Mario Vargas Llosa: enfermedad, literatura y eternidad

Muchas serán las anécdotas, acaso incontables los homenajes que se le rendirán a uno de los escritores más queridos de la literatura peruana y latinoamericana. Evocar el recuerdo de Vargas Llosa es abrir una polémica interminable, sin embargo, es necesario hablar de un hombre que vivió únicamente para escribir.

Por Marco Fernández

Ningún artículo, ensayo o libro que se publique en adelante podrá abarcar la totalidad de la vida de Vargas Llosa, menos aún su obra. Valen los intentos y con ello deberemos conformarnos.

El escritor argentino Rodolfo Fogwill, en su magnífico cuento «Otra muerte del arte», menciona lo siguiente: «En fin: nada peor que estar enfermo de literatura. Corrijo: nada peor, para la literatura, que estar enfermo de literatura (…) Pero vivir de la literatura, o vivir en estado de literatura, no son enfermedades: son errores». Basta con imaginar al pequeño Mario escribiendo o leyendo para tener una figura precisa de esa enfermedad. Pero a diferencia del sarcasmo y evidente pesimismo «Fogwillesco», en Vargas Llosa es todo lo contrario. La gula literaria y el desenfreno por la escritura no fue más que el manifiesto de una entrega total al solitario oficio de escritor.

Fue precisamente en los años de su estadía en Cochabamba donde aprendería a leer y escribir, memorizando versos de Darío que su abuelo, aficionado a la poesía, le enseñaba. Pero este solo fue el principio de la enfermedad. A los catorce años, fue enviado por su padre al Colegio Militar Leoncio Prado del Callao, en el que recibiría una estricta formación entre los años 1950 y 1951. Pese a lo que se podría pensar respecto a una experiencia como esta —cualquiera habría sucumbido ante tal hecho— Vargas Llosa reconoció que fue la época en que más leyó y escribió, siendo sus autores de cabecera Víctor Hugo y Alejandro Dumas.

La literatura como refugio sería el punto exacto para definir esta etapa de la vida del joven Mario. Evidentemente, no enfermó como cualquier aspirante a escritor que vive de los sueños y las ansias de gloria. La consolidación de su vocación como escritor llegó precisamente en medio de las barracas del colegio, con las ficciones como su única salida de la realidad—quizás pensamos en Roberto Bolaño y la literatura como su tabla de salvación ante la enfermedad, o en el cubano Reinaldo Arenas, para quien la literatura se convirtió en su único fusil para enfrentar a un régimen dictatorial—. Tal vez por ello Vargas Llosa sentía esa inclinación total por la ficción; basta recordar una de sus más conocidas frases: «Escribir novelas es un acto de rebelión contra la realidad».

No debería extrañarnos entonces que La ciudad y los perros (1963) represente la vía de escape a la que nos referimos. Podríamos imaginarla como acaso la más sutil de las venganzas, aquella que solo se consigue con mentiras. Y, Vargas Llosa fue el más querido de cuanto mentiroso haya transitado por los caminos de la literatura. Nos hizo creer en las visiones del Poeta Alberto Fernández, en los monólogos de el Esclavo Ricardo Arana, en las correrías del Jaguar, en las órdenes imperantes del teniente Gamboa.

Si volvemos a Fogwill y a la «enfermedad», entonces podríamos colocar a Vargas Llosa como un mitómano predestinado. Cualquiera que haya disfrutado sus historias deberá aceptar que fue timado de la manera más pícara: aquella que surge de un relato bien contado.

Cómo olvidar la historia de don Anselmo o aquel grupo de mediocres y picadores llamados Los inconquistables —a la que pertenecía el Sargento Lituma— en La casa verde; cómo olvidar esa pregunta de Santiago Zavala en Conversación en la Catedral qué hoy cobra más relevancia que nunca: «¿cuándo se jodió el Perú?»; ¿es posible no conmoverse con la integridad de Pantaleón Pantoja o sucumbir ante los encantos de la Brasileña?; seguramente más de uno recordará las prédicas de Antônio Conselheiro o el triste final de el Beatito tras la derrota de los yagunzos en La guerra del fin del mundo; nadie podrá negar el manejo excepcional del erotismo en Elogio a la madrastra, a través de la historia de Rigoberto y Lucrecia. De esta manera, podríamos llenar decenas de páginas —libros, ¿por qué no?— con los protagonistas de esas mentiras a las que solemos llamar cariñosamente cuentos o novelas.

La obra de Mario Vargas Llosa no solo representa un legado de valor incalculable en la literatura peruana, sino que además, y mucho antes de su desaparición, fue uno los faros de las letras latinoamericanas. Último sobreviviente de aquel cuarteto que llevó el boom hacia la cumbre, podemos decir, tal vez con algo de nostalgia, que en ese sentido nos hemos quedado solos. La estructuración de sus historias, la administración de los recursos narrativos, las temáticas que desplegaban sus relatos y el vicio de escribir no son más que algunas características de su escritura, una que probablemente será replicada, pero jamás igualada.

No debemos olvidar también el constante tributo que realizaba Vargas Llosa hacia sus autores favoritos. Ahí tenemos La verdad de las mentiras; El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti; García Márquez. Historia de un deicidio; Cartas a un joven novelista; Medio siglo con Borges; La mirada quieta (de Pérez Galdós), entre otros ensayos que confirman a su autor como un hombre enfermo de literatura, esclavo de su escritura y merecedor de la eternidad.

Y esto tuvo su recompensa en el 2010, cuando recibió el Premio Nobel de Literatura, para disgusto de muchos y congratulación de otros. Lo cierto es que, como dijo el narrador Antonio Gálvez Ronceros en una entrevista, el buen Mario «se lo buscó». Esa tal vez es la clave de la eternidad de Vargas Llosa. Vivir para escribir, para ser feliz, para ganar un Nobel, para vivir en una realidad alterna en la que solo es posible existir si se toma por vocación a la escritura.

Adiós, Mario. Hasta que nos volvamos a ver. O, mejor dicho, hasta que volvamos a leerte, pues para cualquier lector que se precie de serlo, la lectura es la resurrección constante de un autor. Así que será mejor decirte solo hasta luego. Al rato nos vemos.

Paulo César Peña: «Con la prosa se generan muchas posibilidades expresivas»

En la siguiente entrevista, Paulo César Peña, docente de la Escuela de Edición de Lima, define algunos conceptos sobre la prosa y su empleo, y da algunos detalles sobre el curso de Prosa Literaria que dictará a partir del 14 de mayo.

Por Marco Fernández

¿A qué llamamos prosa?

La prosa es una forma de lenguaje emparentada con el discurso oral, en el sentido de que ambos surgen de manera lineal y espontánea, lo cual lo distingue del verso que es más bien fragmentario y recortado. Con la prosa se ha tratado de reproducir la forma de pensar y sentir. Normalmente está pensada como algo más utilitario y racional, sin embargo, hay ejemplos de literatura desde el siglo xx, en el que la prosa da cabida a la parte más emocional. Con la prosa se generan muchas posibilidades expresivas.

Si hablamos de un valor utilitario, ¿en qué casos se utiliza comúnmente la prosa?

Aunque no lo crean, hay prosa en los diarios, en un documento administrativo o en la publicidad.

Roberto Bolaño decía que su poesía era «muy prosaica», o Jack Kerouac decía que utilizaba mucho la prosa espontánea en su literatura. En ese sentido, podríamos decir que la prosa está inmersa en muchos géneros.

Ahí hay un paradigma que estuvo vigente hasta inicios del siglo xx, pero que sigue presente en muchos profesionales, que es asociar a la prosa con lo menos valioso. Durante mucho tiempo se le asignaron labores más funcionales, por eso decía que hay ejemplos que dejan ver que la prosa puede servir para muchas otras cosas, pero eso no niega que aún exista este concepto que le da una connotación peyorativa, como algo no elaborado o de menor valor. Depende de las circunstancias y el tipo de texto para ampliar las posibilidades expresivas.

¿Qué implica el empleo de la prosa literaria?

Las clasificaciones de prosa mencionan la categoría literaria como el perfil más creativo, sin embargo, los recursos que se emplean pueden ser apropiados para otros ámbitos. De hecho, en el curso que dictaré en la Escuela de Edición de Lima, una parte estará dedicada a la reflexión sobre los factores que convierten en literaria a una prosa. Ahí influye mucho el contexto, las convenciones o la comunidad a la cual se dirige el texto. El curso apunta a eso: a que los participantes puedan darse cuenta a qué público se dirige el texto, que posición adoptan como autores o como se aprovechan las posibilidades expresivas en las distintas dimensiones de la palabra, sea la sintaxis, el sonido o las referencias.

¿Cree usted que cualquier profesional, medianamente interesado en escribir, podría acceder al curso que dictará en la Escuela de Edición de Lima?

Claro que sí. De hecho, el empleo de la prosa exige una formación, un bagaje, revisar otros textos, pues no es algo que ocurra de la noche a la mañana. Pienso que el curso puede servir para todos aquellos profesionales que quieran sentir más confianza al momento de escribir, o para quien quiera profundizar en los recursos y técnicas. El curso abordará la parte teórica en la primera sesión, para luego centrarnos en ejemplos de prosa poética, prosa narrativa y prosa argumentativa en las tres sesiones restantes.

¿Qué es lo más importante del curso de Prosa Literaria?

Lo importante es que los estudiantes se den cuenta de que los recursos son relativos en el sentido de que, dependiendo del contexto, las circunstancias y el tipo de texto, se determinará en qué momento mantener una sintaxis más o formal o en qué momento jugar con ella y alterarla; o en qué momento no darles tanta prioridad a los sonidos, o en que otras situaciones destacar algún sonido o priorizar el ritmo. La idea es que, con las lecturas y revisiones que hagamos durante las sesiones, los estudiantes puedan identificar estos recursos y adaptarlos a su propia escritura.

Mencionaste que se revisarán a diversos autores. ¿A quienes tomarán cómo ejemplos?

Por ejemplo, en el caso de prosa poética, Baudelaire o Rimbaud, que son epígonos importantes en la escritura de poesía en prosa, pero también autores en nuestro idioma como Octavio Paz, Blanca Varela, Alejandra Pizarnik, Martín Adán, entre otros. En el caso de narrativa nos detendremos en autores peruanos y latinoamericanos, al igual que en el tema argumentativo.

A setenta años del nacimiento Santiago Papasquiaro

Si en la historia hubo un poeta salvaje y «enfermo» de poesía, sin duda fue el mexicano José Alfredo Zendejas Pineda, verdadero nombre de Mario Santiago. Si bien publicó pocos poemarios en vida, tuvo una obra prolífica que al día de hoy continúa admirando a lectores jóvenes y curtidos en lides líricas.

Para el poeta, solo había un José Alfredo y ese era el cantautor y actor mexicano José Alfredo Jiménez. Por ello, decidió cambiar su nombre a Mario Santiago. Y se adjudicó «Papasquiaro», debido al lugar de nacimiento del escritor y revolucionario José Revueltas. No por algo, el autor chileno Roberto Bolaño dijo que «Mario Santiago parecía un ser recién bajado de un platillo volador». Un tipo original, único en su especie, de esos que llegan y se van al paso de un cometa.

El infrarrealismo

Y es que era casi imposible que un autor de su talante pasase desapercibido. Junto a Roberto Bolaño, su mejor amigo, fundaron el movimiento infrarrealista a finales de los 70. Ambos eran los líderes de la agrupación, que contaba con jóvenes poetas como Bruno Montané, Ramón Méndez Estrada, Rubén Medina, Vicente Anaya, entre otros.

El entusiasmo de Mario Santiago por el infrarrealismo lo llevó a participar de todas las antologías poéticas propulsadas por el grupo, como Pájaro de calor y Ocho poetas infrarrealistas (1976) y en la revista de un solo número Correspondencia infra, revista menstrual del movimiento infrarrealista (1977).

Tras la publicación de la revista, Mario Santiago decide dejar México para radicar en Jerusalén. Quienes lo conocieron afirman que el poeta se marchó para no sufrir por un amor no correspondido, aunque también se cree que lo hizo para satisfacer sus apetitos cosmopolitas. También en 1977, Bolaño se retira a Barcelona. Para el chileno, estos hechos marcaron el final del infrarrealismo, cosa que no es del toda precisa, ya que Mario Santiago, al retornar a México en 1979, reactivó a la agrupación y se mantuvo como líder del mismo.

Papasquiaro, el poeta

Bolaño solía decir que quien tuviese la osadía de leer a Lautréamont terminaba quemándose. Pues, quien asome la mirada hacia un solo verso de Mario Santiago, terminara con los ojos arrancados de las cuencas. Y es que la complejidad de sus poemas, las metáforas cargadas de erudición, las referencias constantes a los viajeros y a los caminantes vuelven su obra enigmática, más no incomprensible.

Beso eterno (1995) y Aullido de cisne (1996) fueron los dos únicos poemarios que publicó en vida. Sin embargo, su obra no se limita solo a los poemas que contienen estos libros; fue tan prolífico que mucha de su poesía se perdió en libretas de notas o servilletas de bares, donde solía escribir. Tras una recopilación hecha por Rebeca López García, su viuda, y Mario Raúl Guzmán, se recuperaron 161 poemas, de entre 1500 piezas, en una antología llamada Jeta de Santo (2008) publicada bajo el sello del Fondo de Cultura Económica.

Un detective y los últimos años

Escribía poesía en las paredes, llamaba a sus amigos a altas horas de la noche para leerles sus composiciones, se convirtió en un buscapleitos de bares y en caminante profesional y temerario. Todo esto ocurrió tras el regreso de Mario Santiago de Israel. Precisamente, el hecho de andar por las calles de México sin mirar a los lados por si venían autos, derivó en un primer atropello en 1980. El 9 de enero de 1998, sufrió otro accidente de tránsito, el cual le causó la muerte.

Bolaño se enteró de la muerte de Mario Santiago poco después, mientras corregía la magna novela Los detectives salvajes. El poeta jamás llegó a leer el manuscrito de su amigo, aunque era un personaje activo en la historia. Y es que Bolaño tomó la figura y características de su amigo para crear a Ulises Lima, amigo de Arturo Belano (alter ego de Bolaño) y cofundador del movimiento «realvisceralista» en la novela.

La muerte de Mario Santiago causó una profunda tristeza entre sus seguidores y en el mismo Bolaño quien, como dijimos, lo consideraba su mejor amigo. Un retazo de esa pena puede notarse en el cuento inconcluso Muerte de Ulises, de la colección póstuma de relatos El secreto del mal (Anagrama, 2007) en el que Bolaño imagina a Belano regresando a México y enterándose de la muerte de Lima.

Veinte años sin (y con) Roberto Bolaño

El 15 de julio del 2003 partió uno de los más grandes narradores latinoamericanos contemporáneos. Considerado como sucesor de una tradición literaria iniciada por Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, la obra de Bolaño se erige como una de las más ambiciosas y mejor logradas de los últimos tiempos. Así lo recordamos a veinte años de su fallecimiento.

La leyenda de Roberto Bolaño guarda muchas historias. Por ejemplo, se dice que escribía con un pie en el sepulcro y otro en su estudio de Blanes, en la Costa Brava de Cataluña. Infatigable, escribía hasta tropezar con el amanecer. Y es que sabía que su enfermedad no le daría tregua: ni por ser un genio ni por ser un hombre preocupado por el futuro de su familia.

De no haber sido por esta obsesión literaria (a modo también de un grito de auxilio frente a un final inminente) su obra jamás hubiese tomado la forma que actualmente conocemos. De hecho, leer a Roberto Bolaño es una inmersión constante hacia el lecho más profundo de la literatura. Sino, recordemos 2666 o La literatura nazi en América.

Por ejemplo, Los detectives salvajes, más allá de ser su obra máxima, es una carta de amor hacia la literatura, la cumbre donde germinan cuentos y novelas, y en la que se complementan otras tantas. Si alguno se sorprendió por la técnica del universo interconectado en otros autores, Bolaño fue un adelantado a su tiempo. Por ejemplo, a partir de Los detectives salvajes se desprende la historia de Auxilio Lacouture en Amuleto, del último episodio de La literatura nazi en América parte Estrella Distante.

Pero, volvamos a los detectives. A través de Arturo Belano, alter ego del autor, y Ulises Lima (que no es más que el poeta mexicano Mario Santiago Papasquiaro, su mejor amigo) Bolaño narra la labor detectivesca de ambos tras el rastro de la poetisa Cesárea Tinajero y la derrota de toda una generación, quienes tienen aquí, por así decirlo, su fiesta de despedida.

Asimismo, gran parte de la novela narra las vivencias de Bolaño en México durante la década del setenta, como la formación y destrucción del movimiento «infrarrealista». Por otro lado, la historia expande el pensamiento de Bolaño sobre el quehacer literario y los planteamientos sobre esta, como una especie de filosofía que no llega a pontificar acerca de la literatura, sino que la toma para divertirse y entablar un juego en el que el lector debe concluir sus propias pistas (en esto, tal vez, encontremos un símil con Rayuela).

Si bien siempre se han tomado las novelas de Bolaño como gatilladores de su obra, no debemos olvidar sus cuentos. Quizás hayamos leído hasta el hartazgo la anécdota de «Sensini» y la amistad de Bolaño con el narrador argentino Antonio Di Benedetto (alter ego del protagonista de este relato), pero, tranquilos, aquí hay algunas perlas más preciosas aún.  

«Henry Simon Le Prince», segundo relato de su colección de cuentos Llamadas telefónicas, se burla de la existencia necesaria de los malos escritores, para que los así llamados genios puedan existir. De hecho, el protagonista del relato asume su condición de mal escritor y a través de sus acciones encumbra a otros sobre su propio trabajo. «Enrique Martín», también del mismo libro, es casi un cuento macabro, a modo de relato negro, en la que Bolaño deja entrever que de la literatura nadie escapa, cuando se ha asumido el rol de creador. Otro cuento, casi experimental pero divertidísimo, es «Una aventura literaria», en la que un escritor llamado B duda de las críticas hechas por un narrador A, quien ha elogiado su novela pese a que B lo satirizó en una historia suya.

A veinte años de la muerte de Roberto Bolaño, es preciso decir que le debemos un hígado, buenos momentos, buenas lecturas, buenos cuentos, buenas novelas. Le debemos la vida.

«El archivo de Roberto Bolaño será de dominio público», asegura Carolina López

En entrevista para el diario La vanguardia, la viuda del escritor chileno dijo que dicha decisión fue tomada en conjunto con sus hijos, pero antes afinarán algunos detalles.

En ese sentido, López asegura que actualmente se encuentra transcribiendo todo el material del archivo, para tenerlo en formato digital antes de cederlo. De este modo, se asegurará la totalidad de todos los textos legados por Bolaño.

En otro momento, precisó que, si bien los últimos años de Roberto Bolaño fueron de un estallido creativo, esto se debió a que sentía una gran preocupación por sus hijos Lautaro y Alexandra, quienes en aquel entonces tenían 13 y 2 años respectivamente. Incluso, reveló que antes de morir, el narrador le indicó a qué precio debía vender su novela 2666 y la forma de hacerlo.

Controversia con Herralde

Por otro lado, reveló por qué dejó de confiar en Jorge Herralde, director de la editorial Anagrama, cuando él firmó un contrato con la agencia con cual trabajaba y se generó una discusión por el percibimiento de comisiones.

También relató cómo terminó su vínculo con quien fue una de las personas más cercanas a Roberto Bolaño: «Mi actual agente Andrew Wylie admitió dejar de cobrar su comisión hasta poder resolver todo el entramado. Para ocultar una actitud tan desleal y poco ética, Herralde y sus amigos pusieron en primer plano chismes y mentiras que, por fin, la justicia me ha dado la razón y ya hay sentencia firme».

Recordemos que Carolina López se ha mantenido siempre bajo el ojo crítico en el mundo literario, debido a que sostuvo no solo esta sino otras controversias con Jorge Herralde, por los derechos de la obra de Bolaño.

Asimismo, es famosa también la demanda que López entabló al crítico literario Ignacio Echevarría, por el delito de atentado contra el honor, por lo cual pidió una reparación de 150 mil euros.