Participa en nuestro seminario «¿Qué es el editing?»

Conoce los procesos que intervienen en el proceso en el cual un manuscrito se convierte en un libro registrándote de forma gratuita en el siguiente formulario: forms.gle/VvpjPnt6qbwgTykf8

¿Quieres conocer más sobre el editing y la etapa en la que se forja el vínculo entre el autor y su editor? Y es que hablar sobre ello es referirse a una de las actividades determinantes del quehacer editorial.

De este modo te invitamos a participar en nuestro seminario «¿Qué es el editing?», en el que descubrirás este interesante ámbito del trabajo del editor. Te esperamos este miércoles 12 de febrero de 9:00 a 20:30 horas (Lima, Bogotá) / 21:00 a 22:30 horas (Buenos Aires).

El editor argentino Diego Barros dictará este seminario en línea y en directo. El ingreso es libre. Llena el siguiente formulario y participa: forms.gle/VvpjPnt6qbwgTykf8

⚠️Este seminario es la antesala al curso de Editing en el Proceso Editorial. Quienes participen en el evento recibirán un 10% de descuento en su matrícula.

El polémico prefacio del editor Andreas Osiander

Teólogo protestante, editor alemán y predicador en Nuremberg, la figura de Andreas Osiander (19 de diciembre de 1498 – 17 de octubre de 1552) es recordada por un polémico escrito que causó revuelo en torno a uno de los autores más destacados del campo científico. En la siguiente nota te contamos de qué se trata.

La concepción heliocéntrica del universo planteada por el astrónomo polaco Nicolás Copérnico, la cual se mantenía alejada de los principios aristotélicos del homocentrismo y el geoestaticismo, generó inquietudes en los sectores conservadores y en el círculo científico de aquel entonces. Por ello, Andreas Osiander, versado en la edición de diversos textos matemáticos y conocedor de dicho campo, entabló comunicación con Copérnico a través de cartas, en las cuáles le aconsejó retomar la distinción clásica que separa a la astronomía de la cosmología.

Pese a la negativa de Copérnico, Osiander publicó el libro en 1543, uno de los títulos científicos más importantes de la historia: De Revolutionibus Orbium Coelestium, o en español Sobre la revolución de las esferas celestes. Lo interesante de esta publicación es que el editor, al ver que Copérnico no había tomado en cuenta sus sugerencias, añadió un prefacio no firmado e independiente, en el cual explica que el modelo presentado «no debía ser entendido como una descripción del universo como realmente era, sino como una herramienta matemática para aclarar y simplificar los cálculos que tienen que ver con el movimiento de los planetas».

El comentario de Osiander apareció en las primeras ediciones de la obra de Copérnico, sin embargo, durante mucho tiempo se le atribuyó dicho escrito al autor. Hoy en día se sabe que Copérnico no autorizó la publicación del prefacio; además, ni siquiera sabía que ese texto iba a incluirse en su obra, para evitar posibles críticas y controversias a causa del cuestionamiento al sistema geocéntrico.

Debido a la acción de Osiander, los planteamientos de Copérnico perdieron el matiz revolucionario que pretendían iniciar en la comunidad científica. No fue sino hacia la segunda mitad del siglo XVI que el heliocentrismo copernicano ganó suficientes adeptos para cumplir con su objetivo inicial. Personalidades como Thomas Digges y Giordano Bruno rechazaron el prefacio del editor, cuya identidad fue revelada por el astrónomo alemán Johannes Kepler en 1609.

Alfredo González Prada: el custodio del Apóstol de la muerte

Según el crítico literario Luis Alberto Sánchez, fue un escritor «escritor conciso, refinado y culto», sin que ello le haya hecho justicia a su obra. En esta nota, conoceremos un poco más acerca de la labor Alfredo González Prada, como autor y editor, a quien debemos el cuidado y divulgación de la obra de su padre, Manuel González Prada.

La obra de Alfredo González Prada inició entre los intrincados senderos de la poesía. De hecho, sus inicios se gestaron en el legendario grupo Colónida, liderado por Abraham Valdelomar. Sin embargo, pronto forjó una carrera diplomática que lo llevaría a radicar fuera del Perú durante muchos años. Sin embargo, esto no truncó su vínculo con las letras, pues ejerció como compilador y editor de muchas de las obras de su padre, el llamado Apóstol de la muerte Manuel González Prada.

En paralelo, también tuvo un breve paso por la prensa peruana, como redactor del diario La Prensa. En tanto, mientras fungía como miembro activo de Colónida realizó una contribución a la antología poética Las voces múltiples (1916). En tanto, se dice que abandonó la carrera diplomática debido a que tras el ascenso al poder de Luis Miguel Sánchez Cerro el 8 de diciembre de 1931, Luis Miró Quesada de la Guerra, codirector del diario El Comercio, fue nombrado canciller; por tanto, González Prada decidió no trabajar al lado de quien fue enemigo de su padre durante muchos años.

Tras ello y la muerte de Felipe, su único hijo, en 1933, Alfredo se dedicaría a recorrer Europa, parte de Sudamérica y Estados Unidos, a la vez que se encargaba del manejo de distintos emprendimientos editoriales. Por ejemplo, fue el encargado de publicar Elegías de la cabeza loca (1937), del poeta Alberto Ureta, al igual que Pensamientos, de Fernando Tola. Su proyecto más ambicioso fue la recopilación y edición de nueve volúmenes de la prolífica obra de su padre, las cuales fueron publicadas en una exquisita edición. Dicha tarea no fue fácil, ya que González Prada dejó una vasta obra dispersa en manuscritos muchas veces indescifrables y algunos de ellos perdidos. La titánica labor fue continuada por Luis Alberto Sánchez.

Su cercanía con el círculo literario lo llevó a cooperar con el poeta César Vallejo —y a escribir un estudio sobre su obra—, así como también con José Carlos Mariátegui, entre otros intelectuales de la época. Alfredo González Prada falleció el 27 de junio de 1943, tras lanzarse del piso 22 del edificio Hampshire House de Nueva York, frente al Central Park.

Feria de Editores: el bastión de la lectura en Argentina

Del 8 al 11 de agosto se llevará a cabo una nueva edición de la Feria de Editores (2024) en el complejo Artmedia del barrio de Chacarita. Conversamos con Hernán López Winne, cofundador de ediciones Godot y organizador de la FED, quien nos comentó acerca de las novedades que traerá este año uno de los eventos editoriales más importantes de Argentina.

El asunto que nos convoca hoy es paradójico. La venta de libros ha caído en Argentina, sin embargo, la Feria de Editores (FED) viene con muchas novedades y dispuesta a cubrir las expectativas del público lector.

Como dices, este es el peor año en términos socioeconómicos. Pero, hasta ahora, lo que ha pasado con la FED, y es algo que nos da mucha alegría, es que se ha convertido en un evento muy consolidado en el que confluyen muchísimas editoriales. Este año serán más de 300 de Argentina, y 60 de todo Latinoamérica y España. A pesar de todo, la gente quiere ir a la feria. Los que están en el mundo de los libros y les gusta leer saben que tienen este evento no solamente para comprar —obviamente para nosotros es importante que se vendan libros—, sino también como un evento en el que la gente se encuentra para charlar. Por ahí hay gente que se encuentra una vez al año en la FED, pues saben que pueden compartir lecturas. Tenemos muchas charlas y mucho contenido pensado para las lectoras y los lectores, con lo cual es una incógnita saber que va a pasar este año. En la Feria del Libro de Buenos Aires de abril, las ventas cayeron un promedio del 40 % en ejemplares, pero en términos generales, hasta ahora la FED sigue en crecimiento, pese a que tuvimos una pandemia de por medio y muchas otras cosas.

Me interesa mucho el concepto acerca de que la FED es un espacio, un lugar donde la gente se junta para compartir lecturas y las aficiones netas por el libro. La esencia de la feria, más allá de lo comercial, ¿es ir más allá del libro como objeto y como capital simbólico?

Sí. De hecho, el nombre de la FED surge de esa idea. Cuando la feria era muy muy chiquita, tuvimos la idea de que sea un evento que aporte algo más para el lector. Para ellos está buenísimo: ir a la feria y preguntarle a la gente que atiende en los estands por qué eligieron tal título o cómo hicieron tal traducción. A nosotros, como editores, nos parece una instancia superinteresante poder intercambiar opiniones con los lectores, preguntarles qué opinan, tener un feedback desde su lado, respecto a cómo piensan sobre determinado contenido o qué le pareció tal o cual libro. Y todo eso se da en el marco de una feria donde el foco está puesto ahí, es decir, en la interacción entre lectores y editores.

Esta feria está pensada netamente en el lector, en comparación con cualquier otra feria, como la de Buenos Aires, que es más comercial y donde hay intermediarios como los libreros. Si embargo, en la FED, donde el editor le habla directamente al lector, se origina un cambio y un viraje dentro de lo que tradicionalmente se hace.

Vos como lector sabes que, si vas a la FED, vas a encontrar a una persona que te hablará del catálogo y que no es simplemente un empleado contratado para tal fin. Y eso es algo distintivo. Como lectora o como lector, podrás zanjar todas las preguntas que tengas respecto al catálogo que te interesa. Incluso, puedes decir qué libro te gustó y cuál no, o pedir recomendaciones. Eso es algo súper valioso y que solo te lo da una feria con una escala como la nuestra. Por ejemplo, el año pasado ingresaron cerca de 22 000 personas, en comparación con la Feria del Libro. Esa riqueza del vínculo interpersonal es algo que se da por el enfoque que recae tanto lectores como en editores.  

Es casi —yo lo llamaría de este modo— una celebración a la independencia editorial

 Sí. También es una invitación a pensar la lectura y los libros como un evento que excede la dimensión comercial. Por supuesto, todos queremos vender libros y ninguno de los que estamos ahí hace beneficencia. Pero está toda esta otra dimensión simbólica y cultural que es muy importante para nosotros y excede el mero hecho de comerciar o vender libros que has publicado solamente por moda o la tendencia del momento.

Eso es de vital importancia para los autores, en especial para aquellos que están surgiendo. Son nuevos valores dentro del amplio espectro que tiene Argentina y en un evento como la FED se les pone también en vitrina. Este circuito alternativo que es la FED ayuda a que los autores sean un poquito más visibles, en cierto modo.

También sirve para autores nuevos y de algún modo, para aquellos que aún no están publicados. La FED te da un pantallazo amplio para ver lo que se está publicando hoy en Argentina y Latinoamérica. De pronto, también puede servirte para tener un pantallazo general en cuanto a lo que se está publicando en narrativa, poesía o filosofía. Hay una variedad temática muy amplia. Esta vitrina que mencionas, funciona para ir a buscarlos, saber dónde buscarlos y qué cosa buscar.

En el caso de los editores, ¿cómo es que se da este mecanismo del hablabas, respecto a ir más allá de lo netamente comercial? ¿Qué significa la FED para los editores?

Como decíamos antes, es una conjunción. Por un lado, todos los años, cuando termina la feria, hacemos una encuesta anónima para saber cuánto vendió cada estand. Cabe mencionar que el sondeo es anónimo porque no nos interesa saber cuánto venden, pero sí qué representa la FED en términos económicos para las editoriales que participan. El promedio del año pasado fueron 250 ejemplares por estand. Por supuesto, hay quienes venden más o venden menos, pero es bastante en solo cuatro días. Se sabe que en la FED se vende y lo que está pasando —que es algo que ya sucedía en la Feria del Libro de Buenos Aires—, es que, en el cronograma de publicaciones de las editoriales, se considera que los dos momentos fuertes del año son abril y agosto. Es decir, se intensifica el trabajo con las imprentas y se origina un cuello de botella porque todas las editoriales se guardan novedades o una publicación especial para la FED. De pronto, las imprentas colapsan porque les aumenta mucho el trabajo de cara a las ferias. También está bueno saber que hay muchas editoriales que, si quieren tener una novedad para la FED, deben mandarla a la imprenta dos meses antes.

En ese sentido, el editor sabe que va a tener un espacio para conocer a nuevos autores y echar la aguja de la brújula en diversas direcciones.

Totalmente. Incluso diría que supone una oportunidad valiosa para preguntar por qué un libro no funcionó. El termómetro pueden ser los libreros o los lectores. El editor puede decir: «Publicamos este libro, que para nosotros era una gran apuesta, pero no anduvo bien. ¿Vos lo viste?, ¿lo leíste?, ¿no te interesó?». No hay manera de tener todos esos intercambios si no es en la FED. Muchas veces pueden darte un feedback interesante. Uno piensa: «Uy, la pifiamos por tal cosa», cuando resulta que al lector no le gustó la tapa y, para uno, era una tapa espectacular. Tener esa información sirve para mejorar o para hacer las cosas de otra manera.

Hablando de novedades y de este feedback del que nos hablas, ¿qué es lo que encontrarán los lectores este año en la Feria de Editores? ¿Qué autores invitados estarán? ¿Qué editores y editoriales participan?

En el caso de los invitados internacionales, hay tres platos fuertes este año. En principio, Deborah Eisenberg, autora estadounidense, estará hablando con Federico Falco, autor de Anagrama. También vienen dos autores de Godot: Thomas Reinertsen Berg, autor noruego que escribió un libro muy lindo llamado El origen de las especias (2024), una historia del mundo a través de cómo evolucionó el comercio de especias, sobre todo en Europa. Además, viene también la autora canadiense Marie-Pier Lafontaine, quien escribió un libro súper personal y tremendo llamado Perra (2024). Ella va a estar un domingo en una charla interesantísima, no tanto por el contenido del libro que de por sí es realmente terrorífico, al estar basado en su experiencia personal sobre abuso intrafamiliar, sino por los planteamientos que ofrece en términos generales. ¿Qué pasa cuando te das cuenta de que la persona que vos más querés en el mundo está abusando de ti? ¿Qué haces cuando tu madre no hace nada para detenerlo? Esos son los tres invitados internacionales. Después, habrá una chica que hablará sobre populismo e izquierda para tratar de entender la situación política, no solo en Argentina sino también en América Latina. ¿Qué está pasando con los populismos de derecha y el ascenso de ciertos personajes neoliberales al poder? En la charla, la acompañará el pensador argentino Pablo Semán, que publicó hace poco con Siglo XXI.

Antes de la entrevista hablábamos acerca de cómo se entiende esta paradoja de que en un ambiente muy convulso la gente siga leyendo y que las ferias sigan en franco ascenso. Pero ¿cómo es que se da esta paradoja? La gente puede estar en una situación muy difícil, sin embargo, no deja de leer y de comprar libros. Es muy interesante.

Es verdad que en Argentina cayeron mucho las ventas. Pero acá hay una tradición muy grande de librerías de usados. Entonces, las ventas pueden caer, por ejemplo, porque los precios de los libros nuevos se dispararon debido a que los costos de producción subieron—papel, imprenta, logística, etcétera—. Mientras que un libro nuevo cuesta alrededor de 20 000 pesos (21 dólares americanos), el usado está 5000 pesos (5 dólares americanos), la cuarta parte de lo que sale un libro nuevo. Hay mucha gente cuya situación económica también empeoró y está al límite, pero sigue leyendo porque le gusta, porque tiene ese hábito incorporado. Y, si antes compraba libros nuevos, ahora compra usados. Es decir, no deja de leer. Como te decía, en Argentina hay una gran tradición de librerías de usados que tienen buenos libros. A diferencia de las que tienen descartes o desechos, en esas librerías se encuentran buenos libros de saldos. De pronto, en la FED o en la feria de libros usados —que acá es en diciembre— vas con 20 000 pesos y te compras tres o cuatro muy buenos libros y con eso no dejas de leer. Eso es bueno para todos.

Sé que también habrá precios accesibles en la FED. Lógicamente, vamos a encontrar libros que van a servir de mucho y el público podrá conocer diversas ofertas editoriales.

Editoriales hay de todos los tamaños. Desde Daniel Hidalgo, Eterna Cadencia, Godot, Caja Negra, Cats y otras 300 más. Hay de todas las temáticas, como cine o fotografía. Hay editoriales infantiles como Pequeño Editor, Limonero o Lamiqué. Como en Argentina tenemos la ley de precio fijo o Ley de Competencia Librera, el descuento máximo que se pude hacer es del 10 % en los libros. Sin embargo, siempre hay rangos de precios donde, por 15 000 pesos, es posible conseguir un muy buen libro. Y no son los precios de editoriales mucho más grandes que venden solamente best sellers y que pueden poner libros mucho más caros. En enero tuvimos una gran inflación, que ya empezó a bajar. Por eso, estamos seguros que se dará un reacomodamiento de precios que permitirán conseguir buenos libros por precios razonables.

¿Cómo definirías a  la FED?

Te voy a decir tres palabras: una enorme alegría.

Víctor Malumián: «La independencia editorial toma en cuenta, por sobre todas las cosas, el criterio de edición y el mercado»

La independencia es un valor muy disputado, ya sea por la libertad de decisiones por parte del editor o por la capacidad de publicar títulos de mayor preferencia. Sin embargo, la definición de este término es un poco más compleja de lo que se piensa. Víctor Malumián, cofundador de Ediciones Godot (Argentina), coautor del libro Independientes, ¿de qué? y docente de la Escuela de Edición de Lima, define la independencia del editor en la siguiente entrevista, tomando como punto de partida los elementos intervinientes en el proceso editorial.  

Nos compete en esta conversación definir la independencia editorial, que parece ser la panacea al que todo mundo aspira. Pero pareciera que, en el sector editorial, ser independiente es pertenecer a una casta reivindicadora y, en cierto modo, ser un «sangre pura» del medio.

El término para definir con mayor capital simbólico y agrupar a las editoriales pequeñas y medianas ha sido redefinido infinidad de veces. Se habla de editoriales «autogestivas», «a pulmón», «independientes», «pequeñas», «con pocos recursos». La discusión por el término es lo menos importante. Uno puede reivindicar un término u otro, pero a mí me interesa más la definición. Cuando escribimos el libro Independientes, ¿de qué? con Hernán López Winne, mi socio, lo que pensamos fue en una «zona», si no parecería que hay una regla que te mide y exactamente te dice que estás al 100 % o al 0 % de la independencia. De golpe, una editorial está orbitando en el centro y es comprada por un grupo y orbita un poco más lejos de la periferia. El primer punto para empezar a definir lo que entendemos por esta zona de independencia es más un modo de hacer que una variable en particular. Y por modo de hacer puedes englobar una cantidad de cosas: cómo te relacionas con las otras personas con las cuales trabajas, si elaboras contratos justos y equitativos, cómo es la forma en la que piensas tu catálogo; ¿lo asumes simplemente como una nuez que flota en el océano de las modas? Que seas pequeño no quiere decir que no puedas publicar en torno a una moda de mercado. Y eso tampoco te convierte en una persona maligna: simplemente estás tomando ese camino. Hay algo de independencia ahí que se pierde. La independencia editorial toma en cuenta, por sobre todas las cosas, el criterio de edición y el mercado.

En ocasiones se asume la independencia como un sacrificio de recursos, de energía, incluso de la propia visión del editor. Es decir, sacrificar muchas veces la salud económica y artística sobre el acto de publicar.

En cada país, por supuesto, es distinto. Por lo menos en Argentina, México y Chile, que los veo más de cerca, hay una discusión interna en torno a la profesionalización de la edición. Y, de nuevo, a mí no me interesa mucho el término, o si es que se utiliza «profesionalización» u otro. A mí lo que me interesa es el contenido. En la discusión significante/significado, me quedo con el contenido. Para mí, hacer las cosas cada vez un poco mejor y que sean rentables tiene sentido. Se puede ir en detrimento de la anchura física del libro, con tal de ahorrarse unos centavos y hacerlo mejor; ¿se puede hacer en detrimento de la corrección para no pagar a un corrector y ganar más plata? No. Todo eso me parece que atenta contra lo que estamos hablando. Ahora, la mirada opuesta es donde hay una negligencia al distribuir o cuando el catálogo no posee un balance entre un libro que tiene una pequeña apuesta de romper el círculo más duro de lectores o lectoras versus publicar lo único que se me ocurre, lo que me gusta a mí y que no tendrá ningún tipo de recorrido. Ahí debe haber un equilibrio en el cual convivan libros que tienen una mayor posibilidad de ventas con uno de menor posibilidad. Dentro de esto se abre como una minifisura de cierto automatismo estilístico. Es decir, si publico lo que a mí me gusta, probablemente les guste a quinientas o trescientas personas. Generalmente, detrás de una venta casi nula se esconde un problema de logística, de prensa o de comercialización. Es muy sacrificado, como probablemente lo sean otros rubros. El gran aporte de una editorial es su capital simbólico anclado en su catálogo. Hasta que no se construya una identidad de catálogo y haya una comunidad que palpita en torno a las novedades que publica ese catálogo será mucho más duro dar a conocer las novedades.

Tal vez el término no sea tan importante, como mencionas, y sabemos que puede ser hasta un despropósito definirlo. Pero, si tratásemos de acercarnos un poco a la definición de independencia, ¿cuál sería tu propuesta?

Es una zona delimitada por cinco o seis variables. La primera es cierta libertad en los criterios antes de publicar. Y eso se puede definir en la posibilidad que posee el editor, la editora o la persona que lleva adelante al sello de decir no a un tema con total libertad. A veces eso está cruzado por un montón de problemas. Por ejemplo, estás en la universidad y le tienes que decir que no a un profesor, obviamente no se puede. Si diriges la editorial de un partido político y, por determinados lineamientos u objetivos de esa editorial, deseas publicar a alguien que piensa lo contrario a la ideología que tiene ese partido político sin importar cuál sea, no podrías hacerlo. O a lo mejor eres de una editorial religiosa y claramente no vas a poder publicar textos ateos. Esa es la versión de las editoriales comercialmente activas. Vamos viendo como editoriales de determinado tamaño van dejando libre ese espacio porque la rentabilidad y la cantidad de ejemplares que se pueden vender en esa área temática no pagan los costos para mover la maquinaria. Entonces, en todo ese mundo —y podemos seguir definiéndolo y ampliando, pero creo que se entiende el norte—, en esa zona de acción hablamos de libertad de criterios para elegir qué quieres publicar y qué no. La segunda variable es que el norte esté en la calidad del lector o la lectora y no en la rentabilidad económica. El tercero, tranquilamente puede ser un estándar de diseño y de calidad. Muchas veces vemos determinados ejemplos de diseño o de colección que están mucho más anclados en la velocidad, el tiempo y demás, que en tomarse el tiempo de la respiración que necesita ese libro, esa tapa, esa maqueta, etc. Así podríamos seguir definiendo otros. Para mí es imposible decir: «La edición independiente es…». No es blanco y negro. Es más, una zona de grises. Hay cosas que se acercan más al negro o más al blanco.

En tu libro se menciona que la independencia «es una zona tensa donde hay varios actores en pugna por ella» ¿A qué se hace alusión esta premisa?

En el fondo, puedes tener dos lecturas. Por un lado, cuando viene toda esta discusión por la nomenclatura de la categoría, hay una lucha de fuerzas por apropiarse de este capital simbólico. Si hablamos entre los participantes del rubro, las multinacionales son malas y las independientes son buenas. Hay editores y editoras independientes que mejor es perderlos que encontrarlos. Hay editores dentro de las multinacionales que son grandes editores y viceversa. Hay una pugna por qué grupo logra conquistar y quedarse con el capital simbólico, poniendo esa categoría. Generalmente no coinciden entre los mismos grupos, un término u otro. Por otro lado, hay una discusión que es un poco más amplia, a dónde van a parar los lectores. En este sentido, seguramente hay un rango de lectoras y lectores que le compran tanto a la multinacional como a las independientes. Decirles, por ejemplo, “multis”, en realidad, engloba un montón de sellos editoriales donde se publica una vastedad de cosas que, para mí pueden ser malísimas o buenísimas. Ahora, también es cierto que lo que para mí estaba buenísimo, para otro puede ser soporífero y viceversa. Esa pugna por cómo se establecen estos sellos editoriales en torno a las lectoras y lectores no es ni simpática ni amena. Por algo, si miras la lista de las diez autoras y autores más vendidos, por lo menos en el caso argentino y ni qué decir del caso latinoamericano, nueve publicaron su primer libro y el segundo en una editorial pequeña y los siguientes en una de las grandes. Eso te está hablando de un montón de cuestiones y tensiones.

Derribemos algunos mitos sobre la independencia. Por ejemplo, «soy independiente porque publico lo que me venga en gana». ¿Cierto o falso?

Un punto es cierto. La independencia es un modo de hacer, por ende, no es un objetivo llegar ahí. Puedes autodenominarte como quieras y publicar lo que te da la gana. Pero si a los colaboradores que trabajan contigo no les ofreces un trato justo, me parece que estás por fuera de la lógica de independencia y de lo que busca. Porque hay allí una relación de poder, sobre la cual no estarías siendo crítico con tu postura dentro de esa relación. Yo no quiero hablar en nombre de la independencia, sabe Dios que eso es como un político que predica aquello de «La gente dice». Pero, por lo menos como lo entendemos nosotros, hay algo ahí de que ese tratamiento tiene que ser justo. No va tanto si publicas lo que se te da la gana o no, sino en la forma que te relacionas con el ecosistema del libro. Si algo tenemos claro todos es que, cuando hablamos de ecosistema, estamos todos interrelacionados. Volviendo a esta particularidad de «las multis son malas, los independientes somos buenos», ambas tienen muchas más conexiones de las que parecen. No solo en la puja por quien tiene a determinado autor o por los espacios de exhibición en las librerías, sino por un montón de cuestiones que tienen que ver con la macroeconomía de un país, el papel, las imprentas y un montón de cuestiones. Seguro, una editorial independiente y chiquita tiene más que ver con un productor artesanal de miel que con una gran multinacional. Pero también tiene cosas que ver ahí. No en vano están en el mismo rubro.

Segundo mito: «A mayor cantidad de libros en el catálogo, menor capacidad de independencia».

Eso de «capacidad de independencia» me hace pensar en los caballos de fuerza de un motor. Como si fuera algo muy medible. Puedes tomar el caso de alguna editorial española que era señera en lo que se consideraba la independencia, después fue comprada por un grupo y no se podría decir que en algún momento era 100 % independiente. Pero no porque tenía muchos títulos en su catálogo. No va por cuántos libros tienes en el catálogo, ni tampoco por la estructura. Porque si no, independiente sería todo lo que no es multinacional. Y no funciona así. Tenemos editoriales de autor muy pequeñas que trabajan bajo la lógica del negocio de una imprenta. Ganan plata cuando el libro está impreso, no cuando está vendido. Tampoco me parece que sea muy independiente eso. La persona que lleva adelante esa empresa te dirá: «Soy superindependiente, mis autores son independientes». No va por ese lado, sino por la forma en que uno se relaciona con el resto del ecosistema.

El último mito: «soy independiente porque jamás en la vida ni en cualquier plano de la existencia voy a permitir ser absorbido por las multinacionales, porque eso me limita y me hace pasar al lado ‘oscuro». Muchos puristas podrían decir que jamás en la vida virarán hacia el otro lado, porque estamos en esa delgada línea de los malos y los buenos.

Tiene sentido porque lamento decirte que son pocos los experimentos que se pueden hablar de independencia cuando son comprados por un gran grupo. Esa es una línea que no hay que cruzar. Ahora, lo de malo o bueno, yo me permito ponerle un montón de comillas. Es más compleja la realidad que una idea binaria. Por otra parte, ¿qué sucede si te compran? Lo interesante es que, si no hay tentación real de compra, lo de la independencia se convierte en una declaración muy tribunera, como para hacer un exabrupto. Para que esta sentencia, ya que estamos en este juego de mito o verdad, tenga sentido y vos te puedas inflar el pecho, golpeártelo y decir que llegaste a lo más alto de independencia, alguien debe desear comprarte. Si nadie te quiere comprar es muy fácil decir que no estás a la venta.

Hace un momento hablábamos del catálogo y cómo es que se manejan los contenidos dentro de las llamadas editoriales independientes. ¿En esta zona se sigue una línea rígida o se puede optar por seguir alguna tendencia o algún patrón imperante en el mercado?

Mientras el libro no desentone con el catálogo, la editora o el editor tiene toda la libertad de hacer lo que venga en gana. Si el libro que creaste, publicaste y tradujiste, si esa publicación pone en juego la sociedad como editor o editora, si se nota que pertenece al catálogo o dialoga con otros libros, no hay ningún problema. Puede abordar la temática que uno quiera. Hay ejemplos de editoriales donde el mismo editor o editora te dice: «Ningún lector o lectora puede leer todos los libros de mi editorial. Soy tan ecléctico para elegir que no hay problema». Sin ir muy lejos, el caso de Adelphi. Pero sí hay un tratamiento dentro de los temas que era muy Adelphi. Y así puedo pensar también en otras editoriales como Sigilo en Argentina; el tratamiento es muy Sigilo y, sin embargo, han sabido publicar libros de muy distinta índole. Lo que tiene haber por sobre todas las cosas es coherencia en el catálogo, que no se tuerza la apariencia del catálogo por un negocio o por los resultados económicos en última instancia, sino que uno tenga la capacidad de, quizás si hay un tema de moda y te interesa, abordarlo desde un lugar en el cual sigues siendo fiel a tu catálogo.

¿Independencia, zona de independencia es sinónimo de un trabajo editorial genuino?

Para mí, sí. También es cierto que todas las editoras y editores cuando empezamos editábamos cien veces peor de lo que hacemos ahora con más trayectoria. Tienes que ser muy genio para arrancar editando desde cero espectacularmente bien. Para mí, independencia es sinónimo de calidad. Por otro lado, yo miro lo que hicimos los primeros años de Godot y muchas cosas me parecen imperdonables. En eso debemos tener cierto nivel de autocrítica sobre lo que hacemos, pues, de lo contrario, no podremos mejorar ni avanzar. Dicho esto, creo que sí hay una voluntad de excelencia en la edición independiente. Tiene que ser rentable o al menos aspirar a ello, para que puedas vivir de y con la editorial. Pero en ese medio uno apunta hacia la excelencia. Tratas de que las cosas salgan lo mejor posible. Por eso te remarcaba algunas cuestiones como si el rendimiento en última instancia es solo lo económico, y te ves tentado de recortar un corrector o una correctora y dices: «Bueno, vemos cómo lo corregimos». Quizás ahí es donde está el peor error para recortar, porque si arrancaste una editorial independiente o una editorial pequeña para publicar lo mismo que ya está publicando una multinacional, eso es muy mal negocio. La multinacional tiene mucha más capacidad de logística, de prensa, de marketing y difusión para hacer lo mismo, por tanto, no tiene sentido. Si vas a hacer algo distinto, probablemente apuntes a un lector más refinado. Con más refinamiento no digo necesariamente la última literatura eslovena o un nicho muy particular que puede sonar grandilocuente. Quizás quieres hacer libros de empresas, pero con un toque distinto. A lo que me refiero con esto, es que se supone que debes ser obsesivo en este tema y querer crear algo que no exista en el mundo, aunque eso se puede discutir. Por lo menos tienes que estar convencido de que eso funcionará y que tu catálogo será único.

Autoedición: oportunidades y desafíos

Si bien la autoedición ha generado oportunidades para quienes tengan algo que contar, también ha impuesto diversos retos que se deben resolver. Dante Antonioli Delucchi, docente de la Escuela de Edición de Lima, nos presenta en el siguiente artículo los desafíos y el panorama que ha configurado este fenómeno dentro del sector editorial.

Por Dante Antonioli Delucchi

La autoedición ha emergido como un fenómeno disruptivo en la industria editorial, transformando radicalmente la forma en que los autores comparten sus obras con el mundo. Antes, el proceso de publicación era, principalmente, tarea de las editoriales, las que ejercían un control significativo sobre qué libros llegaban al mercado y cuándo.

Los autores debían enfrentarse a procesos selectivos y a menudo largos para tener la oportunidad de ver sus obras publicadas. En cierta forma, la autoedición ha democratizado el proceso, permitiendo que cualquier persona con una historia que contar pueda convertirse en autor y llevar su obra directamente al público a través de mecanismos de muy fácil acceso.

Este cambio ha sido revolucionario en varios aspectos. En particular, ha eliminado las barreras tradicionales de entrada a la industria editorial, permitiendo que una diversidad de voces y géneros tenga la oportunidad de ser escuchada. Los autores independientes ya no están limitados por las decisiones de las editoriales y pueden ejercer un control total sobre la publicación y distribución de sus obras.

Autoedición y derechos de autor

Sin embargo, este incremento significativo en la cantidad de contenidos disponibles también ha generado nuevos desafíos, especialmente en términos de protección de los derechos de autor y la propiedad intelectual.

Con la autoedición, la responsabilidad de proteger y hacer valer los derechos patrimoniales del autor recae en los propios autores. Esto significa, además, que deben familiarizarse con los aspectos legales de la propiedad intelectual y tomar medidas proactivas para proteger sus obras de la piratería y las infracciones al derecho de autor.

Adicionalmente, la autoedición ha exacerbado el problema de la piratería digital. Con la facilidad con la que se pueden compartir y distribuir libros electrónicos en línea, los autores se enfrentan a un mayor riesgo de que sus obras sean copiadas y distribuidas sin su permiso. Esto no solo representa una pérdida financiera, sino que también socava la integridad de su trabajo y hasta puede dañar su reputación como creadores.

Para abordar estos desafíos, es fundamental que los autores estén bien informados y tomen medidas proactivas para proteger sus obras. Esto puede incluir el registro de derechos de autor, el conocimiento de los diversos tipos de licencias existentes, el uso de tecnologías de protección de contenido y la vigilancia activa de la piratería en línea.

Además, los autores deben informarse sobre los diferentes modelos de negocio disponibles en la autoedición y tomar decisiones informadas sobre cómo distribuir y comercializar sus obras.

Retos de la autoedición

Junto con el desarrollo de nuevos modelos de negocio y de formas de distribución, la autoedición también obliga a los autores a ser cuidadosos con la creación de sus contenidos y respetuosos de los contenidos de otros.

Evolución de los modelos de negocio

La autoedición ha transformado los modelos de negocio en la industria editorial al permitir que los autores tengan un mayor control sobre la comercialización y distribución de sus obras.

Esto ha llevado al surgimiento de nuevos enfoques, como la suscripción, donde los lectores pagan una tarifa periódica para acceder a un catálogo de libros autoeditados, y la venta directa al consumidor, que elimina intermediarios y permite a los autores mantener una mayor parte de los ingresos generados por la venta de sus libros.

Además, algunas plataformas de financiamiento colectivo han facilitado la financiación de proyectos editoriales, permitiendo a los autores obtener el apoyo directo de sus lectores para la creación y publicación de sus obras.

Globalización y acceso a mercados internacionales

La autoedición ha permitido que autores de todo el mundo lleguen a audiencias globales con plataformas que facilitan la distribución internacional de libros electrónicos, eliminando las barreras geográficas y permitiendo que los autores lleguen a lectores en diferentes países y regiones.

Sin embargo, este acceso global también plantea desafíos en términos de traducción, adaptación cultural y cumplimiento de las regulaciones legales y fiscales en los diferentes mercados.

Responsabilidad del autor y ética en la autoedición

A medida que la autoedición se vuelve más accesible, es importante que los autores asuman la responsabilidad de producir obras de alta calidad y actuar éticamente en todas las etapas del proceso editorial.

Esto incluye verificar la veracidad del contenido, evitar la infracción de derechos de autor de terceros y proporcionar información clara y precisa sobre la autoría y la fuente de las obras que son utilizadas.

Los autores también deben ser transparentes en sus prácticas de comercialización y promoción, evitando tácticas engañosas o manipuladoras que puedan perjudicar la confianza del lector.

En última instancia, la responsabilidad del autor y la ética en la autoedición son fundamentales para mantener la integridad y la credibilidad de la industria editorial en su conjunto.

De esta manera, si bien la autoedición ha democratizado el proceso de publicación y abierto nuevas oportunidades para los autores independientes, también ha planteado desafíos significativos en términos de protección de los derechos de autor y la propiedad intelectual, así como en la forma de comercializar sus contenidos.

Para tener éxito en este nuevo paisaje editorial, los autores deben estar preparados para asumir un papel más activo y, al mismo tiempo, aprovechar las nuevas posibilidades que ofrece la autoedición.

La cocinita editorial. Analizamos «Lumen Christi», un cuento de Marco Fernández

No es lo mismo editar que corregir, y este espacio propone demostrarlo. Aquí, a partir de algunos textos cortos e inéditos de ficción y no ficción, nos ejercitaremos en la identificación de vicios retóricos y argumentativos dentro de cada párrafo. Todos están invitados a participar con sus publicaciones.

Por Carlos Chávarry Valiente

Resumamos lo que se va a encontrar aquí: un relato de ficción que, si bien tiene un inicio un tanto intrincado, se vuelve interesante conforme se desarrolla hasta llegar a un cierre certero. Esto último, el cierre, es lo que más justicia le hace al texto en sí, algo que explicaremos más adelante. Su autor, Marco André Fernández Risco, es comunicador, escritor ─ha publicado Escala de grises, un libro de cuentos─ y exalumno de la Escuela de Edición de Lima. La versión original se puede encontrar aquí.

Lumen Christi

Las campanas de la iglesia repican inquietas. El resueno recorre los tejados en ruinas y desciende entre las callejuelas y la plaza dormida. Vencida la noche, se apodera del cielo un claroscuro; pronto alzarán vuelo las tórtolas, cantarán orgullosos los gallos galponeros y las campiñas recibirán el baño cálido del sol.

Junto con una ventisca, las campanadas penetran las entrañas de una de las tantas casas del pueblo de Orupe. Sobresaltada, Artidora abre los ojos. Le sostiene la mirada un cristo agonizante y de frio yeso que pende de una cruz, un poco más descascarado que ayer, pero con la divinidad intacta. Aparta el cobertor, se calza un par de chancletas, enciende una vela y la coloca sobre un pequeño altar. Junta sus manos y cierra los ojos. El viento se fortalece, como si alguien soplase a pulmón salido. La flama alumbra los pies del crucificado y provoca una penumbra tenue bajo los filos de unas estampitas.

Hilachas de agua se deslizan entre las grietas de sus mejillas. Se acomoda los rizos prietos, no hay mucho que embellecer en aquel rostro, en el cual caben todos los gestos, menos la sonrisa. Artidora sale del baño, hacia su habitación. Apoya la mano contra la pared; avanza, avanza, cada paso requiere su propio esfuerzo. Avanza, avanza, y la distancia entre ambos cuartos parece la de dos continentes.

La mañana ha tomado forma. Vientos recios mecen las copas de las palmeras que adornan la plaza. Se agitan las ropas de los tendederos y las ventanas se estrellan contra sus marcos. El canto de las pregoneras anuncia la salida de las primeras remesas de pan, los cuencos rebalsan de leche fresca y aparecen los primeros caminantes. Las campanadas de la iglesia resuenan otra vez. En el cuarto de Artidora, la llama de la vela es ya una lengua robusta. Nada que esté fuera de aquellos muros tiene sentido para ella. Es que el padre Humberto dice que solo un corazón silencioso y desentendido del mundo es capaz de escuchar al Señor. Pero, a veces se le olvida que creer en Dios supone también aceptar sus silencios.

El comentario

Es cierto que en un texto de ficción el autor puede permitirse enriquecer los detalles del contexto de los personajes todo lo que desee, y también es cierto que tiene licencia para alargar la introducción, pero en este caso específico ─y desde una apreciación muy subjetiva─ nos resulta demasiado extensa la enumeración de lugares. No es una regla en sí, pero muchas veces la descripción minuciosa ayuda a hablar de espacios inesperados o que cobrarán relevancia más adelante en el relato. Aquí, sin embargo, no parece cumplir esa función y, por el contrario, distrae de lo que debería ser un inicio poderoso que invite al lector a continuar. De hecho, cuesta identificar que se va a contar la historia de alguien llamada Artidora.

Para entender lo anterior, lo de cómo retratar lugares de manera puntual, utilizaremos un texto de no ficción ─queremos evitar comparaciones innecesarias─ de Martín Caparrós, quien tiene una frase bastante conocida con la que reseña un lugar tan árido y monótono como una metalúrgica: «Aquí, ahora, en este espacio enorme gris espeluznante hay rayos, fuego, truenos, materia líquida que debería ser sólida: el principio del mundo cuarenta y cuatro veces al día. Aquí, ahora, en este espacio de posguerra nuclear hay caños como ríos, las grúas dinosaurias, las llamas hechas chorro, sus chispas en torrente, cables, el humo negro, azul, azufre, gotas incandescentes en el aire, el polvo de la escoria, las escaleras, los conductos, los guinches como pájaros monstruosos, olor a hierro ardiendo, mugre, sirenas, estallidos, plataformas, calor en llamaradas, las ollas tremebundas donde se cuecen los metales». Uno lee esa descripción y prácticamente se puede ver la planta de fundición. Lo mejor es que el cronista argentino solo ha necesitado unas cuantas palabras para llevarnos a esa imagen.

Bloque 2

Artidora lleva varios días sin pronunciar palabra y contemplando únicamente la mirada moribunda de Cristo. Menea la cabeza y aprieta los dientes.

—Zambo so coudo, dice, casi en un susurro.

Un campanazo retumba en la habitación y ella se persigna tantas veces como puede. Le resulta imposible controlarse al pensar en su esposo Evaristo. El fuego de la vela continúa hinchándose, como si las plegarias y el recuerdo lo alimentasen. <<Zambo so coudo>>, piensa Artidora, tras concluir una salve por tercera vez. Es que su esposo no solo era un “so coudo”, sino “el cojudo”. Y, según ella, a los cojudos pertenece el reino de arriba.

Era un zambo de cabello blanco y rizoso, labios anchos, patilargo y de lomo encorvado. Un hombre hecho para el domingo, como solía decir el padre Humberto. Lo que nadie entiende es como un tipo de su talante tuvo tan mal ojo al momento de escoger una esposa. Pues, Artidora no solo tenía malgenio, sino que, además, era santera.

En un cuartucho, cerca de la plaza, Artidora recibía a los consumidos por el susto, el mal de ojo, o cualquier otra dolencia en el espíritu. Venían a buscarla de todos los rincones de La Milla: madres con niños llorones, solteras de pelo teñido, hombres sin trabajo que apestaban a mala suerte; avariciosos o bienechores, todos eran bienvenidos. Los que vivían cerca de aquel lugar aseguraban que la calle olía a flores rancias y que la santera acumulaba cuyes muertos en un corralón. A mitad de la noche, hacía una hoguera a las afueras del pueblo y quemaba los restos. Pese a todo, nunca se oyó decir que alguno de sus métodos fallase.

El comentario

En contraposición a los párrafos de inicio, con este bloque el autor ya entra de lleno a explicar la situación de los personajes principales, y lo hace de manera muy simple y precisa ─es decir, efectiva─. Se puede notar claramente la estructura que Marco André ha seguido: primero ─y con cierta dosis de humor─ explica los pensamientos de la protagonista Artidora, los que a su vez llevarán a la presentación del segundo personaje importante de la historia, Evaristo, para luego explicar el vínculo entre ambos y, en especial, el contraste que ellos representan ante los demás. En otras palabras, el autor concatena la información de una manera calculada pero nada forzada: todo en ese bloque fluye con naturalidad.

En este punto hacemos un pequeño salto dentro del texto ─la parte donde se explica cómo se enamoraron ambos personajes, y que también está narrada con propiedad─ para ir hacia lo que será el primer conflicto de la historia, el nudo que, a su vez, llevará a uno más grande.

Bloque 3

Una noche, mientras cenaban, Evaristo le pidió a su esposa que conversaran. Ella accedió de mala gana. Esperaba a un muchacho que aseguraba ser víctima de envidias y le había prometido una buena paga si lograba apartarle esa vibras. Evaristo siguió a Artidora hasta el cuartucho. Olía a hierbas, tierra húmeda y canela. Una bombilla pálida alumbraba el espacio y de las paredes colgaban santos y ángeles de rostros calmos y afeminados. Sobre un pequeño altar, dos cráneos eran velados. Artidora se sentó en un banquito y vertió un líquido amarillento con pétalos en una batea.

— Negita, quieo que tú me acompañe a misa, dijo Evaristo.

— ¿Qué tu tá loco?, mira, yo no te jodo con tu vaina de la glesia, no venga a moletame tú a mí, respondió Artidora y movió la batea para que se mezclasen las aguas.

—Pero, Doita, tienes que hablá con diosito pue, pa que sigas cuando a tus enfemitos y salves tu almita, dijo Evaristo e intentó acariciarle la mejilla. Ella lo apartó, dándole un manotazo.

—¿Y tú qué piensa? ¿Quel padecito ese va hace el milago? No seas buro, zambo so coudo. Acá la cosa es suelte, y lo que quiea la fotuna, no me venga con tonteas, dijo Artidora.

—Vamo pue negita, mira que no me guta que la gente hable mal de ti, pue, dijo Evaristo.

—Me impota tes pepinos ¿Qué haces caso tú, zambo coudo? Tú tas casao conmigo, no con la gente, respondió Artidora y tocaron la puerta.

¿Y si lo hubiese hecho tal como Evaristo decía? Artidora junta sus manos y agacha la cabeza. Solo necesita un milagrito. La flama baila al paso del viento que mece las cortinas y las estampas del altar. Las campanas otra vez. Artidora se levanta. Avanza, muy despacito, avanza hacia la ventana, segura de que algo sucede afuera.

Evaristo insistió. Ella lo amenazó con ponerle agua de raíces en su café, si no dejaba de hostigarla con eso de que fuese a la iglesia. Además, los domingos dormía hasta pasadas las ocho y las consultas de la semana la dejaban cansada. En cambio, Evaristo se vestía de gala ni bien amanecía. Un saco raído, una camisa amarillenta, que en algún tiempo debió ser pulcra y brillosa; un pantalón con tantas costuras como cicatrices tiene un acuchillado, y un par de zapatos de cuero opaco. Antes de salir, se acercaba a Artidora para darle un beso en la mejilla.

—Quita, quita, zambo fatidioso. Ande a baré la glesia con el cua, decía Artidora.

—Ahí te voa llamal, mi negita mocha, mocha, respondía Evaristo.

El comentario

Si seguimos la línea estructural del relato, notaremos que el autor introduce con equilibrio un diálogo ─quizá un poquito extenso─ para dar luces sobre el conflicto que servirá de telón de fondo de todo lo que se viene: la protagonista no solo se niega a ir a la iglesia a causa de sus creencias, sino que ─y aquí Marco André lo sugiere de manera muy sutil─ desprecia a su esposo por tenerlas y no obtener nada tangible ─rentable, un beneficio económico─ de ellas. Con este bloque, el autor muestra las motivaciones psicológicas y espirituales de Artidora y Evaristo sin necesidad de dar descripciones abstractas o subjetivas. Es decir, deja que los personajes se expliquen con sus propias palabras y reflexiones, algo que los lectores siempre agradecemos.

Otro detalle clave: el autor hace mención a la presencia de velas encendidas a lo largo del relato, y no dejará de señalarlas casi-como-quien-no-quiere-la-cosa, lo cual es muy importante porque, en algún punto, esas velas flameantes tendrán un efecto impredecible dentro de la historia. Ese recurso, que aquí está muy bien manejado al mantenerse constante en el texto sin ser demasiado ostentoso, también ayuda a que el lector visualice los ambientes donde se desenvuelven los personajes.

Por otro lado, si bien se entienden los intentos de realismo en el habla de los personajes, como autores también debemos ser cautelosos para no resultar machacantes y agotadores. En esa línea, es posible pulir el estilo que tiene Artidora y Evaristo para comunicarse y no insistir tanto con el recurso de recortar las palabras: este, al final de cuentas, no es más que un truco para que las frases suenen realistas, pero se requiere utilizarlo con precaución, pues de lo contrario hasta podría parecer que nos regocijamos en los estereotipos, lo que nos haría perder la autoridad necesaria como narradores ante el lector.

Bloque 4

Sin su compañero, Artidora terminó consumiéndose. No le quedaban fuerzas para responder a quienes la culpaban por la muerte de Evaristo, especialmente a los que aseguraban que Dios lo había premiado arrancándolo de su lado. Acudía a la iglesia todas las mañanas, pero al igual que ahora, no sabía cómo dirigirse ante los santos o a la más simple de las estampas. Cogió sus ahorros y compró la imagen del crucificado. Pensó que a Evaristo le hubiese gustado tener a su jefe en casa. A lo mejor, de ese modo aprendería a rezar y todo sería más fácil. Y, así continuó, hasta que la artritis devoró sus fuerzas.

Las campanas, repican, repican, repican.

¡Mochita, mochita! Sal, Doita, sal que tenemos que rezal a papalindo.

Y comprende que, mientras viva, tendrá que consolarse con esas campanadas, imaginando que es Evaristo quien la llama, ese hombre que solo buscaba salvarle el alma y enseñarle a conversar con Dios. Repican, repican, repican las campanas. Artidora junta las manos, “esponde, dioito”. Y, con esa sola esperanza, Artidora se persigna. Es un bonito día.

Sal, Doita, sal que tenemos que rezal a papalindo.

La flama de la vela ha consumido al crucificado, las estampitas, el altar y llega hasta la cama.

 El comentario

Aquí hacemos otro corte en la historia y nos vamos hasta el último bloque de párrafos. El recurso de apelar a frases sueltas de una sola línea ayuda muchísimo para graficar los picos que afloran en la conciencia de Artidora: no necesitamos saber todos sus pensamientos, solo aquellos que la torturan y la hacen arrepentirse de su forma de ser (y querer). De la misma manera, y luego de tener párrafos de varias líneas, el autor recurre a un cierre de una sola frase, corta y directa, lo que le da fuerza a la historia porque sugiere lo que sigue a continuación, y al mismo tiempo le otorga elegancia, porque ya no necesita narrar más de lo necesario.

Solo para terminar, una sugerencia que podría servir al autor es que intente recortar sus frases: sus historias ya son lo bastante potentes como para distraer al lector con párrafos largos. Mucho de lo que narra se podría escribir en corto, con economía de palabras. Esto le ayudaría a darle mayor énfasis a la composición de sus oraciones. Si Marco André Fernández hiciera este ejercicio, el texto original podría ahorrarse entre una página a página y media, aproximadamente.

Hasta aquí llegamos con el análisis del relato. Los invitamos a que ingresen al texto completo (el link está al inicio de esta página) para que puedan leer la versión original sin pausas.

No olviden que siempre pueden enviar sus publicaciones de ficción y no ficción para someter sus primeros párrafos a este breve ejercicio de edición. El correo de recepción de sus textos es noticias@cdeyc.com. Pueden enviarlos con sus nombres propios o seudónimos. Nuevamente, están todos invitados a participar, sea cual sea la edad y profesión.

Muchas gracias por la confianza. Revisa el ejercicio anterior: La cocinita editorial. Analizamos «Ceremonia», un cuento de Ana Akamine.

Homenaje a Antonio Gálvez Ronceros y presentación de la reedición de su novela «Perro con poeta en la taberna»

Katherine Pajuelo Lara, docente del Centro de Desarrollo Editorial y de Contenidos, participó como ponente en el homenaje a uno de los más grandes cuentistas peruanos, el cual se realizó en la Casa de la Literatura Peruana el pasado 5 de diciembre. Aquí te dejamos su presentación.

Quisiera empezar agradeciendo al Centro de Desarrollo Editorial y de Contenidos para esta presentación. Y, también, reconocer y felicitar el trabajo de esta reedición para el sello J.M. Marthans. Juan Miguel, haz hecho un excelente trabajo, la verdad que el libro-objeto es muy bonito y se lee bastante bien.

Quisiera empezar planteando la reflexión sobre el libro. ¿Cómo definimos hoy un libro? Les cuento que hace un par de años volví a la universidad y algo que me sorprendió fue cuando el profesor nos dijo: «Alumnos, los libros ya están colgados en la plataforma». Para mí todo era bastante nuevo. ¿Cómo que los libros están colgados en la plataforma? Es en ese momento en el que descubrí el libro PDF. La verdad que fue bastante incómodo leer en la pantalla (yo utilizo la pantalla para traducir, para corregir, en fin, para trabajar, no por el placer de leer) entonces mi recurso fue imprimir todos los libros que tenía que estudiar, porque era cada semana un libro, cada semana un libro y me gasté la vida en tinta (encima, había que comprar las celestes y las rosadas, cuando uno necesitaba el negro, era rarísimo). Pero, todo esto para llegar al libro como tal. Yo prefiero distinguir al libro-objeto; este es, para mí, un cofre del tesoro, un libro en general, a parte de este hermoso libro Perro con poeta en la taberna del maestro Gálvez Ronceros.

Es un cofre del tesoro que tiene una tapa, un lomito, una solapa, tiene papel adentro, no solamente páginas, porque el PDF también las tiene. El libro tiene papel, lo puedes tocar, uno tiene contacto. Además, las páginas del PDF no siempre coinciden con las de un libro y no hay nada como leer un libro físico, al menos para mí. Hay otros que utilizan Kindle o PDF… dependerá de cada gusto. Este libro (Perro con poeta en la taberna) podría decir que es ideal para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero; es ideal para lectores claustrofóbicos (soy una de ellas) y digo esto por sus márgenes, por su interlineado. Muchos lectores necesitamos tomar nota, escribir la definición de una palabra y, en ese sentido, mi forma de contacto con el libro es escribir al costado. Y, algunas veces, corregir, uno no pierde el vicio de la corrección; subrayar, el interlineado es generoso, el tamaño de letra es adecuado, es una letra chica, porque si fuera más grande sería un cuento para niños, es redondeada, es amigable, es cálida. El color del papel también nos transmite esa calidez. Es un placer realmente posar la mirada en el papel. El libro como tal está muy bien hecho y trabajado.

La obra de Antonio Gálvez Ronceros ha sido recientemente publicada en España.

En cuanto al tesoro que este lleva, yo lo califico no como un libro en PDF sino la obra, la cual trasciende a cualquier plataforma. Esta obra puede estar en un libro, la podemos leer por internet, en un Kindle. Esa es la obra, para mí el libro sigue siendo el objeto físico. Quisiera compartir con ustedes seis motivos (ya que he hablado ahora de lo físico, de lo tangible, que está un poco afeado por mis marcas, pero ese es el contacto que tengo con mis libros que realmente entusiasma al leer) para leer Perro con poeta en la taberna, si es que no lo han leído, o para reencontrarse con esta hermosa obra de don Antonio Gálvez Ronceros.

1. Por el puro placer de leer a don Antonio

Quienes lo hemos leído sabemos que vamos a pasar un muy buen tiempo rodeado de sus letras. Tiene unas palabras cálidas que nos aproximan a nuestra propia cultura, tan cercana y tan lejana a la vez. Y porque sabemos que nos vamos a reír: con él nos brotarán sonrisas y más de una risotada. Realmente es una invitación a la lectura, porque sabemos que la vamos a pasar bien.

2. Porque se lee de un tirón

Uno empieza a leer Perro con poeta en la taberna y no quiere parar hasta el final. A veces vemos libros que tienen 300 páginas, digamos Los miserables, por ejemplo, encima dos tomos y decimos: «¿Cuándo voy a terminar?». Hay algunas personas que se ponen nerviosas porque ven muchas páginas. Todo dependerá de la maestría del escritor, de la pluma, que nos lleve, que nos envuelva, que nos haga ir junto a él. El libro no se nos cae nunca de las manos.

3. Para descubrir

El escritor mexicano Rafael Pérez Gay cierra su programa La otra aventura, con la siguiente frase: «Abres una puerta y detrás de ella aparece un mundo: eso es un libro». Abrimos esta puerta y nos encontramos con un mundo mágico, un mundo distinto, un mundo lejano y que, sin embargo, está en Huancayo. Un mundo en el que un perro habla, un mundo en el que el perro se expresa, como decía Karen, piensa. Podría hablar disparates, pero es un perro que piensa, razona y que quiere salvar a alguien; es un perro al que le gusta la bebida, que es parroquiano en las tabernas y que encima paga «miti-miti» la cuenta.

Otra de las cosas que me llamó la atención es que no tiene, como en los cuentos, generalmente los animales que están personificados en los cuentos llevan el nombre con mayúscula. El Lobo Feroz, L con mayúscula, se distingue porque es un personaje principal. El perro es perro. El perro nunca va con mayúscula. El perro es un perro con la diferencia que se puede parar en dos patas, se apoya en un poste en el mercado, viste pantalón, chompa y chaqueta.

Pantalón, chompa y chaqueta. Repitamos eso. Prestemos atención cuando leamos a don Antonio, porque tiene esos sonidos en las palabras. No decimos casi nunca suéter, pero hubiese podido decir casaca. Pero es chompa y chaqueta, así es su sonoridad en lo verbal. A mí me llama muchísimo la atención. Además, este perro que se puede parar en dos patas y que está vestido, cuando camina lo hace en cuatro patas. No deja su naturaleza, no deja de ser perro. Muy particular.

4. Nos permite descubrir otros libros

Perro con poeta en la taberna, como cualquier otra gran obra literaria, nos permite descubrir otros libros. Se habrán dado cuenta los que ya la han leído, no quiero adelantarme a los que no, que podemos encontrar Las mil y una noches aquí. El perro es una suerte de Sherezade, y Sherezade quiere salvar su vida cada noche y le cuenta un relato distinto al sultán para salvarse. Y, ¿cómo termina Sherezade cada historia? «Bueno, y esto me recuerda a otra historia». Y el sultán le dice: «A ver, cuéntamela». «No, mañana». Entonces tiene que esperarse hasta mañana y ella salva su vida por muchas noches, porque si no las mandaban a decapitar.

El perro también relata una historia, pero no para salvarse así mismo, sino para salvar al otro. Y, ¿de qué lo quiere salvar al poeta? (Hay niños presentes en la sala…) Así que lo quiere salvar de ese «ismo», cojudismo que rodea muchas veces a las personas del medio artístico. Menciona a los poetas en primer lugar. ¿Quién no conoce a un poeta que sufra de este mal? Yo conozco, y no solamente poetas, narradores también, más de uno. Es ese ismo de la vanidad absoluta. Incluso el perro le recomienda: «Deberías dejar de ser poeta y dedicarte más a la poesía». La verdad que esas recomendaciones son bastante valiosas y las podemos aplicar. Regalen el libro a algún amigo que sufra de este mal.

Es más, el perro dice: «Decidí proseguir con historias de igual índole, porque me había propuesto ayudarlo a salir del cojudismo que lo tenía atrapado». Entonces, cada vez él le va contando una historia al poeta y muchas veces el poeta ni se da por aludido, porque él no acepta no ser reconocido. Y, al perro le importaba un rábano: él le contaba nuevamente otra historia. Yo detecté, en esta especie de Mil y una noches que tenemos en este maravilloso libro, once historias. La primera es a modo de anécdota: «Le conté, relaté tal cosa o me hizo acordar». Luego detecté otras diez, quizás ustedes detecten más.

Lo que me gustó mucho es esta suerte que en literatura le llaman muñecas rusas o cajas chinas: una historia dentro de otra. Mi historia número uno yo la tengo como 1.1 y luego retoma otra vez la historia principal y esto sucede en la historia uno (ustedes son libres como lectores de enumerar sus propias historias) en la tres y en la seis, que tienen subhistorias.

Es un encuentro, en efecto, con otros libros y también nos desternillamos al leer el resumen de Hamlet. Los que han leído el libro, ¿cómo resumen Hamlet?: «El príncipe que despeja sus dudas y, espada en mano, se despacha a casi todo el elenco». Uno lo lee y por más que en literatura se diga que ese es el narrador, no es el autor, el autor no está. No, tú te lo imaginas a don Antonio diciéndotelo, contándotelo, escribiendo y te ríes. Yo no lo conocí en persona, lo conocí a través de Monólogo desde las tinieblas; pero es como si lo viera, como si lo escuchara. No tuve la suerte que tú has tenido, pero para mí es leerlo y reconocerlo ese placer. Las referencias, además, no solamente tenemos acá a Hamlet o Las mil y una noches que les decía, sino también menciona a Vallejo, a Chocano (para bien o para mal los menciona) y, bueno, al corrector de estilo.

5. Para aprender

Como decía Karen hace un rato, y yo no sabía que eran palabras de don Antonio, me lo anoté aquí: «¿Quieres aprender a escribir? Lee. ¿Quieres ser mejor corrector? Lee. ¿Quieres estar mejor alimentado espiritualmente? Lee. El autor es un maestro de la escritura». Podemos leer el libro por puro placer, lo vamos a devorar. Todos somos, en primer lugar, lectores, y leemos porque se nos antoja y tenemos el derecho de dejar un libro que no nos gusta y podemos retomarlo años después. Miguel sabe lo que me pasó con Rayuela, no entendí Rayuela muchas veces, hasta que llegó el momento en que me encantó. Eso nos puede pasar con todos los libros, es nuestro derecho como lector.

Pero, para los futuros escritores, los que se dedican a la palabra, aprovechen en leerlo para aprender. Qué podemos aprender, podrían decirme, de un libro que físicamente es pequeño. Podrían decir qué hay. Bueno, hay todo un mundo. Por ejemplo, se sugiere que los párrafos no sean extensos. Vayamos a párrafos cortos porque no queremos perder al lector. En cualquier ámbito, una carta comercial, un correo electrónico, tus párrafos que sean cortos porque si no el lector se va a perder y se nos va a ir, y va a soltar el libro. Bueno, ¿qué tenemos en Perro con poeta en la taberna? ¡Tenemos un megapárrafo! No sé si lo notaron, comienza en la página 23, primera línea, y termina en la primera parte de la página 100. ¿De dónde sacamos que no se pueden utilizar párrafos largos? Ahí está la maestría del escritor. Claro, no es recomendable que cualquiera que no esté muy entrenado o que no haya leído lo suficiente (diría yo) se aventure a un párrafo tan extenso. Pero, uno no lee y no se pierde. Él nos atrapó en la lectura y nos lleva de la mano a través de señales. Por ejemplo, los diálogos en la primera parte, ¿cómo los distinguimos? ¿Con rayas de diálogo? Vemos al personaje A que habla con el B, ¿tenemos las rayas de diálogo? Dentro de este párrafo gigantesco, ¿cómo distinguimos los diálogos? Con comillas. Entonces, él nos avisa: «Ojo, acá hay un diálogo». Y nosotros lo vemos y eso permite que no nos perdamos, que continuemos en la lectura y que no se nos vaya el libro de las manos.

También hay unos puntos suspensivos que es como una especie de, no me animo a decir respiro, pero, no hay punto y aparte, salvo para mencionar algunas citas puntuales que están centradas, además, pero el párrafo es continuo. Además, hay momentos en que para describir ambientes no usa verbos, no sé si se dieron cuenta. Cito: «Lejos, muy lejos de la estridencia del centro de la ciudad de Lima y sus distritos aledaños, una urbanización que parecía un remanso. En el silencio y sosiego de la urbanización, un pequeño café de ambiente apacible». ¿Utilizó un verbo? No. ¿Qué pasa cuando escribimos así para un articulo universitario? Te dicen, el verbo, ¿dónde está? La literatura lo permite, la literatura nos da alas (como la bebida energizante) para escribir, alas para alzar el vuelo en nuestra imaginación. Sí, es verdad, pero siempre y cuando sepas escribirlo bien, porque hay que conocer las reglas para poder quebrarlas. Esa sí es toda una recomendación.

Las onomatopeyas de los ríos. Él es muy preciso en las descripciones. Es como si pintara un cuadro. Por ejemplo, cuando ubica al perro que está apoyado en el poste, en el mercado, parado en sus dos patas y al costado están las mujeres vendiendo papas. ¿Las mujeres vuelven a aparecer en el libro? No. Es un cuadro, nos ubica, podemos verlo. La literatura tiene eso: cuando uno lee no solamente utiliza los ojos, los sentidos todos se involucran. Imaginamos, vemos más allá del perro, vemos todo lo que sucede alrededor. No me digan que al leer que había una ruma de papas no sintieron de pronto ese olor que uno percibe en el mercado. ¿Quién no ha ido a la paradita de su barrio? ¿Quién no ha ido, no a un supermercado, al mercado, donde todos los olores se entremezclan? Papas, camotes, choclo, culantro. Todo ese olor es uno y uno puede sentirlo cuando lee. Todo eso transmite la obra. Reitero lo de las onomatopeyas, la lluvia al caer. Nunca se me hubiera ocurrido decir que sonaba chuc, chuc, chuc. Así que el oído también se involucra en la lectura. La lectura no solamente son ojos.

6. Para jugar

Ese es mi sexto motivo. Y, ¿cómo puedo jugar yo con un libro? Jugar a encontrar las similitudes, por ejemplo. Identificar lo mismo en el otro. Yo encontré al primer poeta más adelante en otro personaje, porque coinciden. El primer poeta tenía más o menos 22 o 23 años y más adelante hay otro personaje que también (oh, coincidencia) tiene 22 o 23 años. Tenemos a un charlatán en las primeras páginas, tenemos otro charlatán que podría haberlo denominado de otra manera, porque a él no le faltaba vocabulario para nombrar. Pedro, ¿quién fue Pedro? Pedro fue el mozo que ganó el premio nacional de poesía. Tenemos un Pedro corrector de estilo que lleva ese nombre, bueno el corrector de estilo tiene apellidos, no los tengo a la mano, pero también se llama Pedro. Qué coincidencia. Entonces, me pregunto: ¿Son coincidencias o simplemente son reencuentros de personajes en un extremo y el otro del libro?

De izquierda a derecha: Katherine Pajuelo Lara, Isabel Gálvez, Karen Calderón y Jorge Eslava.

Ojalá que este libro-espejo nos sirva para detectar si nosotros padecemos también de ese ismo tan insoportable y decadente (y dicen que es más decadente a medida que pasan los años. O sea, démonos cuenta a tiempo). Y también para ver si el compañero o amigo poeta, o escritor, lo sufre también. Ya les digo: regálenles el libro para que se puedan ubicar. Calculemos bien la ruta, para eso nos sirve también el libro: a fin de no desviarnos por el camino que lleva al hoyo profundo de la vanidad.

Cesare Pavese: una trayectoria literaria marcada por la tragedia

Este 9 de septiembre se cumplen 115 años del natalicio de uno de los escritores más importantes del corpus literario Italiano. La tragedia y el desamor marcaron el espíritu creativo de Pavese, quien canalizó el dolor a través de sus obras.

El primer quiebre ocurrió en 1914, al morir su padre, un prestigioso político de Turín. Y es que no solo afloró el dolor de la pérdida, sino que su madre, quien asume el mando de la familia, trató a Cesare con rigidez, lo cual ahondó la pena del autor. Tras terminar sus estudios secundarios en su ciudad natal, empieza a interesarse por los grandes narradores y poetas norteamericanos, especialmente tras su ingreso a la universidad. De hecho, es conocida la tesis que Pavese realizó acerca de la obra de Walt Whitman.

Marcas que jamás se olvidan

Antes de sufrir otro duro golpe, Pavese soportó la inclemencia del confinamiento. Y es que, en 1935, habiéndose enamorado de una comunista, fue prácticamente exiliado, alejándose de su amada y del mundo que hasta entonces conocía. Sin embargo, este obstáculo no fue sino un aliciente para la composición de uno de sus más importantes poemarios: Trabajar cansa (1928). Debido a sus técnicas innovadoras, el público empieza a mirar con expectativa la obra del poeta.

A pesar del éxito, llega el segundo nocaut. De vuelta del exilio, Pavese se entera de que la mujer de la cual estaba enamorado se había casado. Puede parecer algo trivial, pero para alguien de la sensibilidad del poeta, aquello solo podía significar una angustia máxima. En adelante, la sombra del fracaso lo acechará hasta su muerte.

Sin embargo, continuó dedicado a su vocación literaria. En 1940 culmina El bello verano, trabajo que le permitió publicar posteriormente Feria de agosto y De tu tierra (1941), debido a los premios que obtuvo.

Pavese y la labor editorial

El trabajo editorial no fue ajeno a la vida del poeta. En 1933, laboró en la editorial Einaudi, junto a los cofundadores de la empresa Giulio Einaudi y Leone Ginzburg. Pavese fue uno de los editores más importantes de este referente cultural, debido a su arduo trabajo y dedicación a las labores editoriales. De este modo, dotó a la cultura italiana de diferentes temas como el marxismo y problemáticas etnológicas y religiosos (recordemos que Pavese era ateo).

Estilo

La vida del mundo contemporáneo y los conflictos que la atañen fueron los temas más recurrentes en la narrativa de Pavese. Asimismo, en cuanto a su poética, tal como señala en su ensayo El oficio del poeta, el autor manifiesta que «las palabras deben adherirse a las cosas». En tanto, también resalta que la poesía debe resolverse en imágenes.

El final y el inicio de una leyenda

Cesare Pavese recibió un prestigioso premio por su libro El bello verano.  Era el 27 de agosto de 1950. Se refugió en un cuarto de hotel en su natal Turín y se suicidó. Tras la publicación de su diario, el cual lleva por título El oficio de vivir (1952), se revelaron las causas que lo llevaron a tomar dicha decisión. Una de estas fue la ruptura de su relación sentimental con la actriz estadounidense Constance Dowling. Precisamente, Pavese le dedica los últimos versos del poemario Vendrá la muerte y tendrá tus ojos. En honor a su memoria, en 1957 se gestó el Premio Literario Cesare Pavese.

La marca de Calasso

La marca de Calasso

Por Ricardo Meinhold

La muerte de Roberto Calasso es un duro golpe para el mundo editorial, pues deja un vacío en quienes se aproximan al libro con pasión y saben deleitarse con el cuidado en los detalles propios del oficio. He aquí un pequeño homenaje a Roberto Calasso.

Nunca lo conocí en persona y, sin embargo, cuando recibí temprano la noticia de su muerte —un lacónico mensaje por WhatsApp de un amigo, también editor— sentí, después de la sorpresa, una profunda tristeza que, aunada a mi decepción por la situación política en Perú, me hizo preguntarme —mientras hojeaba un libro suyo— qué pasaba en este mundo. ¿Por qué los que mejor representan la modernidad, la curiosidad, la cultura, el riesgo, la tolerancia se van y solo quedan los que representan el lugar común, la mediocridad, los prejuicios?

El gran editor italiano Roberto Calasso, quien falleció este último jueves en Milán a los 80 años, «representaba» en esta época de confusión contemporánea aquel eslabón que aún vincula la gran literatura y la alta cultura —¿por cuánto tiempo más?— con el lector de a pie, aquel como tú y como yo. Su muerte es un mal augurio para todos quienes amamos los libros.

Nació en Florencia en 1941, vivió siempre en un ambiente intelectual —su familia pertenecía a la clase alta de la región de Toscana—. Su abuelo materno fue profesor de filosofía y editor, su madre traductora italiana y su padre decano de la facultad de Derecho de la Universidad de Roma, donde Calasso estudió Filología Inglesa, punto de partida de una vida dedicada a las letras.

Roberto Calasso, morto il rivoluzionario della dieta culturale in Italia

Heredó de su abuelo materno, Ernesto Codignola, la vocación editorial, así como sus primeras lecturas juveniles tan bien complementadas por otro peso pesado italiano: el crítico y gran lector literario Roberto Bazlen. Ellos lo acercaron a la literatura centroeuropea, al igual que a la mitología clásica, piedra angular de su obra, tanto literaria como editorial.

En una columna escribí sobre las reseñas que, a la manera de cartas, escribió para varios libros que publicó como editor de la prestigiosa editorial italiana Adelphi, labor que de alguna forma lo emparenta con los clásicos editores europeos y estadounidenses del siglo xx. Aquellos publicaban lo que les gustaba, lo que percibían como bello —entiéndase belleza en el amplio sentido que le daba Albert Camus—, lo que detectaban en peligro de desaparición; independientemente de las modas, ideologías o prejuicios, construyendo un catálogo —«un libro único» lo habría llamado— para aquel «lector desconocido». Después de todo, para él la edición era también un género literario.

Calasso entendió que las nuevas tecnologías no eran culpables de drenar potenciales lectores a la literatura. Eran otros los factores como la banalización de la cultura, la caída de los niveles educativos, entre muchas otros. Entendió también que existe una suerte de rechazo contemporáneo hacia los intermediarios, malentendido producto de aquella idea demagógica sobre una relación directa entre autor y lector. A ello se suma la autocensura practicada por muchos editores quienes ven en lo que no da resultado comercial algo dudoso, cuando justamente la esencia de un catálogo es también apostar por lo menos convencional, lo que no está de moda. Sin ese espíritu nunca hubiéramos leído a Hemingway o a Fitzgerald.

Elegante, sobrio, inteligente, de gusto personal exquisito, contrario al predominio cultural de la izquierda —representada en ese entonces por la editorial Einaudi—, creó Adelphi como contrapeso a aquella propuesta.  Tradujo a Nietzsche y a Kafka, publicó a Milan Kundera y a Hermann Hesse, así como a Joseph Roth y Karl Kraus; a autores perseguidos por el comunismo como Vasily Grossman o al premio Nobel de 1980, Czesław Miłosz ; autores despreciados como el escritor de género policial Georges Simenon, uno de los favoritos de su maestro Bazlen, o autores contemporáneos como el italiano Leonardo Sciascia. En lo que se refiere a América Latina, recordemos que gracias a él los italianos pueden leer al argentino Jorge Luis Borges.

Además de editor fue también un extraordinario escritor, capaz de teorizar sobre su actividad en libros como La marca del editor o Cien cartas a un desconocido, exponer su visión sobre la cultura y la mitología griegas en La ruina de Kasch o Las bodas de Cadmo y Harmonía, revisitar a creadores como Kafka en K o el pintor Giambattista Tiepolo en El rosa Tiepolo, abordar la cultura védica en El ardor, la mitología hinduista en Ka, la modernidad europea en Los cuarenta y nueve escalones, la sociedad contemporánea en La actualidad innombrable, las formas de comunicación entre lo humano en El cazador celeste hasta la reflexión que establecemos con los libros en Cómo ordenar una biblioteca. Sus obras se han traducido a 25 idiomas y se publican en similar número de países.

Vuelvo a hojear La marca del editor, título que tengo entre mis libros de cabecera, aquellos que relees para salir de la rutina embrutecedora y constatar que aún estás vivo, y encuentro lo siguiente: «Se puede entonces llegar a la conclusión de que, además de ser una rama de los negocios, la edición siempre ha sido una cuestión de prestigio, cuando menos por tratarse de un género de negocios que es a la vez un arte. Un arte en todos los sentidos, y seguramente un arte peligroso porque, para practicarlo, el dinero es un elemento esencial. Desde este punto de vista bien se puede afirmar que muy poco ha cambiado desde los tiempos de Gutenberg. Sin embargo, si echamos un vistazo a cinco siglos de edición tratando de pensar en la edición misma como un arte, enseguida vemos surgir paradojas de todo tipo. La primera podría ser esta: ¿según qué criterios se puede juzgar la grandeza de un editor? Sobre esta cuestión, como solía decir un amigo mío español, “no hay nada escrito”».

Una rara avis como editor y como escritor, Roberto Calasso dejó una profunda huella en el siglo xx. Con él se va un grande, aunque él no habría aceptado ese adjetivo. Una manera de entender la edición y una manera de encontrar al lector que difícilmente será continuada por las nuevas generaciones.

De él se puede escribir lo que Mario Vargas Llosa dijo ante la muerte del gran crítico uruguayo Ángel Rama, cambiando solo el sustantivo: los editores, sabemos que su muerte ha empobrecido de algún modo nuestro oficio.