponiéndose a todo poder, sobre todo aquel que creyendo ser dueño de la verdad la impone en nombre de una igualdad ficticia a todo el que está a su alcance. Una igualdad que justifica incluso la violencia.

Dejo para otra columna la fascinante y contradictoria vida de este personaje, fundamental para entender parte de la historia del siglo XX y cuya influencia en el mundo editorial aún persiste. Solo quiero hacer notar cómo aquella posición, me parece, ha ido perdiendo espacio e influencia en la actualidad (fenómeno que ha ocurrido también con otros intelectuales y líderes de opinión dicha sea la verdad), absorbida por lo que se conoce eufemísticamente como «la civilización del espectáculo» y dejando al ciudadano común sin referentes sólidos para poder defenderse, guiarse, tomar partido, estar en desacuerdo o simplemente informarse.

Estamos viviendo una época en donde el espíritu del colectivismo parece haber asaltado nuevamente a América Latina con más fuerza que antes, confundida en el discurso de los nuevos líderes políticos, y que una vez más pone sobre el tapete el eterno dilema de la igualdad y la libertad, donde se confunden siempre las buenas intenciones con la demagogia más barata.

Aunque la historia lo prueba una y otra vez ―desde la Revolución francesa hasta la Revolución rusa―, parece que muchas ideólogos e intelectuales contemporáneos (la mayoría sin duda bien intencionados) no aceptan que los hombres no pueden ser iguales y a la vez libres. Y es que la igualdad no existe por una razón: las aspiraciones humanas. Aunque condicionadas por la voluntad individual y las restricciones de cada época, hay motivaciones que no son explicables por ninguna ciencia social y tienen que ver más con el inconsciente (y no solo en términos freudianos) que cada persona única trae bajo el brazo: sus talentos, fortalezas, debilidades, complejos, prejuicios, contradicciones y un largo etcétera. La única manera de que los seres humanos se consideren iguales sería forzando su libertad individual en aras de una igualdad artificial. ¿Y quién debería establecer y cuidar esta igualdad? El Estado. Pero ¿el Estado no está acaso conformado también por personas que son diferentes? Este es el talón de Aquiles de las sociedades igualitarias, que explica gran parte del totalitarismo del siglo XX.

Es difícil romper este paradigma, justamente porque en las sociedades libres las desigualdades son inevitables precisamente por las aspiraciones que nos diferencian. Para no degenerar a una sociedad darwiniana, las naciones que han logrado reducir estas desigualdades sin sacrificar la libertad son aquellas que practican la tolerancia: respeto íntegro hacia el otro, a sus ideas, prácticas o creencias, independientemente de que choquen o sean diferentes a las nuestras. Sé que resulta esquemática esta explicación, pero es por mi torpeza, no por mi intención.

Pero creo que cualquier ideología que defienda aquel modelo totalitario ―sea de izquierda o de derecha― debe ser combatido sin contemplaciones, oponiendo la tolerancia y la soberanía individual. Eso es lo primero. A partir de allí se pueden discutir (y criticar) los diferentes caminos para acercarnos lo mejor posible a aquella sociedad ideal que todos aspiramos, aunque sea inalcanzable porque depende del barro humano.

Para ello hay que entender que la responsabilidad de nuestro destino depende de nosotros, no del estado; y esa responsabilidad solo surge cuando hay libertad de escoger. Para no olvidarlo bien vale la pena recuperar aquel espíritu crítico que practicó Hugh Hefner desde su revista, recordando que la labor del editor, además de crear contenidos que nos informen, nos hagan pensar o simplemente nos diviertan, debe también criticar cualquier tipo de poder ―todo poder―, y recordarle sus límites.


Ricardo Meinhold Gálvez nació en Lima en 1971. Es editor y escritor. Ha colaborado para revistas como SOHO Perú y URL, Una revista de libros. Ha sido editor de la revista Beppo de la Escuela de Edición de Lima. Es especialista en finanzas y considera la edición como una manera de influir, para bien, pero sobre todo para mal, en la sociedad.

La llamada del abismo

Escribe Ricardo Meinhold

La realidad del Perú se aleja mucho de lo que todos los políticos prometen: una sociedad libre, democrática y con igualdad de oportunidades para todos. Como consecuencia, se tiene un país fragmentado en el que cada uno cuida sus propios intereses y olvida a los demás. Estas últimas elecciones han sido un gran reflejo de ello.

Cuando voté por primera vez en una elección sentí una indescriptible emoción. No solo porque tener en las manos mi flamante libreta electoral de tres cuerpos (aún no existía el DNI) me hizo sentir por fin como un adulto ꟷequivocación garrafalꟷ, también porque mi mayoría de edad coincidió con la campaña municipal y sobre todo presidencial liderada entonces por Mario Vargas Llosa, a quien conocía, en esa prehistoria mía, solo por los libros de texto del colegio.

Aquella emoción de mis dieciocho años fue producto de lo que percibí de la política siendo todavía un niño de siete u ocho. Porque, aunque nunca me interesó la política, siempre la relacioné con la libertad: La Asamblea Constituyente de 1979 y las elecciones presidenciales de 1980; y ꟷaunque no entendía bien ese adjetivoꟷ con los intelectuales: gentes que parecían saber lo correcto, creer lo que decían y cuyo esfuerzo, a pesar de las largas discusiones que mostraba la televisión o reporteaban los periódicos, era alcanzar ꟷal menos así lo veía yoꟷ la felicidad para todos los peruanos. Periodistas, abogados, sociólogos, arquitectos, economistas; muchos de ellos habían publicado libros y pertenecían a partidos políticos cuyos nombres eran reconocibles. No entendía nada puesto que escuchar hablar a mis padres de política era como oír a los adultos en la serie El show de Charlie Brown y Snoopy, y no era el momento para preocuparme.

Cuando lo experimenté fue decepcionante: las elecciones están más cerca de la ficción jurídica que de la realidad, y al entenderlo empecé a preocuparme. De hecho, lo que sucedió entre 1989 y 1990 fue el origen que explica el actual escenario político tras las elecciones del domingo 11 de abril. Comprendí que la política en el Perú nunca tuvo la dimensión que yo creí percibir de niño. Al contrario, fue gracias a esas elecciones, y a las clases de economía de mi delirante profesor del centro preuniversitario, que entendí que una cosa es «lo que debería ser» y otra «lo que crudamente es».

El tema es complejo, pero si creemos que la aspiración del político es usar el poder obtenido en las urnas, gracias a una campaña de ideas, para alcanzar aquella sociedad justa que anhelamos, nada es más lejano a la realidad. El poder tiene su propia lógica, y fue explotando hasta el cansancio el populismo practicado por todos los políticos peruanos desde que somos una república, que lograron fracturar y dividir más a nuestra ya fracturada y dividida nación, dando como resultado el resentimiento social de los peruanos más desfavorecidos y haciéndolos vulnerables a extremismos ideológicos como el terrorismo que sufrimos en el pasado o la izquierda más dura en la actualidad.

Por otro lado, la clase alta, responsable antaño de liderar a la sociedad, ahora es ciega a nada que no sea ella misma. En el centro, la clase media esta pagando caro su indiferencia; y alrededor de todos nosotros, acercándose cada vez más, el abismo. Y empujándonos al borde, los partidos políticos, numerosos, irresponsables y efímeros, sin ideas ni ideología, que solo dividen el espectro político: en Estados Unidos la derecha es representada por un partido, mientras que en el Perú, por cinco o seis.

Vivimos en la civilización del espectáculo donde la banalización no solo es cultural, también política y social. Nunca estuvo el Perú tan dividido como ahora. De hecho, lo estuvo siempre, pero había una noción de responsabilidad en las clases dirigentes que a partir de la dictadura de Velasco empezó a extinguirse hasta desaparecer.

En lo referente al mundo editorial, los libros y las revistas ya no contribuyen como antes a estimular las ideas y la crítica. Más todavía, el aparato editorial parece haber olvidado que no existe solo un público objetivo, sino muchos y contradictorios. Concentrándose en unos (principalmente de la costa) y olvidando a los otros, se dejó sin espacio a un publico que finalmente no se siente reflejado en las publicaciones existentes o nunca se entera que dichas publicaciones existen, y dejó solo al Estado (que rara vez administra bien las cosas) con esa labor. Es verdad que el difícil acceso dificulta y encarece la distribución hacia las zonas más alejadas, y la insuficiente educación pública no es un buen abono para potenciales lectores, pero lo cierto es que el «Perú profundo», como lo describe Jorge Basadre, rara vez figura en las preocupaciones, agendas, iniciativas o solicitudes de las editoriales ꟷgrandes y pequeñasꟷ al gobierno, al congreso o al sector privado; solo aparece el «Perú oficial».

La gente vota por pulsiones, resentimientos, percepciones, no por ideas. No queremos asumir nuestras responsabilidades como individuos, es mejor echar la culpa al «otro», cuyo perfil lo delinean nuestras emociones, nunca nuestro conocimiento, y dejamos que el estado decida por nosotros. Al permitirlo, ese «estado» termina desnaturalizando las instituciones y tarde o temprano, acabando con la democracia. Esa siempre ha sido la receta para el subdesarrollo.

Mi reflexión no es optimista. Pero creo que, para poder mejorar, primero hay que aceptar que algo está mal para poder cambiarlo. Y desde nuestro rol en la sociedad, contribuir a ese cambio. Porque de alguna forma todos somos responsables, como hijos, padres, profesores, abogados, editores.

Pocos años después de aquella primera elección, discutiendo con mi papá sobre lo decepcionado que estaba mi generación me dijo: «Tienes razón, pero ¿qué propones para cambiar las cosas?»

Aunque sin hacerme ilusiones ꟷsobre todo después de estas eleccionesꟷ, creo que es el momento de responder aquella vieja pregunta.


Ricardo Meinhold Gálvez nació en Lima en 1971. Es editor y escritor. Ha colaborado para revistas como SOHO Perú y URL, Una revista de libros. Ha sido editor de la revista Beppo de la Escuela de Edición de Lima. Es especialista en finanzas y considera la edición como una manera de influir, para bien, pero sobre todo para mal, en la sociedad.

Una biblioteca para el siglo XXI

Las bibliotecas son un espacio primordial para la vida académica e intelectual de todos los ciudadanos. En el Perú, lamentablemente, estos espacios no están acondicionados para que el público en general pueda disfrutar de ella.

Escribe Ricardo Meinhold

Conocí las bibliotecas cuando no ingresé a la universidad. Entre la frustración propia de mi generación y la depresión propia de mi incompetencia —fue mi segundo intento—, redescubrí la lectura gracias a unos cuentos, mezcla de crónica y de ficción, que con el nombre de Tradiciones Peruanas publicó entre 1972 y 1910 el genial Ricardo Palma (su última tradición se publicó en 1915 en el diario La Prensa de Buenos Aires). Para mí resultaron mejor que cualquier anti depresivo de la época gracias al humor irresistible que destilaban y a su brevedad: las podías leer de un tirón. Estaban reunidas en dos viejos tomos color marfil que hasta ese momento adornaron la repisa de la sala. Sobra decir que me apropié rápidamente de ellos para iniciar mi propia biblioteca. Descubrí después que eran parte de una edición en seis tomos editados por Espasa-Calpe en los años sesenta (la primera se editó en los veinte), auspiciados por el gobierno peruano. Tenía que encontrar los otros cuatro. Pero pronto descubrí lo evidente: no me alumbraba ni un cobre para iniciar aquella pesquisa. Decepcionado, regresé a mi depresión habitual hasta que llegó a mi una epifanía: seguro los encontraré en alguna biblioteca pública. Así empezó mi relación con las bibliotecas que aún no ha cesado.

Aunque ha pasado mucho tiempo, las recuerdo muy bien por todo lo que me brindaron en esa edad donde ya no eres un adolescente, pero aún no eres un adulto. Especialmente en aquellos años donde todos los días moría alguien —al extremo de volvernos insensibles— fue una fortuna refugiarme allí. Recuerdo la de Jesús María, con sus sillas incómodas y donde no siempre ubicaban el libro que estaba registrado en sus fichas pero que tenía el encanto de estar cerca a mi casa; la de Lince, que no tenía muchos títulos pero sí una magnifica hemeroteca que sin duda alimentó mi espíritu de editor; la del Centro de Estudios Histórico Militares, inolvidable porque fue en ella donde tomé, a mis veinte años, mi primera copa de pisco puro en un brindis por los 500 años del descubrimiento de América, y porque en ella pude hojear un volumen original de la primera edición barcelonesa de las Tradiciones editada por Montaner y Simón en 1893; y la de San Isidro, con su amplia sala de lectura y su preciosa vista del parque EL Olivar, donde pude leer la canónica biografía de Carlos Baker sobre Ernest Hemingway y me deslumbré con la técnica de los diálogos telescópicos que Mario Vargas Llosa utilizó en Conversación en la Catedral.

Pero, de todas las bibliotecas que frecuenté en aquella época, me quedo con la Biblioteca Nacional de la avenida Abancay, en el centro de Lima. En los tranquilos salones, con su aire fuera del tiempo, leí, reí, sufrí, lloré y soñé de la mano de los grandes soñadores, los maestros de la ficción, autores inolvidables cuyos libros, ahora queridísimos, me acompañarán hasta que la memoria aguante. Solo bastaba cruzar sus grandes puertas, caminar por esa suerte de corredor hasta el salón principal para dejar atrás la vida cotidiana, el bullicio y la realidad circundante y entrar, por unas horas al menos, a ese enclave emancipado de lo real, donde el tiempo parecía haberse detenido y las ideas, la imaginación, la sensibilidad, el trabajo intelectual no parecían algo lejano y quimérico —ni siquiera en el Perú de esos años— sino cercano y tangible. En su sala de Humanidades leí poemas, ensayos, novelas, descubrí autores y aprendí casi todo lo que sé. ¿Cómo podía guiarme en medio de aquellas interminables fichas? ¿Cómo hacía para no perderme en el vientre de esa ballena bibliográfica? Seguía los referentes de mis autores de cabecera, primero los clásicos del siglo XIX de la mano de Palma como Rubén Darío o Víctor Hugo y luego los maestros del siglo XX de la mano de Vargas Llosa como Octavio Paz o William Faulkner. Luego, descartando unos y quedándome con otros (buscando tus precursores, como escribió Borges), fui construyendo mi propio canon.

Pero también descubrí, al notar lo desactualizado de sus catálogos y el estado de sus libros, algo triste que nos define como país y expresa nuestro subdesarrollo: el abandono de la cultura, situación que explicaba parte de esa violencia cotidiana de mi generación y que también fue el origen de su banalización con los resultados que vemos actualmente. No se valoran las bibliotecas porque en realidad nunca hemos tenido buenas bibliotecas; no en el amplio sentido que tiene en las sociedades avanzadas. En esta era del internet y de los libros virtuales, las bibliotecas parecen estar confinadas únicamente a las universidades e instituciones especializadas, nunca más al servicio de aquellos jóvenes de a pie que buscan respuestas para las dudas que la vida contemporánea les plantea. Porque fue gracias a la necesidad de leer aquellos libros fuera de mi alcance que las bibliotecas se convirtieron en ese lugar especial. Y aunque no encontré ninguno de los cuatro tomos —los encontré después en librerías de viejo, pero esa es otra crónica—, descubrí otros que, además de sacarme de la realidad a través de viajes imaginarios, darme respuestas y plantearme nuevas preguntas, me devolvían a la misma realidad con una conciencia crítica y la certeza de que el mundo está mal hecho y que debe cambiar.

He leído que la Biblioteca Nacional tiene su biblioteca pública digital con libros y audiolibros de diversos temas y otra biblioteca con fondos antiguos digitalizados como exigen los tiempos modernos, sobre todo en el actual confinamiento, pero también una sala de lectura al aire libre para quienes solo desean abandonarse en un buen libro, espacio indispensable para que una biblioteca cumpla su rol principal. Después de todo, la sala de lectura de cualquier biblioteca es la proyección de tu propia sala —real o imaginaria— donde siempre habrá un libro a la espera de encontrarte, como me encontraron mis dos viejos amigos que aún me acompañan.


Ricardo Meinhold Gálvez nació en Lima en 1971. Es editor y escritor. Ha colaborado para revistas como SOHO Perú y URL, Una revista de libros. Ha sido editor de la revista Beppo de la Escuela de Edición de Lima. Es especialista en finanzas y considera la edición como una manera de influir, para bien, pero sobre todo para mal, en la sociedad.