Plagio, malas prácticas y conciencia pública

En las últimas semanas hemos visto en los medios de comunicación que las infracciones al derecho de autor, las malas prácticas y las faltas éticas invaden cada vez más espacios del ambiente académicos. De este modo, tenemos trabajos de investigación sin citas ni referencias, compras de contenidos o plagios evidentes en tesis de pre y posgrado, así como empresas legalmente constituidas que ofrecen servicios de «elaboración» de contenidos.

Por Dante Antonioli Delucchi

Docente del Centro de Desarrollo Editorial y de Contenidos

Los afectados guardan silencio, pese a que están siendo engañados. Esto deja abiertas dos posibilidades: complicidad o ignorancia.

La respuesta más simple e inútil que venimos escuchando desde hace mucho es que se investiguen los hechos. Bien sabemos que ninguna de estas faltas (varias de ellas sancionadas por el Código Penal del Perú) terminará convertida en denuncia, mucho menos en una acusación.

Este escenario es el reflejo perfecto de una sociedad informal que «saca la vuelta» y evade las normas; que se enoja cuando alguien «se mete en la cola», pero paga coimas para evitar una multa o acelerar un trámite.

Delito tipificado

Parecería que muy poca gente conoce cuán grave es el plagio. Quizás piensan que se trata de una falta ética, por tanto, admiten pasarla por alto. Insisto: el plagio es delito y la compra de contenidos es la infracción más grave en el mundo académico.

El artículo 219 del código penal castiga este acto con una pena privativa de libertad no menor de cuatro ni mayor de ocho años. Asimismo, el artículo 220 reprime con pena privativa de libertad no menor de cuatro ni mayor de ocho años a lo que se conoce como formas agravadas de este delito.

El plagio es el robo de la propiedad intelectual y no debe quedar ninguna duda al respecto. De hecho, estamos completamente seguros de que asaltar un banco, robar un celular o defraudar al Estado son delitos, ¿verdad?

Turnitin y la lucha contra el plagio

Aunque el tratamiento del plagio es similar en muchas legislaciones, no se puede afirmar que algunos hayan tenido más éxito que otros al combatirlo. Es un problema común y de escala global.

Algo parecido está ocurriendo con la compra de trabajos, pues las instituciones no han logrado implementar medidas para frenar el rápido crecimiento de este mercado (muy lucrativo, por cierto).

Por otro lado, Turnitin, uno de los servicios de prevención de plagio más usados en el mundo académico, presentó a fines de 2021 una segunda versión de su Plagiarism Spectrum, que es una representación gráfica de 12 tipos comunes de trabajos no originales.

Asimismo, incluyó por primera vez lo que denominó Contract Cheating y lo definió como «contratar a un tercero de forma gratuita, por pago o en especies para completar o hacer una tarea, y presentarla como un trabajo propio». Esto fue calificado como la falta más grave en contra del trabajo original.

Si bien este tipo de trampa académica aún no es considerada un delito, podría alinearse con el fraude, el engaño, la estafa o la violación de normas institucionales, para definir sanciones específicas.

Sin embargo, pareciera que no es suficiente. Ningún diseño jurídico está preparado para afrontar estas acciones y me atrevo a afirmar que el problema es más complejo.

Apuntes finales

Estudios, reportes y encuestas recientes realizadas en países desarrollados y no desarrollados encontraron que, hacia finales de la pandemia, un 48.6 % de estudiantes hizo trampa por lo menos una vez durante la etapa universitaria.

Este resultado se complementa con un importante 10 % que declaró estar seguro de que no sería descubierto en el acto. Es decir, a estos estudiantes no les importa las consecuencias. Peor aún, están convencidos de que las medidas existentes o que se implementen no les afectarán.

Entonces, podemos deducir que este asunto va más allá de la legislación y de las normas institucionales. Hay varios factores que pueden alimentar acciones poco éticas en las personas como una educación débil en valores, la percepción de impunidad, la incapacidad para manejar la presión del grupo, la falta de respeto a las normas o un evidente desinterés por el aprendizaje.

Esto demuestra que la única meta es conseguir el «cartón» a como dé lugar, entre otros factores asociados a la formación de las personas, lo cual requiere de un análisis más allá de esta contribución.

En cualquier caso, quienes alentamos el respeto por la propiedad intelectual y el uso de normas éticas en las publicaciones seguiremos utilizando estas plataformas para crear conciencia, educar y apoyar cualquier iniciativa que contribuya al fortalecimiento de estos conceptos y sus conductas.

Una pasión no correspondida

II

Con el avance de la tecnología y una mayor demanda, la edición del siglo XXI ha tenido que pasar por diversos retos para adaptarse a estos nuevos tiempos. En esta segunda parte, Ricardo Meinhold compara la labor del editor con la del director de cine para ilustrar cómo ha sido su evolución en un punto específico de la historia. Asimismo, nos advierte sobre lo que sucedería con la comunidad lectora si únicamente las editoriales se enfocan en un catálogo que responda a los gustos de las personas, en lugar de la calidad y la innovación de los contenidos.  

Escribe: Ricardo Meinhold

En estos últimos años, encuentro cada vez más artículos relacionados a los retos de la edición en el siglo XXI. Todos, de alguna forma, concluyen que los cambios tecnológicos —principalmente aquellos que son producto de la posmodernidad— retan al «nuevo» editor a romper los anacrónicos paradigmas y a abandonar aquel viejo romanticismo que le atribuye el monopolio del buen gusto literario (y también de los prejuicios). Su nuevo papel ahora está más cerca al de un gerente comercial; así como el del libro o la revista, al de un producto de consumo masivo —ni más ni menos que una camisa de temporada o un celular—. Pero, en realidad, eso depende del cristal con que se le mire.

Estos temas me hacen recordar a la película Lo que el viento se llevó, un clásico norteamericano, y a su productor David O. Selznick. No la dirigió, pero intervino en todo el proceso con interminables memos que atormentaban a su equipo, incluido el director, a quien Selznick consideraba una extensión de sí mismo. Era entonces la época dorada de Hollywood donde los productores, no los directores, eran quienes hacían las películas para un público ávido de historias —si bien desarrolladas a través de varios géneros— llenas de estereotipos repetitivos.

Aunque los directores pioneros —muchos de ellos provenientes del teatro— crearon el género como lo conocemos hoy en día, fue el sistema de las emergentes productoras cinematográficas que, absorbiéndolos a partir de los años veinte, tomaron las riendas de la filmación de películas hasta la década de los años sesenta. El director recuperó protagonismo, mientras que el viejo Hollywood empezaba a caerse a pedazos.

Pocos directores, como Orson Welles o Charles Chaplin, pudieron darse el lujo de imponer su visión, aunque al final la industria les pasó factura y tuvieron que exiliarse. Otros, sin embargo, —sin romper las reglas de manera tan evidente—, como es el caso de Alfred Hitchcock, lograron éxitos de taquilla al mismo tiempo que genuinas obras artísticas. Con los años, las generaciones dejaron de consumir un cine que ya no reflejaba la realidad —en verdad nunca la reflejó—, lo que terminó devolviendo a los directores el lugar que originalmente ocuparon.

Pero, ¿qué tiene que ver esta historia con la edición en el siglo XXI? En contraste, lo mismo. Si parece muy esquemático es por mi torpeza, no por mi intención. Que en el presente el editor tenga que intervenir también en la distribución y la venta, y por ende en los ingresos de la empresa editora, es una verdad como un templo. Pero, que de ello se desprenda que su posición deba subordinarse o reemplazarse por la de un funcionario más, es llegar a conclusiones falsas de premisas ciertas. Puede incluso ser un ejecutivo en la jerarquía organizacional —acorde con los tiempos actuales—, pero sin olvidar que lo esencial de su función es velar por la calidad del circuito editorial que va del autor al lector.

No es gratuito que sean las editoriales independientes las que cubran el espacio que las grandes editoriales han dejado, y los editores de las primeras quienes apuesten por catálogos más sólidos. Después de todo, el editor debe cuidar al lector, que es el destinatario final y la razón de ser de toda la cadena editorial. Desde luego que también es un negocio y obtener utilidades es parte del objetivo, pero debería ser una consecuencia de lo anterior: un producto editorial de calidad, ya se trate de un libro, una revista, un periódico o cualquier otra publicación. Lograr ese equilibrio es el verdadero reto del editor del siglo XXI.

Lo que pasa, hoy por hoy, es lo contrario. Por un lado, los sellos de prestigio apuntan mayoritariamente a publicaciones coyunturales. Mientras que, por el otro, los medianos y pequeños carecen de un fondo editorial o un catálogo propio, por lo que se orientan cada vez más hacia las publicaciones por encargo. Se apuesta sobre seguro sacrificando, en muchos casos, la calidad en aras de una mayor producción.

Es cada vez más común encontrar libros con ortotipografía mal aplicada, o tipografía y fuentes inadecuadas solo para ahorrar páginas; así como diseños gráficos (portadas o interiores) que no conversan con el contenido y, en algunos casos, de increíble mal gusto. Es cierto que la piratería —con su competencia desleal— obliga al editor a reevaluar para reducir costos. Pero si se apuntan todas las balas a campañas de marketing o a reducir los contenidos —en función a lo que «le gusta o espera la gente» y no a la calidad, propuestas innovadoras, potenciales autores o redescubrimientos—, la consecuencia será empobrecer la oferta editorial. Así, se seguirán reduciendo aquellas grandes minorías de lectores en vez de contribuir a su aumento.

Aunque, todavía se mantienen ciertos estándares que nos sirven de referencia y una crítica que se resiste a confundir fondo con forma, la verdad es que está sucediendo lo que desde hace años con la pintura. Las galerías de arte solo se manejan con criterios marketeros y comerciales antes que estéticos, cuando debería ser al revés.

El desafío es reinventarse, sin olvidar que aquellas nuevas funciones o responsabilidades deben girar en torno a lo esencial para cualquier editor. Descubrir autores, y crear un catálogo usando actuales y nuevas plataformas, alternándolas o jerarquizándolas en función de los tipos de lectores a los que se pretende llegar. La tiranía del corto plazo hace que el camino no sea fácil. Sin embargo, los resultados a mediano y largo plazo justifican ese recorrido.

En febrero pasado, se cumplieron cien años de la publicación del Ulises, novela del genial escritor irlandés James Joyce y considerada por la crítica como la mejor escrita en idioma inglés del siglo XX.  Sin embargo, pocos recuerdan que hace cien años los editores rechazaron aquella novela adelantada a su tiempo. Nadie la aceptó, excepto una joven editora norteamericana radicada en París llamada Sylvia Beach, quien la valoró en su complejidad y se arriesgó a publicarla.

El centenario de la novela Ulises se ha celebrado a lo grande —como cabía esperar— con reediciones y nuevas traducciones en todos los idiomas, ediciones críticas y homenajes, biografías de Joyce, así como peregrinaciones a la ahora mítica ciudad de Dublín, escenario de la narración. Sin comentarios.

No hay moraleja en esta historia. Mi intención únicamente es recordar cómo la actual confusión contemporánea en la que andamos dando tumbos es también consecuencia de la banalización de la cultura.

Ricardo Meinhold

San Isidro, noviembre de 2022

Ricardo Meinhold Gálvez nació en Lima en 1971. Es editor y escritor. Ha colaborado para revistas como SOHO Perú y URL, una revista de libros. Ha sido editor de la revista Beppo de la Escuela de Edición de Lima. Es especialista en finanzas y considera la edición como una manera de influir, para bien, pero sobre todo para mal, en la sociedad.

Una pasión no correspondida

I

Al tener un libro, revista u otro tipo de publicación debemos preguntarnos sobre el proceso y los agentes que están detrás. En esta primera parte, Ricardo Meinhold se centra en las revistas dentro del rubro editorial. Nos presenta cómo fue el contacto que tuvo con una publicación en particular y que lo motivó a ejercer la profesión de editor. Asimismo, hace un recuento de cómo ha evolucionado este trabajo con el paso de los años, y de las figuras que han ido apareciendo en la industria y que han impulsado a los futuros profesionales.      

Escribe: Ricardo Meinhold

A mediados de los años setenta, cuando mi hermano y yo éramos niños, papá se suscribió a la revista National Geographic. Fue una revelación: una ventana hacia un mundo maravilloso. A través de sus páginas, sobre todo gracias a las magníficas fotografías que mostraban —National Geographic Society trabajaba entonces con los mejores fotógrafos —conocimos personas de diferentes culturas, parajes maravillosos, lugares temibles,historias del pasado que habían marcado el presente, descubrimientos tecnológicos increíbles, personajes inolvidables y geografías cambiantes. Sus bien contadas historias nos atrapaban.

Algo que nos gustaba tanto como sus fotografías era la manera en que estaban diagramadas sus páginas, donde los textos acomodados a las fotos formaban un todo armonioso. Textos en inglés —aún no existía la versión en español— cuyos títulos, que traducíamos a medias ayudado por diccionarios, nos revelaban interesantes historias detrás de aquellos párrafos con letras de todos los tamaños. A mí, particularmente, me frustraba no entenderlos y, sin duda, esto afianzó mi deseo de aprender el idioma de Shakespeare.

Finalmente, otro de los atractivos de esta revista lo constituía cada página de publicidad que aparecía entre artículo y reportaje. Ahora entiendo que el mayor ingreso de las revistas proviene principalmente de publicitar productos; pero para mí se trataba únicamente de ese todo armonioso que acabo de describir. Porque aquella publicidad de buen gusto, a tono con la revista, también ponía a mi alcance un estilo de vida ideal —el de la gente con automóviles de ensueño, bebidas y comestibles que ni por asomo sabía que existían, marcas de productos que años después encontraría en las tiendas —que contrastaba con el nuestro, limitado por el gobierno de la dictadura militar.

Todo lo anterior estaba presentado en una plataforma hecha de suaves páginas, colores ideales, una medida de letra accesible e impreso en un tamaño perfecto que predisponía a leerlo, a verlo. Entonces, no hablamos solo de un objeto inerte, sino de un dispositivo cuyos mecanismos internos nos llevaban, como acabo de describir, a otras realidades cuyos escenarios cambiaban a cada vuelta de página.

Terminábamos la lectura y, luego de los comentarios de rigor con mi mamá —ella también era seducida por su contenido—, la vida continuaba. Pero siempre me quedaba rondando en la mente quién o quiénes eran los artífices de esa publicación. A diferencia del periódico que se leía en casa —el cual acababa en la noche irremediablemente como envoltorio de los desechos de la cocina—, la revista National Geographic parecía tener una vida aparte. Desde ese entonces —aunque sin tenerlo muy claro todavía—, debe haber nacido en mí el deseo de convertirme en uno de aquellos «artífices».

Lo descubrí muchos años después —cuando ya era un lector habitual de revistas y suplementos de periódicos— mediante un documental dedicado a Hugh Hefner, el mítico creador de la revista Playboy. Fue la primera vez que entendí que la mente creativa —el motor, el director de orquesta, cuyo oído decidía el orden de cada instrumento—, quien finalmente le proveía de personalidad a una publicación, se llamaba «editor». Hefner fue polémico por muchas cosas —y en estos tiempos de empoderamiento de la mujer aún más—, pero no se le puede negar que su visión cambió el mundo de las revistas para siempre. Le dio al editor un protagonismo, cuya posta tomaron editores de revistas como Esquire, The New Yorker, Rolling Stone o The Paris Review, quienes presentaban nuevos contenidos que contaban historias contemporáneas e influyeron en muchas generaciones de lectores. Aquí, se reflejó en revistas como Oiga y, sobre todo, Caretas, donde editores como Francisco Igartua y Enrique Zileri, respectivamente,estuvieron a la vanguardia de las publicaciones periódicas peruanas.

Era común hallar en muchas de aquellas revistas textos de literatura de diversos géneros. Sobre todo, extractos de novelas, cuentos y ensayos, así como reseñas sobre autores nuevos y clásicos. No era difícil encontrar en las décadas de los setenta y ochenta la mítica revista Reader’s Digest en cada casa de clase media limeña. En ella leí una breve crónica titulada «¿Qué es un gran libro?» de un autor entonces desconocido para mí, y que solo a comienzos de los años noventa influiría notablemente en mi vocación de escribidor: Mario Vargas Llosa.

Gran parte del contenido de aquel pequeño magazín eran resúmenes de novelas y best sellers americanos, cuyos autores habían cambiado para siempre la literatura moderna. Muchos de ellos fueron descubiertos por lectores con una intuición y visión de largo alcance, profesionales que lideraban las casas editoriales de entonces, y que —como no podía ser de otro modo— se llamaban también editores. No solo descubrían autores, sino que los pulían y los representaban profesionalizando el oficio de escritor. Más todavía, ayudaron a redescubrir autores nacionales y extranjeros, traduciendo a estos últimos. Con ello, ampliaron una oferta editorial de calidad que contribuyó a democratizar la cultura, llevándola a todo el mundo.

Ediciones de tapa dura o blanda, cartoné o de bolsillo no eran solo libros, sino algo más. Objetos bellos que, al igual que las revistas, compartían la excelencia de su contenido, su diagramación, sus páginas, sus diseños y sus portadas. La creatividad de estas últimas marcó la diferencia con otras publicaciones, que se volverían con los años la marca de fábrica de las casas editoriales hasta la actualidad.

Editores ahora clásicos como Maxwell Perkins y Roberto Calasso en Estados Unidos y Europa, respectivamente, o Victoria Ocampo en Argentina, abonaron la tierra que luego cosecharon muchos editores. Los mejores contenidos llegaron a las grandes mayorías, principalmente a la clase media.

Ahora, en plena crisis, todos estos recuerdos me vienen de golpe a la memoria pues fueron el origen de una pasión —no solo de una profesión— que actualmente practico: la edición. Pasión que, con tristeza, veo que va desapareciendo del espíritu de muchos de mis colegas, quienes con un respetable sentido práctico olvidan lo que alguna vez significó, sin duda,o debió significar también para ellos.

Ricardo Meinhold

San Isidro, octubre de 2022

Ricardo Meinhold Gálvez nació en Lima en 1971. Es editor y escritor. Ha colaborado para revistas como SOHO Perú y URL, una revista de libros. Ha sido editor de la revista Beppo de la Escuela de Edición de Lima. Es especialista en finanzas y considera la edición como una manera de influir, para bien, pero sobre todo para mal, en la sociedad.

Tecleando para anotar el tiempo

A lo largo de los años, de alguna u otra forma, ha existido una relación entre los lectores y los escritores que es difícil explicar. Sin embargo, lo que sí es posible apreciar es que esa relación es inquebrantable debido a que cada autor tiene una esencia con la que puede establecer dicha conexión a través de sus libros. Entre ellos, se encuentra Javier Marías. Su muerte reciente no solo dejó un vació en el mundo de las letras, sino que también su público sigue teniéndolo en mente. A través de sus diferentes facetas, es que las personas han logrado establecer un vínculo con él.  

Escribe: Ricardo Meinhold

Iba de copiloto camino a mi oficina —practicando el mal hábito de consultar constantemente mi celular o, para entendernos mejor, smartphone— cuando me enteré de la noticia. «¡Murió Javier Marías!», exclamé sorprendido. Cecilia bajó el volumen de la radio para escucharme. No puedo creerlo, me estoy quedando solo —murmuré—. Resignado, continué el viaje en piloto automático —conversando, pero con mi mente en otra parte.

La relación de un lector con los escritores es siempre muy particular. Ya sea por afinidad, empatía, gusto o simple casualidad te encuentras con un texto —no importa si es de ficción o no ficción— que de alguna forma conecta contigo. Es difícil de explicar, pero, intentándolo, es como si esa línea, aquel párrafo o aquella escena la escribieron para ti. En mayor o menor grado casi siempre sucede.

Y cuando sucede terminas identificándote con aquel novelista, dramaturgo, poeta o ensayista por razones extraliterarias. Razones que no tienen que ver solamente con sus escritos, sino con sus motivaciones —Vargas Llosa los llama demonios— detrás de dichos textos. Anhelos, miedos, ilusiones, prejuicios, rencores con nombre y apellido que explican una vida que se parece mucho a la propia.

Me sucede con escritores como Albert Camus, George Orwell, Octavio Paz, Ricardo Palma; entre los vivos, Mario Vargas Llosa y, hasta hace poco, Javier Marías. Lamento mucho su partida. Si bien conozco su nombre hace años, solo en el último me identifiqué mucho con él por las razones que he intentado describir.

Me falta espacio, así que dejo para próximas columnas escribir sobre las múltiples facetas de quien fue uno de los más brillantes escritores contemporáneos. Quisiera concentrarme ahora en lo que me dio a mí como lector.

Hijo del filósofo Julián Marías y de la escritora Dolores Franco Manera. Crecer en un ambiente rodeado de libros y de ideas hizo de él un intelectual, al mismo tiempo que un escritor. Empezando por sus gustos e influencias, Marías fue diferente a los demás escritores españoles. Practicó una prosa reflexiva, más inglesa que española, hecha de largas frases, donde la acción llegaba al lector por efecto acumulativo. Solo en apariencia autobiográficos —Marías supo darle una vuelta de tuerca a la denominada autoficción—, sus libros fueron ante todo verdadera literatura. Algo difícil de entender para el lector promedio que tiende a pensar que el narrador es el mismo autor. No. Sobre todo, en sus mejores libros: Corazón tan blanco, Mañana en la batalla piensa en mí, Negra espalda del tiempo y Tu rostro mañana, el narrador es la primera invención del escritor, no su espejo.

Otro tema recurrente en su obra creativa es el tiempo y su relación con el comportamiento humano. La negación del tiempo por un presente casi siempre breve, hecho solo de instantes. Esto es importante porque generalmente pasa inadvertido y solo intuimos cuando enfermamos o envejecemos.

Esto también alimentó otra conocida faceta suya: la de columnista. De hecho, fue por esta actividad que lo conocí y por la que me identifiqué con él. Políticamente incorrecto, Javier Marías fue un testigo de su tiempo y por medio de sus columnas semanales —primero en El Semanal y luego, hasta su muerte, en El País— un crítico implacable de la hipocresía y la estupidez humanas. La importancia que le daba a este género periodístico se reflejaba en las colecciones que, cada dos o tres años, enviaba a la imprenta. Desde el primer tomo «Mano de sombra» de 1997 hasta el último de este tipo que publicó «¿Será buena persona el cocinero?» de 2022. Si quieren acercarse a Marías, les recomiendo firme y entusiastamente estas colecciones.

Ese mismo espíritu lo hizo rescatar textos en otros idiomas que tradujo al español para deleite de ese primer lector que late en el pecho de todo escritor. Gracias a él pudimos leer en castellano El espejo del mar de Joseph Conrad o De vuelta del mar de Robert Louis Stevenson, solo por citar algunos títulos exquisitos. Amó la traducción y su formación literaria le debe mucho a esta labor —pasión en realidad— que ejerció una influencia notable en su manejo de la escritura.

Rescatar textos —no siempre comerciales o de actualidad— lo llevo a sumar otra actividad más a su prontuario vital: la edición. Financiado por él mismo, creó Reino de Redonda, con el cual nos dejó un legado editorial de cuatro decenas de títulos singulares con portadas características e inconfundibles. En realidad, este sello editorial le sirvió para reunir sus amores literarios. Solo el tiempo nos revelará el futuro de este catálogo.

Llego a mi oficina y lo busco en YouTube. Lo vuelvo a encontrar conversando con su entrañable amigo Arturo Pérez-Reverte o con Mario Vargas Llosa, quienes escribieron recordándolo. Leyendo su discurso de entrada a la Real Academia Española, un discurso a contracorriente, como cabía esperar de él, sobre la novela. Otro sobre su admirado William Faulkner; y, por último, uno donde habla sobre las columnas y sus lectores. Siempre con esa voz grave como del siglo XIX, el siglo por lo demás de la novela, género por excelencia de Javier Marías.

No es difícil imaginarlo escribiendo en su vieja Olympia Carrera de Luxe —nunca escribió en un ordenador o computadora—. Deteniendo el tiempo en frases memorables, que él sabía hacer inolvidables, para mostrar a sus potenciales lectores lo efímeras y contradictorias que serán siempre las acciones humanas. Te vamos a extrañar, Javier Marías.

Ricardo Meinhold

El Pueblo, septiembre de 2022

Ricardo Meinhold Gálvez nació en Lima en 1971. Es editor y escritor. Ha colaborado para revistas como SOHO Perú y URL, una revista de libros. Ha sido editor de la revista Beppo de la Escuela de Edición de Lima. Es especialista en finanzas y considera la edición como una manera de influir, para bien, pero sobre todo para mal, en la sociedad.

Julia Wong: «A pesar de cualquier significado, Trilce es la génesis significante que regeneró al mundo lexical poético hispánico».

El poemario Trilce, que catapultó a César Vallejo como el poeta universal, cumple 100 años desde que su primera edición apareció en 1922. Durante un largo tiempo, esta obra ha sido objeto de estudio en el campo de literatura, por lo que muchos críticos y escritores han tratado de descifrar el significado del nombre y las diferentes interpretaciones que se le puede dar. La poeta peruana Julia Wong comparte sus perspectivas acerca del texto y cómo este significó el nacimiento de una nueva forma de hacer poesía.

Escribe: Julia Wong

Decía Vallejo, que a él se le ocurrió Trilce como vocablo que podía resumir en un abstracto: su sentir santiagochuqueño, expresionista y regional. Transformarse subsecuente en provinciano incendiario, reo condenado a un infierno interior con paredes conspicuas pero estrechas.

Decía Vallejo, que en Trilce —una palabra que se le ocurrió así no más, sin esforzarse— estaban encerrados sus hermanos, sus penas, sus dobles Hs, su risa, sus extrapolaciones y las enormes rupturas telúricas que exigían, mudas y estruendosas, quedar grabadas para la eternidad en la lengua hispana. Trilce era el resultado de la exploración íntima a su equívoca cordura y a su caos —no con esas palabras, no—, pero quiso resumir lo indecible en setenta y siete poemas, que eran eran, eran; y sin embargo aún son, son, son, son.

Mucho se ha dicho sobre Trilce. Quizás son extremos opuestos que se amalgaman: tri- de triste, ylce de dulce. Como se suele ser, cuando joven y humano, al descubrir el magma oscuro que moviliza al mundo; y se pretende nombrar, desde el lirismo que nos eriza, las palabras que nos ponen alerta del letargo ante lo obsoleto. Vallejo viene a descomponerlo todo en una exploración —matemática y a la vez naturalista— donde se cuecen todas las abas sin H. Porque él ha usado la H para herizarnos desde potentes versos como:

VUSCO VOLVVVER DE golpe el golpe.

Sus dos hojas anchas, su válvula

que se abre en suculenta recepción

de multiplicando a multiplicador,

su condición excelente para el placer,

todo avía verdad. (Trilce IX)

Abandona la ternura lírica, religiosidad de las costumbres, la seguridad de la lengua materna y consigue descubrir una génesis nueva. Cada par que provoca un tercero, un dicotiledón, que abre las puertas cerradas del lenguaje, permite eso que no se nombra. Un nuevo par que genera una descontracción anti ortográfica para causar ventarrones en un novísimo cosmos de somas y semas, proponiendo anti simetrías que desconjugan en vaivén revolucionario con la lengua española y sus poéticas —hasta entonces existentes—. Permite, así, la nueva emoción de un pueblo sin palabras precisas, sin fatalidades previas, con el ayuno de la historia. Empieza a recrear en una chokitud eterna —donde todo vale, todo sirve para la risa y el llanto— para el arca que transportará pares de miles de especies recreando la nueva música ecuménica. La modernidad de lo que aún no existe y que se está por escribir. La humanidad que sobrevive los contrastes.

A pesar de cualquier significado, Trilce es la génesis significante que regeneró al mundo lexical poético hispánico. Se le dice vanguardia porque se atrevió a saltar a un abismo lingüístico antes que muchos otros poetas lo hicieran. Trilce iría siempre por delante —como un ente punzante que traía consigo un corpus metafísico— dispuesto a destruir las leyes gramaticales para permitir al cadáver renacer en su fuego filial en constante actualización.

Tú eres tu lenguaje

El ser humano ha tenido el privilegio de nacer con la habilidad innata del lenguaje con la que es posible expresar los pensamientos y sentimientos. Gracias al ingenio del hombre, se ha convertido en una herramienta poderosa que ha permitido la creación de los más bellos discursos hasta la destrucción. Sin embargo, ¿qué sucede cuando nuestros representantes usan el lenguaje para su provecho? ¿En qué medida los ciudadanos de a pie son cómplices de esta corrupción?    

Escribe: Ricardo Meinhold

No es necesario ver los paneles en las calles con los rostros relucientes de los candidatos a las alcaldías —cada cual con su mejor pose y envidiable sonrisa— para darse cuenta de que las elecciones municipales están cerca. Basta con observar el colapso del tráfico, producto del inesperado mantenimiento de calles y plazas, que de pronto parecen haber sufrido un bombardeo semejante al que se ve en las películas sobre la Segunda Guerra Mundial. Lo curioso es que, en el mejor de los casos, estas no necesitaban de mantenimiento alguno; y en el peor, que es demasiado tarde para efectuarlo.

Todo ello podría ser anecdótico; pero no lo es, desafortunadamente. Lo grave del asunto es que, por un lado, los actuales alcaldes hicieron promesas que nunca honraron; y, por el otro, que los vecinos lo aceptaron como algo natural e inevitable. Después de todo, ¿no funciona así la política peruana?

Así también, advertimos en las noticias de la televisión, los periódicos y las redes sociales cómo la coyuntura política solo muestra las constantes contradicciones entre lo que dice el Poder Ejecutivo y el Poder Legislativo y lo que finalmente hacen, donde la realidad los desmiente de manera constante. Sin embargo, casi toda la clase política cree —o así parece— que hay una realidad alterna que solo funciona para ellos y no para el común de los mortales (en este caso, para el común de los electores). Al menos, eso parece que somos para sus intereses.

El sociólogo alemán Max Weber afirmó en su famosa conferencia de 1919 titulada Politik als Beruf —elegantemente reseñada por Mario Vargas Llosa en una de sus Piedras de toque— que existen dos tipos de moral: la de la «convicción» y la de la «responsabilidad». Es curioso, pero ambas son mucho más visibles en dos arquetipos humanos: el intelectual y el político. La primera tiene que ver con principios o valores, cuyas acciones solo se justifican por aquellos, sin tener en cuenta los posibles efectos. Por ejemplo, el mismo Vargas Llosa, quien siempre opina lo que piensa sin importar la impopularidad que todo ello le pueda causar. La segunda, en cambio, ajusta sus acciones al presente inmediato y a sus consecuencias, pensando siempre en la eficacia o en una visión de largo alcance. Como fue el caso de Charles de Gaulle, el cual fue utilizado como ejemplo por Vargas Llosa en aquella columna. De hecho, entre medias verdades y medias mentiras, el gran estadista francés logró movilizar a una opinión pública que, al inicio, se manifestó en contra de perder todas las posesiones africanas de Francia, y luego aceptó una descolonización, que al final se llevó a cabo.

Entonces, ¿qué pasa con nuestros intelectuales y sobre todo con nuestros políticos, cuyas acciones desmienten en forma repetida sus palabras, en especial cuando las elecciones están próximas? Lo que sucede es que los dos personajes citados —sin importar si estamos de acuerdo o no ellos— comparten una integridad esencial que hacen consistentes sus acciones. Allí está precisamente el talón de Aquiles entre los supuestos moralistas convencidos y moralistas responsables —en particular estos últimos— que dominan el panorama político en la actualidad: no todos comparten una integridad básica. Más bien todo lo contrario: aquella brilla por su ausencia. Y es justo esa ausencia —o falsa presencia— lo que termina por corromperlo todo con los resultados que vemos a diario aquí y en el mundo.

No solo se corrompe aquella capacidad propia del ser humano para expresar sus pensamientos y sentimientos; también, los signos que utiliza para comunicarlos: el lenguaje. Tú eres tu lenguaje. Corromper tu lenguaje es corromper tus valores.

El lenguaje —lo sabemos quienes escribimos y editamos— es el origen de lo que, a falta de otra palabra, llamaremos civilización. Gracias a aquel, primero oral y luego escrito, le dimos forma a los sueños, domesticamos nuestros temores, construimos sociedades, le dimos carta de ciudadanía al individuo, escribimos una memoria colectiva como humanidad. Pero, por alguna razón, en algún momento de la historia dejó de interesarnos.

La tecnología, en vez de colaborar, parece ser enemiga del lenguaje y lleva al ciudadano de a pie a adecuarlo para su uso, lo que termina por deformar su principal atributo: la correcta comunicación. Algo más profundo que lo que aprendemos en el colegio. Hablar y escribir bien no solo sirve para comunicar alguna necesidad o interés propio. No. Sirve sobre todo para mostrarnos a nosotros mismos. Más todavía, determina nuestra actitud en el mundo, nuestra categoría moral. De ahí la importancia de no mentir que inculcamos a nuestros hijos, pero que olvidamos de adultos. La verdad —con todos los riesgos que trae— será siempre el mejor camino.

Las elecciones se han vuelto un rito, una ficción jurídica, porque en el fondo hemos aceptado la mentira en el discurso político; algo que no aceptaríamos en el trabajo, en la familia, en la amistad. Por eso debemos proteger nuestro lenguaje, alimentarlo —no solo de pan vive el hombre— para que no muera. Léase morir cuando para el ciudadano ya no significa nada lo que escucha, aunque lo entienda.

Aquí y en muchos países del mundo nos quejamos de nuestros jefes de gobierno, a quienes nuestro voto los llevó allí para liderarnos y juntos solucionar los problemas del país. No obstante, no nos damos cuenta de que parte de estos los hemos provocado nosotros al aceptar como natural en los políticos aquella escisión entre pensamiento y acción, en lugar de reclamar todo lo contrario.

Exigir que digan lo que piensan y que hagan lo que dicen es el primer paso —mejor dicho, el único posible— para empezar a adecentar la política peruana.

San Isidro, septiembre de 2022

Ricardo Meinhold Gálvez nació en Lima en 1971. Es editor y escritor. Ha colaborado para revistas como SOHO Perú y URL, Una revista de libros. Ha sido editor de la revista Beppo de la Escuela de Edición de Lima. Es especialista en finanzas y considera la edición como una manera de influir, para bien, pero sobre todo para mal, en la sociedad.

Un último lector

Los libros son una extensión de nosotros mismos. Desde el momento que los adquirimos hasta que llegan a nuestros estantes, van escribiendo parte de la historia de nuestras vidas y nos acompañan en momentos clave. Sin embargo, ¿qué sucede cuando dejamos este mundo?, ¿quién los rescata del olvido?

Escribe: Ricardo Meinhold

Hasta donde recuerdo, la tarde dominical siempre me ha disgustado. Incluso ahora. Un malestar emocional —también físico— me sobrecoge. Cuando un domingo cualquiera aquella desazón viene acompañada de mal humor, sé que es hora de salir a caminar —no importa dónde me encuentre— en busca de la primera ayuda espiritual a mi alcance. Un sándwich kilométrico con mucha mayonesa, una coca cola bien helada —se me escapó la publicidad—, un caliente y aromático café pasado, o unos makis de lomo saltado. Sin embargo, por salud he debido resignarme solo a un sándwich de pollo libre de salsas, una infusión de muña o un queque de zanahoria. Nada desdeñables, por supuesto. Todas excusas, al fin y al cabo, para continuar en la búsqueda del verdadero antídoto: una librería.

La encontré rápidamente hace un par de domingos —justo después de una de las crisis que acabo de describir— en plena venta de saldos. Costumbre que muchas librerías peruanas practican para limpiar sus estantes de libros viejos, pero en buen estado. Ediciones fuera de catálogo, ejemplares sobrantes, promesas incumplidas, elecciones equivocadas y un largo etcétera. Como estábamos aún en pandemia, los libros se ofrecían en el corredor abierto, espacioso y seguro de un centro comercial. Me senté un instante. Fue educativo observar todo aquel movimiento, el bullicio en torno a los anaqueles al aire libre. No me refiero a la cantidad de gente que frecuentaba estas ventas a granel —insignificantes si las comparamos con los Black Friday norteamericanos—, sino a todos los ejemplares elegidos por aquellos improvisados lectores. Obras que a precios normales jamás hubieran comprado.

Hace algún tiempo, en una conferencia sobre libros usados, la discusión entre el público —también me incluyo— y los expositores se centró en aquellos cuyo origen se encontraba en las bibliotecas privadas de muchos intelectuales nacionales. Sus libros eran vendidos en el mercado informal por sus familias con total desconocimiento —más bien desinterés— de los organismos culturales del Estado o la universidad privada; a diferencia de países como Argentina o México —para no ir más al norte— que sí consideran importante conservarlos.

Es común encontrar en las redes sociales libros publicitados como propiedad de tal escritor o escritora que —por su fama y no por su obra— se ofrecen a precios excesivos para muchos o justificados para otros. Leo estos anuncios y confieso que muchas veces he cedido a la tentación de comprarlos. No por el renombre de sus antiguos dueños —cosa que no me interesa en absoluto—, sino porque generalmente son títulos cuya traducción, tema o autor son difícilmente hallables aún en el ciberespacio. No puedo dejar de pensar en la ilusión con la que esas personas fueron construyendo sus bibliotecas, historia tras historia, libro tras libro. Creando con ellos —muchos sin siquiera saberlo— su biografía paralela que, a la vez que los reflejaba, los expresaba. Seguros de que sus libros los sobrevivirían, sin adivinar que por razones nobles o innobles terminarían siendo separados, destruidos o vendidos. Como aquellos, los ejemplares seleccionados para estas ventas de garage deben salir rápidamente para hacer espacio a los títulos nuevos. Para estos libros, las ferias de descuentos son su última oportunidad antes de terminar en algún almacén, donación o reciclaje; pero nunca más a la mesa de novedades, o a los mostradores y vitrinas de una librería.   

En la conferencia que menciono, se discutieron las razones de aquel trágico peregrinaje del libro usado: falta de dinero de las instituciones culturales, poca investigación de las universidades, olvido de las autoridades, desconocimiento generalizado o simple indiferencia. Todas evidentes y que tristemente confirman por qué seguimos siendo aún parte del tercer mundo.

Sin embargo, tal vez no todo está perdido para ellos. Gracias a las redes sociales y ferias del libro —permanentes como la que funciona en el jirón Amazonas del Cercado de Lima, temporales como la del distrito de Lince, o de saldos como la que visité — aquellos libros podrán llegar a las manos de «un último lector» que volverá a ser el primero.

Yo encontré en buenas condiciones un breve ensayo de la editorial Siruela sobre la biblia hebrea, escrito por el gran crítico inglés George Steiner. Otro sobre Geronimo Stilton, el ratón editor creado por la escritora italiana Elisabetta Dani en editorial Destino. Y finalmente, una novela que siempre andaba persiguiendo: Viva del escritor francés Patrick Deville, editada por Anagrama. Donde la presentación de uno de los personajes prometía como en las mejores historias: «A punto de cumplir los treinta, parece que tiene veinte; es frágil y de baja estatura. Sandino lleva atuendo de mecánico, con la llave inglesa en el bolsillo; comprueba que no le están siguiendo, se aleja de los diques rumbo al barrio de las cantinas, donde tiene lugar la reunión clandestina».

Espero que los libros de mi biblioteca terminen en las manos de mis hijos. En cualquier caso, deseo que quién sea que los hojee alguna vez, pueda experimentar una emoción parecida.

San Isidro, agosto de 2022

Ricardo Meinhold Gálvez nació en Lima en 1971. Es editor y escritor. Ha colaborado para revistas como SOHO Perú y URL, Una revista de libros. Ha sido editor de la revista Beppo de la Escuela de Edición de Lima. Es especialista en finanzas y considera la edición como una manera de influir, para bien, pero sobre todo para mal, en la sociedad.

La Contracubierta

Para los amantes de los libros, asistir a una librería es sumergirse en un mundo paralelo. La emoción de revisar los estantes, hojear los ejemplares, y tener en sus manos el libro que tanto anhelan. El lector no solo se siente atraído por la portada, sino que también la contracubierta lo invita a ser partícipe de la realidad propuesta.  

Escribe: Ricardo Meinhold

Cuando el doctor me dijo que sería internado en la clínica y sin posibilidad de visitas —mientras la silla de ruedas se atascaba en el ascensor —me envolvió un sentimiento de completa soledad—. Similar a la que sentí cuando a los ocho años me perdí en el centro comercial —subiendo y bajando las novedosas escaleras eléctricas— por desobedecer a mi madre.

Luego, entre la incomodidad del catéter en mi brazo y el malestar producto de la unánime soledad —parafraseando a Borges— solo aquel libro que se asomaba desde mi vieja mochila, además de mi muda de ropa, pudo arrancarme de ella.

No hablo de su contenido, desde luego que su relectura completó mi regreso al mundo de la razón; sino de su cubierta, su color, su vitalidad y hasta diría su salud o la salud que mostraba, ciertamente mayor que la de este escribidor.

Era un ser vivo. Suerte de creación colectiva que, una vez arrojada al mundo real como cualquiera de nosotros, siguió su propio camino. Y por obra de la causalidad —y no de la casualidad— se encontró conmigo y, al hacerlo, ayudó a recuperarme.

De alguna forma, aquel libro, todos los libros en realidad, tienen esa facultad: darte lo que necesitas en el momento que lo necesitas. Consuelo, pero también dolor; alegría, pero también tristeza; conocimiento, pero también dudas; certezas, pero también incertidumbres.

Pero hay algo más que nos brindan, y que solo quienes amamos los libros lo sabemos. Como cuando entramos a una librería —si hay como fondo música instrumental mucho mejor— para hojear y olisquear los libros y nos llenamos de felicidad —y también de angustia por no poder comprar todos los que quisiéramos—. Cuando el bibliotecario nos alcanza el ejemplar solicitado luego de larga espera. Cuando preferimos imprimir y anillar —o encuadernar— aquel texto —negándonos a leerlo en nuestro celular, tableta o computadora —para iniciar ahora sí la ceremonia de su lectura. Cuando lo vemos en la casa de algún amigo y nos asalta el deseo de tomarlo prestado indefinidamente, pero no lo hacemos. O finalmente, cuando leemos una reseña en la contraportada que es a la vez una presentación, aunque ella sea subjetiva.  

El gran editor italiano Roberto Calasso la llamaba «carta a un desconocido». Dependerá pues de cada lector tomarla o no. En cualquier caso, está allí expresada una opinión, o tal vez debería decir una interpretación, y que habla tanto del libro como de quien lo reseña —en este caso el mismo Calasso—, esperando que sirva como guía, como ayuda. Esa fue la razón que me llevó a elegirla como nombre para nombrar esta columna. Después de todo, la contraportada por estar hecha de palabras es una interpretación de la realidad; no solo la realidad editorial, sino la realidad a secas.

Regreso a ella después de un no tan breve intermedio. Confieso que la escribo con dificultad —a mano, en mi computadora, ahora mismo desde mi celular— tratando de comentar algún suceso relacionado al mundo editorial, pero vinculado de algún modo con la actualidad. Suceso que, como escribió Mario Vargas Llosa refiriéndose a su columna «Piedra de Toque», «me entusiasme, irrite o preocupe, sometiéndolo a la criba de la razón y cotejándolo con mis convicciones, dudas y confusiones», escribiendo una columna «que me obliga a ver claro en la tumultuosa actualidad y que me gustaría ayudara a mis presuntos lectores a tomar posición sobre lo que ocurre a su alrededor».

Pero también las escribo con mucho placer, aspirando a encontrar un lenguaje que consiga que la historia que quiero contar se exprese a sí misma sin interferencias. Tal como lo consiguieron las columnas que frecuento —o releo— con más regularidad como «Sin licencia» de Federico Salazar, «Zona fantasma» de Javier Marías, «Patente de corso» de Arturo Pérez-Reverte, «Y otra cosa» de Paul Johnson, o «A mi manera» de George Orwell, el mejor ensayista británico del siglo XX, o la ya citada del gran novelista peruano; aunque también sé que es una aspiración difícil de conseguir. En cualquier caso, si logramos generar algún sentimiento, ya sea de empatía o molestia —como pasó conmigo leyendo a los columnistas citados—  sabremos que dimos en el blanco.

Me apresuro a terminar esta historia porque es tarde ya, y mi primer lector —un lector exigente pero también cómplice— está esperando: el editor.

Ingeniería, agosto 2022

Ricardo Meinhold Gálvez nació en Lima en 1971. Es editor y escritor. Ha colaborado para revistas como SOHO Perú y URL, Una revista de libros. Ha sido editor de la revista Beppo de la Escuela de Edición de Lima. Es especialista en finanzas y considera la edición como una manera de influir, para bien, pero sobre todo para mal, en la sociedad.