Tributo definitivo: Borges, la novela y Miguel Gutiérrez

El escritor piurano Lenin Heredia Mimbela analiza el ensayo Borges: Novelista virtual, planteando diversas hipótesis sobre lo que el ensayista Miguel Gutiérrez escribió acerca de Jorge Luis Borges. Aquí les dejamos la transcripción de la presentación que realizó sobre el libro.

Por Lenin Heredia Mimbela

Me gustaría empezar comentando algo que me parece interesante, respecto a la vigencia de Miguel Gutiérrez. El año pasado se reeditó algo que se denominó la edición definitiva de La violencia del tiempo. Más allá del título, es bastante valioso que se haya reeditado esta gran novela que efectivamente, como lo mencionó Marcela Robles, es una edición hermosa de más de mil páginas que se une ya a las otras ediciones de dos o tres tomos que tenía esta novela.

En este contexto particular, valida también la vigencia de Miguel Gutiérrez la reedición de La destrucción del reino, una de sus novelas de 1993. Por tanto, me parece especialmente elogiable que una editorial independiente haya optado por la misión de reeditar sus ensayos. Pues nos muestra a otro Miguel, pues lo conocemos bien por sus novelas, pero pienso que también estuvo muy interesado en que conociéramos también dicha faceta: la de ensayista.

Recuerdo que leí con muchísimo gusto su ensayo La invención novelesca, que es más o menos una fundición de varios otros ensayos publicados previamente. En dicho libro hay un epígrafe que me parece muy interesante: «pasión por las ideas, amor por las palabras». Eso es en realidad el ensayo.

De derecha a izquieda: Leni Heredia, Mendis Inocente y Marcela Robles

Y cuando uno lee Borges: novelista virtual, lo primero que surgen son varias preguntas y expectativas. Cuando descubrí que Miguel Gutiérrez tenía un ensayo sobre Borges pensé, ¡vaya!, escribir un ensayo sobre Borges. Y es que Borges es un objeto de estudio difícil, acaso un objeto de difícil análisis; o es que escribir sobre Borges es sumamente complejo, porque no solamente era un escritor oceánico, titánico y amplio. ¿Quién se atreve, o quién se atreviera, o quién podría atreverse a escribir sobre Borges sin defraudar? Sin duda alguna, como bien nos hace notar este libro, esa persona es Miguel Gutiérrez, hombre culto y de muchas lecturas.

Eso es lo primero que me gustaría rescatar: este ensayo de Miguel Gutiérrez plantea varias cuestiones al mismo tiempo. Por un lado, es una especie de ruta de lectura de Borges, que es lo más básico. Y nos ayuda, creo yo, a mirarlo desde otra perspectiva. Estas cuestiones que nosotros no habíamos visto, o que habíamos leído en los cuentos de Borges, pero no habíamos terminado de entender en ciertos aspectos. Lo segundo es que Gutiérrez nos acompaña o nos pide que lo acompañemos en su análisis, es decir en su lectura de Borges. Sin embargo, esto no es tarea fácil, pues nos deja la valla muy alta, ya que, si bien menciona algunos textos conocidos en su estudio, también hace referencia a otros textos que podrían sentirse lejanos. De algún modo, el lector objetivo son personas apasionadas por la lectura y la literatura, pero para un mayor disfrute, el lector ideal sería alguien que no solo ha leído a Borges, sino todos esos otros textos a los que hace mención Gutiérrez cuando discute, por ejemplo, la influencia de Borges en la novela latinoamericana.

La segunda cuestión va por el título del ensayo. Han transcurrido casi 25 años desde la publicación de Borges: Novelista virtual, y en la actualidad tenemos otra idea de lo que es o lo que podría ser lo «virtual». No me sorprendería que algún joven piense que ser un «novelista virtual» tenga relación con el internet o el ciberespacio. Obviamente el tema no va por ahí, pero de cualquier forma es interesante percibir las distintas concepciones en torno a ello.

Ahora bien, es muy seductora la hipótesis que plantea Miguel Gutiérrez respecto a que Borges solo escribió cuentos y no novelas; y ¿por qué no escribió novelas? Esa es la pregunta central del libro. En el primer capítulo se plantea lo que el autor denomina como una «herejía borgeana», para hacernos notar cómo es que Borges rechazaba la idea de la novela o, por lo menos, la imagen que Borges había construido todo el tiempo de sí mismo. Y es que los escritores hacen eso también: crean una imagen pública de sí mismos y con sus declaraciones —ya Marcela nos ha hecho notar el talante de las declaraciones de Borges— había planteado una especie de rechazo hacia la novela. Una de las primeras ideas que discute Miguel Gutiérrez en este ensayo es que quizá ese rechazo que Borges decía sentir por la novela no era tal. Por tanto, intenta hacer un rastreo de por qué no era tal y nos dice «en primer lugar, Borges ha influido por supuesto por el lenguaje que utiliza, que les enseñó a los escritores la precisión en la palabra». Cabe mencionar que Gutiérrez lo dice respecto de sí mismo, a la par de otros escritores latinoamericanos.

Por otro lado, el ensayo plantea que Borges fue una especie de precursor —vamos a llamarlo de ese modo— o que preparó el terreno para lo que luego vendría a ser y la nueva novela latinoamericana. Hay que ser muy avezado para señalar tal cosa. Pero Miguel Gutiérrez empieza a trazar las referencias entre una y otra cuestión; por ejemplo, desde el punto de vista técnico él abre el camino y lo otros lo siguen, pero también desde el punto de vista temático, desde el punto de vista de mirar la realidad peruana desde otra óptica. Eso que detestaba Borges, dice Miguel Gutiérrez. Quizá Borges lo que en realidad detestaba era eso que se podía llamar un realismo limitante, por decirlo de alguna forma, pues él creía que la realidad era mucho más compleja.

Sobre la interrogante de por qué Borges no escribió una novela, Gutiérrez nos plantea varias hipótesis. Tal vez no lo hizo por cuestiones teóricas, tal vez no lo hizo por cuestiones estéticas, tal vez no lo hizo por cuestiones sociales, porque creía que la novela era una cuestión más burguesa y Borges no se asumía así mismo como tal. O tal vez no lo hizo por cuestiones ideológicas, por ejemplo, pero resulta tan persuasivo el ensayo, que primero Miguel Gutiérrez nos esboza estas hipótesis. Y a continuación en el siguiente capítulo, que se llama justamente «Borges: novelista virtual», no lo dice de forma explícita, pero apunta muy bien a la tesis que está defendiendo en este ensayo. Es decir que Borges no necesitaba escribir una novela porque sus cuentos en sí mismos son síntesis de varias novelas en distintos niveles. Sería válido pensar entonces, y Gutiérrez lo traza también de ese modo, para qué necesitamos escribir tal o cual novela si la podemos resumir de la forma en que Borges lo hacía en un cuento. Creo que es la hipótesis central de este texto.

Para lograr su cometido analiza varios otros textos, por ejemplo, «Pierre Menard, autor del Quijote», «Examen de (la obra de) Herbert Quain», entre otros. A propósito de ello, una de las cuestiones que me interesó mucho de este libro fue esta idea de que aún cuando Miguel Gutiérrez escribió este libro a inicios de este siglo, tenía mapeados a varios autores que, según dijo, no por imitación, sino por creación habían tomado la posta de Borges o de alguna forma habían sentido una influencia creativa a partir de su obra. Este es el caso de Italo Calvino, de Umberto Eco y, por supuesto, el de Cortázar. Por ello, el ensayista señala que en determinado momento Borges deja de ser una especie de gran secreto entre los lectores y se hace mucho más conocido.

Una última cuestión rescatable del ensayo es lo planteado en el último capítulo, donde Gutiérrez cuenta básicamente su experiencia respecto a Borges y los escritores peruanos que pueden o podrían haber recibido una influencia borgeana. En este punto me parece decisivo hablar sobre la técnica de Gutiérrez como ensayista. El escritor utiliza una estrategia bastante adecuada, porque inicia mencionando cuestiones analíticas que pueden ser un poco lejanas para el lector, pero concluye su ensayo con temas más personales, por ejemplo, ese vaivén que sintió Gutiérrez por la obra de Borges y por el autor; esa especie de descubrimiento y entusiasmo inicial con la lectura pausada que hacía Luis Jaime Cisneros de los cuentos «El Aleph» y «Hombre de la esquina rosada». Por otra parte, están también las tensiones que solemos tener con algunos escritores, quizás con los que más nos gustan, que versan en el acercamiento y el alejamiento. Luego, con la madurez, uno vuelve a ellos.

Como bien sabemos, estamos ante una interesante colección de ensayos. Ya tenemos el de Kafka, está también el ensayo sobre Ribeyro y en este último sobre Borges, en las páginas finales del texto, Gutiérrez señala que lo que él está realizando es una relectura de estos autores y señala que «hay algunos autores que sostienen una relectura, es decir, que quedan de pie después de una relectura y otros que no tanto». Si bien no menciona a estos que «no tanto», es categórico en señalar que Borges si lo resiste y que eso es lo que más le apasiona. Considero que esta fue la razón para que le dedicara un ensayo de este tipo.

Finalmente, si bien Gutiérrez no menciona esta cuestión en el ensayo, pero me parece importante decirlo, es que siento que el autor hizo una especie de homenaje a Borges, no sé si de forma directa o indirecta. Lo simpático del ensayo es que el autor puede presentarse haciendo acto en primera persona, mostrarnos sus dudas y la forma en cómo relaciona sus ideas. Hay una parte en la que Gutiérrez parece decir «¡bingo!» o «¡eureka!», pues halló una idea que le pareció genial y que luego retoma. Ya explicaré cómo.

Para ello, me permito tomar esta pequeña cita de la página 107, a propósito del cuento y la novela de Italo Calvino Si una noche de invierno un viajero: «Cuántos novelistas habrán acariciado el sueño de ser Herbert Quain, de ser Borges». Y luego entre signos de admiración dice: «¡Escribir una novela incesante, infinita, tener los atributos de todos los novelistas para poder realizarlo, que extraordinario reto, tal vez varios lo pensaron, pero tal vez retrocedieron ante lo que juzgaban una fantasía irrealizable!».

En efecto, Miguel Gutiérrez no lo dice, pero percibo que él se sintió retado por la figura de Borges. Si evaluamos la obra de Gutiérrez y pensamos, por ejemplo, en la novela publicada en 1969 El viejo saurio se retira o en esta especie de western Hombres de caminos, o en La violencia del tiempo, novela que incluye varias novelas, en ellas hay varios escritores distintos que son Miguel Gutiérrez. Es decir, él mismo asume el reto de Borges de escribir distintas novelas.

Y en su última etapa, que llega justo con el nuevo siglo, Gutiérrez sintió que debía asumir a plenitud su vocación como escritor, narrador y novelista, por lo que hizo todo lo posible por explorar todos los géneros posibles; por ejemplo, tenemos Una pasión latina, novela de corte policial sobre un asesinato; luego está Kymper, novela más bien de tintes políticos. Me permito decir que he leído toda la obra de Miguel Gutiérrez con enorme placer y lo considero un escritor definitivamente admirable.

Queda claro entonces que en Borges: novelista virtual, Gutiérrez lee a Borges, deduce a Borges, nos envía una tesis sobre Borges, la demuestra y nos traza el camino, pero a un nivel personal e íntimo en el que asume el reto y lo cumple, o procura cumplirlo dentro de todas sus expectativas. Sabemos que Miguel Gutiérrez hasta el final estuvo dedicado a la novela y me parece que sin duda este ensayo es un homenaje a Jorge Luis Borges, más Gutiérrez en su propia obra rindió un tributo que es muchísimo mayor.

Acerca de «Borges: Novelista virtual»

En el marco de los 126 años del nacimiento del escritor argentino Jorge Luis Borges, les dejamos la transcripción de la presentación que realizó Marcela Robles, poeta y periodista, sobre el ensayo Borges: Novelista virtual, del ensayista piurano Miguel Gutiérrez.

Por Marcela Robles

Traigo algunas ideas anotadas después de pasar un par de semanas con Borges y Miguel Gutiérrez en la cabeza. Espero que en algún momento ambos me permitan articular algunas palabras propias en lugar de las suyas, que son inminentemente maravillosas.

Este rescate literario —respecto a Borges: Novelista virtual— merece seguir adelante para no olvidar a Miguel Gutiérrez, escritor piurano extraordinario que nos trajo una de las palabras más increíbles y estimulantes de la literatura peruana.

En lo personal, este ensayo me ha servido, entre muchas otras cosas, para reencontrarme con Borges a través de relecturas que siempre descubren algo nuevo de nuestros autores favoritos; sobre todo en esta época en que la hondura, la sabiduría y el riesgo parecen haberse desvanecido. Esperemos que temporalmente, porque salvo honrosas excepciones, que por supuesto las hay, lo superficial, lo meramente descriptivo, lo insustancial parecen haber tomado el lugar de la reflexión y la originalidad en la literatura actual. Así que este reencuentro con Borges se lo debo a Miguel Gutiérrez y a su clara y deslumbrante prosa. Les recomiendo encarecidamente que lean este bello libro, porque es de lectura imprescindible.

He tomado nota de las reflexiones, ideas, emociones y asociaciones, que es lo que hace de alguna manera Miguel, porque cruza a Borges con absolutamente todo. Y, ¡por Dios!, atreverse a decir que Borges si bien no escribió novelas fue prácticamente el precursor de la novela latinoamericana, pues equivale a algo tan temerario como aventarse de un precipicio. Sin embargo, creo que consiguió su objetivo.  

Lo fascinante de los buenos escritores es que al descubrirnos su universo nos remiten a grandes temas y descubrimientos que trascienden, y esto es importantísimo para todo escritor: que trascienden incluso a los protagonistas o temas principales de sus historias. Esa mirada abarcadora que va más allá de su propia percepción y que generosamente —con muchísima sabiduría— nos cuestiona, nos alimenta, nos incomoda y nos fascina, pero sobre todo nos eleva. Precisamente para no quedarse solo en la superficie o en lo meramente anecdótico. Escritores que no se jactan ni se complacen consciente o inconscientemente de sus capacidades, dejando a la vez un margen para nuestro propio juicio y, sobre todo, dando rienda suelta a tres cosas fundamentales: la imaginación, la curiosidad y el asombro. Tres condiciones que, a pesar del apocalipsis que vivimos, nos mantienen vivos e interesados. Como dice el dicho: «Es mucho mejor estar interesados, que ser interesante».

Gutiérrez, en el prólogo la colección que tituló Biblioteca para el siglo XXI, afirma que en su doble condición de lector impenitente de ficciones sigue siendo un autor que aún no ha perdido la esperanza de escribir una buena novela. Imagínense, esto lo escribió Gutiérrez en 1999 y se publicó en el 2000 si no me equivoco. Es decir, nueve años después de publicar La violencia del tiempo. Solo le queda la esperanza de escribir una buena novela. Entonces me preguntó yo: ¿Qué será de nosotros, pobres mortales, tratando de escribir algo decente cuando él se sentía inseguro de la obra magistral que había escrito?

Y esto demuestra una vez más que casi todos los escritores padecen de alguna u otra manera del famoso síndrome del impostor: esa inseguridad que hace dudar de su potencial hasta a los más notables de la tribu, evidentemente. Me acuerdo, por ejemplo, de una carta famosa y hermosísima de Ernest Hemingway, publicada en Cartas memorables, que le escribe a su amigo Scott Fitzgerald, nada menos. Fitzgerald, que ya había publicado El gran Gatsby en ese entonces, le manda el borrador de la primera copia de Tender is the night, Tierna es la noche —prefiero Tierna es la noche, que Suave es la noche, como lo traducen algunos—y Hemingway lo destroza. Eran muy amigos y, por supuesto, Hemingway lo critica con cariño, con respeto y de alguna manera, con delicadeza, pero fue sumamente crítico. Hablando del síndrome del impostor, si Scott Fitzgerald dudaba de su talento, entonces, como repito, mejor nos dedicamos a la repostería; pero Hemingway le dice: «Scott, estoy completamente seguro de que tú en este momento ya eres capaz de cualquier cosa. Tú puedes escribir lo que quieras en este momento. Tú puedes hacer lo que quieras con tu literatura. Entonces déjate de tonterías y de rodeos y ponte a escribir». Por supuesto, nueve años le tomó a Fitzgerald escribir Tierna es la noche. ¡Y miren lo que resultó!

En verdad, cuando a uno le piden una opinión sobre el trabajo que está realizando un amigo, que quizás esté escribiendo una novela, una debe ser honesto, porque los aplausos no sirven de nada, no hacen más que alimentar un ego que no sirve para nada. Sería bueno aprender esa lección memorable que nos dio Hemingway.

No sé si Borges tenía aquel síndrome. Pienso que no, porque cuando la gente menciona a Borges parece que les salieran plumas de la cabeza. Pero hay que aprender a desacralizar a los clásicos, a nuestros autores favoritos y a los grandes escritores. Hay que aprender a bajarlos a tierra y hacerlos más cercanos a nosotros. Pero lo que sí sé —dicho por el mismo en sus entrevistas, que son una delicia— es que era sumamente crítico de sí mismo y de su escritura. Ustedes lo deben saber. Incluso escribió varios libros que decidió no publicar porque le parecían insuficientes, o que consideraba no debían llegar a los lectores porque no merecían la pena. Era un genio. Excepto, naturalmente por algunos desubicados que van por el mundo sin rumbo buscando los aplausos y la gloria, el éxito es efímero, pero no les haremos ningún caso.

Gutiérrez dice en este maravilloso libro Borges: Novelista virtual que no tiene un carácter académico ni erudito, sino hedonístico, personal y desacralizado; aunque sin detrimento del necesario rigor que la lectura de un texto literario exige, lo siguiente: «Mis clásicos, los he circunscrito al área de occidente del cual de una u otra manera forma parte Latinoamérica. El objetivo que me he propuesto es ofrecer a los lectores una introducción relativamente completa de la novela de este siglo que culmina, pero que a la vez implique un balance y una apertura y proyección a los años iniciales del siglo XXI». Vaya tarea la que se impuso nuestro querido Miguel, piurano de pura cepa, que representa emblemáticamente la literatura regional de nuestro país a los que todos deberíamos volver y no olvidar nunca.

Este libro no solo trasciende fronteras, sino que se convierte en una especie de guía indispensable para recorrer no solo literatura borgeana, sino a todos los escritores influenciados por ella. Y, además, por la cantidad de información minuciosa y extensa contenida en los anexos —que prácticamente son un libro aparte— es un gran instrumento de consulta en cualquier biblioteca. No exagero al decir que los apéndices parecen la enciclopedia británica.

Por supuesto, no podemos dejar de escuchar las palabras de Borges. Atribuyo sus grandes libros a la labor de comunidades, a personajes de los mismos libros, a dioses, a héroes o simplemente al tiempo. Una de las principales obsesiones borgianas es el tiempo. Tales atribuciones son, por supuesto, meras evasiones o juegos, no así la última.

Nadie puede condenar una antología que sea mucho más que un museo de sus simpatías y diferencias, pero el tiempo acaba por evitarlas. Espero que esta especie de antología que Miguel trataba de armar el tiempo la recuerde eternamente. Lo que un hombre no puede hacer, las generaciones lo hacen. Los infolios de Calderón dejan de abrumarnos y perduran; nueve o diez páginas de Coleridge, uno de los poetas favoritos de Borges, borran la gloriosa obra de Byron y el resto de la obra de Coleridge. No hay antología cronológica que no empiece bien y no acabe mal. El tiempo ha compilado el principio y el doctor Marcelino Menéndez y Pelayo el fin. En breve, sigue Borges, la cifra de mis años será setenta. El tiempo, cuya perspicacia crítica he ponderado, en recordar dos textos: «Fundación mítica de Buenos Aires» y «Hombre de la esquina rosada». Que curioso que él mencione este cuento. Si los he incluido aquí, dice Borges, es porque los espera el lector. Lo cual refleja el respeto que Borges tenía por sus lectores.

Quién sabe, añade, qué virtud oscura habrá en ellos. Naturalmente prefiero ser juzgado por —y nombra sus cuentos— «Límites», «La intrusa», «El golem» o «Junín». Sospecho que un autor debe intervenir lo menos posible en la elaboración de su obra, fundamental. Debe de tratar de ser un amanuense del espíritu o de la musa, ambas palabras son sinónimas, no de sus opiniones, que son lo más superficial que hay en él. Así lo entendió Rudyard Kipling, el más ilustre de los escritores comprometidos. A un escritor, decía Kipling, le está dado inventar una fábula, pero no la moralidad de esa fábula. Ojalá las páginas que he elegido prosigan su intrincado destino en la conciencia del lector. Mis temas habituales están en ellos: la perplejidad metafísica, los muertos que perduran en mi memoria, la germanística, el lenguaje, la patria, la paradójica suerte de los poetas.

Miguel Gutiérrez: sobre Kafka y sus muchos seres inquietantes

Hoy se cumplen ocho años del fallecimiento de uno de los autores más importantes de la literatura contemporánea. Aquí lo recordamos con una reseña de Cesar Augusto López, escritor y docente de la Escuela de Edición de Lima, sobre el libro Kafka: Seres inquietantes, en la cual Gutiérrez despliega una gran capacidad intelectual y ofrece uno de los mejores estudios de su producción ensayística.

Por Cesar Augusto López

La experiencia de aproximarse a un ensayo que no se encuentra interesado en la pretensión, sino en la relación cercana de un escritor fundamental de la literatura peruana con un ícono como Franz Kafka, es un privilegio. La edición que el lector tendrá entre sus manos, será un trabajo más cuidado que el primero (1999) y busca recuperar un testimonio literario con un clásico universal del siglo XX. Pero ¿qué se puede decir después de que mares de elogios se han vertido sobre la obra de Kafka? Consideramos que la sinceridad y los deslindes con los lugares comunes son la base de lo propuesto por Gutiérrez.

En esta ocasión, el libro contiene unas «Palabras preliminares» de Ricardo González Vigil y la «Presentación» que escribiera el autor de El viejo saurio se retira para el primer tiraje. Luego ingresa de lleno al ensayo, dividido en cuatro capítulos, y a un apéndice que consta, entre otros detalles, de una bibliografía fundamental junto con una selección de textos que son de mucha ayuda para precisar, aún más, los juicios del Gutiérrez. De esta forma, el lector no se sentirá ante un texto erudito o distante, sino a uno que quiere conducirnos por una lectura que procurará hacernos sentir próximos del mismo Kafka.

En la primera sección, Gutiérrez nos brinda aquello que nos promete: desacralizar al autor de El castillo (p.14). Para esto, recurre al mismo Kafka como un lector, como un conocedor de la tradición europea, no a un iluminado o un escritor salido de la nada. Además, se busca quitar del camino las tendencias de lecturas «clásicas» para reconocerlas como «irritantes» (p. 20). En ese sentido, no nos encontramos ante un intérprete, sino ante un lector que no busca darle más espacio a la obra de Kafka que su misma tarea estética y literaria, su orientación al goce (p.27).

Quizá muy adelantado a nuestro momento inmediato y con toda prudencia, Gutiérrez nos propone, en la segunda sección, un ordenamiento de los seres que desfilan por la creación kafkiana. Sin embargo, su modo de abordarlos no tiene que ver con un ánimo taxonómico del tipo medieval, como bestiario; antes bien, procura ordenar aquellas criaturas inquietantes como recurrencias en las narrativas e insistencias expresivas de Kafka. Es decir, no busca encasillarlo como un tipo de narrador, fantástico, por ejemplo, sino como un explorador de formas u obsesiones (p.29). Esto implica que no se cae en la fácil descripción y en el listado irreflexivo, mucho antes de que aparecieran los estudios sobre animalidad, por ejemplo.

Escribir sobre Kafka no puede evadir la paradigmática novela corta sobre la vida y muerte de Gregorio Samsa. En la tercera parte del ensayo, Gutiérrez no se sustrae a dicha responsabilidad. A esta altura del ensayo, se puede experimentar mayor cercanía en el testimonio del autor con La metamorfosis y con las marcas que dejó su lectura. Incluso la experiencia de la monstruosidad absurda se nos presenta como un movimiento doble, de rechazo y de compasión, incluso se puede decir que el mismo ensayista se sintió como un insecto, alguna vez, en su etapa juvenil (p.58). ¿Por qué esta obra breve es clave para nosotros, desde los ojos del autor de La violencia del tiempo? Esto se debe a que nos confronta, nos pone a prueba frente a un suceso.

Finalmente, en la sección cuarta, se realiza un balance de lectura que retoma la perspectiva crítica y además reconoce la influencia de Kafka en una serie importante de escritores, sobre todo para el caso peruano. Aquí podemos percibir otro aspecto importante del ensayo: su autor estaba informado sobre escritores cercanos al año 1998. En otros términos, Gutiérrez tenía muy en claro la actualidad de la prosa peruana de aquel momento y nos permite rastrear la presencia kafkiana en ellos. El cierre de esta obra, nos permite, entonces, reconocer un cuidado responsable, a pesar de la brevedad del trabajo y una exposición que oscila entre la confesión y una metacrítica accesible para quien quiera entender y animarse a ingresar a Kafka desde nuestro país, desde nuestro continente y sus peculiaridades.

La reedición del libro Kafka: seres inquietantes es una decisión certera en un momento clave para recuperar el pensamiento de uno de los narradores más importantes de la creación verbal de nuestra nación. Por otro lado, saber que el libro no es pretencioso, sino producto de años de lecturas, relecturas y valoración íntima del autor de La muralla china, nos coloca en un lugar privilegiado, porque nos encontraremos con un libro sobre un escritor ofrecido por otro. Quizá ese sea uno de los mejores presentes que nos legó Miguel Gutiérrez y que no deberíamos perder de vista, ya que sus palabras son más que aleccionadoras.