«In memoriam»: un tributo para José Antonio Mazzotti

Hoy se cumple un año de la partida de una de las voces más importantes de la poesía peruana. A modo de homenaje, el poeta Manuel Liendo recuerda vivencias y anécdotas vividas con José Antonio Mazzotti. Aquí les dejamos la transcripción del discurso que preparó para la presentación del poemario La estrella más cercana.

Por Manuel Liendo

El año pasado había terminado de dar clases y sonó mi teléfono. Era una llamada de José Antonio. Contesté y le dije: «Maestro, ¡qué sorpresa!, me llamas a esta hora. ¿Qué pasa, maestro?». Del otro lado, me contesta Barbara, su esposa: «Manuel», dijo, acongojada. «Barbara, ¿cómo estás?», le dije. «Ha pasado algo, Manuel. Se fue José Antonio», respondió. Me quebré, sin más.  

Lo cierto es que desde ese momento comencé a ver a José Antonio en todas partes y tuve muchas conversaciones en silencio con él. Lo primero que hice fue llamar a Raúl (Mendizábal), porque Barbara me encargó dar la noticia. Sin embargo, cada vez que la daba me iba quebrando más y más.

El tema es que yo sabía de esta situación, pero no quería admitirlo. Me acuerdo que cada vez que José Antonio llegaba a Lima y terminaban las reuniones, yo pensaba: «José Antonio se está yendo». Las últimas veces que lo vi ya no podía subir escaleras y le faltaba el aire. La última cena que hubo en casa con los amigos, José Antonio prácticamente se despidió de nosotros.

Tengo muchas escenas de él en la memoria. Su figura en el patio de letras de San Marcos, un muchacho que siempre tenía un maletín azul lleno de libros y poemas. Ese era José Antonio, siempre atento a lo que sucedía. Y era Mazzotti, no José Antonio. Era Mazzotti la palabra que sonaba en San Marcos: el que sabía todos los cursos, el que discutía con los profesores, el que te decía cuál era el mejor curso o qué curso no llevar.

A veces teníamos clases que empezaban a las cuatro de la tarde y terminaban a las tres o cuatro de la mañana, porque nos invitaban a sus casas Antonio Cisneros, Paco Carrillo, Carlos Germán Belli, Pablo Guevara… en fin, muchos otros. Washington Delgado era un espectáculo dictando clases sobre el siglo de oro.

José Antonio era parte de estos grupos en los que siempre él terminaba con la parte teórica y, por supuesto, la poesía. Siempre con su parker en el bolsillo, anotando, escribiendo versos y discutiendo, sobre todo eso, discutiendo en el mejor sentido de la palabra. No creo haber conocido un mejor anfitrión que José Antonio: tú llegabas a su casa y podía haber el peor caos, una gran bulla, es decir, el mayor movimiento, pero José Antonio siempre era pausado, recogía, llevaba, servía, «¿qué quieres?», nos decía. Y a todos complacía, a todos le daba. Ese era José Antonio. Es más, en una oportunidad pasábamos por una tienda y le dije: «Oye, me voy a comprar una camisa». «No, vas a gastar mucho, gástalo en invitar a los amigos», me decía. Ese era mi amigo José Antonio.

Y, por otro lado, hubo una etapa muy interesante de José Antonio en la que ayudó a mucha gente organizándoles recitales. Por ejemplo, hizo muchos recitales en Harvard y él no participaba. La gente le decía: «oye, ¿ya no escribes?». «No yo sigo escribiendo, pero estoy mostrando la poesía peruana», respondía con amabilidad. Además, viajamos mucho con él, especialmente a los congresos que hizo por Europa, como por ejemplo en España, en Francia, en Portugal, en La Habana, en Cuba. Es decir, era una persona que tenía una gran energía que nos dejó hasta el día de su muerte.

Dirigió la Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, que fue el legado de Antonio Cornejo Polar: una de las revistas más importantes de Latinoamérica, una revista fundacional, una crítica literaria latinoamericana, nada eurocentrista. Recuerdo que él decía: «Hay muchos textos que no los podemos estudiar con una base teórica específica, tenemos que crear nuestra propia base. Tenemos que crear nuestras propias bases». Así, llevó por lo alto al Inca Garcilaso de la Vega, a César Vallejo, a la poesía peruana e Hispanoamericana. Permítanme leer un breve textoacerca del libro que nos convoca: La estrella más cercana,«La inmensa poesía».

La partida de José Antonio ha dejado un enorme vacío en nuestra generación. Sin lugar a dudas, tenía la mente más brillante de la generación de los ochenta. No solo desarrolló una obra poética consagrada a la palabra, sino al oficio de converger versos en categorías significativas. Dueño de una voz poética transbarroca, Mazzotti nos canta poesía para callarse, en su hora, ante los mosquitos de la vida, dixit José Antonio.

Incansable académico, aportó una bibliografía numerosa y consistente para el estudio de autores como el Inca Garcilaso de la Vega y César Vallejo, así como para la poesía peruana e hispanoamericana contemporánea Apreciado por su bonhomía y desprendimiento vital, Mazzotti reunía a lo más graneado de la academia mundial a través de eventos nacionales e internacionales.

Su último poemario, La estrella más cercana, es como una despedida. Aparentemente podemos decir que es un diario de muerte, pero el poemario de muerte está en los Poemas posthumanos, que es el libro anterior donde avisaba que ya se iba. José Antonio renace preparando la muerte para estar próximos al fulgor de una estrella que alumbra su memoria, la continua erosión del olvido. Su calor se chorrea en el baúl, para luego recaer en la infancia, en la vorágine del tiempo que deja de girar. Un viaje transbarroco a la semilla desde el desempeño vital de las flores, hasta secarse en galaxias separadas con velos ardiendo de continuo.

Domingo de Ramos y Manuel Liendo

En la poesía de José Antonio la vida relampaguea en tecnicolor donde nadie es dueño de nada, congelando cenas familiares, evocando la infancia, sus primeras caídas, golpes y heridas sangrantes. De ahí los caminos fáciles, José Antonio, de ver el cielo con manchitas rojas capaces de engullir el más precoz deseo, sabiendo que todos están vivos a pesar del Cuco. La madurez tanto en la vida como en una película. La ciudad ejemplificada evoca los huariques, el torito de Surco Viejo donde se come bien. José Antonio tenía un gran diente. Se disfruta el ambiente de vendimia, el olor a uvas, la provincia que ya no es, para estar a tiro de piedra del progreso. Los versos variados para Raquel, su primera profesora de nido, nos ayudan con la pintura de Zurbarán a imaginar su mito, su belleza, su luz y contraluz, su presencia idealizada que solo puede venir del cielo.

Y en el poema «Mar-vientre» retoca el tópico humanista de la vita flumen, toda vida es un río, con la diferencia que la vida regresa al mar. Recordarán dijo Manrique: «Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir». Machado también, Javier Heraud también de una u otra forma lo dicen, pero acá José Antonio hace este giro: en lugar de ir a la muerte regresa al mar que ya no es la muerte, sino es el vientre donde se recibe otra vez la vida. Un tempus fugit irreparable, la fugacidad del tiempo irreparable que convive para seguir entre nosotros es en realidad susurrado siempre por Céfiro, que es el dios del viento. Magnífico poema que reconfigura los tópicos desde su núcleo.

En la casa en Santa Clara evoca al chiquillo de alquitrán y paja, de obediencia, de una docilidad enorme, irreflexión con la esperanza menguada. Recuerda que la primera novia, la imagen indesmayable del amor que resiste agolpándose ante todas sus preguntas. En «Chosica» la casa del abuelo se convierte en refugio de un nazi. Ahí aparecen los primeros morbos, las calatas de Playboy y el plumazo que lo cambia todo.

En «El buscador de estrellas», su padre Luis es demiurgo de las constelaciones con sus mapas, su astrolabio, el abecedario de los cuerpos celestes. Y su madre, Rosa, tenemos que mencionar a Rosita porque José Antonio fue un hijo extraordinario, siempre venía a verla, siempre estaba expectante para saber qué pasaba con Rosita. Y Rosita era realmente como nuestra segunda madre: íbamos, la engreíamos y siempre estábamos con ella. Tenía una lucidez impresionante. Nunca faltaron las llamadas de Rosita, y se fue prácticamente un año atrás, unos meses. Ella, quien abre todas las puertas se convierte en poesía misma para José Antonio.

«Tarapoto» es el nombre de nuestro ambiente donde vivió nuestro niño. Su padre fue militar, así que él estuvo en varias partes del Perú y también vivió un tiempo en Polonia. Un mundo elocuente e imperecedero a pesar de sus lágrimas. En «Blefuscu» y la playa hondable cerca de Ancón surgen imágenes que enternecen: orquestas naturales, murallas de hielo bajo el sol chillante y ella mirándolo. Así conoció el amor, en atardeceres donde las tardes terminan incendiándose.

Finalmente, el poema doce, con final intrínseco, regresa a su amada como altar, avanzado para convertirse en estrella, gozando su carne y hueso hasta el final de sus días. José Antonio Mazzotti nos conmueve con el cierre poético de su trayectoria y nos guía hasta la estrella más cercana de su inmensa poesía.

Acerca de «Borges: Novelista virtual»

En el marco de los 126 años del nacimiento del escritor argentino Jorge Luis Borges, les dejamos la transcripción de la presentación que realizó Marcela Robles, poeta y periodista, sobre el ensayo Borges: Novelista virtual, del ensayista piurano Miguel Gutiérrez.

Por Marcela Robles

Traigo algunas ideas anotadas después de pasar un par de semanas con Borges y Miguel Gutiérrez en la cabeza. Espero que en algún momento ambos me permitan articular algunas palabras propias en lugar de las suyas, que son inminentemente maravillosas.

Este rescate literario —respecto a Borges: Novelista virtual— merece seguir adelante para no olvidar a Miguel Gutiérrez, escritor piurano extraordinario que nos trajo una de las palabras más increíbles y estimulantes de la literatura peruana.

En lo personal, este ensayo me ha servido, entre muchas otras cosas, para reencontrarme con Borges a través de relecturas que siempre descubren algo nuevo de nuestros autores favoritos; sobre todo en esta época en que la hondura, la sabiduría y el riesgo parecen haberse desvanecido. Esperemos que temporalmente, porque salvo honrosas excepciones, que por supuesto las hay, lo superficial, lo meramente descriptivo, lo insustancial parecen haber tomado el lugar de la reflexión y la originalidad en la literatura actual. Así que este reencuentro con Borges se lo debo a Miguel Gutiérrez y a su clara y deslumbrante prosa. Les recomiendo encarecidamente que lean este bello libro, porque es de lectura imprescindible.

He tomado nota de las reflexiones, ideas, emociones y asociaciones, que es lo que hace de alguna manera Miguel, porque cruza a Borges con absolutamente todo. Y, ¡por Dios!, atreverse a decir que Borges si bien no escribió novelas fue prácticamente el precursor de la novela latinoamericana, pues equivale a algo tan temerario como aventarse de un precipicio. Sin embargo, creo que consiguió su objetivo.  

Lo fascinante de los buenos escritores es que al descubrirnos su universo nos remiten a grandes temas y descubrimientos que trascienden, y esto es importantísimo para todo escritor: que trascienden incluso a los protagonistas o temas principales de sus historias. Esa mirada abarcadora que va más allá de su propia percepción y que generosamente —con muchísima sabiduría— nos cuestiona, nos alimenta, nos incomoda y nos fascina, pero sobre todo nos eleva. Precisamente para no quedarse solo en la superficie o en lo meramente anecdótico. Escritores que no se jactan ni se complacen consciente o inconscientemente de sus capacidades, dejando a la vez un margen para nuestro propio juicio y, sobre todo, dando rienda suelta a tres cosas fundamentales: la imaginación, la curiosidad y el asombro. Tres condiciones que, a pesar del apocalipsis que vivimos, nos mantienen vivos e interesados. Como dice el dicho: «Es mucho mejor estar interesados, que ser interesante».

Gutiérrez, en el prólogo la colección que tituló Biblioteca para el siglo XXI, afirma que en su doble condición de lector impenitente de ficciones sigue siendo un autor que aún no ha perdido la esperanza de escribir una buena novela. Imagínense, esto lo escribió Gutiérrez en 1999 y se publicó en el 2000 si no me equivoco. Es decir, nueve años después de publicar La violencia del tiempo. Solo le queda la esperanza de escribir una buena novela. Entonces me preguntó yo: ¿Qué será de nosotros, pobres mortales, tratando de escribir algo decente cuando él se sentía inseguro de la obra magistral que había escrito?

Y esto demuestra una vez más que casi todos los escritores padecen de alguna u otra manera del famoso síndrome del impostor: esa inseguridad que hace dudar de su potencial hasta a los más notables de la tribu, evidentemente. Me acuerdo, por ejemplo, de una carta famosa y hermosísima de Ernest Hemingway, publicada en Cartas memorables, que le escribe a su amigo Scott Fitzgerald, nada menos. Fitzgerald, que ya había publicado El gran Gatsby en ese entonces, le manda el borrador de la primera copia de Tender is the night, Tierna es la noche —prefiero Tierna es la noche, que Suave es la noche, como lo traducen algunos—y Hemingway lo destroza. Eran muy amigos y, por supuesto, Hemingway lo critica con cariño, con respeto y de alguna manera, con delicadeza, pero fue sumamente crítico. Hablando del síndrome del impostor, si Scott Fitzgerald dudaba de su talento, entonces, como repito, mejor nos dedicamos a la repostería; pero Hemingway le dice: «Scott, estoy completamente seguro de que tú en este momento ya eres capaz de cualquier cosa. Tú puedes escribir lo que quieras en este momento. Tú puedes hacer lo que quieras con tu literatura. Entonces déjate de tonterías y de rodeos y ponte a escribir». Por supuesto, nueve años le tomó a Fitzgerald escribir Tierna es la noche. ¡Y miren lo que resultó!

En verdad, cuando a uno le piden una opinión sobre el trabajo que está realizando un amigo, que quizás esté escribiendo una novela, una debe ser honesto, porque los aplausos no sirven de nada, no hacen más que alimentar un ego que no sirve para nada. Sería bueno aprender esa lección memorable que nos dio Hemingway.

No sé si Borges tenía aquel síndrome. Pienso que no, porque cuando la gente menciona a Borges parece que les salieran plumas de la cabeza. Pero hay que aprender a desacralizar a los clásicos, a nuestros autores favoritos y a los grandes escritores. Hay que aprender a bajarlos a tierra y hacerlos más cercanos a nosotros. Pero lo que sí sé —dicho por el mismo en sus entrevistas, que son una delicia— es que era sumamente crítico de sí mismo y de su escritura. Ustedes lo deben saber. Incluso escribió varios libros que decidió no publicar porque le parecían insuficientes, o que consideraba no debían llegar a los lectores porque no merecían la pena. Era un genio. Excepto, naturalmente por algunos desubicados que van por el mundo sin rumbo buscando los aplausos y la gloria, el éxito es efímero, pero no les haremos ningún caso.

Gutiérrez dice en este maravilloso libro Borges: Novelista virtual que no tiene un carácter académico ni erudito, sino hedonístico, personal y desacralizado; aunque sin detrimento del necesario rigor que la lectura de un texto literario exige, lo siguiente: «Mis clásicos, los he circunscrito al área de occidente del cual de una u otra manera forma parte Latinoamérica. El objetivo que me he propuesto es ofrecer a los lectores una introducción relativamente completa de la novela de este siglo que culmina, pero que a la vez implique un balance y una apertura y proyección a los años iniciales del siglo XXI». Vaya tarea la que se impuso nuestro querido Miguel, piurano de pura cepa, que representa emblemáticamente la literatura regional de nuestro país a los que todos deberíamos volver y no olvidar nunca.

Este libro no solo trasciende fronteras, sino que se convierte en una especie de guía indispensable para recorrer no solo literatura borgeana, sino a todos los escritores influenciados por ella. Y, además, por la cantidad de información minuciosa y extensa contenida en los anexos —que prácticamente son un libro aparte— es un gran instrumento de consulta en cualquier biblioteca. No exagero al decir que los apéndices parecen la enciclopedia británica.

Por supuesto, no podemos dejar de escuchar las palabras de Borges. Atribuyo sus grandes libros a la labor de comunidades, a personajes de los mismos libros, a dioses, a héroes o simplemente al tiempo. Una de las principales obsesiones borgianas es el tiempo. Tales atribuciones son, por supuesto, meras evasiones o juegos, no así la última.

Nadie puede condenar una antología que sea mucho más que un museo de sus simpatías y diferencias, pero el tiempo acaba por evitarlas. Espero que esta especie de antología que Miguel trataba de armar el tiempo la recuerde eternamente. Lo que un hombre no puede hacer, las generaciones lo hacen. Los infolios de Calderón dejan de abrumarnos y perduran; nueve o diez páginas de Coleridge, uno de los poetas favoritos de Borges, borran la gloriosa obra de Byron y el resto de la obra de Coleridge. No hay antología cronológica que no empiece bien y no acabe mal. El tiempo ha compilado el principio y el doctor Marcelino Menéndez y Pelayo el fin. En breve, sigue Borges, la cifra de mis años será setenta. El tiempo, cuya perspicacia crítica he ponderado, en recordar dos textos: «Fundación mítica de Buenos Aires» y «Hombre de la esquina rosada». Que curioso que él mencione este cuento. Si los he incluido aquí, dice Borges, es porque los espera el lector. Lo cual refleja el respeto que Borges tenía por sus lectores.

Quién sabe, añade, qué virtud oscura habrá en ellos. Naturalmente prefiero ser juzgado por —y nombra sus cuentos— «Límites», «La intrusa», «El golem» o «Junín». Sospecho que un autor debe intervenir lo menos posible en la elaboración de su obra, fundamental. Debe de tratar de ser un amanuense del espíritu o de la musa, ambas palabras son sinónimas, no de sus opiniones, que son lo más superficial que hay en él. Así lo entendió Rudyard Kipling, el más ilustre de los escritores comprometidos. A un escritor, decía Kipling, le está dado inventar una fábula, pero no la moralidad de esa fábula. Ojalá las páginas que he elegido prosigan su intrincado destino en la conciencia del lector. Mis temas habituales están en ellos: la perplejidad metafísica, los muertos que perduran en mi memoria, la germanística, el lenguaje, la patria, la paradójica suerte de los poetas.

Quince años después: el silencio, la escritura y un hombre llamado José Saramago

En el décimo quinto aniversario del fallecimiento del premio nobel portugués, hacemos un breve repaso por la vida y obra de uno de los representantes máximos de las letras universales.

Saramago publicó en 1947 Terra do pecado, su primera novela, la cual pasó desapercibida ante los ojos de la crítica. Tras el fracaso de dicha empresa, el escritor compuso Claraboya, obra con la que pretendía sostener un segundo asalto en la escena literaria. Sin embargo, no vería la luz sino hasta el lejano 2012, dos años después de la muerte de su creador.

Contrario a lo que se piensa, respecto a que un autor existe en la medida que sea publicado, José Saramago optó por el silencio editorial. Durante más de veinte años no publicó ningún libro, aunque realizó diversos trabajos, entre estos, las traducciones de las obras de Maupassant, Baudelaire, Tolstói, entre otros, al portugués.

A decir del mismo Saramago, no publicó porque «sencillamente no tenía algo que decir y cuando no se tiene algo que decir lo mejor es callar». Cabe preguntarse si en aquellos años perdidos se forjó aquel estilo lírico e inimitable, aquellas historias satíricas, acaso proféticas, que componen el corpus de su universo.

Al aparecer Manual de pintura y caligrafía, en 1977, la crítica, antes esquiva, trataba con expectativas el renacimiento de Saramago, pero no fue sino hasta 1980, tras la publicación de Levantado del suelo, que se consolidó como uno de los escritores más importantes en lengua portuguesa. Es decir, recién a los 58 años alcanzó el éxito.

Lo demás, historia es. Desde aquel momento, publicó sin descanso. Quien supo callar, ahora era incapaz de hacerlo. Pero es preciso detenernos en 1991. Y es que, en dicho año, la fama de Saramago se catapulta a niveles superiores, a raíz de la publicación de El Evangelio según Jesucristo, novela que reescribe, de manera caótica, la vida de Jesús, y que causó un revuelo en Portugal.

Diversos sectores religiosos tildaron a Saramago de blasfemo, por lo que el autor, a modo de protesta, se exilió en la isla de Lanzarote. En ello reconocemos el trabajo comprometido de Saramago con su proceso de creación, en el que echa mano de la ficción para resonar en las realidades sociales, políticas y religiosas. Esto les permitió a sus relatos, situados en contextos imaginarios, reflejar las contradicciones del mundo contemporáneo, por lo que sus obras cargan con una fuerte crítica a la sociedad y la condición humana.

Hijos de ello son las novelas Ensayo sobre la ceguera (publicado en 1995, y acaso su libro más famoso) y Las intermitencias de la muerte, las cuales abordan con suma maestría la complejidad del ser humano, en la que critica las etiquetas que encapsulan al hombre en roles predeterminado. Asimismo, es clara la defensa del pensamiento humano y las decisiones que acarrean consecuencias irreversibles, pero llenas de libertad (La caverna es uno de esos ejemplos edificantes).

A quince años del fallecimiento de Saramago, es preciso recordarlo como una alegoría a la vida misma y a la razón más heterodoxa, así como un cántico a la lucha contra los poderes opresores, pero desde una óptica compasiva, tal vez irónica, de que el mundo necesita ser retratado por la ficción para ser comprendido, al menos, en una milésima parte.

En Caín, su última novela, encontramos una frase final que representa, acaso como broma o como un testimonio que soportará la inclemencia del tiempo, la oda perfecta a ese silencio que lo acompañó en su vida: «La historia ha acabado, no habrá más que contar».

Thomas Mann: cinco libros indispensables

Hoy se cumplen 150 años del nacimiento de uno de los autores más importantes de la literatura alemana. Si aún no conoces su obra, te dejamos una lista de cinco libros con los que puedes empezar.

Los Buddenbrook (1901)

Primera novela del escritor que narra el ascenso y decadencia de una familia de comerciantes de la ciudad de Lübeck, entre los años 1835 y 1877. La novela tuvo un éxito rotundo tras su publicación, al punto que a mediados de 1929 se habían vendido más de 185 000 ejemplares de la edición alemana. Precisamente, ese mismo año se le otorgó a Mann el Premio Nobel de Literatura y, según lo dicho por el jurado, fue «principalmente por su gran novela Los Buddenbrook».

La muerte en Venecia (1912)

La trama de esta novela reflexiona sobre la pasión como desequilibrio y senda directa hacia la degradación del hombre. Contrario a lo que se piensa, esta historia cuenta una sencilla anécdota: el escritor Gustav Aschenbach llega a Venecia en busca de inspiración y se obsesiona con un joven llamado Tadzio, que representa la belleza idealizada. Las acciones que despliegan son mínimas y los escenarios en los que transcurre la narración se reducen principalmente a las habitaciones de un exclusivo hotel de veraneo veneciano y a la playa que queda cerca de allí.

La montaña mágica (1924)

Considerada como la obra maestra de Mann y una de las más importantes de la literatura universal de la primera mitad del siglo XX. La historia sigue las peripecias de Hans Castorp, un joven ingeniero que visita a su primo Joachim Ziemssen en un sanatorio de los Alpes suizos, destinado para el cuidado de pacientes tuberculosos.

Lo que sería una estancia breve, se prolonga por tiempo indefinido, lo cual le permite a Hans reflexionar sobre la vida, la muerte y el amor, pilares fundamentales de la existencia humana. La novela es tomada como un fiel reflejo de la sociedad burguesa antes de la Primera Guerra Mundial.

José y sus hermanos (1933-1943)

Esta es una de las más grandes obras de Thomas Mann, dividida en una tetralogía que reinventa la historia bíblica de José, consignada en el libro del Génesis. Mann narra la vida de José, pasando por su juventud, la traición de sus hermanos, el ascenso de José en Egipto y la reconciliación familiar, que simboliza la entrada de los israelitas en tierras egipcias.

Doktor Faustus (1947)

La novela fue escrita durante el exilio de Mann en Estados Unidos y recibió numerosos aportes de personalidades como Ígor Stravinski y Theodor W. Adorno. La historia narra la vida de Adrian Leverkühn, prodigio de la música, la cual coincide, de forma intencional, con la historia moral de Fausto, personaje de la mitología medieval alemana, que se vendió al demonio Mefistófeles.

El relata deja al lector intuir si la presencia del demonio era parte de la imaginación de Leverkühn. De cualquier forma, el músico lleva su arte hasta el nivel más extremo, culminando con su muerte fatídica.

Periodismo y literatura: cinco cronistas que debes conocer

A lo largo del tiempo, la crónica periodística ha dejado una huella imborrable en el campo de las letras, debido a que combina el proceso de investigación con las principales técnicas narrativas. El objetivo: emocionar y conmover al lector. Aquí te dejamos a cinco cronistas que deberías conocer y leer.

Rodolfo Walsh y el periodismo narrativo

El escritor argentino fue el pionero de la llamada novela de no ficción, tras la aparición de su obra Operación Masacre en 1957. El escrito combina una rigurosa investigación periodística sobre los asesinatos de prisioneros el 9 de junio de 1956 —episodio conocido como los fusilamientos de José León Suárez— con herramientas narrativas, lo cual devino en un texto que se ha convertido en referente del periodismo argentino y latinoamericano.

Esta novela se adelantó seis años al boom que desataría la publicación de A sangre fría, del estadounidense Truman Capote.

Ryszard Kapuściński y la cobertura de conflictos globales

Considerado como uno de los máximos exponentes del periodismo moderno, Kapuściński cubrió diversos conflictos provocados por dictaduras, regímenes y tensiones políticas en África, Asia y América Latina. Su enfoque narrativo acerca la realidad de los menos favorecidos hacia los lectores, lo cual estableció una nueva óptica en torno a la narración periodística de conflictos.

Famosas son sus crónicas El emperador, de 1978, la cual narra la decadencia del régimen del emperador Haile Selassie de Etiopía; Ébano, de 1998, un relato profundo de los viajes del periodista por África en el que describe no solo guerras y dictaduras, sino también la vida cotidiana y las tradiciones de distintos pueblos africanos; La guerra del fútbol, de 1992, relata el conflicto armado entre El Salvador y Honduras, conocido como la Guerra de las cien horas, echando mano de la narrativa literaria para explicar las causas y consecuencias de la controversia.

Bob Woodward y Carl Bernstein: periodismo de investigación

Uno de los clásicos de la historia del periodismo. Woodward y Bernstein, reporteros del Washington Post, causaron una gran revolución en el campo del periodismo de investigación de Estados Unidos, tras destapar el escándalo Watergate en 1970.

Dicho caso surgió a raíz del robo de documentos en el complejo de oficinas Watergate, sede del Comité Nacional del Partido Demócrata de Estados Unidos, en Washington, y el intento de la administración del presidente Richard Nixon por distraer la atención de este hecho. La historia se narra en el libro Todos los hombres del presidente, texto que demostró el poder del periodismo para exponer la corrupción en altos niveles y generar cambios sociales.

Martha Gellhorn: corresponsal de guerra

La periodista estadounidense cubrió los conflictos más importantes del siglo XX, como la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial. Sus escritos constan de un sutil toque personal y una marcada línea comprometida con la verdad de los hechos.

Entre sus escritos más importantes resaltan El rostro de la guerra, de 1959, una recopilación de crónicas de distintos conflictos bélicos entre 1937 hasta 1985; también está Cinco viajes al infierno: aventuras conmigo y ese otro, de 1978, que es un relato de sus viajes y experiencias personales en zonas de conflicto; por último, tenemos Vietnam: A New Kind of War, de 1966, que es una serie de reportajes sobre la guerra en suelo vietnamita y las consecuencias en la población civil.

Tom Wolfe y Hunter S. Thompson

En el caso de Wolfe, es considerado como uno de los creadores del nuevo periodismo, debido a que fue de los primeros en combinar la narrativa literaria con la investigación. Entre sus crónicas más famosas resalta La hoguera de las vanidades (1987), pues, aunque es tomada como novela, se basa en una crónica social y política de la ciudad de Nueva York, en la que se dan a conocer las contradicciones de dicha sociedad, así como la realidad social y racial.

Por su parte, Hunter S. Thompson, llevó la innovación periodística hacia un siguiente nivel, tras la creación del llamado periodismo Gonzo. Sus escritos más importantes son La maldición de Lono, crónica que cubre la maratón de Hawái en el aniversario del ataque de Pearl Harbor; Los ángeles del infierno, de 1966 en la que el periodista se mezcla con el mundo de los motociclistas de Hell’s Angels para narrar sus experiencias.

¿Quieres incursionar en el mundo del libro? Esto es lo que debes saber

No basta con solo ser lector, escribir o saber mucho de libros. Si quieres consolidar tu iniciativa en la industria del libro, es fundamental que conozcas el mercado editorial. Aquí te dejamos algunas razones importantes.

Comprenderás el entorno y las tendencias

El mercado editorial es un espacio en constante evolución, debido a factores tecnológicos, culturales y económicos. Si entendemos estas dinámicas, será más sencillo identificar los tipos de contenidos que demandan los lectores, así como sus preferencias y los mejores canales de distribución.

Tengamos en cuenta que la digitalización ha transformado la concepción del libro y la lectura. Eso quiere decir que el usuario busca acceder a estos materiales mediante distintos soportes y plataformas.

Clave para entender las nuevas tecnologías y modelos de negocio

La aparición del libro electrónico y la consolidación de las estrategias de marketing digital fueron determinantes en el manejo del sector. Conocer los movimientos del mercado nos coloca un paso adelante, pues sabremos qué tácticas implementar, por ejemplo, para hacer llegar un libro a un determinado público, o encontrar un nicho específico para una obra.

Impulso económico y cultural

En países como México, Argentina y Colombia, donde el libro adquiere un interesante valor como capital simbólico, la industria editorial representa un pilar económico importante. Basta solo con dar una mirada a las ferias que organizan dichos países para darnos una idea.

Conocer el mercado amplía la perspectiva respecto a estos eventos, ya que el editor es capaz de aprovecharlos para expandir sus productos hacia nuevos mercados, así como conocer las tendencias que mueven los contenidos en otros países.

Estrategias de marketing y posicionamiento

Ambos conceptos van de la mano. Si conoces a detalle los movimientos del sector editorial, sabrás elegir la mejor estrategia para posicionar tus productos. Así, sabrás identificar a tu público objetivo, diseñar campañas efectivas de promoción, entre otras acciones que impulsarán tu proyecto.

Ten en cuenta a tu competencia

Nunca la pierdas de vista. El mercado editorial es un rubro muy competitivo. Hoy en día, las editoriales tradicionales han encontrado a fuertes competidores en las distintas formas de entretenimiento digital. El conocimiento de los mecanismos del mercado te permitirá seleccionar la mejor estrategia para enfrentar la saturación del mercado y captar la atención de tu público.

Participa en nuestro curso de Mercado Editorial

Si buscas el éxito en la industria del libro, es importante que sigas estas pautas. Por ello, te invitamos a participar de nuestro curso de Mercado Editorial, en el cual conocerás el rubro a detalle, lo cual representa un gran paso para consolidar tus proyectos. Empezamos las clases el jueves 5 de junio. Inscríbete aquí:

César Osorio: «La principal labor de un corrector es auxiliar al texto»

En la siguiente entrevista, ingresaremos a la trastienda de César Augusto Osorio, corrector egresado de las aulas del Centro de Desarrollo Editorial, quien comenta acerca de su vocación como lector, escritor y corrector, oficio sobre el cual ofrece algunas reflexiones.

Háblanos un poco acerca de tus lecturas y cómo surge tu vínculo con las letras

    Diría que todo empezó en la secundaria. Por fortuna, tuve a profesores que encendieron mi curiosidad sobre las incontables historias que pueden ofrecer los libros. A partir de los doce años fui muy receptivo con los conocimientos que impartían mis docentes de Literatura, Lenguaje y Razonamiento Verbal. Al contrario de lo que mis padres esperaban, terminé escogiendo las letras como mi forma de vincularme con la vida. Por otro lado, mi interés por la literatura no se limitaba al placer de las buenas historias, sino que necesitaba entender los procesos con que opera la ficción de los libros que tanto me gustaban. Fue esa inquietud intelectual la que me impulsó a leer más, a escribir mis primeros cuentos, también a estudiar Literatura.

    Sobre mis lecturas, fueron Julio Ramón Ribeyro y Gabriel García Márquez mis primeros grandes referentes cuando era adolescente. Sobre todo el primero, al que conocí gracias a una antología escolar de sus cuentos; él es el culpable de que la mayoría de mis escritos hayan sido relatos breves. De García Márquez adoré el estilo, el ritmo, el color de su narrativa desde mi primer acercamiento a su obra, mediante Relato de un náufrago. Con el paso del tiempo, descubrí a más escritores fantásticos como Natsume Soseki, Samuel Beckett, Camilo José Cela, Dostoievski, Hemingway, Borges, Mann, Kafka, Yourcenar.

    Respecto a la labor del corrector, ¿cuál crees que es su tarea principal?

    La principal labor de un corrector es auxiliar al texto. Con esto me refiero a que el corrector debe estar dispuesto a ayudar a un texto para liberarlo de posibles errores ortográficos, ortotipográficos, gramaticales, sintácticos, de formato. Ojo que hablo de ayudar a eliminar fallos, que a un corrector no le consta meterse con su material de trabajo como si fuera el autor (a menos que el cliente diga lo contrario, por supuesto). La pertinencia para intervenir siempre dependerá de factores como la tipología textual, los criterios normativos de la institución donde se trabaja, en ocasiones incluso de las exigencias específicas del cliente. En mi opinión, un corrector debería adaptarse a todos esos requerimientos de su contexto profesional para suprimir los diferentes errores o erratas en los textos donde opera.

    ¿Cuál consideras es la principal destreza de un corrector?

    Pienso que su principal destreza es la capacidad de adaptarse a cada situación. El lenguaje escrito admite un sinnúmero de posibilidades, las mismas que deslizan una infinita variedad de errores. Por más conocimientos teóricos que un corrector pueda albergar, es más importante saber responder a las circunstancias variopintas al corregir. Más de una vez hay casuísticas rebuscadas, soluciones inciertas o alternativas múltiples para resolver un error. Entonces, tener la cabeza para decidir bien en la corrección de textos es una virtud que se construye con la experiencia. Dicha virtud, por cierto, importa también porque sirve para sustentar la corrección con los demás colegas de profesión, con el cliente, con el equipo de trabajo.

    ¿Cómo surgió tu interés por incursionar en el tema de la corrección?

    Mi interés se despertó en el último año de mi carrera. Buscaba formas de diversificar mi perfil profesional, en especial para ampliar mis horizontes laborales. Me atraía bastante la idea de trabajar en el sector editorial, y la corrección de textos apareció como una vía espléndida para ingresar a dicho sector, aunque requería respaldar esa chance con una formación más dedicada en la materia. Pues no solo veía la conveniencia de una latente opción de trabajo, sino que me llamaba un genuino interés por perfeccionar mi capacidad de corregir escritos, así como de lograr una mejor escritura.

    Coméntanos un poco acerca de tu experiencia en el Curso Integral de Corrección de Estilo.

    Hallé información cuando estaba a pocos meses de egresar de la universidad. Me pareció un programa bastante conveniente para mis objetivos a corto y mediano plazo (nuevas oportunidades de empleo y extensión de mi perfil profesional), por lo que me inscribí con antelación. Debido a que las clases fueron virtuales y se impartían los fines de semana, disponía de una gran comodidad para ajustar mis horarios sin que hubiera cruces problemáticos. Logré trabajar y estudiar a la vez (lo cual no es nada fácil), haciendo posible seguir aprendiendo mientras iniciaba mi trayectoria laboral. En cuanto al curso en sí mismo, guardo un sincero respeto y una inmensa gratitud a los profesores con los que llevé clases a lo largo de los seis módulos del programa. Su conocimiento, experiencia y amabilidad me ayudaron muchísimo a encontrar mis limitaciones, subsanar varios fallos que cometía al corregir y a ser más consciente de lo complejo que es la labor de escribir bien. Aunque no se queda solo en esos aspectos, sino que, gracias a los maravillosos docentes del CICE, aprendí la fundamental lección de que la corrección de textos es una labor humana. Con esto me refiero a que no basta con saber arreglar fallos en los textos. Un buen corrector también maneja una comunicación transparente con los demás agentes alrededor de su oficio. Entiende las implicaciones éticas de sus decisiones con los escritos, así como su lugar dentro de la cadena editorial.

    ¿Cuál crees que es la principal fortaleza del CICE?

    En mi opinión, su principal fuerte es que brinda accesibilidad para la adecuada formación de correctores profesionales. Su oferta académica está bajo la dirección pedagógica de docentes altamente cualificados; por ello, la malla curricular se ha confeccionado atendiendo a una evolución progresiva de los saberes normativos, lingüísticos y prácticos de los alumnos. Además, las clases gozan de modalidades flexibles (la virtualidad es un punto a resaltar), y se mantienen actualizadas de acuerdo a las necesidades del mercado laboral. Por lo que el CICE abre las puertas a los profesionales interesados para que adquieran sólidas destrezas con que operar de mejor modo con los textos.

    Si tuvieses que dejar un consejo para quienes quieran sumarse a la labor de corrección, ¿cuál sería?

    les aconsejaría que piensen su futura especialidad como una especie de mediación entre el texto y el autor. Muchas veces los autores cometen fallos de todo tipo al escribir, lo cual no necesariamente signifique que ellos escriban “mal”. Nunca falta un descuido o un desliz producto de la costumbre, incluso en los escritos de autores con grandes dotes de redacción. Por lo que hay que conservar la modestia y no pretender que vamos a reconstruir siempre todo de pies a cabeza. En cambio, estamos ayudando a los autores, desde nuestro oficio, a que sus obras alcancen una mayor pulcritud. Tal vez ese detalle resulta inspirador: estar detrás de muchos textos maravillosos, sabiendo que de cierta forma les hemos marcado nuestro sello de calidad. O les hemos dado de alta, como quiera que se le mire.

    Un último regalo para Mario

    Cerramos esta edición especial, en tributo y recuerdo de Mario Vargas Llosa, con comentarios de nuestros docentes y estudiantes sobre la obra y vida del premio nobel.

    Cuánta razón tuvo mi asesor de tesis cuando me advirtió que por ningún motivo entrevistara al autor de los libros de mi investigación. Procuro huir de las despedidas, de las tristezas, me cuesta reconstruirme cada vez que me enfrento a una ausencia, por ese motivo siento que su esencia estuvo y estará, y no tendré que despedirme de usted. Si bien no nos proponemos aproximarnos a un análisis psicológico del autor a través de sus personajes, entendemos que en buena parte de ellos está él. Sin haberlo conocido, pero sí escuchado en varias conferencias, lo percibo en mis Rigoberto, Fonchito, hasta en Lucrecia, menciono a estos tres, porque últimamente me siguen muy de cerca.
    Todo un universo en la cabeza. Decía de El Quijote y de Tirant lo Blanc que eran un claro ejemplo de la novela total, que sus escritores crearon un mundo, que era una obra completa. Yo creo que usted también lo fue. Al respecto, podríamos hablar largo y tendido, en algún momento será, allá donde no existen relojes, para que me cuente si su intención fue que viéramos lo que yo vi en el núcleo de la casa barranquina, no en la suya, claro, en la de Rigoberto. Lo encontraré, como siempre, en el placer de las letras. — Katherine Pajuelo Lara (traductora, correctora y docente)

    Los intelectuales, los escritores, los artistas y todas aquellas personas que dejan un legado, tarde o temprano nos dejan. Y depende de cada uno de nosotros decidir si atesoramos o olvidamos ese legado. Mario Vargas Llosa, hasta el último minuto de su vida, nos dejó su invaluable contribución. Lo que logró es un motivo de orgullo para todos los peruanos y su legado perdurará más allá de su partida. —Dante Antonioli (editor)

    No hay comentario, libro u homenaje que pueda contener lo que Mario representa para las letras peruanas. Su incansable labor literaria, ese vicio de escribir y sacrificio único hacia las letras, lo han convertido en un autor de lectura obligatoria. Es imposible en estos tiempos no conocer La ciudad y los perros, o por lo menos haber hojeado, sea por curiosidad o por deleite, Conversación en La Catedral. Los que hemos disfrutado de su literatura optamos por separar al Vargas Llosa político de su obra. ¿Discutible? Sí. De ahora en adelante, hablar de Varguitas será empuñar una espada, abrir una brecha, discutir como se hace únicamente sobre las leyendas. Se le va a extrañar mucho —Marco Fernández (editor adjunto del Centro de Desarrollo Editorial)

    A mi modo de ver, Mario Vargas Llosa acaba de iniciar una nueva vida, una que durará muchísimo, y más que su existencia «natural» en la Tierra. Y es que vivirá en cada uno de nosotros, es evidente, y quienes nos sucedan también dirán lo mismo con igual validez, así hasta que los peruanos —o los latinoamericanos, o la humanidad entera— pierdan la memoria. Un escritor, académico y líder de opinión como Vargas Llosa ha forjado por sus propios méritos una poderosa influencia en la sociedad. Sus novelas forman parte del imaginario común del pueblo peruano, sus declaraciones son y serán escuchadas, debatidas y reinterpretadas eternamente. — César Osorio (bachiller en Literatura de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos)

    Ahora me siento solo y con la tristeza de saber que no volveré a leer nada nuevo de su pluma. Quedan sus libros y su figura ejemplar tanto en sus aciertos como en sus equivocaciones. Pero voy a echar de menos sobre todo su sonrisa particular, aquella con la que remataba algún comentario que lo alegraba o irritaba. Ni mas ni menos que lo que sentía por mi padre o mi abuelo. Gracias, Mario. Te vamos a extrañar — Ricardo Meinhold (editor)

    Gracias, Mario. Te vamos a extrañar

    Incontables son los homenajes y tributos que vienen apareciendo en diversos medios a Mario Vargas Llosa. En el siguiente artículo, les presentamos el testimonio de Ricardo Meinhold, corrector y editor egresado del Centro de Desarrollo Editorial, quien se despide de Varguitas con un escrito que demuestra ese cariño que se forja entre lector y autor.

    La noche del domingo me encontraba releyéndolo cuando me enteré de la noticia. Por alguna razón me sentía triste, desanimado. Para remediarlo recurrí, como casi siempre hago, a la lectura. Y si me siento realmente deprimido a causa de la especie humana, a la relectura. Y tal vez por alguna extraña intuición de lector me encontraba hojeando entre aquellos libros suyos sus memorias y columnas más personales. Textos escritos con una prosa cristalina y elegante, porque para él la claridad era una cuestión ética además de estética. Fue un golpe para mí: Mario Vargas Losa había muerto ese domingo. Sin embargo, me tranquilizó saber que falleció en compañía de sus seres queridos y, sin duda alguna, de sus libros. 

    Ahora me siento solo. No sabría explicarlo, pero lo que me asalta ahora es un sentimiento de orfandad. Es absurdo lo sé. Aunque, en realidad no lo es tanto. Empecé a leerlo a los veinte años, cuando el Perú sufría la peor crisis económica de su historia y la política salvadora del gobierno de turno pensaba que el fin justificaba los medios.

    En ese momento, el cinismo ganaba a mi generación, ganó a las que vendrían después, y no había quien respondiera las preguntas que me hacía en ese momento: ¿Por qué hay tanta violencia? ¿Qué hago? ¿Hacia dónde voy? Era entonces un nobel lector y leía sobre todo a escritores del siglo XIX y principalmente a Ricardo Palma, con quien descubrí un refugio y me enseñó que la ficción es la manera de reinventar la realidad para que calce con nuestros deseos.

    Pero fue Mario quien respondió aquellas preguntas que me hacía y me ayudó a tener siempre una actitud critica hacia mi realidad. A entender que el poder tiene su propia lógica y que como joven y ciudadano me correspondía cuestionarlo, señalarlo, incluso condenarlo. A ser critico con nuestros gobiernos y entender que es uno mismo el responsable de su destino. Que de nosotros depende encontrar el éxito o el fracaso. A seguir tu vocación por encima de todo.

    Textos como La literatura es fuego. El poder de la mentira. Sebastián Salazar Bondy y la situación del escritor en el Perú, Albert Camus y la moral de los límites, o El país de las mil caras (muchos de cuyos párrafos releo a mis hijos) se volvieron textos de cabecera en esos años.

    Si uno busca sus precursores, como escribió Borges alguna vez, entonces fue gracias a Vargas Llosa que empecé a encontrar a los míos. Desde el mismo Borges hasta escritores y ensayistas imprescindibles para mí como André Malraux, Ernest Hemingway, George Orwell, Albert Camus, Octavio Paz, críticos como Cyril Connolly o Edmund Wilson y pensadores como Raymond Aron y Jean Francois Revel.

    Aprendí que uno es su lenguaje. Que corromper tu lenguaje es corromper tus valores. Decir lo que se piensa y hacer lo que se dice debería ser la regla y no la excepción. Que en política los medios no deben justificar los fines sino al revés. Y que la gran desgracia de la historia moderna ha sido ver como aquellos hermosos fines fueron traicionados o destruidos por los terribles y bárbaros medios que el hombre usó para justificarlos.  

    La literatura vino después. Dejo para otro momento el impacto que su literatura tuvo y tiene para mí no solo como lector sino como escribidor. Solo baste decir que la primera secuencia de Conversación en La Catedral te enseña más sobre como escribir ficción que muchos libros y talleres de escritura. Y que Los cachorros sigue siendo una pequeña obra maestra que no envejece y que recomiendo leer o releer.

    En estos momentos que leo como aquí y en todas partes escriben qué a Vargas Llosa hay que leerlo, pero no escucharlo, que solo hay que recordarlo como el gran novelista que fue, descubro como la intolerancia, la descalificación, la inercia y el lugar común siguen siendo moneda corriente entre mis contemporáneos. Yo sé, parafraseando algún texto suyo, que mi vida hubiera sido peor sin los libros que escribió Vargas Llosa.

    Ahora me siento solo y con la tristeza de saber que no volveré a leer nada nuevo de su pluma. Quedan sus libros y su figura ejemplar tanto en sus aciertos como en sus equivocaciones. Pero voy a echar de menos sobre todo su sonrisa particular, aquella con la que remataba algún comentario que lo alegraba o irritaba. Ni mas ni menos que lo que sentía por mi padre o mi abuelo.

    Gracias, Mario. Te vamos a extrañar.

    Preguntas a la deriva: Mario Vargas Llosa, ¿un genio trasnochado?

    Defensores y detractores han abierto un intenso debate respecto a la figura literaria de Mario Vargas Llosa. Una de las interrogantes más saltantes es si en algún momento el autor se volvió prescindible. En el siguiente escrito, Juan Molina, crítico literario, ensaya una respuesta en medio de una de las discusiones más saltantes de la palestra literaria nacional.

    Por Juan Molina Sócola

    Me han pedido resumir lo que vendría a ser una revisión sobre la obra de Mario Vargas Llosa. El nobel falleció como debe hacerlo cualquier persona: en su cama, rodeado de sus seres queridos y… ¿en paz? Es que su partida deja muchas preguntas: ¿Tuvo algo más qué decir? ¿Por qué se trompeó con Gabo? ¿Quién mató al Esclavo? ¿En qué momento se jodió el Perú?

    Tantas preguntas no me dejan admitir que se haya ido en paz. Posiblemente lo hizo soñando tranquilo, como quien siente que el cuerpo se le adormece por el cansancio o por una borrachera que se le quitará con unas horitas de sueño bien merecido. Pero un escritor, uno como él, seguramente quiso escribir algo más; y eso es algo que cualquier persona que ha dedicado su vida entera a las letras sabe muy bien. Una vez escritor, siempre escritor.

    Pero hablar de la calidad de lo escrito es trigo de otro costal. Es imposible negar que, en las últimas tres décadas, el marqués no mostró la misma elocuencia ni ambición que en La casa verde o en Conversación en La Catedral. Y ni siquiera aquellos que proclaman que nos hemos quedado en la orfandad narrativa con su partida, o que a Latinoamérica solo le queda Laje como último intelectual, podrán decir que en sus textos de los últimos años está lo mejor que ha escrito Mario Vargas Llosa.

    Quizás se me permita despotricar porque soy poco menos que un desconocido, o porque quienes lean estas líneas no sean más que unos cuantos ojos curiosos que se cruzaron accidentalmente conmigo y que no tendrá mayor repercusión. Pero eso no desmerece mi punto. Hablo con el corazón de un lector que derramó unas lágrimas al cerrar La ciudad y los perros, que se partió de risa con el humor de brocha gorda, como decía él, de Pantaleón y las visitadoras, y que sintió el deseo de ir a La casa verde, por lo menos treinta minutos. Y ni qué decir de sus obras cumbres como La fiesta del chivo, La guerra del fin del mundo o Lituma en los Andes; ya se encargarán de darle los merecidos laureles quienes tengan la autoridad de haberlos releído lo suficiente. Yo me conformaré con decirle a Marito que se equivocó.

    Sí, se equivocó, como todo hombre, porque eso era él: un mortal más. Con la elocuencia que pulió durante toda su vida, y eso es lo que admiro de él; pero un mortal más. Porque Mario no fue un genio de las letras; a lo mejor tuvo talento innato y por eso se resistió a que su padre le cortara las alas al mandarlo a un colegio militar, así como Pichulita Cuéllar se resistió a ser castrado por la sociedad y hasta se presentaba orgulloso de ser un pichulita. Nuestro Mario cultivó ese talento, como cualquier campesino que va a su chacra y siembra, echa el guano, riega, saca la malahierba, y fumiga las plagas para ver como crece su papa, su camote, su choclo, para finalmente ponerlo en su plato y tragarse su sudor. Igual fue Mario con su pluma.

    No le bastaba con vivir rodeado de libros y amarlos en el silencio perfecto de un lector. Necesitaba decir lo que pensaba de sus lecturas, de sus investigaciones, hablar de ellas y con ellas. Era un hombre de acciones. Y por eso nuestro Mario —arequipeño de sangre, aunque unos papeles digan que es un marqués español— nunca soltó la pluma. Pese a ello, como cualquier hombre, se equivocó. Porque lo que dijo en Cinco esquinas, no pasa de ser una lectura somnolienta, con un final sorprendentemente predecible. Mario relacionaba mucho el erotismo con el humor; por eso don Panta se tiró a Olga Arellano, ¿quién no se mataría de risa al ver que aquel saco largo tenía los pantalones suficientemente sueltos para comerse a La Brasileña? Y por eso el formalito de Luciano propone hacer una orgía con su esposa, su mejor amigo y la esposa de este al final de la novela.

    Sí, nuestro nobel se volvió no solo predecible, sino aburrido y trasnochado. Decidió que su creación literaria debía ambientarse siempre en el pasado: en el periodo de dictaduras, de totalitarismos, de maltratos a la población, contra los que siempre luchó –no hay que negarlo—, y por el que parece que ocultaba muy en el fondo una necesidad existencial, ontológica. ¿Quizás por eso tituló a sus memorias como El pez en el agua? ¿Porque se sentía a gusto hablando literariamente de eso que tanto despreciaba?

    Como dije, Mario siempre tuvo algo qué decir sobre sus lecturas, que es lo mismo que decir sobre su vida. Y su vida fue, como él admitió en diversas entrevistas y en Conversación en Princeton, «dos historias, muy distintas entre sí, [que] poco a poco se van acercando». De ahí podemos deducir esa superposición cuántica del Mario literato y el Mario no literato, porque queda corto e inexacto decir el «Mario político» o el «Mario de la vida real».  Mario es literato o no es Mario.

    Para terminar literaria y paralelamente con su vida, creo que la mejor pregunta que puedo hacerme es: ¿En qué momento se jodió Mario Vargas Llosa?