La marca de Calasso

La marca de Calasso

Por Ricardo Meinhold

La muerte de Roberto Calasso es un duro golpe para el mundo editorial, pues deja un vacío en quienes se aproximan al libro con pasión y saben deleitarse con el cuidado en los detalles propios del oficio. He aquí un pequeño homenaje a Roberto Calasso.

Nunca lo conocí en persona y, sin embargo, cuando recibí temprano la noticia de su muerte —un lacónico mensaje por WhatsApp de un amigo, también editor— sentí, después de la sorpresa, una profunda tristeza que, aunada a mi decepción por la situación política en Perú, me hizo preguntarme —mientras hojeaba un libro suyo— qué pasaba en este mundo. ¿Por qué los que mejor representan la modernidad, la curiosidad, la cultura, el riesgo, la tolerancia se van y solo quedan los que representan el lugar común, la mediocridad, los prejuicios?

El gran editor italiano Roberto Calasso, quien falleció este último jueves en Milán a los 80 años, «representaba» en esta época de confusión contemporánea aquel eslabón que aún vincula la gran literatura y la alta cultura —¿por cuánto tiempo más?— con el lector de a pie, aquel como tú y como yo. Su muerte es un mal augurio para todos quienes amamos los libros.

Nació en Florencia en 1941, vivió siempre en un ambiente intelectual —su familia pertenecía a la clase alta de la región de Toscana—. Su abuelo materno fue profesor de filosofía y editor, su madre traductora italiana y su padre decano de la facultad de Derecho de la Universidad de Roma, donde Calasso estudió Filología Inglesa, punto de partida de una vida dedicada a las letras.

Roberto Calasso, morto il rivoluzionario della dieta culturale in Italia

Heredó de su abuelo materno, Ernesto Codignola, la vocación editorial, así como sus primeras lecturas juveniles tan bien complementadas por otro peso pesado italiano: el crítico y gran lector literario Roberto Bazlen. Ellos lo acercaron a la literatura centroeuropea, al igual que a la mitología clásica, piedra angular de su obra, tanto literaria como editorial.

En una columna escribí sobre las reseñas que, a la manera de cartas, escribió para varios libros que publicó como editor de la prestigiosa editorial italiana Adelphi, labor que de alguna forma lo emparenta con los clásicos editores europeos y estadounidenses del siglo xx. Aquellos publicaban lo que les gustaba, lo que percibían como bello —entiéndase belleza en el amplio sentido que le daba Albert Camus—, lo que detectaban en peligro de desaparición; independientemente de las modas, ideologías o prejuicios, construyendo un catálogo —«un libro único» lo habría llamado— para aquel «lector desconocido». Después de todo, para él la edición era también un género literario.

Calasso entendió que las nuevas tecnologías no eran culpables de drenar potenciales lectores a la literatura. Eran otros los factores como la banalización de la cultura, la caída de los niveles educativos, entre muchas otros. Entendió también que existe una suerte de rechazo contemporáneo hacia los intermediarios, malentendido producto de aquella idea demagógica sobre una relación directa entre autor y lector. A ello se suma la autocensura practicada por muchos editores quienes ven en lo que no da resultado comercial algo dudoso, cuando justamente la esencia de un catálogo es también apostar por lo menos convencional, lo que no está de moda. Sin ese espíritu nunca hubiéramos leído a Hemingway o a Fitzgerald.

Elegante, sobrio, inteligente, de gusto personal exquisito, contrario al predominio cultural de la izquierda —representada en ese entonces por la editorial Einaudi—, creó Adelphi como contrapeso a aquella propuesta.  Tradujo a Nietzsche y a Kafka, publicó a Milan Kundera y a Hermann Hesse, así como a Joseph Roth y Karl Kraus; a autores perseguidos por el comunismo como Vasily Grossman o al premio Nobel de 1980, Czesław Miłosz ; autores despreciados como el escritor de género policial Georges Simenon, uno de los favoritos de su maestro Bazlen, o autores contemporáneos como el italiano Leonardo Sciascia. En lo que se refiere a América Latina, recordemos que gracias a él los italianos pueden leer al argentino Jorge Luis Borges.

Además de editor fue también un extraordinario escritor, capaz de teorizar sobre su actividad en libros como La marca del editor o Cien cartas a un desconocido, exponer su visión sobre la cultura y la mitología griegas en La ruina de Kasch o Las bodas de Cadmo y Harmonía, revisitar a creadores como Kafka en K o el pintor Giambattista Tiepolo en El rosa Tiepolo, abordar la cultura védica en El ardor, la mitología hinduista en Ka, la modernidad europea en Los cuarenta y nueve escalones, la sociedad contemporánea en La actualidad innombrable, las formas de comunicación entre lo humano en El cazador celeste hasta la reflexión que establecemos con los libros en Cómo ordenar una biblioteca. Sus obras se han traducido a 25 idiomas y se publican en similar número de países.

Vuelvo a hojear La marca del editor, título que tengo entre mis libros de cabecera, aquellos que relees para salir de la rutina embrutecedora y constatar que aún estás vivo, y encuentro lo siguiente: «Se puede entonces llegar a la conclusión de que, además de ser una rama de los negocios, la edición siempre ha sido una cuestión de prestigio, cuando menos por tratarse de un género de negocios que es a la vez un arte. Un arte en todos los sentidos, y seguramente un arte peligroso porque, para practicarlo, el dinero es un elemento esencial. Desde este punto de vista bien se puede afirmar que muy poco ha cambiado desde los tiempos de Gutenberg. Sin embargo, si echamos un vistazo a cinco siglos de edición tratando de pensar en la edición misma como un arte, enseguida vemos surgir paradojas de todo tipo. La primera podría ser esta: ¿según qué criterios se puede juzgar la grandeza de un editor? Sobre esta cuestión, como solía decir un amigo mío español, “no hay nada escrito”».

Una rara avis como editor y como escritor, Roberto Calasso dejó una profunda huella en el siglo xx. Con él se va un grande, aunque él no habría aceptado ese adjetivo. Una manera de entender la edición y una manera de encontrar al lector que difícilmente será continuada por las nuevas generaciones.

De él se puede escribir lo que Mario Vargas Llosa dijo ante la muerte del gran crítico uruguayo Ángel Rama, cambiando solo el sustantivo: los editores, sabemos que su muerte ha empobrecido de algún modo nuestro oficio.

Juan Mejía Baca y aquella vieja librería

Uno de los referentes editoriales más importantes que tiene el Perú es Juan Mejía Baca, quien fue librero, editor y promotor cultural. De su librería, un paso obligado para los miembros del ambiente intelectual nacional, ya no quedan rastros, pero vive la historia misma como homenaje a quien fue Juan Mejía Baca.

Escribe: Ricardo Meinhold

La calle Huérfanos no es muy larga. Puedes recorrerla de principio a fin en pocos minutos; llevo muchos más buscando un sitio que hace setenta años era casi mítico y hoy nadie recuerda.

—Cerró hace muchos años —me comenta el dueño de una de las muchas imprentas informales que parecen haber devorado esta histórica calle de una Lima que no se va—. Ya se fue.

Miro a mi alrededor y solo encuentro una gran puerta cerrada en el jirón Azángaro número 722.

Hace frío y el olor a tinta es muy fuerte. Cansado, me dirijo al único testigo de mi búsqueda: la panadería llamada —curiosamente también— Huérfanos. Pido un café y una empanadita caliente y me siento en la pequeña mesa junto a la puerta de la esquina a ver a la gente pasar: vendedores, obreros, gente sin hogar, empleados.

Me siento frustrado. Miro nuevamente mi celular para sorprenderme otra vez observando una de las pocas fotos donde se ve, en el umbral de una librería, al gran escritor Martín Adán. En ella aparece animado, casi diría contento, en esta misma calle que en la fotografía parece de otro tiempo. Junto a él, su amigo entrañable Juan Mejía Baca: librero, editor y uno de los promotores culturales peruanos más importantes del siglo xx, cuya librería —o lo que queda de ella— es objeto de mi pesquisa.

Juan Mejía Baca, Martín Adán y Raúl Porras Barrenechea en la librería ubicada en Los Huérfanos a mediados de la década de 1950.

De padres lambayecanos, quienes estimularon en el futuro librero-editor el gusto por las artes y la música, nació en Piura en 1912. Estudió en el colegio nacional San José de Chiclayo, bajo la dirección del educador alemán Karl Weiss, quien influyó definitivamente en sus estudiantes. Decidido a convertirse en médico, estudió en la universidad de San Marcos, pero tuvo que dejarla por motivos económicos. Luego intentó seguir la carrera de Letras y Ciencias Políticas, pero tampoco concluyó por las mismas razones. Fue entonces que tuvo que ganarse la vida como músico tocando en orquestas; llegó a destacar en el violín. Incluso acompañó a Libertad Lamarque la primera vez que vino al Perú en 1934. Alguna vez comentó: «Como músico gané más dinero que en ninguna actividad posterior».

Pero lo suyo eran los libros y, en 1945 ―con el dinero obtenido con la música― fundó una librería. Su carisma y generosidad convirtieron el lugar en un imán para intelectuales que no solo iban a comprar libros sino a intercambiar ideas. Es difícil imaginar ahora que en las décadas de los cincuenta y sesenta esta librería no solo era muy conocida, era parada obligatoria para cualquier intelectual de entonces.

Pido otra taza y recuerdo haber leído que este sitio era una suerte de sucursal de la librería donde las tertulias se remataban con un café, similar al que estoy saboreando y, seguramente, con alguna otra bebida más espirituosa.

Cuando Mejía Baca se sorprendió con la dificultad que significaba entonces para un autor peruano publicar, cambió su función de librero a editor con el libro Cuentos andinos de Enrique López Albújar. El resto, como suele decirse, sería historia: publicó a más de 140 autores peruanos, con grandes tirajes, incluyendo a Martín Adán, César Vallejo, Luis Alberto Sánchez, Haya de la Torre y Luis E. Valcárcel. También editó diccionarios, importantes enciclopedias y hasta promovió festivales del libro. Crítico de su tiempo, a él debemos la famosa frase: «Para quemar un libro se necesitan sólo dos cosas: un libro y un imbécil», aludiendo a la orden de un funcionario del gobierno para requisar y quemarlibros considerados «subversivos» a finales de los años sesenta.

Pero como estamos en el Perú, esta aventura editorial llegó a su fin en los años ochenta. No obstante, él continuó con su misión de darle a los libros un espacio en la vida de los peruanos. Entre 1986 y 1990 fue nombrado director de la Biblioteca Nacional, y aprovechó el cargo para obtener el terreno en el distrito de San Borja, donde actualmente se encuentra la nueva sede. Lamentablemente, un ataque al corazón acabó su vida en 1991, y no pudo verla.

Veo la cuadra siete del jirón Azángaro sin amor, como en la novela de Vargas Llosa (quien cuando era estudiante universitario venía cada semana a perderse en sus estantes buscando las novedades). Mirando su deterioro, su abandono, su peligro latente, entiendo por qué aquel sitio estaba condenado a desaparecer. Al igual que él y su visión romántica de la edición.

Un poco aquí y en todas partes el negocio de los libros es eso: un negocio. No es malo. Pero si es «solo eso», algo inevitablemente se pierde. Porque el editor, además de ser la cabeza del proceso editorial ―desde el autor y el manuscrito hasta el libro impreso―, también es el que cuida al lector editando un libro que, independientemente de la moda o no, estará allí para ser descubierto.

Para ello, quienes somos editores debemos recordar lo que Mejía Baca alguna vez dijo: «Siempre fui un lector. De lector pasé a librero, y de librero, a editor. Es casi lo mismo, es sólo como subir una grada; luego pasé a la Biblioteca Nacional. No quiero decir que esto sea una carrera o un camino: ha sido sólo mi vida. El libro ha sido siempre muy importante para mí, tanto que me he permitido a través de él hacer una definición más del ser humano. El hombre es el único animal que lee. El loro puede hablar, el mono puede jugar, la hiena se ríe, pero no hay ningún animal que lea».

Termino mi café y noto que todos se están yendo. Es tarde ya. Yo también me voy y ya no lamento que nadie recuerde aquella vieja librería.