Quince años después: el silencio, la escritura y un hombre llamado José Saramago

En el décimo quinto aniversario del fallecimiento del premio nobel portugués, hacemos un breve repaso por la vida y obra de uno de los representantes máximos de las letras universales.

Saramago publicó en 1947 Terra do pecado, su primera novela, la cual pasó desapercibida ante los ojos de la crítica. Tras el fracaso de dicha empresa, el escritor compuso Claraboya, obra con la que pretendía sostener un segundo asalto en la escena literaria. Sin embargo, no vería la luz sino hasta el lejano 2012, dos años después de la muerte de su creador.

Contrario a lo que se piensa, respecto a que un autor existe en la medida que sea publicado, José Saramago optó por el silencio editorial. Durante más de veinte años no publicó ningún libro, aunque realizó diversos trabajos, entre estos, las traducciones de las obras de Maupassant, Baudelaire, Tolstói, entre otros, al portugués.

A decir del mismo Saramago, no publicó porque «sencillamente no tenía algo que decir y cuando no se tiene algo que decir lo mejor es callar». Cabe preguntarse si en aquellos años perdidos se forjó aquel estilo lírico e inimitable, aquellas historias satíricas, acaso proféticas, que componen el corpus de su universo.

Al aparecer Manual de pintura y caligrafía, en 1977, la crítica, antes esquiva, trataba con expectativas el renacimiento de Saramago, pero no fue sino hasta 1980, tras la publicación de Levantado del suelo, que se consolidó como uno de los escritores más importantes en lengua portuguesa. Es decir, recién a los 58 años alcanzó el éxito.

Lo demás, historia es. Desde aquel momento, publicó sin descanso. Quien supo callar, ahora era incapaz de hacerlo. Pero es preciso detenernos en 1991. Y es que, en dicho año, la fama de Saramago se catapulta a niveles superiores, a raíz de la publicación de El Evangelio según Jesucristo, novela que reescribe, de manera caótica, la vida de Jesús, y que causó un revuelo en Portugal.

Diversos sectores religiosos tildaron a Saramago de blasfemo, por lo que el autor, a modo de protesta, se exilió en la isla de Lanzarote. En ello reconocemos el trabajo comprometido de Saramago con su proceso de creación, en el que echa mano de la ficción para resonar en las realidades sociales, políticas y religiosas. Esto les permitió a sus relatos, situados en contextos imaginarios, reflejar las contradicciones del mundo contemporáneo, por lo que sus obras cargan con una fuerte crítica a la sociedad y la condición humana.

Hijos de ello son las novelas Ensayo sobre la ceguera (publicado en 1995, y acaso su libro más famoso) y Las intermitencias de la muerte, las cuales abordan con suma maestría la complejidad del ser humano, en la que critica las etiquetas que encapsulan al hombre en roles predeterminado. Asimismo, es clara la defensa del pensamiento humano y las decisiones que acarrean consecuencias irreversibles, pero llenas de libertad (La caverna es uno de esos ejemplos edificantes).

A quince años del fallecimiento de Saramago, es preciso recordarlo como una alegoría a la vida misma y a la razón más heterodoxa, así como un cántico a la lucha contra los poderes opresores, pero desde una óptica compasiva, tal vez irónica, de que el mundo necesita ser retratado por la ficción para ser comprendido, al menos, en una milésima parte.

En Caín, su última novela, encontramos una frase final que representa, acaso como broma o como un testimonio que soportará la inclemencia del tiempo, la oda perfecta a ese silencio que lo acompañó en su vida: «La historia ha acabado, no habrá más que contar».

Fernando Pessoa: 135 años del natalicio de un genio (o muchos genios)

Un día como hoy, en 1888, nació Fernando Pessoa, poeta, escritor, crítico literario, dramaturgo, ensayista, traductor y editor portugués. Es conocido como un poeta universal y una de las figuras literarias más representativas del siglo XX.

Harold Bloom, crítico literario estadounidense, llamó a Pessoa «Whitman renacido», sentando así la importancia del autor. De hecho, lo colocó entre los 26 mejores escritores de la civilización occidental, tanto de la literatura portuguesa e inglesa.

Y es que la obra de Pessoa no solo permaneció en su lengua natal. De hecho, tres trabajos suyos fueron publicados en inglés: 35 Sonnets, English Poems I-II y English Poems III. 

Sin embargo, su logro máximo fue la creación de los heterónimos, los cuales son una constante en su obra. Se trata de personalidades totales que se hacen tangibles a través de la manifestación artística que el mismo autor les proporciona.

Uno de los más importantes fue Bernardo Soares, al que Pessoa consideraba autor del famoso Libro del desasosiego. A diferencia de sus otros 74 heterónimos, Soares guarda muchas similitudes con el mismo Pessoa y, junto a Ricardo Reis, no posee fecha de fallecimiento.

Los heterónimos de Pessoa marcaron su obra con una identidad inimitable, además de anudarla con los conceptos de la verdad y la existencia.

Asimismo, sirvieron de inspiración para otros creadores, como el portugués José Saramago, quien imaginó el fallecimiento de una de estos en la novela El año de la muerte de Ricardo Reis.

Hablar de los heterónimos de Pessoa no solo es aludir a personajes hechos de palabras, sino a personalidades del autor.

Por ejemplo, en una ocasión Pessoa llegó tarde a una reunión y declaró ser Álvaro Campos, uno de sus heterónimos, y disculpó a Pessoa por no haber acudido.

Pareciera una trivialidad, pero, si tomamos en cuenta que los heterónimos son personas completas, no es descabellado pensar que el escritor adoptaba sus personalidades. Tampoco sería absurdo preguntarse cuál fue el verdadero yo de Pessoa.

Incógnitas como estas nos colocan delante de un genio creativo de la literatura contemporánea. Tal es la influencia de su obra, que el mismo cantautor brasileño Tom Jobim transformó el poema O rio da minha aldeia en una canción.

¿Ricardo Reis? ¿Álvaro Campos? ¿Bernardo Soares? Mejor llamémoslo sencillamente Fernando Pessoa.