Un último regalo para Mario

Cerramos esta edición especial, en tributo y recuerdo de Mario Vargas Llosa, con comentarios de nuestros docentes y estudiantes sobre la obra y vida del premio nobel.

Cuánta razón tuvo mi asesor de tesis cuando me advirtió que por ningún motivo entrevistara al autor de los libros de mi investigación. Procuro huir de las despedidas, de las tristezas, me cuesta reconstruirme cada vez que me enfrento a una ausencia, por ese motivo siento que su esencia estuvo y estará, y no tendré que despedirme de usted. Si bien no nos proponemos aproximarnos a un análisis psicológico del autor a través de sus personajes, entendemos que en buena parte de ellos está él. Sin haberlo conocido, pero sí escuchado en varias conferencias, lo percibo en mis Rigoberto, Fonchito, hasta en Lucrecia, menciono a estos tres, porque últimamente me siguen muy de cerca.
Todo un universo en la cabeza. Decía de El Quijote y de Tirant lo Blanc que eran un claro ejemplo de la novela total, que sus escritores crearon un mundo, que era una obra completa. Yo creo que usted también lo fue. Al respecto, podríamos hablar largo y tendido, en algún momento será, allá donde no existen relojes, para que me cuente si su intención fue que viéramos lo que yo vi en el núcleo de la casa barranquina, no en la suya, claro, en la de Rigoberto. Lo encontraré, como siempre, en el placer de las letras. — Katherine Pajuelo Lara (traductora, correctora y docente)

Los intelectuales, los escritores, los artistas y todas aquellas personas que dejan un legado, tarde o temprano nos dejan. Y depende de cada uno de nosotros decidir si atesoramos o olvidamos ese legado. Mario Vargas Llosa, hasta el último minuto de su vida, nos dejó su invaluable contribución. Lo que logró es un motivo de orgullo para todos los peruanos y su legado perdurará más allá de su partida. —Dante Antonioli (editor)

No hay comentario, libro u homenaje que pueda contener lo que Mario representa para las letras peruanas. Su incansable labor literaria, ese vicio de escribir y sacrificio único hacia las letras, lo han convertido en un autor de lectura obligatoria. Es imposible en estos tiempos no conocer La ciudad y los perros, o por lo menos haber hojeado, sea por curiosidad o por deleite, Conversación en La Catedral. Los que hemos disfrutado de su literatura optamos por separar al Vargas Llosa político de su obra. ¿Discutible? Sí. De ahora en adelante, hablar de Varguitas será empuñar una espada, abrir una brecha, discutir como se hace únicamente sobre las leyendas. Se le va a extrañar mucho —Marco Fernández (editor adjunto del Centro de Desarrollo Editorial)

A mi modo de ver, Mario Vargas Llosa acaba de iniciar una nueva vida, una que durará muchísimo, y más que su existencia «natural» en la Tierra. Y es que vivirá en cada uno de nosotros, es evidente, y quienes nos sucedan también dirán lo mismo con igual validez, así hasta que los peruanos —o los latinoamericanos, o la humanidad entera— pierdan la memoria. Un escritor, académico y líder de opinión como Vargas Llosa ha forjado por sus propios méritos una poderosa influencia en la sociedad. Sus novelas forman parte del imaginario común del pueblo peruano, sus declaraciones son y serán escuchadas, debatidas y reinterpretadas eternamente. — César Osorio (bachiller en Literatura de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos)

Ahora me siento solo y con la tristeza de saber que no volveré a leer nada nuevo de su pluma. Quedan sus libros y su figura ejemplar tanto en sus aciertos como en sus equivocaciones. Pero voy a echar de menos sobre todo su sonrisa particular, aquella con la que remataba algún comentario que lo alegraba o irritaba. Ni mas ni menos que lo que sentía por mi padre o mi abuelo. Gracias, Mario. Te vamos a extrañar — Ricardo Meinhold (editor)

Preguntas a la deriva: Mario Vargas Llosa, ¿un genio trasnochado?

Defensores y detractores han abierto un intenso debate respecto a la figura literaria de Mario Vargas Llosa. Una de las interrogantes más saltantes es si en algún momento el autor se volvió prescindible. En el siguiente escrito, Juan Molina, crítico literario, ensaya una respuesta en medio de una de las discusiones más saltantes de la palestra literaria nacional.

Por Juan Molina Sócola

Me han pedido resumir lo que vendría a ser una revisión sobre la obra de Mario Vargas Llosa. El nobel falleció como debe hacerlo cualquier persona: en su cama, rodeado de sus seres queridos y… ¿en paz? Es que su partida deja muchas preguntas: ¿Tuvo algo más qué decir? ¿Por qué se trompeó con Gabo? ¿Quién mató al Esclavo? ¿En qué momento se jodió el Perú?

Tantas preguntas no me dejan admitir que se haya ido en paz. Posiblemente lo hizo soñando tranquilo, como quien siente que el cuerpo se le adormece por el cansancio o por una borrachera que se le quitará con unas horitas de sueño bien merecido. Pero un escritor, uno como él, seguramente quiso escribir algo más; y eso es algo que cualquier persona que ha dedicado su vida entera a las letras sabe muy bien. Una vez escritor, siempre escritor.

Pero hablar de la calidad de lo escrito es trigo de otro costal. Es imposible negar que, en las últimas tres décadas, el marqués no mostró la misma elocuencia ni ambición que en La casa verde o en Conversación en La Catedral. Y ni siquiera aquellos que proclaman que nos hemos quedado en la orfandad narrativa con su partida, o que a Latinoamérica solo le queda Laje como último intelectual, podrán decir que en sus textos de los últimos años está lo mejor que ha escrito Mario Vargas Llosa.

Quizás se me permita despotricar porque soy poco menos que un desconocido, o porque quienes lean estas líneas no sean más que unos cuantos ojos curiosos que se cruzaron accidentalmente conmigo y que no tendrá mayor repercusión. Pero eso no desmerece mi punto. Hablo con el corazón de un lector que derramó unas lágrimas al cerrar La ciudad y los perros, que se partió de risa con el humor de brocha gorda, como decía él, de Pantaleón y las visitadoras, y que sintió el deseo de ir a La casa verde, por lo menos treinta minutos. Y ni qué decir de sus obras cumbres como La fiesta del chivo, La guerra del fin del mundo o Lituma en los Andes; ya se encargarán de darle los merecidos laureles quienes tengan la autoridad de haberlos releído lo suficiente. Yo me conformaré con decirle a Marito que se equivocó.

Sí, se equivocó, como todo hombre, porque eso era él: un mortal más. Con la elocuencia que pulió durante toda su vida, y eso es lo que admiro de él; pero un mortal más. Porque Mario no fue un genio de las letras; a lo mejor tuvo talento innato y por eso se resistió a que su padre le cortara las alas al mandarlo a un colegio militar, así como Pichulita Cuéllar se resistió a ser castrado por la sociedad y hasta se presentaba orgulloso de ser un pichulita. Nuestro Mario cultivó ese talento, como cualquier campesino que va a su chacra y siembra, echa el guano, riega, saca la malahierba, y fumiga las plagas para ver como crece su papa, su camote, su choclo, para finalmente ponerlo en su plato y tragarse su sudor. Igual fue Mario con su pluma.

No le bastaba con vivir rodeado de libros y amarlos en el silencio perfecto de un lector. Necesitaba decir lo que pensaba de sus lecturas, de sus investigaciones, hablar de ellas y con ellas. Era un hombre de acciones. Y por eso nuestro Mario —arequipeño de sangre, aunque unos papeles digan que es un marqués español— nunca soltó la pluma. Pese a ello, como cualquier hombre, se equivocó. Porque lo que dijo en Cinco esquinas, no pasa de ser una lectura somnolienta, con un final sorprendentemente predecible. Mario relacionaba mucho el erotismo con el humor; por eso don Panta se tiró a Olga Arellano, ¿quién no se mataría de risa al ver que aquel saco largo tenía los pantalones suficientemente sueltos para comerse a La Brasileña? Y por eso el formalito de Luciano propone hacer una orgía con su esposa, su mejor amigo y la esposa de este al final de la novela.

Sí, nuestro nobel se volvió no solo predecible, sino aburrido y trasnochado. Decidió que su creación literaria debía ambientarse siempre en el pasado: en el periodo de dictaduras, de totalitarismos, de maltratos a la población, contra los que siempre luchó –no hay que negarlo—, y por el que parece que ocultaba muy en el fondo una necesidad existencial, ontológica. ¿Quizás por eso tituló a sus memorias como El pez en el agua? ¿Porque se sentía a gusto hablando literariamente de eso que tanto despreciaba?

Como dije, Mario siempre tuvo algo qué decir sobre sus lecturas, que es lo mismo que decir sobre su vida. Y su vida fue, como él admitió en diversas entrevistas y en Conversación en Princeton, «dos historias, muy distintas entre sí, [que] poco a poco se van acercando». De ahí podemos deducir esa superposición cuántica del Mario literato y el Mario no literato, porque queda corto e inexacto decir el «Mario político» o el «Mario de la vida real».  Mario es literato o no es Mario.

Para terminar literaria y paralelamente con su vida, creo que la mejor pregunta que puedo hacerme es: ¿En qué momento se jodió Mario Vargas Llosa?

Vivir para siempre: el legado de Mario Vargas Llosa

César Osorio, bachiller en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y corrector egresado del Centro de Desarrollo Editorial, analiza desde el sentimiento de un lector la partida de Mario Vargas Llosa, el vacío que deja y la brecha abierta entre sus defensores y detractores.

Así como a muchos, la noticia de su partida me tomó por sorpresa. Aquel suceso no dejó indiferente a nadie, ni siquiera a los lectores más férreos. Pero si una persona regular se apenaba por el deceso del único premio nobel peruano, parecido al sentir de un civil que despide a un héroe de la patria, la impresión que marcó tanto en mí como en mis colegas de carrera alcanzó una dimensión más profunda y desconsoladora. Fue como si despertáramos de un extraño letargo y al abrir los ojos no viéramos más a un referente de profesión, un ídolo para muchos, que con su sola figura sostenía buena parte del prestigio de nuestra literatura.

Tal vez la crisis social en la que estamos sumidos nos hizo olvidar que podríamos perderlo en cualquier momento; ya había llegado a una edad prolongada y hasta él mismo daba señales, con su última novela, de que no le quedaba mucho tiempo. De cualquier forma, ahora no está más. No cabe duda de que dejó un vacío irremplazable. Lo sabemos y solo queda aceptarlo.

A mi modo de ver, Mario Vargas Llosa acaba de iniciar una nueva vida, una que durará muchísimo, y más que su existencia «natural» en la Tierra. Y es que vivirá en cada uno de nosotros, es evidente, y quienes nos sucedan también dirán lo mismo con igual validez, así hasta que los peruanos —o los latinoamericanos, o la humanidad entera— pierdan la memoria. Un escritor, académico y líder de opinión como Vargas Llosa ha forjado por sus propios méritos una poderosa influencia en la sociedad. Sus novelas forman parte del imaginario común del pueblo peruano, sus declaraciones son y serán escuchadas, debatidas y reinterpretadas eternamente. Su nombre se ha convertido en el de un intelectual ilustre por antonomasia —y esto lo digo con el perdón del antifujimorismo, aunque ellos saben que no miento—. Vargas Llosa, similar a César Vallejo, José María Arguedas o Ricardo Palma, se ha ganado con justicia la vida eterna a través de su legado.

Vivir así es un privilegio al que muy pocos pueden aspirar. No solo en la literatura, sino en todo lo que respecta a las actividades humanas. Lo más probable es que casi ninguno de nosotros pueda acceder a algo remotamente parecido. Lo más seguro es que nos extingamos de la memoria colectiva cuando ya ni nuestros tataranietos recuerden quiénes fuimos o qué hacíamos, y esto siendo positivos.

Las masas se renuevan, pero los rostros individuales están destinados a perderse entre la multitud. Por el contrario, la obra de Vargas Llosa hará que su faz se reproduzca por diferentes medios, de manera que nuestros tataranietos sepan mejor cómo se veía él que cómo nosotros lucíamos. Al fin y al cabo, se vive cuando se es recordado. Vargas Llosa será recordado en todas sus facetas, en sus éxitos, fracasos, hitos y contradicciones. Incluso los que lo han rechazado por las infortunadas decisiones políticas que Vargas Llosa abanderó, tendrán que mencionarlo y tenerlo en cuenta al reconstruir los relatos de la literatura peruana y latinoamericana.

Por ese motivo, a pesar de la tristeza que me genera su muerte, me tranquiliza saber que ahora se halla en un lugar mejor: el olimpo de los humanos notables. Mis maestros seguramente han arribado a esa conclusión mucho antes que yo. Varios de ellos, apasionados de la frondosa e implacable narrativa «vargaslloseana» nos hablaban con entusiasmo de cada detalle de sus novelas, sus temas, su estructura interna, sus referencias e intertextualidades.

Y no solo constaban las pláticas del universo ficcional, sino que se extendían hasta la otra complejidad de su contexto social, sus batallas políticas, su trayectoria ideológica. Uno de mis maestros, muy querido y respetado por todos en la facultad, nos comentaba que tener a Vargas Llosa de referente literario ya por sí solo eleva el nivel creativo de uno, pues inspira a emular cierto grado de la magnitud que logró plasmar en sus novelas. Como estar a hombros de un gigante. Un gigante de la San Marcos, por cierto. Me parece hasta alucinante que haya podido estudiar en la misma alma mater que él. ¿Quizá nos ha heredado a los sanmarquinos un pequeño destello de su grandeza…? Ojalá.

Sea como sea, gigantes como Vargas Llosa nunca mueren. Mi eterna gratitud hacia un gran hombre que supo elevar el nombre de las letras peruanas hasta los cielos universales. Cuando llegue mi hora, podré afirmar con calma que, al menos, viví en su misma época.

Mario Vargas Llosa: enfermedad, literatura y eternidad

Muchas serán las anécdotas, acaso incontables los homenajes que se le rendirán a uno de los escritores más queridos de la literatura peruana y latinoamericana. Evocar el recuerdo de Vargas Llosa es abrir una polémica interminable, sin embargo, es necesario hablar de un hombre que vivió únicamente para escribir.

Por Marco Fernández

Ningún artículo, ensayo o libro que se publique en adelante podrá abarcar la totalidad de la vida de Vargas Llosa, menos aún su obra. Valen los intentos y con ello deberemos conformarnos.

El escritor argentino Rodolfo Fogwill, en su magnífico cuento «Otra muerte del arte», menciona lo siguiente: «En fin: nada peor que estar enfermo de literatura. Corrijo: nada peor, para la literatura, que estar enfermo de literatura (…) Pero vivir de la literatura, o vivir en estado de literatura, no son enfermedades: son errores». Basta con imaginar al pequeño Mario escribiendo o leyendo para tener una figura precisa de esa enfermedad. Pero a diferencia del sarcasmo y evidente pesimismo «Fogwillesco», en Vargas Llosa es todo lo contrario. La gula literaria y el desenfreno por la escritura no fue más que el manifiesto de una entrega total al solitario oficio de escritor.

Fue precisamente en los años de su estadía en Cochabamba donde aprendería a leer y escribir, memorizando versos de Darío que su abuelo, aficionado a la poesía, le enseñaba. Pero este solo fue el principio de la enfermedad. A los catorce años, fue enviado por su padre al Colegio Militar Leoncio Prado del Callao, en el que recibiría una estricta formación entre los años 1950 y 1951. Pese a lo que se podría pensar respecto a una experiencia como esta —cualquiera habría sucumbido ante tal hecho— Vargas Llosa reconoció que fue la época en que más leyó y escribió, siendo sus autores de cabecera Víctor Hugo y Alejandro Dumas.

La literatura como refugio sería el punto exacto para definir esta etapa de la vida del joven Mario. Evidentemente, no enfermó como cualquier aspirante a escritor que vive de los sueños y las ansias de gloria. La consolidación de su vocación como escritor llegó precisamente en medio de las barracas del colegio, con las ficciones como su única salida de la realidad—quizás pensamos en Roberto Bolaño y la literatura como su tabla de salvación ante la enfermedad, o en el cubano Reinaldo Arenas, para quien la literatura se convirtió en su único fusil para enfrentar a un régimen dictatorial—. Tal vez por ello Vargas Llosa sentía esa inclinación total por la ficción; basta recordar una de sus más conocidas frases: «Escribir novelas es un acto de rebelión contra la realidad».

No debería extrañarnos entonces que La ciudad y los perros (1963) represente la vía de escape a la que nos referimos. Podríamos imaginarla como acaso la más sutil de las venganzas, aquella que solo se consigue con mentiras. Y, Vargas Llosa fue el más querido de cuanto mentiroso haya transitado por los caminos de la literatura. Nos hizo creer en las visiones del Poeta Alberto Fernández, en los monólogos de el Esclavo Ricardo Arana, en las correrías del Jaguar, en las órdenes imperantes del teniente Gamboa.

Si volvemos a Fogwill y a la «enfermedad», entonces podríamos colocar a Vargas Llosa como un mitómano predestinado. Cualquiera que haya disfrutado sus historias deberá aceptar que fue timado de la manera más pícara: aquella que surge de un relato bien contado.

Cómo olvidar la historia de don Anselmo o aquel grupo de mediocres y picadores llamados Los inconquistables —a la que pertenecía el Sargento Lituma— en La casa verde; cómo olvidar esa pregunta de Santiago Zavala en Conversación en la Catedral qué hoy cobra más relevancia que nunca: «¿cuándo se jodió el Perú?»; ¿es posible no conmoverse con la integridad de Pantaleón Pantoja o sucumbir ante los encantos de la Brasileña?; seguramente más de uno recordará las prédicas de Antônio Conselheiro o el triste final de el Beatito tras la derrota de los yagunzos en La guerra del fin del mundo; nadie podrá negar el manejo excepcional del erotismo en Elogio a la madrastra, a través de la historia de Rigoberto y Lucrecia. De esta manera, podríamos llenar decenas de páginas —libros, ¿por qué no?— con los protagonistas de esas mentiras a las que solemos llamar cariñosamente cuentos o novelas.

La obra de Mario Vargas Llosa no solo representa un legado de valor incalculable en la literatura peruana, sino que además, y mucho antes de su desaparición, fue uno los faros de las letras latinoamericanas. Último sobreviviente de aquel cuarteto que llevó el boom hacia la cumbre, podemos decir, tal vez con algo de nostalgia, que en ese sentido nos hemos quedado solos. La estructuración de sus historias, la administración de los recursos narrativos, las temáticas que desplegaban sus relatos y el vicio de escribir no son más que algunas características de su escritura, una que probablemente será replicada, pero jamás igualada.

No debemos olvidar también el constante tributo que realizaba Vargas Llosa hacia sus autores favoritos. Ahí tenemos La verdad de las mentiras; El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti; García Márquez. Historia de un deicidio; Cartas a un joven novelista; Medio siglo con Borges; La mirada quieta (de Pérez Galdós), entre otros ensayos que confirman a su autor como un hombre enfermo de literatura, esclavo de su escritura y merecedor de la eternidad.

Y esto tuvo su recompensa en el 2010, cuando recibió el Premio Nobel de Literatura, para disgusto de muchos y congratulación de otros. Lo cierto es que, como dijo el narrador Antonio Gálvez Ronceros en una entrevista, el buen Mario «se lo buscó». Esa tal vez es la clave de la eternidad de Vargas Llosa. Vivir para escribir, para ser feliz, para ganar un Nobel, para vivir en una realidad alterna en la que solo es posible existir si se toma por vocación a la escritura.

Adiós, Mario. Hasta que nos volvamos a ver. O, mejor dicho, hasta que volvamos a leerte, pues para cualquier lector que se precie de serlo, la lectura es la resurrección constante de un autor. Así que será mejor decirte solo hasta luego. Al rato nos vemos.

Sobre escritores, manías y costumbres

Cada autor maneja su propio ritmo de escritura, sus propios métodos, sus propias concepciones del oficio. A continuación, te les presentamos unos cuantos testimonios de escritores respecto a cómo afrontan el momento de escribir.

Mario Vargas Llosa

«Trabajo de una manera bastante disciplinada. Escribo todos los días, por lo menos me encierro frente al escritorio unas seis horas u ocho horas, depende como vaya el trabajo. Pero, en principio lo hago todos los días, de lunes a sábado, casi como un oficinista (…) Las mejores horas para mí son siempre las primeras, cuando comienza el día, esas son las horas más fértiles y en las que trabajo mejor. Después ya se me va haciendo todo cuesta arriba y nunca he podido escribir en las noches, por ejemplo. En las tardes o en la noche tomo notas, reviso y preparo un poco el trabajo del día siguiente. Me cuesta mucho trabajo retomar lo que escribo. Si es que lo interrumpo por unos días o por unas semanas después me resulta muy difícil. Generalmente el comienzo de una novela es muy dificultoso, tengo una gran inseguridad, muchas dudas y es la parte más fastidiosa. Una vez que tengo un borrador más o menos terminado, entonces, sí, el trabajo resulta muy excitante, dedico muchas más horas y ya tengo una confianza mucho mayor. Para mí, lo que resulta maravilloso de mi trabajo es ese momento en el que ya la historia parece tomar forma y comienza a tener una vida propia».

Juan Carlos Onetti

«Yo escribo por ataques: a veces me paso meses y meses y no se me ocurre nada. Pero siempre sé que va a volver, que siempre volverá. Y vuelve: en el momento más inesperado el tema llega y lo domina a uno. Cuando se pone a buscar el tema, como hacen algunos que no quisiera nombrar, pensando que está bien escribir esto y mal esto otro, entonces uno no es un artista. Podrá ser un correcto escritor, pero no un artista (…) La paz es necesaria para el escritor… Es malo estar angustiado por lo que pasa cada día. Escribir en estas circunstancias puede ser peligroso en cuanto lleva a dos posturas: o cruzarse en brazos y romper la pluma, o caer en el panfleto. Es una defensa pasiva o activa».

Gabriel García Márquez

«Lo he dicho varias veces (sobre el lugar ideal para escribir): una isla desierta por la mañana y la gran ciudad por la noche. Por la mañana, necesito silencio. Por la noche, un poco de alcohol y buenos amigos para conversar. Siempre tengo la necesidad de estar en contacto con la gente de la calle y bien enterado de la actualidad. Todo esto corresponde a lo que quiso decir William Faulkner cuando declaró que la casa perfecta para un escritor era un burdel, pues en las horas de la mañana hay mucha calma y en cambio en las noches hay fiesta».

Haruki Murakami

«Lo primero que requiero cuando me pongo a escribir es silencio. Ni siquiera echo mano de música de fondo, excepto cuando escribo otra cosa, algo no literario (…) En casos como este, suelo decantarme por la música clásica, más que por el jazz o el rock. Cuando no escribo mis propias obras, me dedico a traducir, algo que es muy bueno mientras espero: sí estoy escribiendo, pero no es mi propia novela».

Enrique Vila-Matas

«Para escribir un nuevo libro, siempre necesito entrar en conflicto con el anterior. Me ha pasado mucho en los últimos veinte años: al terminar una de esas novelas que acostumbraba a conducir a un cul de sac y ponían muy difícil la puesta en marcha de un siguiente proyecto, los amigos me preguntaban qué iba a hacer después de haber llegado a aquel callejón de salida. Me parece haber descubierto que escribo novelas para, al final de las mismas, iniciar lo que de verdad me interesa: desarrollar una esforzada y heroica búsqueda de una salida de ellas, un nuevo objetivo, que siempre acaba siendo el mismo. En la inevitable sesión de preguntas que sigue a la presentación del nuevo libro, una señora quiso saber cuándo dejaría de escribir sobre lo mismo. «Cuando me salga bien», le dije».

Richard Ford

«No creo en la esencia en lo que concierne a la literatura. Punto. Ésa es una noción platónica que simplemente nunca he seguido a la hora de describir con precisión la experiencia humana. En cuanto a eliminar o borrar, no borro mucho. Con cada golpe intento evaluar la importancia de todo lo que elijo poner en la página. Así que no necesito borrar mucho. Como sucede en la vida, cada cosa de cada frase no puede ser algo significativo. Pero el todo, al menos para mí, sí debe ser significativo. Así que intento negociar las cosas menos importantes que inevitablemente deben estar presentes para poder resaltar las más importantes (…) Nunca sé con mucha certeza cuál será la próxima palabra que escriba. Hago planes e intento seguirlos, pero, aún así, la escritura palabra por palabra siempre es sorprendente».

Stephen King

«En mi caso, el horario está bastante claro. Dedico las mañanas a lo nuevo, la novela o cuento que tenga entre manos y las tardes a la siesta o a la correspondencia. La noche pertenece a la lectura y la familia, a los partidos televisados de los Red Sox y a las revisiones más urgentes (…) Cuando he empezado un proyecto no paro, y sólo bajo el ritmo si es imprescindible. Si no escribo a diario empiezan a ponérseme rancios los personajes, con el resultado de que ya no parecen gente real, sino eso, personajes. Empieza a oxidarse el filo narrativo del escritor, y yo a perder el control del argumento y el ritmo de la narración. Lo peor es que se debilita el entusiasmo de crear algo nuevo; empiezas a tener la sensación de que trabajas, sensación que para la mayoría de los escritores es el beso de la muerte».

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«Carta a un reportero». Un microcuento de Antón Chéjov

Un día como hoy, en 1860, nace uno de los más grandes cuentistas y dramaturgos rusos. Considerado como el maestro del relato corto, aquí te dejamos una microficción de Antón Chéjov.

Esta semana hubo seis incendios grandes y cuatro pequeños. Se suicidó un joven por el amor apasionado hacia una dama, y esa misma dama enloqueció al conocer su muerte. El portero Guskin se ahorcó porque había consumido en exceso. El día de ayer se hundió un bote con dos tripulantes y un niño pequeño… ¡Pobre niño! En los jardines públicos de La Arcadia, le agujerearon la espalda a cierto comerciante y casi le rompen la crisma. Atraparon a cuatro ladronzuelos bien vestidos, y un tren de mercancías naufragó. ¡Lo sé todo, estimado señor mío! ¡Qué circunstancias tan diferentes! ¡Cuánto dinero tiene usted ahora y no me da a mí ni un kopek! ¡Los buenos caballeros no hacen eso! Su sastre, Zmirlov.

Informó, El hombre sin bazo.

Feria del Libro e Industrias Culturales en Pueblo Libre

La librería Ciudad Librera llevará acabo el evento Ciudad con Cultura, el cual reunirá a diversas empresas del sector editorial. La feria se realizará del viernes 13 al domingo 22 de octubre de 11:30 a. m. a 9:30 p. m. en la explanada de Plaza Vea (Av. Sucre 550, Pueblo Libre). El ingreso es gratuito.

Más de 20 librerías, editoriales, distribuidoras y emprendimientos participarán en la feria, la cual contará con una serie de actividades recreativas, familiares y culturales. Asimismo, se ofertará una gran variedad de libros desde 5 soles. Entre las librerías y empresas editoriales participantes se encuentran Librería Época, Just, Tinta Fugaz, Minimundo Toys, Book Vivant, Ciudad Librera, Zona Books, Ojos de Papel, Uber Salcedo, Arte y Cultura Laurente, Ediciones Quipu, Pekitas Books, Deconemis, entre otras.

Asimismo, Chrisel Arquíñigo, gerente de Ciudad Librera manifestó que esta iniciativa, realizada en conjunto con la Municipalidad de Pueblo Libre, busca fomentar el acceso al libro y las artes, y que «como Ciudad Librera buscamos crear espacios para la difusión de la producción, mediación y gestión de diversos productos artísticos». En tanto, se encuentra asegurada la participación de reconocidos escritores, gestores culturales y artistas, así como la realización de presentaciones musicales, cuentacuentos, talleres, shows artísticos, exposiciones de cuadros, conversatorios, recitales de poesía, entre otros.

Entre las actividades culturales se encuentra el conversatorio Vida y obra de Antonio Gálvez Ronceros, a cargo de Angie Anticona y el autor peruano Jorge Eslava, este viernes 20 de octubre a las 5:00 p.m. Por otro lado, se llevarán a cabo presentaciones de libros, talleres de pintura, dibujo y escritura creativa. Finalmente, este domingo 15 de octubre a las 6:00 p.m. se llevará a cabo el recital de poesía en la feria, a cargo de la editorial Autómata.

Luis Miguel Espejo: «La página nunca está en blanco. En realidad, ya está escrita y terminada»

El temor de muchos redactores es la página en blanco, esa que parece mirar desde el abismo hacia los ojos del escritor. Luis Miguel Espejo, redactor, corrector y docente de la Escuela de Edición de Lima y del Centro de Desarrollo Editorial y de Contenidos, en esta entrevista, nos comenta acera de cómo darle la vuelta a este problema, empezar desde cero y evitar los bloqueos.

¿Existe el bloqueo de los escritores o es a veces solo una excusa para procastinar?

Te voy a hablar desde mi propia experiencia como redactor y también como profesor atento a los comentarios de mis estudiantes. Es decir, no quisiera generalizar los casos. El bloqueo en la redacción es real y, en cierto sentido, hasta normal, porque es un ejercicio que depende de la mente, y por experiencia sabemos que nuestra mente puede distraerse, ensimismarse e incluso saturarse. Pero claro, si el oficio es escribir y uno tiene un bloqueo, los problemas surgen como mala hierba… Sentimos que no avanzamos y nos dejamos ahogar por la urgencia, cuando lo que necesitamos es tranquilidad mental. Los bloqueos no son eternos; y si somos personas propensas a ello, debemos recordar que los bloqueos son siempre temporales. No se van a quedar.

También existe la procrastinación, incluso desde antes de los distractores electrónicos modernos, como las redes sociales, la tele o los videojuegos. A su modo, la procrastinación es una negación, una postergación de un destino ineludible; es casi como intentar sacarle la vuelta a los designios de los dioses: tenemos que trabajar y nadie nos va a eximir de esta responsabilidad. Tampoco deberíamos recurrir a los duendes, porque si les pedimos favores, estaremos en problemas aún más graves. En serio. Las famosas musas de la inspiración también son cosa de cuidado. No vale la pena esperar (de ‘esperanza’) a que lleguen, porque hay musas a las que simplemente no les da la gana de llegar. Y nunca llegan.

¿Por qué le tememos a la página en blanco?

Debe haber varias explicaciones para esto, ¿no? Fechas límite, contratos, entregas, la palabra ‘urgente’, que nos ha malacostumbrado a tener todo «para ayer». Ver una página en blanco suele dejar una sensación de fracaso adelantado, como si esa página en blanco fuese ya el resultado de un trabajo serio. Pero eso es un disparate. Todavía no hemos empezado a trabajar, ¿y ya estamos sentenciándonos al fracaso? ¿De dónde hemos sacado permiso para sentirnos mal si aún no hemos terminado de darle forma a esa página? ¡No nos adelantemos! Este ritmo de lo urgente, para ayer, es muy dañino y lo estamos normalizando. Un bloqueo se puede explicar por motivos muy diversos, desde los personales hasta los ambientales, económicos, sociales y políticos. Nuestra mente es vulnerable a las sobrecargas, y la tranquilidad necesaria para organizar ideas entra en conflicto con estos embates de la coyuntura. Pero debemos recordar que todo bloqueo es temporal, va a pasar y nos sentiremos mejor cuando sea parte de nuestro pasado.

Sabemos que hay muchas maneras de ejercitar la redacción. En tu opinión, ¿cuál sería una de las formas más eficientes para afrontar el síndrome de la hoja en blanco?

Yo aplico un truco personal que funciona conmigo, y no necesariamente es útil para todos los que alguna vez sufrimos de bloqueos o procrastinaciones. Yo he dicho esto algunas veces en clase: la página nunca está en blanco. En realidad, ya está escrita y terminada; solo falta aplicarle el trabajo necesario para ver esas palabras. Es como retroceder en el tiempo y ver un campo de cultivo, que 200 años después va a albergar a millones de personas en una ciudad. Solo había que dejar pasar el tiempo. Así pues, esta consciencia del “viaje” al futuro me tranquiliza para superar la crisis; pero igualmente debo organizar mis ideas, hacer un esquema y darles forma a los párrafos uno por uno hasta que tenga suficiente material escrito para editar. Así es como yo puedo superar los bloqueos temporales.

¿Podríamos asegurar entonces que ser conscientes de nuestras limitaciones evitaría este temor hacia la página en blanco?

Sí, claro. Esto sí suena muy razonable. Tiene mucho sentido y no solo para la redacción. Sirve como primer paso para la superación de todo obstáculo: ser conscientes de que estamos experimentando un bloqueo temporal, que va a pasar, y que luego de superarlo ya podremos descubrir lo que esa página en blanco estaba ocultando. Mientras más y mejor me conozca a mí mismo, mejor podré definir mis límites y esfuerzos. Es importantísimo el autoconocimiento, la familiaridad con nuestros propios bloqueos, pero sobre todo la conciencia de que son pasajeros y no eternos.

¿Cuál es el método más eficiente para superar estas crisis?

Cada persona puede proponerse un método particular. En mi caso y muchos otros, la disciplina ayuda bastante y también tener un método. Por ejemplo, si yo ya hice un esquema ordenado, puedo empezar a elaborar los párrafos. Pero si aún no he organizado mis ideas y ni siquiera las he dejado en un papel, ¿cómo voy a trabajarlas?, ¿con qué material voy a construir mi texto? Yo necesito tener palabras, ideas, frases al frente y con estas puedo confeccionar algo más elaborado; a otras personas con mayor dominio de ideas o con mayor claridad les basta con escribir directamente, como quien toma nota de un dictado mental. Yo no puedo hacer eso; necesito las palabras mentales convertidas en palabras físicas (en papel o en pantalla) antes de trabajar con ellas. La memoria nos hace más bromas que el destino. Por eso, tener un método para organizar ideas y lograr un esquema previo y ordenado facilita el proceso y nos ayuda a ser un poco más disciplinados.

Luis Miguel Espejo estudió Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP). Ha publicado colecciones de cuentos infantiles y es autor del libro Manual básico de redacción: la página en blanco (2018). Actualmente comparte sus labores como docente con la redacción, la traducción y la corrección.

Jorge Eslava: «Casi todo escritor padece en la escritura. La escritura es un trance, un proceso de reflexión y de desvelo»

El reconocido escritor y educador Jorge Eslava derriba ciertos mitos en torno a la lectura, la literatura y el quehacer del escritor, en una entrevista en la que reconfirma su posición como uno de los más importantes escritores del canon literario peruano.

Una vez oí decir que una persona rechaza la lectura porque en algún momento de su vida se topó con el libro equivocado. ¿Podría decirse que el problema radica que no leemos porque no hemos comprendido lo que significa esta actividad?

Pienso que el primer problema que enfrentamos, respecto a la comprensión de lectura, es el poco acceso al libro. Ahora, ojalá nos topáramos con un libro incómodo o difícil de leer, porque supondría un desafío. En el país, el libro es casi un objeto desconocido. No digamos que no existen bibliotecas públicas, porque eso está fuera de discusión, sino que no existen bibliotecas en los hogares. Muchos de nuestros maestros no tienen una biblioteca en casa. Entonces, considero que el primer problema es la falta de acceso al libro y los otros problemas pueden ser los que tú señalas. El profesor de colegio nos recomienda un libro con poco olfato, con poco tino, un libro que no nos atrapa. Por tanto, nuestra primera experiencia de lectura puede ser infeliz. Si tenemos buenos padres y maestros que sí aciertan con los libros, probablemente se produzca un flechazo y nos enamoremos de la lectura para siempre.

La admiración por la lectura muchas veces se queda en lo abstracto y de hecho existen muchos sermones en torno a ella. En tu opinión, ¿estamos frente a un quehacer de disfrute absoluto y de pasión desmedida?

De todas maneras, es un sentimiento desmedido. El ícono de la lectura es el Quijote, porque está enfermo de literatura. El Quijote enloquece por la lectura. Es curioso que el libro por excelencia más importante de la literatura en lengua castellana sea el Quijote, pues pierde la razón. Es cierto que hay una prédica que subjetiva o idealiza la lectura. Nos hacen creer que la lectura siempre es fácil y agradable, pero a veces no es así. A veces la literatura supone un gran reto. Una novela, una pieza de teatro o un poema podría hacernos sufrir. Pero lo más importante de la literatura está por encima por el sufrimiento o el placer: está en la posibilidad que, gracias a ella, podemos comprender mejor la vida, conocerme mejor y a mis semejantes. Ese es el principal don de la literatura.

Acabas de mencionar algo muy interesante: lo más importante de la literatura está por encima del placer y el sufrimiento. Y aquí pasamos al plano del escritor, ese ser que muchas veces se presenta de forma doliente, aunque hay ciertos resquicios de placer. ¿Consideras que esta imagen del escritor sufriente debe ser erradicada o realmente se padece una especie de dolor durante el proceso creativo?

Casi todo escritor padece en la escritura. La escritura es un trance, un proceso de reflexión y de desvelo, la oportunidad de sacar afuera tu vida íntima. Eso no siempre es grato. Lo grato llega cuando hemos terminado de escribir o cuando la obra que nos costó tanto trabajo y dolor, finalmente, se encuentra en letras de molde, publicada y convertida en un objeto que es el libro. Seguramente, ese es un momento inconmensurable de felicidad, pero durante el proceso tenemos casi todos la imagen, que puede ser representada por Vallejo, de un escritor que sufre en la escritura. Ahora, hay quienes sufren más que otros; cuando uno se acerca a los diarios personales, a las memorias, incluso al género de la entrevista, y te asomas al trabajo creativo del escritor, por lo general, encuentras un proceso difícil, duro, esquivo, en el que se tuvo que superar problemas de carácter doméstico, contingencias, postergaciones, bloqueos. Eso no es grato para nadie.

En ese sentido, por ejemplo, esto es lo que siempre uno se pregunta, pero llevémoslo por otro lado. El escritor que nace o se hace, o también el escritor que nace siendo un lector compulsivo. ¿Crees que es una consecuencia o realmente es algo más mecánico ser escritor?

Debo hablar a nombre propio, aunque generalice al decir que todo escritor, como diría Enrique Vila-Matas, está podrido de literatura. Uno se convierte en un lector completamente desbocado, quieres leerlo todo, porque adviertes que la lectura es un canal de conocimiento riquísimo. Creo que todo escritor es un gran lector y es ahí cuando aparece esa dicotomía de «se hace o nace». Por lo general, descubrimos que hay una ruptura en la vida. Vargas Llosa, haciendo un poco de análisis, dice que al final de la infancia se produce un quiebre con el mundo ideal que tenemos, y luego hay una necesidad de reponer ese mundo a través de la escritura. De ahí surge la imagen del deicida. El escritor asesina a Dios para ocupar su trono y sustituirlo en el trabajo creativo. Todo escritor es consciente de que está creando una nueva realidad con sus propias coordenadas, sus propios códigos, sus propios personajes. Pero todo eso ha sido alimentado por la vida del escritor, tanto lo vivencial como lo conjetural, lo soñado, lo imaginado, lo que alguien le contó.

Ahí estamos lindando ya con el trabajo creativo del escritor. Recuerdo que Javier Marías decía que cuando terminaba de escribir una novela no sabía si escribiría otra al año siguiente. Es decir, el escritor deja muchas veces la piel en su obra. En tu experiencia, en torno a los cuentos y novelas que has creado, ¿es así? ¿Un escritor queda realmente dolido después de una batalla tan ardua como es la confección de una novela?

Mañana en la batalla piensa en mí, reza un título de Javier Marías. Has hablado de Javier Marías y es un buen ejemplo, porque empieza escribiendo, según él, irresponsablemente a los diecisiete o dieciocho años y publica su primera novela a los diecinueve. Pero, al cabo de los años, en ediciones posteriores él reconoce el arduo trabajo que le costó esa primera obra (Los dominios del lobo). No dejó de escribir y no solo terminaba una novela pensando si escribiría otra, sino que durante el proceso de escritura tampoco sabía si esa que estaba escribiendo la iba a terminar. Para Marías el trabajo creativo era de una incertidumbre absoluta. Es un escritor que ha sido, de algún modo, desdeñoso con su propia obra. En mi caso, cuando comencé a hacer literatura infantil, tenía casi como precepto indispensable mantener el sentido del humor, cierta ligereza y confeccionar una novela chispeante, para niños. Pero con el transcurrir del tiempo he ido densificando un poco más mi literatura infantil, preocupándome más por los problemas sociales y políticos que atravesamos, y que también tocan a la infancia o a la adolescencia. Aunque no lo quieran, un niño o un adolescente está expuesto permanentemente a las noticias que suceden en el país. Por ello, me pareció necesario cambiar mi línea de mira y empezar a observar más lo que ocurre en la sociedad peruana, que afecta a ese sector tan vulnerable como la infancia y la adolescencia. Algunos de mis trabajos han supuesto investigaciones muy rigurosas, incluso en algunas me he jugado el pellejo. Escribí una novela sobre niños de la calle, lo cual me costó cuatro o cinco meses de trabajo callejero y una secuela en el cuerpo, traumatizado por una experiencia durísima. Ahora, desde hace unos tres o cuatro años, estoy muy deseoso de hacer una novela sobre prostitución infantil, por lo que tendré que hacer un viaje de exploración en el que también expondré mi tranquilidad, mi serenidad. Sin embargo, estoy convencido de que esa es la misión del escritor: con mentiras, decir la verdad.

Mencionaste que has densificado tu literatura infantil. A veces tomamos a la literatura como un instrumento educativo. Pero, en el caso de la literatura infantil, ¿debe ser limpia, alegórica y con un fin educativo, o debe virar hacia algo más concreto? No podemos encerrar a un niño en una burbuja, pues no vivimos en un país de maravillas.

Yo diría que viven en un país de desgracias, no de maravillas. Muchos teóricos le atribuyen a la novela esa capacidad omnívora. Pienso que la novela soporta ensayo, poesía, documentos periodísticos, crónica, entrevista, todo cabe. Ahora, con la modernidad y el mundo contemporáneo, en el que los géneros se empiezan a derrumbar, también todo lo que contenía una novela hace algunos años también lo puede contener un poema, un ensayo o un cuento. La diferencia está, para ser muy concreto, entre lo que te puede ofrecer un manual de cualquier curso y una novela sobre ese tema. Todo buen libro literario es edificante, revelador y reflexivo, pero la educación que se imparte a través de un libro de literatura no es la educación didáctica del maestro o la maestra frente al pizarrón. Es un tipo de enseñanza o aprendizaje que tú puedes tener con un amigo, con un maestro, es una educación que se filtra con tu sensibilidad, tu reflexión. La literatura, al menos como yo la concibo, tiende a construir un pensamiento propio y una sensibilidad auténtica.

Ya adentrados en el ámbito artístico y creativo, ¿existe una receta o método para elaborar contenidos para niños? Es decir, ¿necesitamos tener ciertas pautas o es algo que tiene ver más con el criterio y el propio trabajo del autor?

A partir de Edgar Allan Poe, gran cuentista del mundo occidental que reflexionó mucho sobre el género del cuento, se han sucedido una serie de escritores —como Horacio Quiroga, el mismo Julio Ramón Ribeyro o Anton Chéjov— que se pronunciaron sobre el cuento, así como al respecto de esas fórmulas o recetas, o decálogos de cómo escribir un buen cuento. Pero todos ellos empiezan advirtiendo que esos códigos rigen para ellos y terminan diciendo que cada uno elaborará su propio método de creación. Pienso que sí y no. Hay sugerencias, hay fórmulas, hay recomendaciones. Hace un momento mencioné la capacidad de componer una literatura que chisporrotea por todos lados, con mucho sentido del humor, directa, concreta, y con un espacio para la reflexión; pues, un niño a los tres o cuatro años, cuando empieza a hacerse un montón de preguntas, ya está elaborando un pensamiento abstracto. Esas fórmulas, si es que ejercen alguna influencia, es sobre el propio autor. Yo he elaborado un método, en términos didácticos y puramente académicos, el cual garantiza la elaboración de un cuento. Sin embargo, la calidad del producto dependerá del talento y el empeño que ponga cada uno.

En ese sentido, hay autores que de pronto incursionan en el ámbito de la literatura infantil. Para hacerlo, ¿se necesita una sensibilidad especial?

Sí, se necesita una sensibilidad especial que solo se consigue mediante la relación con el niño y el adolescente. Si eres una persona que está en permanente convivencia con ellos, uno va adecuando el oído y la sensibilidad, porque cada uno de nosotros es un sinnúmero de referencias culturales, de relaciones familiares, de lenguaje, de sentimientos y es clarísimo que ese amasijo de experiencias de un adolescente o de un niño es diferente al de los adultos, porque ha vivido otras experiencias. A veces se ve un poco postizo cuando uno hace literatura infantil evocando su propia infancia, salvo que quieras hacer algo nostálgico o educativo. Pero, si quieres hacer literatura infantil inserta en estos tiempos, necesitas un vínculo natural, en lo posible, con el lenguaje, con las referencias, con el mundo infantil y adolescente. Nada molesta más a un niño que se le hable con diminutivos o que se le trate como si uno fuese su papá. El autor no es su papá ni su profesor: podría ser, incluso, su par. Si vas a hacer literatura para niños y adolescentes, la primera condición es convive con ellos, conócelos, olfatéalos, obsérvalos, escúchalos. Ese es un camino innegociable.

Quisiera entrar al tema de los problemas que afronta la literatura infantil. Por ejemplo, el caso de lo políticamente correcto. Hace poco, Penguin Random House, con su sello Puffin Books, quiso cambiar algunas partes de las obras de Roald Dahl, porque algunos textos resultaban ofensivos…

Lo han cambiado, lo han alterado.

Y lo han cambiado, de hecho. Entonces, ¿estamos frente a una especie de censura sutil?

De todas maneras. La censura se transparenta a través del canon. Si tú elaboras un canon de la literatura infantil o adolescente en el Perú vas a encontrar algunos nombres que probablemente no sean del agrado de mucha gente. Por ejemplo, resulta curioso que algunos escritores de la literatura peruana no escribieron relatos exclusivos para niños, por ejemplo, Paco Yunque o El vencedor de César Vallejo o algunos de los cuentos de Valdelomar. Fueron escritos no por demanda del mercado, sino porque Vallejo y Valdelomar tenían la necesidad de trasladar sus preocupaciones y vivencias al papel. Los cuentos de Vallejo, específicamente Paco Yunque, fue retirado durante un tiempo de los planes de lectura, porque era un cuento muy triste y revelador sobre cómo se establece el mundo de la escuela, de una manera vertical y autoritaria. Un libro de cuentos como Los inocentes, de Oswaldo Reynoso, sigue siendo mirado con temor por muchos maestros. Sin embargo, fue este libro el que a mí me descubre un nuevo tipo de literatura, realista y fiel a lo que yo vivía en mi barrio. Era la primera vez que encontraba en un libro experiencias de jóvenes que yo veía en la esquina de mi casa y que hablaban de drogas, que se trompeaban, se agarraban a golpes, con un gran componente de violencia, de frustración y de fragilidad. ¿Quiénes establecen este canon? Las academias y definitivamente las editoriales. Nuestras editoriales, lo he dicho varias veces, para no usar un término ofensivo, son demasiado timoratas. El Perú está muy a la saga de la literatura infantil que se puede hacer en otros países en términos creativos y reflexivos. En Colombia, Chile, en Argentina se abordan temas que son espinosos e incómodos, pero que se tiene el coraje de hacerlo porque es necesario que el público infantil y adolescente lo conozca. Por ejemplo, lo que pasó en Argentina durante la dictadura militar, ha sido abordado por cantidad de cuentos, novelas y poemas. La dictadura de Vilela halló eco también en la literatura infantil y adolescente, pues permite que niños y adolescentes encuentren explicación a tantas demandas políticas de los adultos. Y, además, conocen un presente lleno de cicatrices. No hay equivalente todavía en la literatura peruana. Yo lo he intentado y he sufrido censura con los veinte años de violencia política que vivió el Perú. Yo he tocado el tema de las desapariciones, las esterilizaciones forzadas, porque me pareció importante descorrer los velos que cubren la historia del Perú.

Entonces, caemos en cuenta en que sería algo irreal y hasta postizo hablar de una literatura infantil limpia y alegórica.

Tú quieres tomar un buen café, tiene que ser con cafeína, porque lo otro resulta artificial y manipulado. Ya es hora de que la sociedad peruana se arme de mayor coraje y valor para garantizar no solo, como dice tanta prédica, que leer no es simplemente un placer, sino que también es una revelación. Aprendemos muchísimo a través de la literatura, siempre y cuando sea hecha con sinceridad, naturalidad y con un ánimo edificante. Queremos construir un país más digno, queremos un país más justo, pues, abramos los ojos a nuestros lectores, hagámoslos más dignos, más sensitivos, más consecuentes.