Un último regalo para Mario

Cerramos esta edición especial, en tributo y recuerdo de Mario Vargas Llosa, con comentarios de nuestros docentes y estudiantes sobre la obra y vida del premio nobel.

Cuánta razón tuvo mi asesor de tesis cuando me advirtió que por ningún motivo entrevistara al autor de los libros de mi investigación. Procuro huir de las despedidas, de las tristezas, me cuesta reconstruirme cada vez que me enfrento a una ausencia, por ese motivo siento que su esencia estuvo y estará, y no tendré que despedirme de usted. Si bien no nos proponemos aproximarnos a un análisis psicológico del autor a través de sus personajes, entendemos que en buena parte de ellos está él. Sin haberlo conocido, pero sí escuchado en varias conferencias, lo percibo en mis Rigoberto, Fonchito, hasta en Lucrecia, menciono a estos tres, porque últimamente me siguen muy de cerca.
Todo un universo en la cabeza. Decía de El Quijote y de Tirant lo Blanc que eran un claro ejemplo de la novela total, que sus escritores crearon un mundo, que era una obra completa. Yo creo que usted también lo fue. Al respecto, podríamos hablar largo y tendido, en algún momento será, allá donde no existen relojes, para que me cuente si su intención fue que viéramos lo que yo vi en el núcleo de la casa barranquina, no en la suya, claro, en la de Rigoberto. Lo encontraré, como siempre, en el placer de las letras. — Katherine Pajuelo Lara (traductora, correctora y docente)

Los intelectuales, los escritores, los artistas y todas aquellas personas que dejan un legado, tarde o temprano nos dejan. Y depende de cada uno de nosotros decidir si atesoramos o olvidamos ese legado. Mario Vargas Llosa, hasta el último minuto de su vida, nos dejó su invaluable contribución. Lo que logró es un motivo de orgullo para todos los peruanos y su legado perdurará más allá de su partida. —Dante Antonioli (editor)

No hay comentario, libro u homenaje que pueda contener lo que Mario representa para las letras peruanas. Su incansable labor literaria, ese vicio de escribir y sacrificio único hacia las letras, lo han convertido en un autor de lectura obligatoria. Es imposible en estos tiempos no conocer La ciudad y los perros, o por lo menos haber hojeado, sea por curiosidad o por deleite, Conversación en La Catedral. Los que hemos disfrutado de su literatura optamos por separar al Vargas Llosa político de su obra. ¿Discutible? Sí. De ahora en adelante, hablar de Varguitas será empuñar una espada, abrir una brecha, discutir como se hace únicamente sobre las leyendas. Se le va a extrañar mucho —Marco Fernández (editor adjunto del Centro de Desarrollo Editorial)

A mi modo de ver, Mario Vargas Llosa acaba de iniciar una nueva vida, una que durará muchísimo, y más que su existencia «natural» en la Tierra. Y es que vivirá en cada uno de nosotros, es evidente, y quienes nos sucedan también dirán lo mismo con igual validez, así hasta que los peruanos —o los latinoamericanos, o la humanidad entera— pierdan la memoria. Un escritor, académico y líder de opinión como Vargas Llosa ha forjado por sus propios méritos una poderosa influencia en la sociedad. Sus novelas forman parte del imaginario común del pueblo peruano, sus declaraciones son y serán escuchadas, debatidas y reinterpretadas eternamente. — César Osorio (bachiller en Literatura de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos)

Ahora me siento solo y con la tristeza de saber que no volveré a leer nada nuevo de su pluma. Quedan sus libros y su figura ejemplar tanto en sus aciertos como en sus equivocaciones. Pero voy a echar de menos sobre todo su sonrisa particular, aquella con la que remataba algún comentario que lo alegraba o irritaba. Ni mas ni menos que lo que sentía por mi padre o mi abuelo. Gracias, Mario. Te vamos a extrañar — Ricardo Meinhold (editor)

Preguntas a la deriva: Mario Vargas Llosa, ¿un genio trasnochado?

Defensores y detractores han abierto un intenso debate respecto a la figura literaria de Mario Vargas Llosa. Una de las interrogantes más saltantes es si en algún momento el autor se volvió prescindible. En el siguiente escrito, Juan Molina, crítico literario, ensaya una respuesta en medio de una de las discusiones más saltantes de la palestra literaria nacional.

Por Juan Molina Sócola

Me han pedido resumir lo que vendría a ser una revisión sobre la obra de Mario Vargas Llosa. El nobel falleció como debe hacerlo cualquier persona: en su cama, rodeado de sus seres queridos y… ¿en paz? Es que su partida deja muchas preguntas: ¿Tuvo algo más qué decir? ¿Por qué se trompeó con Gabo? ¿Quién mató al Esclavo? ¿En qué momento se jodió el Perú?

Tantas preguntas no me dejan admitir que se haya ido en paz. Posiblemente lo hizo soñando tranquilo, como quien siente que el cuerpo se le adormece por el cansancio o por una borrachera que se le quitará con unas horitas de sueño bien merecido. Pero un escritor, uno como él, seguramente quiso escribir algo más; y eso es algo que cualquier persona que ha dedicado su vida entera a las letras sabe muy bien. Una vez escritor, siempre escritor.

Pero hablar de la calidad de lo escrito es trigo de otro costal. Es imposible negar que, en las últimas tres décadas, el marqués no mostró la misma elocuencia ni ambición que en La casa verde o en Conversación en La Catedral. Y ni siquiera aquellos que proclaman que nos hemos quedado en la orfandad narrativa con su partida, o que a Latinoamérica solo le queda Laje como último intelectual, podrán decir que en sus textos de los últimos años está lo mejor que ha escrito Mario Vargas Llosa.

Quizás se me permita despotricar porque soy poco menos que un desconocido, o porque quienes lean estas líneas no sean más que unos cuantos ojos curiosos que se cruzaron accidentalmente conmigo y que no tendrá mayor repercusión. Pero eso no desmerece mi punto. Hablo con el corazón de un lector que derramó unas lágrimas al cerrar La ciudad y los perros, que se partió de risa con el humor de brocha gorda, como decía él, de Pantaleón y las visitadoras, y que sintió el deseo de ir a La casa verde, por lo menos treinta minutos. Y ni qué decir de sus obras cumbres como La fiesta del chivo, La guerra del fin del mundo o Lituma en los Andes; ya se encargarán de darle los merecidos laureles quienes tengan la autoridad de haberlos releído lo suficiente. Yo me conformaré con decirle a Marito que se equivocó.

Sí, se equivocó, como todo hombre, porque eso era él: un mortal más. Con la elocuencia que pulió durante toda su vida, y eso es lo que admiro de él; pero un mortal más. Porque Mario no fue un genio de las letras; a lo mejor tuvo talento innato y por eso se resistió a que su padre le cortara las alas al mandarlo a un colegio militar, así como Pichulita Cuéllar se resistió a ser castrado por la sociedad y hasta se presentaba orgulloso de ser un pichulita. Nuestro Mario cultivó ese talento, como cualquier campesino que va a su chacra y siembra, echa el guano, riega, saca la malahierba, y fumiga las plagas para ver como crece su papa, su camote, su choclo, para finalmente ponerlo en su plato y tragarse su sudor. Igual fue Mario con su pluma.

No le bastaba con vivir rodeado de libros y amarlos en el silencio perfecto de un lector. Necesitaba decir lo que pensaba de sus lecturas, de sus investigaciones, hablar de ellas y con ellas. Era un hombre de acciones. Y por eso nuestro Mario —arequipeño de sangre, aunque unos papeles digan que es un marqués español— nunca soltó la pluma. Pese a ello, como cualquier hombre, se equivocó. Porque lo que dijo en Cinco esquinas, no pasa de ser una lectura somnolienta, con un final sorprendentemente predecible. Mario relacionaba mucho el erotismo con el humor; por eso don Panta se tiró a Olga Arellano, ¿quién no se mataría de risa al ver que aquel saco largo tenía los pantalones suficientemente sueltos para comerse a La Brasileña? Y por eso el formalito de Luciano propone hacer una orgía con su esposa, su mejor amigo y la esposa de este al final de la novela.

Sí, nuestro nobel se volvió no solo predecible, sino aburrido y trasnochado. Decidió que su creación literaria debía ambientarse siempre en el pasado: en el periodo de dictaduras, de totalitarismos, de maltratos a la población, contra los que siempre luchó –no hay que negarlo—, y por el que parece que ocultaba muy en el fondo una necesidad existencial, ontológica. ¿Quizás por eso tituló a sus memorias como El pez en el agua? ¿Porque se sentía a gusto hablando literariamente de eso que tanto despreciaba?

Como dije, Mario siempre tuvo algo qué decir sobre sus lecturas, que es lo mismo que decir sobre su vida. Y su vida fue, como él admitió en diversas entrevistas y en Conversación en Princeton, «dos historias, muy distintas entre sí, [que] poco a poco se van acercando». De ahí podemos deducir esa superposición cuántica del Mario literato y el Mario no literato, porque queda corto e inexacto decir el «Mario político» o el «Mario de la vida real».  Mario es literato o no es Mario.

Para terminar literaria y paralelamente con su vida, creo que la mejor pregunta que puedo hacerme es: ¿En qué momento se jodió Mario Vargas Llosa?

Vivir para siempre: el legado de Mario Vargas Llosa

César Osorio, bachiller en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y corrector egresado del Centro de Desarrollo Editorial, analiza desde el sentimiento de un lector la partida de Mario Vargas Llosa, el vacío que deja y la brecha abierta entre sus defensores y detractores.

Así como a muchos, la noticia de su partida me tomó por sorpresa. Aquel suceso no dejó indiferente a nadie, ni siquiera a los lectores más férreos. Pero si una persona regular se apenaba por el deceso del único premio nobel peruano, parecido al sentir de un civil que despide a un héroe de la patria, la impresión que marcó tanto en mí como en mis colegas de carrera alcanzó una dimensión más profunda y desconsoladora. Fue como si despertáramos de un extraño letargo y al abrir los ojos no viéramos más a un referente de profesión, un ídolo para muchos, que con su sola figura sostenía buena parte del prestigio de nuestra literatura.

Tal vez la crisis social en la que estamos sumidos nos hizo olvidar que podríamos perderlo en cualquier momento; ya había llegado a una edad prolongada y hasta él mismo daba señales, con su última novela, de que no le quedaba mucho tiempo. De cualquier forma, ahora no está más. No cabe duda de que dejó un vacío irremplazable. Lo sabemos y solo queda aceptarlo.

A mi modo de ver, Mario Vargas Llosa acaba de iniciar una nueva vida, una que durará muchísimo, y más que su existencia «natural» en la Tierra. Y es que vivirá en cada uno de nosotros, es evidente, y quienes nos sucedan también dirán lo mismo con igual validez, así hasta que los peruanos —o los latinoamericanos, o la humanidad entera— pierdan la memoria. Un escritor, académico y líder de opinión como Vargas Llosa ha forjado por sus propios méritos una poderosa influencia en la sociedad. Sus novelas forman parte del imaginario común del pueblo peruano, sus declaraciones son y serán escuchadas, debatidas y reinterpretadas eternamente. Su nombre se ha convertido en el de un intelectual ilustre por antonomasia —y esto lo digo con el perdón del antifujimorismo, aunque ellos saben que no miento—. Vargas Llosa, similar a César Vallejo, José María Arguedas o Ricardo Palma, se ha ganado con justicia la vida eterna a través de su legado.

Vivir así es un privilegio al que muy pocos pueden aspirar. No solo en la literatura, sino en todo lo que respecta a las actividades humanas. Lo más probable es que casi ninguno de nosotros pueda acceder a algo remotamente parecido. Lo más seguro es que nos extingamos de la memoria colectiva cuando ya ni nuestros tataranietos recuerden quiénes fuimos o qué hacíamos, y esto siendo positivos.

Las masas se renuevan, pero los rostros individuales están destinados a perderse entre la multitud. Por el contrario, la obra de Vargas Llosa hará que su faz se reproduzca por diferentes medios, de manera que nuestros tataranietos sepan mejor cómo se veía él que cómo nosotros lucíamos. Al fin y al cabo, se vive cuando se es recordado. Vargas Llosa será recordado en todas sus facetas, en sus éxitos, fracasos, hitos y contradicciones. Incluso los que lo han rechazado por las infortunadas decisiones políticas que Vargas Llosa abanderó, tendrán que mencionarlo y tenerlo en cuenta al reconstruir los relatos de la literatura peruana y latinoamericana.

Por ese motivo, a pesar de la tristeza que me genera su muerte, me tranquiliza saber que ahora se halla en un lugar mejor: el olimpo de los humanos notables. Mis maestros seguramente han arribado a esa conclusión mucho antes que yo. Varios de ellos, apasionados de la frondosa e implacable narrativa «vargaslloseana» nos hablaban con entusiasmo de cada detalle de sus novelas, sus temas, su estructura interna, sus referencias e intertextualidades.

Y no solo constaban las pláticas del universo ficcional, sino que se extendían hasta la otra complejidad de su contexto social, sus batallas políticas, su trayectoria ideológica. Uno de mis maestros, muy querido y respetado por todos en la facultad, nos comentaba que tener a Vargas Llosa de referente literario ya por sí solo eleva el nivel creativo de uno, pues inspira a emular cierto grado de la magnitud que logró plasmar en sus novelas. Como estar a hombros de un gigante. Un gigante de la San Marcos, por cierto. Me parece hasta alucinante que haya podido estudiar en la misma alma mater que él. ¿Quizá nos ha heredado a los sanmarquinos un pequeño destello de su grandeza…? Ojalá.

Sea como sea, gigantes como Vargas Llosa nunca mueren. Mi eterna gratitud hacia un gran hombre que supo elevar el nombre de las letras peruanas hasta los cielos universales. Cuando llegue mi hora, podré afirmar con calma que, al menos, viví en su misma época.

Mario Vargas Llosa: enfermedad, literatura y eternidad

Muchas serán las anécdotas, acaso incontables los homenajes que se le rendirán a uno de los escritores más queridos de la literatura peruana y latinoamericana. Evocar el recuerdo de Vargas Llosa es abrir una polémica interminable, sin embargo, es necesario hablar de un hombre que vivió únicamente para escribir.

Por Marco Fernández

Ningún artículo, ensayo o libro que se publique en adelante podrá abarcar la totalidad de la vida de Vargas Llosa, menos aún su obra. Valen los intentos y con ello deberemos conformarnos.

El escritor argentino Rodolfo Fogwill, en su magnífico cuento «Otra muerte del arte», menciona lo siguiente: «En fin: nada peor que estar enfermo de literatura. Corrijo: nada peor, para la literatura, que estar enfermo de literatura (…) Pero vivir de la literatura, o vivir en estado de literatura, no son enfermedades: son errores». Basta con imaginar al pequeño Mario escribiendo o leyendo para tener una figura precisa de esa enfermedad. Pero a diferencia del sarcasmo y evidente pesimismo «Fogwillesco», en Vargas Llosa es todo lo contrario. La gula literaria y el desenfreno por la escritura no fue más que el manifiesto de una entrega total al solitario oficio de escritor.

Fue precisamente en los años de su estadía en Cochabamba donde aprendería a leer y escribir, memorizando versos de Darío que su abuelo, aficionado a la poesía, le enseñaba. Pero este solo fue el principio de la enfermedad. A los catorce años, fue enviado por su padre al Colegio Militar Leoncio Prado del Callao, en el que recibiría una estricta formación entre los años 1950 y 1951. Pese a lo que se podría pensar respecto a una experiencia como esta —cualquiera habría sucumbido ante tal hecho— Vargas Llosa reconoció que fue la época en que más leyó y escribió, siendo sus autores de cabecera Víctor Hugo y Alejandro Dumas.

La literatura como refugio sería el punto exacto para definir esta etapa de la vida del joven Mario. Evidentemente, no enfermó como cualquier aspirante a escritor que vive de los sueños y las ansias de gloria. La consolidación de su vocación como escritor llegó precisamente en medio de las barracas del colegio, con las ficciones como su única salida de la realidad—quizás pensamos en Roberto Bolaño y la literatura como su tabla de salvación ante la enfermedad, o en el cubano Reinaldo Arenas, para quien la literatura se convirtió en su único fusil para enfrentar a un régimen dictatorial—. Tal vez por ello Vargas Llosa sentía esa inclinación total por la ficción; basta recordar una de sus más conocidas frases: «Escribir novelas es un acto de rebelión contra la realidad».

No debería extrañarnos entonces que La ciudad y los perros (1963) represente la vía de escape a la que nos referimos. Podríamos imaginarla como acaso la más sutil de las venganzas, aquella que solo se consigue con mentiras. Y, Vargas Llosa fue el más querido de cuanto mentiroso haya transitado por los caminos de la literatura. Nos hizo creer en las visiones del Poeta Alberto Fernández, en los monólogos de el Esclavo Ricardo Arana, en las correrías del Jaguar, en las órdenes imperantes del teniente Gamboa.

Si volvemos a Fogwill y a la «enfermedad», entonces podríamos colocar a Vargas Llosa como un mitómano predestinado. Cualquiera que haya disfrutado sus historias deberá aceptar que fue timado de la manera más pícara: aquella que surge de un relato bien contado.

Cómo olvidar la historia de don Anselmo o aquel grupo de mediocres y picadores llamados Los inconquistables —a la que pertenecía el Sargento Lituma— en La casa verde; cómo olvidar esa pregunta de Santiago Zavala en Conversación en la Catedral qué hoy cobra más relevancia que nunca: «¿cuándo se jodió el Perú?»; ¿es posible no conmoverse con la integridad de Pantaleón Pantoja o sucumbir ante los encantos de la Brasileña?; seguramente más de uno recordará las prédicas de Antônio Conselheiro o el triste final de el Beatito tras la derrota de los yagunzos en La guerra del fin del mundo; nadie podrá negar el manejo excepcional del erotismo en Elogio a la madrastra, a través de la historia de Rigoberto y Lucrecia. De esta manera, podríamos llenar decenas de páginas —libros, ¿por qué no?— con los protagonistas de esas mentiras a las que solemos llamar cariñosamente cuentos o novelas.

La obra de Mario Vargas Llosa no solo representa un legado de valor incalculable en la literatura peruana, sino que además, y mucho antes de su desaparición, fue uno los faros de las letras latinoamericanas. Último sobreviviente de aquel cuarteto que llevó el boom hacia la cumbre, podemos decir, tal vez con algo de nostalgia, que en ese sentido nos hemos quedado solos. La estructuración de sus historias, la administración de los recursos narrativos, las temáticas que desplegaban sus relatos y el vicio de escribir no son más que algunas características de su escritura, una que probablemente será replicada, pero jamás igualada.

No debemos olvidar también el constante tributo que realizaba Vargas Llosa hacia sus autores favoritos. Ahí tenemos La verdad de las mentiras; El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti; García Márquez. Historia de un deicidio; Cartas a un joven novelista; Medio siglo con Borges; La mirada quieta (de Pérez Galdós), entre otros ensayos que confirman a su autor como un hombre enfermo de literatura, esclavo de su escritura y merecedor de la eternidad.

Y esto tuvo su recompensa en el 2010, cuando recibió el Premio Nobel de Literatura, para disgusto de muchos y congratulación de otros. Lo cierto es que, como dijo el narrador Antonio Gálvez Ronceros en una entrevista, el buen Mario «se lo buscó». Esa tal vez es la clave de la eternidad de Vargas Llosa. Vivir para escribir, para ser feliz, para ganar un Nobel, para vivir en una realidad alterna en la que solo es posible existir si se toma por vocación a la escritura.

Adiós, Mario. Hasta que nos volvamos a ver. O, mejor dicho, hasta que volvamos a leerte, pues para cualquier lector que se precie de serlo, la lectura es la resurrección constante de un autor. Así que será mejor decirte solo hasta luego. Al rato nos vemos.

Alfredo González Prada: el custodio del Apóstol de la muerte

Según el crítico literario Luis Alberto Sánchez, fue un escritor «escritor conciso, refinado y culto», sin que ello le haya hecho justicia a su obra. En esta nota, conoceremos un poco más acerca de la labor Alfredo González Prada, como autor y editor, a quien debemos el cuidado y divulgación de la obra de su padre, Manuel González Prada.

La obra de Alfredo González Prada inició entre los intrincados senderos de la poesía. De hecho, sus inicios se gestaron en el legendario grupo Colónida, liderado por Abraham Valdelomar. Sin embargo, pronto forjó una carrera diplomática que lo llevaría a radicar fuera del Perú durante muchos años. Sin embargo, esto no truncó su vínculo con las letras, pues ejerció como compilador y editor de muchas de las obras de su padre, el llamado Apóstol de la muerte Manuel González Prada.

En paralelo, también tuvo un breve paso por la prensa peruana, como redactor del diario La Prensa. En tanto, mientras fungía como miembro activo de Colónida realizó una contribución a la antología poética Las voces múltiples (1916). En tanto, se dice que abandonó la carrera diplomática debido a que tras el ascenso al poder de Luis Miguel Sánchez Cerro el 8 de diciembre de 1931, Luis Miró Quesada de la Guerra, codirector del diario El Comercio, fue nombrado canciller; por tanto, González Prada decidió no trabajar al lado de quien fue enemigo de su padre durante muchos años.

Tras ello y la muerte de Felipe, su único hijo, en 1933, Alfredo se dedicaría a recorrer Europa, parte de Sudamérica y Estados Unidos, a la vez que se encargaba del manejo de distintos emprendimientos editoriales. Por ejemplo, fue el encargado de publicar Elegías de la cabeza loca (1937), del poeta Alberto Ureta, al igual que Pensamientos, de Fernando Tola. Su proyecto más ambicioso fue la recopilación y edición de nueve volúmenes de la prolífica obra de su padre, las cuales fueron publicadas en una exquisita edición. Dicha tarea no fue fácil, ya que González Prada dejó una vasta obra dispersa en manuscritos muchas veces indescifrables y algunos de ellos perdidos. La titánica labor fue continuada por Luis Alberto Sánchez.

Su cercanía con el círculo literario lo llevó a cooperar con el poeta César Vallejo —y a escribir un estudio sobre su obra—, así como también con José Carlos Mariátegui, entre otros intelectuales de la época. Alfredo González Prada falleció el 27 de junio de 1943, tras lanzarse del piso 22 del edificio Hampshire House de Nueva York, frente al Central Park.

Los libros más comentados del 2023 en Perú

A pocos días de terminar el año, te presentamos los libros y autores peruanos más comentados durante el 2023.

Los genios — Jaime Bayly

La literatura hace todo posible, Bayly bien lo sabe. De este modo, mediante una exquisita técnica narrativa y licencias propias de la ficción, el autor explora el declive de la amistad entre Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez, hecho que fue sellado con un certero golpe contra el escritor colombiano, «por lo que le hizo a Patricia». Precisamente, Bayly trata de imaginar el hecho a través de una historia trepidante que recoge no solos los egos, temperamentos y personalidades de ambos autores, sino también esa parte que todos quisiéramos creer: que ambos genios eran inseparables. La crítica y los medios especializados consideran que esta novela es uno de los proyectos literarios más ambiciosos del autor.

Le dedico mi silencio – Mario Vargas Llosa

Cuando Vargas Llosa anunció que esta sería su última novela, las rotativas se paralizaron. Y es que, tras varias décadas, el premio nobel ha decidido poner punto final a la ficción, para enfocarse en otras direcciones de su carrera literaria. Esta es la historia de Toño Azpilcueta, un hombre que sueña con utilizar a la música criolla como factor unificador de un país fracturado. El día en que Toño escucha el lamento de la guitarra de Lalo Molfino, confirma su pasión por la música peruana y se anima a averiguar más sobre este enigmático músico, quien podría ser la clave para solucionar los problemas de la identidad que los peruanos parecen haber perdido.

Cien cuyes — Gustavo Rodríguez

Esta novela ganó el Premio Alfaguara de novela 2023. A modo de tragicomedia, la historia recorre la vida de Eufrasia Vela, quien atravesará por un conflicto existencial a raíz de su trabajo como cuidadora de ancianos. Temas como la eutanasia, el amor filial, la vejez y la soledad de esta etapa de la vida, según la crítica, revelan la defensa del amor extremo por parte del autor, quien imprime ternura y calidez a sus personajes, quienes parecen compadecerse unos de otros. La figura de los cuyes como conejillos de indias, simbolizan a la moral, la cual es puesta en debate en esta novela.

El camarada Jorge y el dragón — Rafael Dumett

Obras como El espía del Inca (2021) colocaron a Dumett bajo los reflectores de la crítica. Con esta nueva novela, se perfila como una de las voces más destacadas de la literatura peruana contemporánea. Eudocio Ravines es un conspirador incómodo para los gobiernos, ya que se le acusa de haber fraguado tres golpes de estado en Perú. Por ello fue deportado cinco veces de la patria y, tras mantener una relación estrecha con Víctor Raúl Haya de la Torre y José Carlos Mariátegui, se convierte en agente propagandístico de la CIA. La novela narra los años de aprendizaje de Eudocio en Cajamarca, los cuales cimientan parte de la historia peruana del siglo pasado.

El mundo que vimos arder — Renato Cisneros

Un periodista peruano regresa a España, dispuesto a superar las consecuencias de su reciente divorcio. Décadas atrás, Matías Giurato Roeder atravesó por el mismo problema, con la diferencia de que viajó a Estados Unidos donde se topó con las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, la migración, entre otros hechos históricos. En una especie de línea frontal, ambas historias se complementan mediante la aventura épica y la experiencia del hombre de a pie, primando temas como el amor, la política y la guerra, en un mundo en el que Cisneros consigue que el lector tenga la sensación de estar ante un estallido inminente.

Bonus: Francisca, Princesa del Perú — Alonso Cueto

La prosa exquisita de Cueto regresa con una apasionada novela histórica que narra la vida de Francisca Pizarro Huaylas Yupanqui, descendiente de los incas e hija del conquistador Francisco Pizarro. Un relato cargado de devoción por el pasado, pasión, nobleza e intrigas políticas, en un naciente virreinato peruano que deja entrever las grietas que marcarían el futuro de una nación en constante conflicto.

José María Arguedas: una carta de despedida

La mañana del 2 de diciembre de 1969 fallece uno de los máximos exponentes de la literatura peruana, tras haber atentado contra su vida cuatro días antes. A 54 años de su muerte, aquí te dejamos la carta con la que Arguedas se despide de su círculo más cercano.

Señor rector de la Universidad Agraria y jóvenes estudiantes: 

Les dejo un sobre que contiene documentos que explican las causas de la decisión que he tomado: 

Profesores y estudiantes tenemos un vínculo común que no puede ser invalidado por negación unilateral de ninguno de nosotros. Este vínculo existe, incluso cuando se le niega: somos miembros de una corporación creada para la enseñanza superior y la investigación.  Yo invoco ese vínculo o lo tomo en cuenta para hacer aquí algo considerado como atroz: el suicidio. Alumnos y profesores guardan conmigo un vínculo de tipo intelectual que se supone y se concibe debe ser generoso y no entrañable. De ese modo recibirán mi cuerpo como si él hubiera caído en un campo amigo, que le pertenece, y sabrán soportar sin agudezas de sentimiento con indulgencia este hecho. 

Me acogerán en la casa nuestra, atenderán mi cuerpo y lo acompañarán hasta el sitio en que deba quedar definitivamente. Este acto considerado  atroz yo no lo puedo ni debo hacer en mi casa particular. Mi casa de todas mis edades es ésta: la universidad. Todo cuanto he hecho mientras tuve energías pertenece al campo ilimitado de la universidad y, sobre todo, al desinterés, la devoción por el Perú y el ser humano que me impulsaron a trabajar. Nombro por única vez este argumento. 

Lo hago para que me dispensen y me acompañen sin congoja ninguna sino con la mayor fe posible en nuestro país y su gente, en la universidad que estoy seguro anima nuestras pasiones, pero sobre todo nuestra decisión de  trabajar por la liberación de las limitaciones artificiales que impiden aún el libre vuelo de la capacidad humana, especialmente en el hombre peruano. 

Creo haber cumplido mis obligaciones con cierto sentido d e responsabilidad, ya como empleado, como funcionario, docente y como escritor. Me retiro ahora porque siento, he comprobado, que ya no tengo energía e iluminación para seguir trabajando, es decir, para justificar la vida. Con el acrecentamiento de la edad y el prestigio, las responsabilidades, la importancia de estas responsabilidades crece y si el fuego del ánimo no se mantiene y la lucidez empieza, por el contrario, a debilitarse. 

Creo personalmente que no hay otro camino que elegir, honestamente, que el retiro. Y muchos, ojalá todos los colegas y alumnos, justifiquen y comprendan que para algunos el retiro a la casa es peor que la muerte. He dedicado este mes de noviembre a calcular mis fuerzas para descubrir si las dos últimas tareas que comprometían mi vida podían ser realizadas, dado el agotamiento que padezco desde hace algunos años.  

No. No tengo fuerzas para dirigir la recopilación de la literatura oral quechua ni menos para emprenderla, pero con el Dr. Valle Riestra, director de la investigación, se convino en que esa tarea la podía realizar conforme al plan que he presentado. 

Vaya escribir a la editorial Einaudi de Turín que aceptó mi propuesta de editar un volumen de 600 páginas de mitos y narraciones quechuas. Nuestra universidad puede emprender y cumplir esta urgente y casi agónica tarea. Lo puede hacer si contrata, primero, con mi sueldo que ha de quedar disponible y está en el presupuesto, a Alejandro Ortíz Recamere, mi exdiscípulo y alumno distinguido de Levi-Stráuss durante cuatro años y lo nombra después.  

Él se ha preparado lo más seriamente que es posible para este trabajo y puede formar, con el Dr. Alfredo Torero, un equipo del más alto nivel. Creo que la editorial Einaudi aceptará mi sustitución por este equipo que representaría a la universidad. En cuanto a lo demás está expuesto en mi carta a Lazada y en el último diario de mi casi inconclusa novela El zorro de arriba y el zorro de abajo, documentos que acompaño a este manuscrito. 

Declaro hacer sido tratado con generosidad en la Universidad Agraria y lamento que haya sido la institución a la que más limitadamente he servido por ajenas circunstancias. Aquí, en la Agraria fui miembro de un Consejo de Facultad y pude comprobar cuán fecunda y necesaria es la intervención de los alumnos en el gobierno de la universidad.  

Fui testigo de cómo delegados estudiantes fanatizados y algo brutales fueron siendo ganados por el sentido común y el espíritu universitario cuando los profesores en lugar de reaccionar sólo con la indignación lo hacían con la mayor serenidad, energía e inteligencia.  

Yo no tengo ya, desventuradamente, experiencia personal sobre lo ocurrido durante los trece meses últimos Que he estado ausente, pero creo que acaso los cambios hayan sido tan radicales. Espero, creo, que la universidad no será destruida jamás; que de la actual crisis se alzará más perfeccionada y con mayor lucidez y energía hasta cumplir su misión. 

Las crisis se resuelven mejorando la salud de los vivientes y nunca antes la Universidad he representado más ni tan profundamente la vida del Perú. Un pueblo no es mortal y el Perú es un cuerpo cargado de poderosa, sabia y ardiente vida, impaciente por realizarse; la universidad debe orientarla con lucidez, «sin rabia», como habría dicho Inkari, y los estudiantes están atacados de rabia en ninguna parte, sino de generosidad impaciente, y los maestro verdaderos obran con generosidad sabia y paciente. ¡La rabia no! Dispensadme estas póstumas reflexiones.  

He vivido atento a los latidos de nuestro país. Dispensadme que haya elegido esta casa para pasar, algo desagradablemente, a la cesantía. Si es posible, acompañadme en armonía de fuerzas que, por muy contrarias que sean, en la universidad y acaso sólo en ella, puedan alimentar el conocimiento. 

La Molina, 27 de noviembre de 1969

Martín Adán: 115 años de cartón

Un día como hoy, en 1908, nació Ramón Rafael de la Fuente Benavides, conocido por su seudónimo de Martín Adán. A 115 años de su natalicio, les presentamos un breve repaso de su vida y obra.

Se dice que el mítico poeta estadounidense Allen Ginsberg tenía una fuerte admiración por la obra de Martín Adán. Por ello, al ser invitado al Perú por Sebastián Salazar Bondy, se encontró con Adán en Lima en mayo de 1960. En 1963, tras la publicación del poemario Reality Sandwiches, destacó uno de los poemas mas celebrados de Ginsberg: To an Old Poet in Peru (A un viejo poeta en Perú), dedicado enteramente a la reunión que sostuvo con el poeta nacional.

Y es que Martín Adán es considerado como uno de los máximos representantes de la literatura vanguardista de Latinoamérica. Desde muy joven frecuentó los círculos literarios de la época. Mucho antes de terminar el colegio, asistía asiduamente a la casa de su amigo José María Egurén —de quien recibió una fuerte influencia poética—, donde se juntaban autores de la talla de Percy Gibson, Mariano Brull, entre otros.

Tras terminar sus estudios escolares, Adán se dedicó a colaborar con diversas revistas. Una de ellas fue Amauta, de José Carlos Mariátegui. Según corrobora el mismo Estuardo Núñez, fue el amauta quien lo animó a adoptar el seudónimo de Martín Adán, como un símbolo de reconciliación entre la teoría darwiniana de la evolución y el creacionismo religioso. Sin embargo, Adán refirió que el seudónimo data de las tertulias literarias en casa de Eguren.

En fino cartón

La casa de cartón, su obra más celebrada, fue auspiciada por Mariátegui, quien quedó impresionado por la calidad literaria de Martín Adán. Por otro lado, la edición del libro estuvo a cargo de Luis Alberto Sánchez. El libro salió publicado en julio de 1928, con un tiraje de 300 ejemplares. Cabe mencionar que la primera edición no fue puesta a la venta, pero fue tal su difusión que los círculos literarios posaron su atención en los trabajos de Adán. En 1958 salió una segunda edición del libro, la cual si fue comercializada.

El autor consideraba que dicha obra no era novela, tal como se le conoce hoy en día, sino fragmentos sueltos que retrataban el balneario de Barranco, donde pasó su infancia. No hay argumento definido, a lo largo de los 39 pasajes que componen un retrato de la infancia y adolescencia del autor.

Excesos, últimos trabajos y fallecimiento

A partir de 1935, la vida de Martín Adán transcurriría entre hospitales y sanatorios, a los que ingresaba de forma voluntaria debido a su alcoholismo. Desde el internamiento escribía poemas de corte existencial, que evidenciaba una búsqueda perpetua de identidad. Entre dichos vaivenes, en 1950 publica el poemario Travesías de extramares, auspiciado por el Ministerio de Cultura

Luego de dicha publicación, Martín Adán entraría en silencio literario por cerca de una década. En 1961, publica Escrito a ciegas, así como otros poemarios: La mano desasida y Canto a Machu Picchu (1964) y La piedra absoluta (1966).

En 1963 se interna en una clínica psiquiátrica de forma permanente, de la cual saldría veinte años después. En 1985 fallece en el hospital Arzobispo Loayza, tras un shock posoperatorio.

Día de la fundación de Arequipa: cinco autores célebres de la Ciudad Blanca

Arequipa está de fiesta. Hoy se cumplen 483 años de la fundación de una de las ciudades más importantes del Perú y cuna de grandes escritores del canon literario nacional. En la siguiente nota, te presentamos a algunos de los autores arequipeños más destacados.

Mario Vargas Llosa

Considerado uno de los novelistas y ensayistas más relevantes de la literatura contemporánea peruana, es orgullo de su ciudad natal por sus logros literarios, especialmente por la obtención del Premio Nobel de Literatura en el 2010. En distintas ocasiones ha manifestado su cariño por Arequipa, pese a que permaneció allí hasta antes de cumplir dos años. Asimismo, en el 2017 donó cerca de cinco mil libros a la biblioteca de la ciudad, la cual lleva su nombre.

Oswaldo Reynoso

Profesor, escritor y miembro de la llamada «Generación del 50». Es autor de obras entrañables como Los inocentes, En octubre no hay milagros, entre otras. A diferencia de Vargas Llosa, Reynoso pasó su niñez y adolescencia en Arequipa, para luego abandonarla en 1950. En el 2015, el autor regresó a su tierra y recorrió los lugares que marcaron los principales pasajes de su vida. En su obra Arequipa, lámpara incandescente (2014) a modo de un intercambio epistolar con un joven aspirante a escritor, Reynoso habla sobre el origen de sus obras y coloca a la Ciudad Blanca como inspiración de sus principales creaciones.

Teresa Ruiz Rosas

Escritora, traductora literaria y docente arequipeña. Es hija del poeta José Ruiz Rosas y autora de obras como la colección de cuentos El desván (1989) y la novela El copista (1994), la cual fue finalista del Premio Herralde. En el 2020, su novela Estación delirio fue galardonada con el Premio Nacional de Literatura.

Gamaliel Churata

Fue un novelista, escritor periodista y filósofo arequipeño. Se le considera como el exponente máximo del vanguardismo y el indigenismo extendido en América Latina. Su obra, además, es calificada como una de las complejas de la cultura occidental. Su trabajo cumbre es El pez de oro (1957) la cual fue publicada en el 2012 pese a haber sido escrito muchos años antes. Es una mezcla de hayllis, harawis, poemas y fragmentos narrativos, con la que Churata intenta recrear las leyendas y mitologías de la región del Collao. Actualmente, esta obra viene siendo estudiada, puesto que resulta casi imposible de clasificar.

Mariano Melgar

Poeta y revolucionario independentista peruano. Es conocido por haber popularizado los yaravíes, cantos sentimentales de origen popular. El tema central de su obra es el amor por Silvia, la cual se convierte en dolor y despecho. La crítica coloca a Melgar como precursor del romanticismo en América. En Arequipa se le recuerda como un poeta enamorado, pero también como uno de los forjadores de la independencia del Perú.

Jorge Eslava: «Casi todo escritor padece en la escritura. La escritura es un trance, un proceso de reflexión y de desvelo»

El reconocido escritor y educador Jorge Eslava derriba ciertos mitos en torno a la lectura, la literatura y el quehacer del escritor, en una entrevista en la que reconfirma su posición como uno de los más importantes escritores del canon literario peruano.

Una vez oí decir que una persona rechaza la lectura porque en algún momento de su vida se topó con el libro equivocado. ¿Podría decirse que el problema radica que no leemos porque no hemos comprendido lo que significa esta actividad?

Pienso que el primer problema que enfrentamos, respecto a la comprensión de lectura, es el poco acceso al libro. Ahora, ojalá nos topáramos con un libro incómodo o difícil de leer, porque supondría un desafío. En el país, el libro es casi un objeto desconocido. No digamos que no existen bibliotecas públicas, porque eso está fuera de discusión, sino que no existen bibliotecas en los hogares. Muchos de nuestros maestros no tienen una biblioteca en casa. Entonces, considero que el primer problema es la falta de acceso al libro y los otros problemas pueden ser los que tú señalas. El profesor de colegio nos recomienda un libro con poco olfato, con poco tino, un libro que no nos atrapa. Por tanto, nuestra primera experiencia de lectura puede ser infeliz. Si tenemos buenos padres y maestros que sí aciertan con los libros, probablemente se produzca un flechazo y nos enamoremos de la lectura para siempre.

La admiración por la lectura muchas veces se queda en lo abstracto y de hecho existen muchos sermones en torno a ella. En tu opinión, ¿estamos frente a un quehacer de disfrute absoluto y de pasión desmedida?

De todas maneras, es un sentimiento desmedido. El ícono de la lectura es el Quijote, porque está enfermo de literatura. El Quijote enloquece por la lectura. Es curioso que el libro por excelencia más importante de la literatura en lengua castellana sea el Quijote, pues pierde la razón. Es cierto que hay una prédica que subjetiva o idealiza la lectura. Nos hacen creer que la lectura siempre es fácil y agradable, pero a veces no es así. A veces la literatura supone un gran reto. Una novela, una pieza de teatro o un poema podría hacernos sufrir. Pero lo más importante de la literatura está por encima por el sufrimiento o el placer: está en la posibilidad que, gracias a ella, podemos comprender mejor la vida, conocerme mejor y a mis semejantes. Ese es el principal don de la literatura.

Acabas de mencionar algo muy interesante: lo más importante de la literatura está por encima del placer y el sufrimiento. Y aquí pasamos al plano del escritor, ese ser que muchas veces se presenta de forma doliente, aunque hay ciertos resquicios de placer. ¿Consideras que esta imagen del escritor sufriente debe ser erradicada o realmente se padece una especie de dolor durante el proceso creativo?

Casi todo escritor padece en la escritura. La escritura es un trance, un proceso de reflexión y de desvelo, la oportunidad de sacar afuera tu vida íntima. Eso no siempre es grato. Lo grato llega cuando hemos terminado de escribir o cuando la obra que nos costó tanto trabajo y dolor, finalmente, se encuentra en letras de molde, publicada y convertida en un objeto que es el libro. Seguramente, ese es un momento inconmensurable de felicidad, pero durante el proceso tenemos casi todos la imagen, que puede ser representada por Vallejo, de un escritor que sufre en la escritura. Ahora, hay quienes sufren más que otros; cuando uno se acerca a los diarios personales, a las memorias, incluso al género de la entrevista, y te asomas al trabajo creativo del escritor, por lo general, encuentras un proceso difícil, duro, esquivo, en el que se tuvo que superar problemas de carácter doméstico, contingencias, postergaciones, bloqueos. Eso no es grato para nadie.

En ese sentido, por ejemplo, esto es lo que siempre uno se pregunta, pero llevémoslo por otro lado. El escritor que nace o se hace, o también el escritor que nace siendo un lector compulsivo. ¿Crees que es una consecuencia o realmente es algo más mecánico ser escritor?

Debo hablar a nombre propio, aunque generalice al decir que todo escritor, como diría Enrique Vila-Matas, está podrido de literatura. Uno se convierte en un lector completamente desbocado, quieres leerlo todo, porque adviertes que la lectura es un canal de conocimiento riquísimo. Creo que todo escritor es un gran lector y es ahí cuando aparece esa dicotomía de «se hace o nace». Por lo general, descubrimos que hay una ruptura en la vida. Vargas Llosa, haciendo un poco de análisis, dice que al final de la infancia se produce un quiebre con el mundo ideal que tenemos, y luego hay una necesidad de reponer ese mundo a través de la escritura. De ahí surge la imagen del deicida. El escritor asesina a Dios para ocupar su trono y sustituirlo en el trabajo creativo. Todo escritor es consciente de que está creando una nueva realidad con sus propias coordenadas, sus propios códigos, sus propios personajes. Pero todo eso ha sido alimentado por la vida del escritor, tanto lo vivencial como lo conjetural, lo soñado, lo imaginado, lo que alguien le contó.

Ahí estamos lindando ya con el trabajo creativo del escritor. Recuerdo que Javier Marías decía que cuando terminaba de escribir una novela no sabía si escribiría otra al año siguiente. Es decir, el escritor deja muchas veces la piel en su obra. En tu experiencia, en torno a los cuentos y novelas que has creado, ¿es así? ¿Un escritor queda realmente dolido después de una batalla tan ardua como es la confección de una novela?

Mañana en la batalla piensa en mí, reza un título de Javier Marías. Has hablado de Javier Marías y es un buen ejemplo, porque empieza escribiendo, según él, irresponsablemente a los diecisiete o dieciocho años y publica su primera novela a los diecinueve. Pero, al cabo de los años, en ediciones posteriores él reconoce el arduo trabajo que le costó esa primera obra (Los dominios del lobo). No dejó de escribir y no solo terminaba una novela pensando si escribiría otra, sino que durante el proceso de escritura tampoco sabía si esa que estaba escribiendo la iba a terminar. Para Marías el trabajo creativo era de una incertidumbre absoluta. Es un escritor que ha sido, de algún modo, desdeñoso con su propia obra. En mi caso, cuando comencé a hacer literatura infantil, tenía casi como precepto indispensable mantener el sentido del humor, cierta ligereza y confeccionar una novela chispeante, para niños. Pero con el transcurrir del tiempo he ido densificando un poco más mi literatura infantil, preocupándome más por los problemas sociales y políticos que atravesamos, y que también tocan a la infancia o a la adolescencia. Aunque no lo quieran, un niño o un adolescente está expuesto permanentemente a las noticias que suceden en el país. Por ello, me pareció necesario cambiar mi línea de mira y empezar a observar más lo que ocurre en la sociedad peruana, que afecta a ese sector tan vulnerable como la infancia y la adolescencia. Algunos de mis trabajos han supuesto investigaciones muy rigurosas, incluso en algunas me he jugado el pellejo. Escribí una novela sobre niños de la calle, lo cual me costó cuatro o cinco meses de trabajo callejero y una secuela en el cuerpo, traumatizado por una experiencia durísima. Ahora, desde hace unos tres o cuatro años, estoy muy deseoso de hacer una novela sobre prostitución infantil, por lo que tendré que hacer un viaje de exploración en el que también expondré mi tranquilidad, mi serenidad. Sin embargo, estoy convencido de que esa es la misión del escritor: con mentiras, decir la verdad.

Mencionaste que has densificado tu literatura infantil. A veces tomamos a la literatura como un instrumento educativo. Pero, en el caso de la literatura infantil, ¿debe ser limpia, alegórica y con un fin educativo, o debe virar hacia algo más concreto? No podemos encerrar a un niño en una burbuja, pues no vivimos en un país de maravillas.

Yo diría que viven en un país de desgracias, no de maravillas. Muchos teóricos le atribuyen a la novela esa capacidad omnívora. Pienso que la novela soporta ensayo, poesía, documentos periodísticos, crónica, entrevista, todo cabe. Ahora, con la modernidad y el mundo contemporáneo, en el que los géneros se empiezan a derrumbar, también todo lo que contenía una novela hace algunos años también lo puede contener un poema, un ensayo o un cuento. La diferencia está, para ser muy concreto, entre lo que te puede ofrecer un manual de cualquier curso y una novela sobre ese tema. Todo buen libro literario es edificante, revelador y reflexivo, pero la educación que se imparte a través de un libro de literatura no es la educación didáctica del maestro o la maestra frente al pizarrón. Es un tipo de enseñanza o aprendizaje que tú puedes tener con un amigo, con un maestro, es una educación que se filtra con tu sensibilidad, tu reflexión. La literatura, al menos como yo la concibo, tiende a construir un pensamiento propio y una sensibilidad auténtica.

Ya adentrados en el ámbito artístico y creativo, ¿existe una receta o método para elaborar contenidos para niños? Es decir, ¿necesitamos tener ciertas pautas o es algo que tiene ver más con el criterio y el propio trabajo del autor?

A partir de Edgar Allan Poe, gran cuentista del mundo occidental que reflexionó mucho sobre el género del cuento, se han sucedido una serie de escritores —como Horacio Quiroga, el mismo Julio Ramón Ribeyro o Anton Chéjov— que se pronunciaron sobre el cuento, así como al respecto de esas fórmulas o recetas, o decálogos de cómo escribir un buen cuento. Pero todos ellos empiezan advirtiendo que esos códigos rigen para ellos y terminan diciendo que cada uno elaborará su propio método de creación. Pienso que sí y no. Hay sugerencias, hay fórmulas, hay recomendaciones. Hace un momento mencioné la capacidad de componer una literatura que chisporrotea por todos lados, con mucho sentido del humor, directa, concreta, y con un espacio para la reflexión; pues, un niño a los tres o cuatro años, cuando empieza a hacerse un montón de preguntas, ya está elaborando un pensamiento abstracto. Esas fórmulas, si es que ejercen alguna influencia, es sobre el propio autor. Yo he elaborado un método, en términos didácticos y puramente académicos, el cual garantiza la elaboración de un cuento. Sin embargo, la calidad del producto dependerá del talento y el empeño que ponga cada uno.

En ese sentido, hay autores que de pronto incursionan en el ámbito de la literatura infantil. Para hacerlo, ¿se necesita una sensibilidad especial?

Sí, se necesita una sensibilidad especial que solo se consigue mediante la relación con el niño y el adolescente. Si eres una persona que está en permanente convivencia con ellos, uno va adecuando el oído y la sensibilidad, porque cada uno de nosotros es un sinnúmero de referencias culturales, de relaciones familiares, de lenguaje, de sentimientos y es clarísimo que ese amasijo de experiencias de un adolescente o de un niño es diferente al de los adultos, porque ha vivido otras experiencias. A veces se ve un poco postizo cuando uno hace literatura infantil evocando su propia infancia, salvo que quieras hacer algo nostálgico o educativo. Pero, si quieres hacer literatura infantil inserta en estos tiempos, necesitas un vínculo natural, en lo posible, con el lenguaje, con las referencias, con el mundo infantil y adolescente. Nada molesta más a un niño que se le hable con diminutivos o que se le trate como si uno fuese su papá. El autor no es su papá ni su profesor: podría ser, incluso, su par. Si vas a hacer literatura para niños y adolescentes, la primera condición es convive con ellos, conócelos, olfatéalos, obsérvalos, escúchalos. Ese es un camino innegociable.

Quisiera entrar al tema de los problemas que afronta la literatura infantil. Por ejemplo, el caso de lo políticamente correcto. Hace poco, Penguin Random House, con su sello Puffin Books, quiso cambiar algunas partes de las obras de Roald Dahl, porque algunos textos resultaban ofensivos…

Lo han cambiado, lo han alterado.

Y lo han cambiado, de hecho. Entonces, ¿estamos frente a una especie de censura sutil?

De todas maneras. La censura se transparenta a través del canon. Si tú elaboras un canon de la literatura infantil o adolescente en el Perú vas a encontrar algunos nombres que probablemente no sean del agrado de mucha gente. Por ejemplo, resulta curioso que algunos escritores de la literatura peruana no escribieron relatos exclusivos para niños, por ejemplo, Paco Yunque o El vencedor de César Vallejo o algunos de los cuentos de Valdelomar. Fueron escritos no por demanda del mercado, sino porque Vallejo y Valdelomar tenían la necesidad de trasladar sus preocupaciones y vivencias al papel. Los cuentos de Vallejo, específicamente Paco Yunque, fue retirado durante un tiempo de los planes de lectura, porque era un cuento muy triste y revelador sobre cómo se establece el mundo de la escuela, de una manera vertical y autoritaria. Un libro de cuentos como Los inocentes, de Oswaldo Reynoso, sigue siendo mirado con temor por muchos maestros. Sin embargo, fue este libro el que a mí me descubre un nuevo tipo de literatura, realista y fiel a lo que yo vivía en mi barrio. Era la primera vez que encontraba en un libro experiencias de jóvenes que yo veía en la esquina de mi casa y que hablaban de drogas, que se trompeaban, se agarraban a golpes, con un gran componente de violencia, de frustración y de fragilidad. ¿Quiénes establecen este canon? Las academias y definitivamente las editoriales. Nuestras editoriales, lo he dicho varias veces, para no usar un término ofensivo, son demasiado timoratas. El Perú está muy a la saga de la literatura infantil que se puede hacer en otros países en términos creativos y reflexivos. En Colombia, Chile, en Argentina se abordan temas que son espinosos e incómodos, pero que se tiene el coraje de hacerlo porque es necesario que el público infantil y adolescente lo conozca. Por ejemplo, lo que pasó en Argentina durante la dictadura militar, ha sido abordado por cantidad de cuentos, novelas y poemas. La dictadura de Vilela halló eco también en la literatura infantil y adolescente, pues permite que niños y adolescentes encuentren explicación a tantas demandas políticas de los adultos. Y, además, conocen un presente lleno de cicatrices. No hay equivalente todavía en la literatura peruana. Yo lo he intentado y he sufrido censura con los veinte años de violencia política que vivió el Perú. Yo he tocado el tema de las desapariciones, las esterilizaciones forzadas, porque me pareció importante descorrer los velos que cubren la historia del Perú.

Entonces, caemos en cuenta en que sería algo irreal y hasta postizo hablar de una literatura infantil limpia y alegórica.

Tú quieres tomar un buen café, tiene que ser con cafeína, porque lo otro resulta artificial y manipulado. Ya es hora de que la sociedad peruana se arme de mayor coraje y valor para garantizar no solo, como dice tanta prédica, que leer no es simplemente un placer, sino que también es una revelación. Aprendemos muchísimo a través de la literatura, siempre y cuando sea hecha con sinceridad, naturalidad y con un ánimo edificante. Queremos construir un país más digno, queremos un país más justo, pues, abramos los ojos a nuestros lectores, hagámoslos más dignos, más sensitivos, más consecuentes.