En el marco de las fiestas patrias, también hay lugar para la buena literatura hecha en Perú. Aquí te dejamos una lista de libros para alegrar el espíritu peruano.
En octubre no hay milagros – Oswaldo Reynoso
Librazo de aquellos. Se trata de la primera novela del laureado poeta y narrador Oswaldo Reynoso, la cual causó gran controversia, tras su publicación en 1965, al ser considerada como «inmoral y grosera». La historia narra las peripecias de una familia que precisa de un milagro para solucionar un gran problema. Irónicamente, el hecho ocurre durante las festividades del Señor de los Milagros.
La conciencia del límite último – Carlos Calderón Fajardo
Esta novela es una joya. De la pluma de uno de los escritores peruanos más talentosos surge esta historia que narra el quehacer de un reportero de noticias policiales que debe cubrir muertes a diario para rellenar la primera plana de un diario sensacionalista. De pronto, empieza a imaginar dichos crímenes, lo cual genera una colisión entre realidad y ficción. Desde su publicación en 1990, se ha convertido en un referente de la novela negra peruana.
Perro con poeta en la taberna – Antonio Gálvez Ronceros
La primera y única novela del maestro del cuento peruano. Un poeta limeño llega a la ciudad de Huancayo para participar en un recital. Al no encontrar el local donde se llevará a cabo el evento, entra en una taberna a conversar y beber en compañía de un enigmático perro que habla y camina en dos patas. Esta novela representa un mordaz crítica al ambiente literario nacional, especialmente a la esfera poética y los poetas. Por las páginas de este libro discurre un humor fino y un exquisito trabajo del lenguaje.
La horda primitiva – Pilar Dughi
Dicen que encontrar es libro es como hallar un Santo Grial. Pero, para un lector avispado, no hay ejemplar que se le resista. Esta colección presenta trece relatos en los que Pilar Dughi explora los dilemas que marcan el ritmo de la vida. Asimismo, el azar y la experiencia de los seres humanos frente a esos problemas dotan a estos cuentos de una sensibilidad por demás atrapante. Lo curioso de este libro es que muchos de los cuentos se dirigen al lector en primera persona, revelando así las miserias, la soledad y la desesperanza que los abate. Vale la pena buscarlo y conocer un poco más acerca de la obra de Dughi ya que, lamentablemente, no gozó de las reimpresiones debidas.
Conversación en La Catedral – Mario Vargas Llosa
Un clásico de la literatura peruana. Según Vargas Llosa, ninguna otra de sus obras le dio tanto trabajo en cuanto a revisiones y reescrituras. La pregunta medular de esta novela se ha convertido en una de las frases más recordadas: «¿En qué momento se había jodido el Perú?». Esta interrogante nace del pesimismo de Santiago Zavala (Zavalita) protagonista y alter ego del autor, quien es incapaz de comprender la realidad peruana. La historia es una revisión cruda de la corrupción moral y la represión política durante la dictadura de Manuel Odría.
La palabra del mudo – Julio Ramón Ribeyro
Cerramos esta lista con una de las colecciones de cuentos más entrañables. Desde su publicación en 1972, cada edición amplió la cantidad de relatos hasta completar toda la producción cuentística de Ribeyro. Por ejemplo, por los 90 años de esta obra magna, la editorial Seix Barral lanzó una edición conmemorativa, con un interesante prólogo de la escritora española Sara Mesa. En el año 2021, Alfaguara publicó todos los relatos de La palabra del Mudo como parte de su colección Cuentos completos. Si gustan de los relatos cortos, echar mano de Ribeyro siempre será una excelente opción.
Kafka: Seres inquietantes – Miguel Gutiérrez
Uno de los ensayos más celebrados del autor piurano. Esta segunda edición rescata un estudio pormenorizado del canon literario del escritor checo Franz Kafka (1883-1924), el cual comprende un análisis crítico de sus cuentos y novelas, a partir de los distintos personajes que pueblan sus historias. Este ensayo busca acercar tanto a lectores versados como a aquellos que se introducirán por primera vez en el universo kafkiano. Libro de cabecera, pues, desde la mirada de uno de los autores peruanos más célebres, se profundiza en el complejo universo kafkiano.
En el 2005, Antonio Gálvez Ronceros cedió este cuento —por aquel entonces aún inédito— a la revista Mesa Redonda. «Avaro» fue publicado en el número 5 de esta revista. Compartimos este rescate como homenaje a uno de los grandes narradores que ha tenido el Perú.
Yendo en el atardecer por la zona más sombría de una plazuela, un ladrón joven y en extremo supersticioso se dio de súbito con un mendigo de inconcebibles andrajos que lo miraba entristecido desde un rostro arruinado por la vejez y el sufrimiento. Tomando el encuentro como la revelación de que una desgarrada pobreza lo aguardaba al término de su juventud, el ladrón se sintió tan turbado que en su desesperación por conjurar esa desdicha, le dio al mendigo una de las antiguas monedas de oro que hacía unos días había robado en casa de un coleccionista con fama de extravagante. El mendigo sólo vio el oro y se inundó de un incitante ardor que fue a aplacar deprisa en una miserable taberna. Pero el coleccionista, que se hallaba ahí disfrazado de menesteroso, soportando con fingido deleite el horror de la taberna y el atroz fogonazo de una copa, reconoció la moneda, hizo prender al mendigo y durante cinco años el inocente tuvo que soportar de sus carceleros la palabra ladrón.
Apostado con la mano extendida en la primera plazuela que encontró una mañana a su salida de la cárcel, el mendigo sintió y vio que alguien le deslizó una de las monedas de oro que se hallaban en circulación y de la que sólo se percató del oro y que por ser de oro soltó al instante como si fuera una brasa, mientras le gritaba a su ocasional benefactor ¡ladrón, ladrón, ladrón!… Los gritos convocaron a los transeúntes y a una pareja de gendarmes. Pero como se trataba de un benefactor honrado, el mendigo expió su difamante lengua con cincuenta días de cárcel.
Los aires de libertad condujeron esta vez al mendigo a una plazuela diferente, pues sospechaba que aquellas otras dos lo esperaban con una nueva emboscada. Y a pesar de que su permanencia ahora en esta plazuela eran ya horas que transcurrían vacías hasta del más insignificante níquel, dudó cuando la caridad vino a ponerle en la palma de la mano una de las usuales monedas de oro. «Si esta moneda fuera robada y yo intentara comprar algo con ella —pensó—, me creerían ladrón y perdería mi libertad. Si la rechazo y quien me la ha dado es una persona honrada, tal vez por muy amable que sea mi rechazo ella se sienta ofendida y yo pague la ofensa con la cárcel. Está visto, pues, que si quiero conservar mi libertad, debo recibir cuantas monedas de oro me ofrezcan sin que yo siquiera intente disfrutar de su poder».
Durante los últimos diez años de su existencia, mientras se arrastraba como un lisiado por las escalinatas de los templos estirando la mano trémula, estuvo recibiendo innumerables monedas del odioso color, que luego arrojaba entre gruñidos y escupitajos en los rincones de su cuartucho. Un día algunos de sus vecinos repararon en que no se le había visto en los últimos cinco días y, preocupados, derribaron su puerta. Lo encontraron muerto. Estaba tendido en un estrecho espacio central del suelo, espacio a punto de ser inundado por cerros de monedas de oro que parecían avanzar desde las paredes.
El pueblo entero, asombrado, otorgó a la memoria del mendigo la triste, despreciable e irrisoria fama de avaro.
En el 2005, Antonio Gálvez Ronceros cedió este cuento —por aquel entonces aún inédito— a la revista Mesa Redonda. «Avaro» fue publicado en el número 5 de esta revista. Compartimos este rescate como homenaje a uno de los grandes narradores que ha tenido el Perú.
Yendo en el atardecer por la zona más sombría de una plazuela, un ladrón joven y en extremo supersticioso se dio de súbito con un mendigo de inconcebibles andrajos que lo miraba entristecido desde un rostro arruinado por la vejez y el sufrimiento. Tomando el encuentro como la revelación de que una desgarrada pobreza lo aguardaba al término de su juventud, el ladrón se sintió tan turbado que en su desesperación por conjurar esa desdicha, le dio al mendigo una de las antiguas monedas de oro que hacía unos días había robado en casa de un coleccionista con fama de extravagante. El mendigo sólo vio el oro y se inundó de un incitante ardor que fue a aplacar deprisa en una miserable taberna. Pero el coleccionista, que se hallaba ahí disfrazado de menesteroso, soportando con fingido deleite el horror de la taberna y el atroz fogonazo de una copa, reconoció la moneda, hizo prender al mendigo y durante cinco años el inocente tuvo que soportar de sus carceleros la palabra ladrón.
Apostado con la mano extendida en la primera plazuela que encontró una mañana a su salida de la cárcel, el mendigo sintió y vio que alguien le deslizó una de las monedas de oro que se hallaban en circulación y de la que sólo se percató del oro y que por ser de oro soltó al instante como si fuera una brasa, mientras le gritaba a su ocasional benefactor ¡ladrón, ladrón, ladrón!… Los gritos convocaron a los transeúntes y a una pareja de gendarmes. Pero como se trataba de un benefactor honrado, el mendigo expió su difamante lengua con cincuenta días de cárcel.
Los aires de libertad condujeron esta vez al mendigo a una plazuela diferente, pues sospechaba que aquellas otras dos lo esperaban con una nueva emboscada. Y a pesar de que su permanencia ahora en esta plazuela eran ya horas que transcurrían vacías hasta del más insignificante níquel, dudó cuando la caridad vino a ponerle en la palma de la mano una de las usuales monedas de oro. «Si esta moneda fuera robada y yo intentara comprar algo con ella —pensó—, me creerían ladrón y perdería mi libertad. Si la rechazo y quien me la ha dado es una persona honrada, tal vez por muy amable que sea mi rechazo ella se sienta ofendida y yo pague la ofensa con la cárcel. Está visto, pues, que si quiero conservar mi libertad, debo recibir cuantas monedas de oro me ofrezcan sin que yo siquiera intente disfrutar de su poder».
Durante los últimos diez años de su existencia, mientras se arrastraba como un lisiado por las escalinatas de los templos estirando la mano trémula, estuvo recibiendo innumerables monedas del odioso color, que luego arrojaba entre gruñidos y escupitajos en los rincones de su cuartucho. Un día algunos de sus vecinos repararon en que no se le había visto en los últimos cinco días y, preocupados, derribaron su puerta. Lo encontraron muerto. Estaba tendido en un estrecho espacio central del suelo, espacio a punto de ser inundado por cerros de monedas de oro que parecían avanzar desde las paredes.
El pueblo entero, asombrado, otorgó a la memoria del mendigo la triste, despreciable e irrisoria fama de avaro.
El escritor y educador peruano falleció a los 90 años, dejando un legado invaluable a la narrativa nacional. Es considerado por muchos intelectuales como uno de los grandes cuentistas de la literatura peruana de los últimos años.
«¿Pa que sirve un pescao así, tan atravesao de espina? A vece la mar e como algunos hombes: hace cosas solo poi joré» Cómo no recordar, con una sonrisa, aquellos fraseos de gente sencilla, pero de gran sabiduría.
Cómo no recordar cuentos tan entrañables como «Jutito» o «El retrato de Joché» o la novela Perro con poeta en la taberna, piezas fundamentales de una obra construida a pulso de obrero.
Y es que si algo le debemos a Antonio Gálvez Ronceros es haber constituido un canon que servirá como faro de las nuevas generaciones de escritores. Y, sí, nos queda la amarga sensación de que aún tenía mucho por ofrecer (y enseñar).
Lector compulsivo y crítico, nutrió su vocación literaria desde joven con las obras de autores de la talla de Dostoievski y Jorge Isaacs. Sin embargo, apreciaba fervorosamente la obra del mexicano Juan Rulfo y la forma en que representaba el habla popular de los campesinos de México.
Conocer el Perú profundo, entre las campiñas y campos frescos de Chincha, también jugó un papel fundamental en la narrativa de Gálvez Ronceros, específicamente en la concepción de Los Ermitaños y Monólogo desde las tinieblas, sus colecciones de cuentos más celebradas.
Precisamente, tras la publicación en 1962 de Los ermitaños, la crítica resaltó la originalidad y calidad de los relatos, pues no solo ofrecían estructuras innovadoras y profundidad en su temática. El humor y la musicalidad conseguida a partir del habla de sus personajes configuraron un mundo particular: el de los campesinos de la costa peruana.
La consolidación de Gálvez Ronceros como narrador llegó en 1975, con la publicación de Monólogo desde las tinieblas, en el cual se aprecia un trabajo incansable del lenguaje y el perfeccionamiento de su técnica narrativa. Al igual que Oswaldo Reynoso, la experimentación y trabajo con el lenguaje fue una constante en su obra.
De esta forma, el autor logró introducir en el corpus literario peruano el habla común de los campesinos afrodescendientes. No necesitó hacer una parodia de ello.
A decir verdad, hubiese sido muy fácil ridiculizar el habla de las personas del campo. En cambio, Gálvez Ronceros tuvo el suficiente tino para dotarla de un valor estético y literario.
Hemos perdido a uno de los grandes. Nos vamos quedando solos, aunque su legado perdurará por generaciones, aún cuando el polvo de los tiempos sople sobre las tumbas.
A propósito de la reciente publicación de la novela El intervalo del diablo (Colmillo Blanco), entrevistamos al escritor peruano Alfredo de Cossío para hablar acerca de los temas que motivaron la historia detrás de la obra, así como las fuentes de inspiración y las causas.
Entrevista Erick Saavedra
El intervalo del diablo se presentará este jueves 25 de marzo a las 8:00 p. m. a través del Facebook de la editorial Colmillo Blanco. Los comentarios estarán a cargo de los escritores Erick Benites y Luis Francisco Palomino.
La novela muestra la conexión entre dos mundos diferentes, Europa y Perú. Va de frente a la acción y a partir de ahí se desarrollan los personajes.
Para mí es muy importante que la lectura sea fácil. Puedo disfrutar de una literatura muy lírica, aprecio mucho a los autores que tratan de construir el lenguaje de sus novelas; pero cuando yo escribo, lo que quiero es que el lector se enganche y se le haga fácil, que cuando se dé cuenta ya haya leído cuarenta páginas en veinte minutos. Es lo que a mí me gusta. Siempre estoy pensando en crear contenido interesante, en la historia, en los personajes. Soy amante de los escritores que crean sus propios mundos, aquellos que ponen la mirada en los aspectos de la sociedad que no mucha gente conoce, como el black metal noruego.
Se presentará este 25 de marzo a las 8:00 p. m. Los comentarios estarán a cargo de los escritores Erick Benites y Luis Francisco Palomino. Ya está disponible en la librería El Virrey.
Hay un cuento brillante del chileno Álvaro Bisama titulado «Death Metal». ¿Qué otro referente en la literatura latinoamericana podemos encontrar que hable acerca de metal extremo?
¿Que hable del heavy metal extremo? No se me viene a la cabeza ninguno. ¿Si tuve alguna fuente de inspiración específica? No, no con el tema. Mi fuente de inspiración fue la música. Para escribir una novela acerca de esto iba a un concierto de una banda que se llama Amon Amarth, una banda sueca de death metal, y curioseando en el evento de Facebook vi que muchos participantes del concierto tenían fotos como las de los álbumes de los músicos de black metal noruego, con cruces invertidas, caras pintadas de blanco y negro —lo que se llama corpse paint—, una tumba y una lápida. Entonces me llamó mucho la atención, y dije «acá hay mucho material». Y comencé a escribir un poco sobre los personajes, la trama. Me inspiré de dos fuentes, la primera fueron algunas novelas de Don DeLillo, que es un autor ítalo-americano, uno de mis autores preferidos; y las películas de los hermanos Coen, como The Big Lebowski o Barton Fink, donde los personajes se ven envueltos en situaciones caóticas, fuera de su control, conocen gente que los meten en conspiraciones o de repente tienen un amigo obsesivo que los mete en problemas. Agarré esos elementos y fui pensando en la novela.
Se nota bastante esa dinámica conflictiva que acabas de exponer y también, la estética de estas bandas. También es una experiencia porque, en Latinoamérica, lo religioso es un tema tabú; y el death metal es uno de esos géneros musicales que toma referentes religiosos.
La novela trata sobre el black metal, ese estilo es el que tiene esa onda pagana, anticristiana. Yo escucho todo tipo de heavy metal, incluido el black metal; conozco varias bandas, tengo discos. Pero descubrí que había una corriente de black metal peruano —que en la novela se exagera—. Ese fue el punto de partida. Digamos que en la superficie la novela trata de la movida del black metal en el Perú, pero el tema que yo quería desarrollar era la identidad: cómo los jóvenes a veces buscan los aspectos más incomprendidos o antisociales para imponerse en la sociedad, para decir «aquí estoy y así soy». Nosotros somos una sociedad religiosa, mayormente cristiana, católica y conservadora, y qué mayor forma de alienación que alguien buscando la música nórdica, tan ajena a nuestra realidad, que ataca los valores cristianos típicos de nuestra sociedad. Yo dije: «Uy no, aquí tenemos un tema bueno para la novela».
Es interesante el conflicto de la identidad, aquello con lo que uno se identifica y la herencia que tiene de Latinoamérica.
Sí, para mí era muy importante. Muchos de estos temas, de esos conflictos, se me fueron ocurriendo mientras escribía. No soy de esos escritores que tienen todo mapeado al comenzar. Como dice Paul Auster, «si ya tengo todo en mi cabeza, ¿para qué escribir?». Escribir, para mí, es un acto de descubrimiento; uno descubre su novela mientras la escribe. Todo el tema de la peruanidad que aparece en la novela, y mucho de la figura paterna del Tincho, el papá de Satana, se me fue ocurriendo mientras la escribía. Y planteo preguntas. Me gustan mucho las novelas que plantea inquietudes, interrogantes y no plantea respuestas; es lo mejor de todo. Primero, a un músico, a un artista: ¿qué lo hace peruano? En realidad, estas preguntas se pueden aplicar a cualquiera: ¿qué nos hace peruanos?, ¿qué es ser peruano?, ¿soy menos peruano porque toco música nórdica?, ¿o soy más peruano si cambio y ya no toco black metal, sino cumbia? Estas preguntas se me ocurrían mientras escribía la novela, y las introduje para usarlas como parte de la narrativa.
Estamos en el año del bicentenario, así que es interesante tratar el tema de la identidad peruana con algo que nos es ajeno, como el black metal. Por otro lado, ¿por qué optaste por juntar dos realidades tan diferentes como la de Perú y los países nórdicos?
Me parece bacán la idea de una novela en la que nos adentramos en un ambiente tan ajeno, a lo que se considera normal en otras sociedades, porque solo hablamos de bandas que no tocan heavy metal únicamente, sino que han escogido tocar el tipo de metal más extremo y que tiene detrás una filosofía o una historia muy cargada de violencia. Toda la parte de la historia de la banda Mayhem es verdad, no lo inventé yo. Quería que el lector conozca algo, que si no es por la novela nunca lo va a conocer, o nunca va a saber que existe. De esa manera busqué plantear un cuestionamiento interesante de quiénes somos, qué nos hace peruanos, cuál es nuestra forma de pensar. Mientras más escribía, más se metía en mi cabeza la idea de que no solo sería una movida musical, sino que lo iba a convertir en una tribu, porque las reglas son tribales, las reuniones, los códigos, el líder de cada banda es como el jefe de una tribu. También, la idea de comenzar cada parte con la letra de una canción era para hacer de la lectura una experiencia inmersiva para el lector.
¿Cómo pasan estos eventos (los de la banda Mayhem) a formar parte de la psique de cada personaje?
Bueno, lo que pasó con el black metal es que hubo asesinatos, suicidios, quema de iglesias. Fue un momento muy problemático que ocurrió en Noruega. Hoy todos esos músicos ahora están en sus cincuentas. Siguen tocando black metal, pero muy pocos se siguen pintando la cara, muy pocos siguen con la filosofía. Yo lo exageré en la novela, al asegurar que aquí hay gente que toma eso como su propio evangelio, prácticamente su modelo de vida, como si fueran la mitología griega. Aquella vez que Euronymous, el guitarrista de Mayhem, haya dicho tal cosa, o el momento en el que Dead, el vocalista, caminó por el bosque antes de suicidarse, son mitos. Todo para decir que esa tribu urbana, esa movida de black metal noruego, necesita de eso para sentirse parte de algo más grande que ellos, para sentirse importantes, contestatarios, que es parte de lo que se cuenta.
¿Qué novelas de rock te han influenciado?
Novelas de rock… Ahora estoy viendo mi biblioteca, acá, de frente. De rock no he leído muchas novelas. Lo que sí he leído son novelas de gente obsesionada por algo. Por ejemplo, hay una novela de Don DeLillo que se llama Fin de campo. Se trata de un jugador de fútbol americano, estudiante, en Estados Unidos, que relaciona las estrategias de fútbol americano con estrategias bélicas, y los personajes están obsesionados con el fútbol americano o con la guerra. Ese es mi tipo de influencia, o en todo caso, Los detectives salvajes de Bolaño. Son poetas, pero desde mi punto de vista, la novela los plantea como rockstars. Ulises Lima y Arturo Belano, los grandes personajes de la narrativa de Bolaño, son prácticamente rockstars. Y también la aproximación que hace Vila-Matas, autor catalán, sobre la misma literatura. Leerlo me hizo pensar que tú puedes hacer una literatura que se adentre en todo tipo de arte, una literatura musical, por ejemplo. Y no importa que hables de una banda que el lector no conozca; el hecho de hablar de esas bandas y explicar de qué tratan y qué expresan. Todo esto puede hacer que cualquier lector se enganche. No tiene tanto que ver con que haya leído novelas de rock o metal, sino que sean novelas que enganchen, que hagan migrar cualquier tipo de expresión artística de una u otra manera.
La literatura sirve como medio o plataforma para poder aprender nuevos temas. Eso me trae a la cabeza: antes de la pandemia, ¿asistías a conciertos de rock?
Sí, fui a Vivo por el rock, vi a Slipknot. Estuvo bueno. Lo que pasa es que yo escucho todo tipo de rock, en general. No escucho solo metal. Tengo un polo de Rush, una banda de rock progresivo que estuvo vigente desde los setenta hasta hace cinco años. Si tú ves mi colección de discos, gran parte es heavy metal, pero también escucho a Phil Collins. Es igual con la literatura. La cosa es leer de todo; al igual que en la música, escuchar de todo. Pero si hay un género o subgénero que tiene más potencial literario, creo que lo elegí bien, no hay subgénero musical que tenga la historia del black metal, en el rock no hay. Claro, están Jimi Hendrix, Jim Morrison, sus novelas son las típicas historias de abuso de drogas. Pero ese tipo de historias está muy tocada, y durante la investigación, lo poco que encontré es acerca de todo lo que pasó en Noruega, entre los años 1991 y 1993, y eso me bastó para escribir la obra.
¿Qué bandas estás escuchando ahora y qué novelas estás terminando de leer?
Bandas de música, escucho muchísimas. Mis bandas preferidas las divido en contemporáneas, metal y clásicas. En contemporáneas mis bandas preferidas son The Smashing Pumpkins, Tull, Radiohead, Marilyn Manson, Deftones. Las clásicas son Genesis, Rush, Pink Floyd, Beach Boys, King Crimson. Y de metal, Metallica, Enslaved, Morbid Angel. Y ahora he comenzado a escuchar un subgénero musical que se llama math rock, donde lo matemático entra en lo rítmico, los patrones rítmicos son secuencias numéricas, ahí escucho a This Town Needs Guns, banda inglesa, y otra banda que se llama Delta Sleep; son bandas actuales, vigentes.
Sobre lo que estoy leyendo, acabo de terminar Los errantes de Olga Tokarczuk, una escritora polaca que hace algunos años ganó el Nobel. También estoy leyendo a Peter Handke, el alemán que también ganó el Nobel. He estado completando la bibliografía de Don DeLillo, Vila-Matas. He estado leyendo a Javier Cercas, Paul Auster. También estuve leyendo a Sebald, un autor alemán que falleció en un accidente automovilístico, escribía estas novelas ochenta por ciento ensayísticas y veinte por ciencia ficción, que se supone es la tendencia hoy en día. Yo cuando escribo trato de no cerrarme mucho. Algo que siempre nos repetía el profesor de la maestría que fui a estudiar a Barcelona es que la tendencia de la literatura de ficción, hoy en día, es que tiene que ser en primera persona; tiene que ser digresiva, ensayística y de alcance global. Por eso, cuando escribí El intervalo del diablo, quería que la historia se desarrollara en Perú, pero que también trate sobre lo que pasó en Noruega. Yo bromeaba y decía «estoy escribiendo la primera novela peruano-noruega de la historia», porque quería que tuviera un alcance más global. Pero la novela que estoy escribiendo ahora sucede en Barcelona, y en otras partes de Europa. Es una novela más extranjerizada.
Ya era sabido el delicado estado de salud del autor huachano Pedro Novoa. Esta situación nos invitó a reflexionar una vez más sobre la injusta atención, por parte del Estado, que reciben las personas vinculadas al mundo artístico e intelectual. Hoy lamentamos la partida de Pedro a sus 46 años.
Nacido en 1974, Pedro Novoa fue un escritor peruano y querido docente universitario. Fue ganador de importantes premios de literatura, entre los que destacan Premio Nacional de Dramaturgia (2004), Premio Horacio de Novela (2012), Premio Internacional de Novela Corta Mario Vargas Llosa (2012). Además, quedó como finalista en el Premio Internacional David Mejía Velilla, Premio COPE de Cuento y XI Prix Internacional Hemingway (Francia).
Como académico, produjo diferentes artículos de investigación literaria, de los que principalmente destaca «El mapa mental armónico en la comprensión de textos narrativos en estudiantes universitarios» con el que obtuvo el primer puesto en el VI Concurso de Investigación Docente de la escuela de posgrado de la Universidad César Vallejo. Su calidad de investigación le valió la invitación a diferentes eventos y conferencias académicas, principalmente, las de la disciplina literaria.
A su pasión, la literatura, le dedicó su interés por lo que nos dejó obras que tuvieron una buena recepción por parte de los lectores y la crítica como La sinfonía de la destrucción (2017). Además, nos deja obras que deberán ser recordadas como Seis metros de soga (2012), Maestra vida (2012), Amor de ogro (2013) y Cacería de espejismos (2013).