Un trabajo de investigación sigue ciertas normas en cuanto al citado de fuentes. Pero ¡atención! No todos los sistemas son iguales.
Conocer los diferentes sistemas de citación no solo es primordial para llevar una investigación por el mejor camino, sino que además le da un gran valor agregado al investigador.
Cuando se conocen y dominan los estilos de citación, el profesional es capaz de elegir el más adecuado, de acuerdo a la disciplina y el tema que aborda. A continuación te dejamos una lista de los principales sistemas de citado de información.
APA (American Psychological Association)
Este sistema es predominante en la mayoría de trabajos y el más conocido. Se emplea en ciencias sociales como Psicología, Sociología, Educación, Economía y Derecho.
Su base es el sistema autor-fecha, usado para facilitar la identificación rápida de la fuente en el texto y que el lector pueda consultar la referencia completa al final. Por ejemplo, en un texto se citaría de la siguiente manera: (González, 2020).
Chicago
Este sistema tiene dos variantes. La primera es el sistema de notas con bibliografía. Es común encontrarlo en humanidades, especialmente Historia, Literatura y artes, donde las fuentes se citan en notas a pie de página o de fin de texto.
Un ejemplo de esta primera modalidad podría ser el siguiente: David García, Historia de la literatura española (Madrid: Ediciones Clásicas, 2017), 129. Muy recomendado para citar ibros, artículos, documentos, fuentes electrónicas y archivos históricos
Por otro lado, tenemos el sistema autor-fecha, usado especialmente en ciencias naturales y sociales.
Vancouver
Suele usarse en Medicina y Ciencias de la Salud. Emplea un sistema numérico que asigna un número correlativo a cada fuente citada, que se repite cuando se vuelve a citar. Por ejemplo, tenemos el siguiente enunciado: El estudio muestra una mejora significativa (1). Por tanto, la referencia sería:
Smith J, Brown P. Clinical trials in cardiology. Journal of Medicine. 2018;12(3):123-30. Este sistema facilita la lectura de textos densos en citas bibliográficas y se adapta muy bien a publicaciones científicas.
MLA (Modern Language Association)
Utilizada en Literatura, Lingüística y estudios culturales, la cita en el texto incluye el apellido del autor y el número de página, sin coma ni año: (Gómez 102). En la bibliografía, una referencia podría ser: Gómez, Luis. Teoría literaria contemporánea. Ediciones Babel, 2019. Es común para citar textos literarios, ensayos y fuentes que necesitan una referencia precisa a páginas, siendo muy usada en análisis detallado de textos.
Poca es la discusión en el país en torno a los efectos ambientales que genera la producción de un libro. En este artículo, el editor Dante Antonioli abre el debate, tomando como punto de partida las fases iniciales del proceso editorial.
Por Dante Antonioli
Durante muchos años he trabajado en distintos frentes del mundo editorial: edición de mesa, corrección, diseño, maquetación, acompañamiento de autores, comercialización, consultorías, formación y proyectos de investigación. Siempre he intentado ver la industria en su conjunto y anticipar hacia dónde se mueve. Dentro de este movimiento, había un tema ineludible que decidí investigar hace muy poco: la huella de carbono y el impacto ambiental del libro.
Empecé a leer materiales dispersos, experiencias internacionales, reportes técnicos que apenas mencionaban a la industria cultural. Pero la verdadera claridad llegó recientemente, cuando el Cerlalc (Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe) publicó La huella ambiental del libro, un estudio exhaustivo que analiza el ciclo de vida completo de un libro producido en Colombia (https://acortar.link/gfabXV).
El documento, riguroso y metodológicamente sólido, confirmó varias intuiciones que ya venía explorando: nuestros libros tienen un impacto ambiental real, medible y complejo; y todavía sabemos muy poco sobre él.
Este artículo nace, justamente, de ese proceso personal: de ir encontrando piezas sueltas, de intentar comprender este tema en un sector que casi no lo discute y de la convicción de que el Perú necesita empezar a conversar, y pronto.
¿Qué es la huella de carbono editorial?
La huella de carbono editorial evalúa las emisiones de gases de efecto invernadero asociadas a todas las etapas del ciclo de vida del libro, desde la extracción de materias primas hasta su disposición final. Esto incluye lo siguiente:
La producción del papel, tintas, colas, cartones y empaques
La impresión, los acabados y los procesos industriales
El transporte, almacenamiento y distribución
Las devoluciones y los libros destruidos
El uso, el reciclaje o la disposición final
La infraestructura digital que sostiene ebooks, audiolibros, plataformas y servicios en la nube.
En otras palabras, no se trata solo de la impresión, no se limita al papel, ni se resuelve cambiando un insumo por otro. El libro no es solo un objeto cultural, sino también un objeto material que deja una huella ambiental en cada paso.
El aporte del estudio del Cerlalc
El análisis realizado por el Cerlalc representa, quizá, el primer estudio sistemático y de alcance nacional que se publica en América Latina sobre el tema. Y sus hallazgos son clave para entender por dónde empezar. Analicemos algunas de ellos.
El mayor impacto está en las materias primas, especialmente en la fabricación del papel.
La impresión digital y offset no muestran diferencias tan grandes por ejemplar como solemos imaginar; el tipo de papel pesa más que la tecnología.
Muchos impactos ambientales no tienen que ver con emisiones de CO₂, sino con categorías como toxicidad humana, eutrofización o agotamiento de recursos.
La recolección de datos es difícil, pero posible, si hay colaboración entre editoriales e imprentas.
Las decisiones de diseño editorial y la planificación de tirajes influyen más de lo que pensamos.
Que exista este estudio colombiano es una buena noticia: contamos con una base sólida desde la cual el Perú puede comenzar a aprender, comparar y adaptar.
Por qué este tema importa para el Perú
Nuestro mercado editorial enfrenta limitaciones estructurales: tirajes reducidos, altos costos logísticos, devoluciones frecuentes, infraestructura desigual, papel importado, procesos heterogéneos entre imprentas y una cadena del libro muy fragmentada. Todo ello significa que no conocemos nuestra propia huella y, sin medición, no hay diagnóstico; sin diagnóstico, no hay mejora.
Además, los lectores jóvenes son cada vez más sensibles a temas ambientales, las regulaciones internacionales ya están cambiando, como el Reglamento Europeo sobre Productos Libres de Deforestación (https://acortar.link/ed8bxE), que afectará directamente las cadenas globales de papel y derivados) y las industrias culturales del mundo están incorporando la sostenibilidad como criterio básico de gestión. El Perú no puede quedarse fuera de esta conversación.
Mitos que debemos abandonar
A medida que profundizo en el tema, encuentro ideas que necesitan matices:
El libro digital no contamina. No es tan simple: depende del uso, de los dispositivos y de la infraestructura digital.
El impacto está solo en la imprenta. El papel, el transporte y las devoluciones pesan muchísimo.
Lo sostenible es más caro. A veces sí, pero muchas veces implica simplemente planificar mejor.
No podemos hacer nada. Siempre hay puntos de mejora; incluso los más pequeños suman.
¿Por dónde empezar? Pasos alcanzables para la industria peruana
No se trata de transformar todo de un día para otro, sino de comprender y avanzar gradualmente. A continuación, les dejo algunas acciones iniciales:
Dialogar con proveedores sobre papeles certificados o alternativas renovables.
Optimizar tirajes y reducir sobreproducción.
Disminuir devoluciones mediante planificación más fina.
Evaluar el uso de POD (print on demand) para ciertos títulos.
Capacitar equipos en ecoedición y sostenibilidad aplicada al libro.
Son pasos modestos, pero abren camino.
Hacia una conversación más profunda
Mi intención es explicar de manera clara qué significa medir la huella de un libro, qué metodologías sirven, cómo interpretarlas y qué podrían hacer las editoriales peruanas —grandes, medianas y pequeñas— para prepararse.
Si el estudio colombiano muestra algo, es que necesitamos datos locales, acuerdos sectoriales, diálogo entre imprentas y editoriales y una agenda que mire la sostenibilidad no como un obstáculo, sino como un camino de mejora.
El libro tiene un enorme valor cultural. Cuidar su impacto también es cuidarlo a él.
El evento literario más tradicional y emblemático de Lima llega en una nueva edición, con diversos eventos para todo tipo de lectores.
La Feria del Libro Ricardo Palma celebrará dentro de poco su edición número 46 en el parque Kennedy de Miraflores. Del 21 de noviembre al 9 de diciembre, lectores de todas las edades encontrarán miles de títulos, así como más de 150 actividades culturales en las que podrán participar de manera libre.
Por ejemplo, por primera vez se presentarán clubes de lectura, lo cual supone una oportunidad para aquellos lectores que gustan de comentar lecturas y conocer a nuevos autores de la escena literaria.
En tanto, las presentaciones de libros, así como conversatorios y talleres estarán presentes en esta edición que contará con invitados especiales como Alonso Cueto, Karina Pacheco, Cecilia Bákula, Ricardo Sumalavia, José Carlos Yrigoyen, entre otros.
A su vez, en la feria se le rendirá un tributo a Gaby Cevasco, periodista y escritora autora de tres libros de cuentos y un poemario, recientemente fallecida.
La feria abrirá sus puertas de lunes a domingo, de 11:00 a.m. a 10:00 p.m. Las actividades culturales y presentaciones comenzarán desde el mediodía.
Hoy se cumple un año de la partida de una de las voces más importantes de la poesía peruana. A modo de homenaje, el poeta Manuel Liendo recuerda vivencias y anécdotas vividas con José Antonio Mazzotti. Aquí les dejamos la transcripción del discurso que preparó para la presentación del poemario La estrella más cercana.
Por Manuel Liendo
El año pasado había terminado de dar clases y sonó mi teléfono. Era una llamada de José Antonio. Contesté y le dije: «Maestro, ¡qué sorpresa!, me llamas a esta hora. ¿Qué pasa, maestro?». Del otro lado, me contesta Barbara, su esposa: «Manuel», dijo, acongojada. «Barbara, ¿cómo estás?», le dije. «Ha pasado algo, Manuel. Se fue José Antonio», respondió. Me quebré, sin más.
Lo cierto es que desde ese momento comencé a ver a José Antonio en todas partes y tuve muchas conversaciones en silencio con él. Lo primero que hice fue llamar a Raúl (Mendizábal), porque Barbara me encargó dar la noticia. Sin embargo, cada vez que la daba me iba quebrando más y más.
El tema es que yo sabía de esta situación, pero no quería admitirlo. Me acuerdo que cada vez que José Antonio llegaba a Lima y terminaban las reuniones, yo pensaba: «José Antonio se está yendo». Las últimas veces que lo vi ya no podía subir escaleras y le faltaba el aire. La última cena que hubo en casa con los amigos, José Antonio prácticamente se despidió de nosotros.
Tengo muchas escenas de él en la memoria. Su figura en el patio de letras de San Marcos, un muchacho que siempre tenía un maletín azul lleno de libros y poemas. Ese era José Antonio, siempre atento a lo que sucedía. Y era Mazzotti, no José Antonio. Era Mazzotti la palabra que sonaba en San Marcos: el que sabía todos los cursos, el que discutía con los profesores, el que te decía cuál era el mejor curso o qué curso no llevar.
A veces teníamos clases que empezaban a las cuatro de la tarde y terminaban a las tres o cuatro de la mañana, porque nos invitaban a sus casas Antonio Cisneros, Paco Carrillo, Carlos Germán Belli, Pablo Guevara… en fin, muchos otros. Washington Delgado era un espectáculo dictando clases sobre el siglo de oro.
José Antonio era parte de estos grupos en los que siempre él terminaba con la parte teórica y, por supuesto, la poesía. Siempre con su parker en el bolsillo, anotando, escribiendo versos y discutiendo, sobre todo eso, discutiendo en el mejor sentido de la palabra. No creo haber conocido un mejor anfitrión que José Antonio: tú llegabas a su casa y podía haber el peor caos, una gran bulla, es decir, el mayor movimiento, pero José Antonio siempre era pausado, recogía, llevaba, servía, «¿qué quieres?», nos decía. Y a todos complacía, a todos le daba. Ese era José Antonio. Es más, en una oportunidad pasábamos por una tienda y le dije: «Oye, me voy a comprar una camisa». «No, vas a gastar mucho, gástalo en invitar a los amigos», me decía. Ese era mi amigo José Antonio.
Y, por otro lado, hubo una etapa muy interesante de José Antonio en la que ayudó a mucha gente organizándoles recitales. Por ejemplo, hizo muchos recitales en Harvard y él no participaba. La gente le decía: «oye, ¿ya no escribes?». «No yo sigo escribiendo, pero estoy mostrando la poesía peruana», respondía con amabilidad. Además, viajamos mucho con él, especialmente a los congresos que hizo por Europa, como por ejemplo en España, en Francia, en Portugal, en La Habana, en Cuba. Es decir, era una persona que tenía una gran energía que nos dejó hasta el día de su muerte.
Dirigió la Revista deCrítica Literaria Latinoamericana, que fue el legado de Antonio Cornejo Polar: una de las revistas más importantes de Latinoamérica, una revista fundacional, una crítica literaria latinoamericana, nada eurocentrista. Recuerdo que él decía: «Hay muchos textos que no los podemos estudiar con una base teórica específica, tenemos que crear nuestra propia base. Tenemos que crear nuestras propias bases». Así, llevó por lo alto al Inca Garcilaso de la Vega, a César Vallejo, a la poesía peruana e Hispanoamericana. Permítanme leer un breve textoacerca del libro que nos convoca: La estrella más cercana,«La inmensa poesía».
La partida de José Antonio ha dejado un enorme vacío en nuestra generación. Sin lugar a dudas, tenía la mente más brillante de la generación de los ochenta. No solo desarrolló una obra poética consagrada a la palabra, sino al oficio de converger versos en categorías significativas. Dueño de una voz poética transbarroca, Mazzotti nos canta poesía para callarse, en su hora, ante los mosquitos de la vida, dixit José Antonio.
Incansable académico, aportó una bibliografía numerosa y consistente para el estudio de autores como el Inca Garcilaso de la Vega y César Vallejo, así como para la poesía peruana e hispanoamericana contemporánea Apreciado por su bonhomía y desprendimiento vital, Mazzotti reunía a lo más graneado de la academia mundial a través de eventos nacionales e internacionales.
Su último poemario, La estrella más cercana, es como una despedida. Aparentemente podemos decir que es un diario de muerte, pero el poemario de muerte está en los Poemas posthumanos, que es el libro anterior donde avisaba que ya se iba. José Antonio renace preparando la muerte para estar próximos al fulgor de una estrella que alumbra su memoria, la continua erosión del olvido. Su calor se chorrea en el baúl, para luego recaer en la infancia, en la vorágine del tiempo que deja de girar. Un viaje transbarroco a la semilla desde el desempeño vital de las flores, hasta secarse en galaxias separadas con velos ardiendo de continuo.
Domingo de Ramos y Manuel Liendo
En la poesía de José Antonio la vida relampaguea en tecnicolor donde nadie es dueño de nada, congelando cenas familiares, evocando la infancia, sus primeras caídas, golpes y heridas sangrantes. De ahí los caminos fáciles, José Antonio, de ver el cielo con manchitas rojas capaces de engullir el más precoz deseo, sabiendo que todos están vivos a pesar del Cuco. La madurez tanto en la vida como en una película. La ciudad ejemplificada evoca los huariques, el torito de Surco Viejo donde se come bien. José Antonio tenía un gran diente. Se disfruta el ambiente de vendimia, el olor a uvas, la provincia que ya no es, para estar a tiro de piedra del progreso. Los versos variados para Raquel, su primera profesora de nido, nos ayudan con la pintura de Zurbarán a imaginar su mito, su belleza, su luz y contraluz, su presencia idealizada que solo puede venir del cielo.
Y en el poema «Mar-vientre» retoca el tópico humanista de la vita flumen, toda vida es un río, con la diferencia que la vida regresa al mar. Recordarán dijo Manrique: «Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir». Machado también, Javier Heraud también de una u otra forma lo dicen, pero acá José Antonio hace este giro: en lugar de ir a la muerte regresa al mar que ya no es la muerte, sino es el vientre donde se recibe otra vez la vida. Un tempus fugit irreparable, la fugacidad del tiempo irreparable que convive para seguir entre nosotros es en realidad susurrado siempre por Céfiro, que es el dios del viento. Magnífico poema que reconfigura los tópicos desde su núcleo.
En la casa en Santa Clara evoca al chiquillo de alquitrán y paja, de obediencia, de una docilidad enorme, irreflexión con la esperanza menguada. Recuerda que la primera novia, la imagen indesmayable del amor que resiste agolpándose ante todas sus preguntas. En «Chosica» la casa del abuelo se convierte en refugio de un nazi. Ahí aparecen los primeros morbos, las calatas de Playboy y el plumazo que lo cambia todo.
En «El buscador de estrellas», su padre Luis es demiurgo de las constelaciones con sus mapas, su astrolabio, el abecedario de los cuerpos celestes. Y su madre, Rosa, tenemos que mencionar a Rosita porque José Antonio fue un hijo extraordinario, siempre venía a verla, siempre estaba expectante para saber qué pasaba con Rosita. Y Rosita era realmente como nuestra segunda madre: íbamos, la engreíamos y siempre estábamos con ella. Tenía una lucidez impresionante. Nunca faltaron las llamadas de Rosita, y se fue prácticamente un año atrás, unos meses. Ella, quien abre todas las puertas se convierte en poesía misma para José Antonio.
«Tarapoto» es el nombre de nuestro ambiente donde vivió nuestro niño. Su padre fue militar, así que él estuvo en varias partes del Perú y también vivió un tiempo en Polonia. Un mundo elocuente e imperecedero a pesar de sus lágrimas. En «Blefuscu» y la playa hondable cerca de Ancón surgen imágenes que enternecen: orquestas naturales, murallas de hielo bajo el sol chillante y ella mirándolo. Así conoció el amor, en atardeceres donde las tardes terminan incendiándose.
Finalmente, el poema doce, con final intrínseco, regresa a su amada como altar, avanzado para convertirse en estrella, gozando su carne y hueso hasta el final de sus días. José Antonio Mazzotti nos conmueve con el cierre poético de su trayectoria y nos guía hasta la estrella más cercana de su inmensa poesía.
El escritor piurano Lenin Heredia Mimbela analiza el ensayo Borges: Novelista virtual, planteando diversas hipótesis sobre lo que el ensayista Miguel Gutiérrez escribió acerca de Jorge Luis Borges. Aquí les dejamos la transcripción de la presentación que realizó sobre el libro.
Por Lenin Heredia Mimbela
Me gustaría empezar comentando algo que me parece interesante, respecto a la vigencia de Miguel Gutiérrez. El año pasado se reeditó algo que se denominó la edición definitiva de La violencia del tiempo. Más allá del título, es bastante valioso que se haya reeditado esta gran novela que efectivamente, como lo mencionó Marcela Robles, es una edición hermosa de más de mil páginas que se une ya a las otras ediciones de dos o tres tomos que tenía esta novela.
En este contexto particular, valida también la vigencia de Miguel Gutiérrez la reedición de La destrucción del reino, una de sus novelas de 1993. Por tanto, me parece especialmente elogiable que una editorial independiente haya optado por la misión de reeditar sus ensayos. Pues nos muestra a otro Miguel, pues lo conocemos bien por sus novelas, pero pienso que también estuvo muy interesado en que conociéramos también dicha faceta: la de ensayista.
Recuerdo que leí con muchísimo gusto su ensayo La invención novelesca, que es más o menos una fundición de varios otros ensayos publicados previamente. En dicho libro hay un epígrafe que me parece muy interesante: «pasión por las ideas, amor por las palabras». Eso es en realidad el ensayo.
De derecha a izquieda: Leni Heredia, Mendis Inocente y Marcela Robles
Y cuando uno lee Borges: novelista virtual, lo primero que surgen son varias preguntas y expectativas. Cuando descubrí que Miguel Gutiérrez tenía un ensayo sobre Borges pensé, ¡vaya!, escribir un ensayo sobre Borges. Y es que Borges es un objeto de estudio difícil, acaso un objeto de difícil análisis; o es que escribir sobre Borges es sumamente complejo, porque no solamente era un escritor oceánico, titánico y amplio. ¿Quién se atreve, o quién se atreviera, o quién podría atreverse a escribir sobre Borges sin defraudar? Sin duda alguna, como bien nos hace notar este libro, esa persona es Miguel Gutiérrez, hombre culto y de muchas lecturas.
Eso es lo primero que me gustaría rescatar: este ensayo de Miguel Gutiérrez plantea varias cuestiones al mismo tiempo. Por un lado, es una especie de ruta de lectura de Borges, que es lo más básico. Y nos ayuda, creo yo, a mirarlo desde otra perspectiva. Estas cuestiones que nosotros no habíamos visto, o que habíamos leído en los cuentos de Borges, pero no habíamos terminado de entender en ciertos aspectos. Lo segundo es que Gutiérrez nos acompaña o nos pide que lo acompañemos en su análisis, es decir en su lectura de Borges. Sin embargo, esto no es tarea fácil, pues nos deja la valla muy alta, ya que, si bien menciona algunos textos conocidos en su estudio, también hace referencia a otros textos que podrían sentirse lejanos. De algún modo, el lector objetivo son personas apasionadas por la lectura y la literatura, pero para un mayor disfrute, el lector ideal sería alguien que no solo ha leído a Borges, sino todos esos otros textos a los que hace mención Gutiérrez cuando discute, por ejemplo, la influencia de Borges en la novela latinoamericana.
La segunda cuestión va por el título del ensayo. Han transcurrido casi 25 años desde la publicación de Borges: Novelista virtual, y en la actualidad tenemos otra idea de lo que es o lo que podría ser lo «virtual». No me sorprendería que algún joven piense que ser un «novelista virtual» tenga relación con el internet o el ciberespacio. Obviamente el tema no va por ahí, pero de cualquier forma es interesante percibir las distintas concepciones en torno a ello.
Ahora bien, es muy seductora la hipótesis que plantea Miguel Gutiérrez respecto a que Borges solo escribió cuentos y no novelas; y ¿por qué no escribió novelas? Esa es la pregunta central del libro. En el primer capítulo se plantea lo que el autor denomina como una «herejía borgeana», para hacernos notar cómo es que Borges rechazaba la idea de la novela o, por lo menos, la imagen que Borges había construido todo el tiempo de sí mismo. Y es que los escritores hacen eso también: crean una imagen pública de sí mismos y con sus declaraciones —ya Marcela nos ha hecho notar el talante de las declaraciones de Borges— había planteado una especie de rechazo hacia la novela. Una de las primeras ideas que discute Miguel Gutiérrez en este ensayo es que quizá ese rechazo que Borges decía sentir por la novela no era tal. Por tanto, intenta hacer un rastreo de por qué no era tal y nos dice «en primer lugar, Borges ha influido por supuesto por el lenguaje que utiliza, que les enseñó a los escritores la precisión en la palabra». Cabe mencionar que Gutiérrez lo dice respecto de sí mismo, a la par de otros escritores latinoamericanos.
Por otro lado, el ensayo plantea que Borges fue una especie de precursor —vamos a llamarlo de ese modo— o que preparó el terreno para lo que luego vendría a ser y la nueva novela latinoamericana. Hay que ser muy avezado para señalar tal cosa. Pero Miguel Gutiérrez empieza a trazar las referencias entre una y otra cuestión; por ejemplo, desde el punto de vista técnico él abre el camino y lo otros lo siguen, pero también desde el punto de vista temático, desde el punto de vista de mirar la realidad peruana desde otra óptica. Eso que detestaba Borges, dice Miguel Gutiérrez. Quizá Borges lo que en realidad detestaba era eso que se podía llamar un realismo limitante, por decirlo de alguna forma, pues él creía que la realidad era mucho más compleja.
Sobre la interrogante de por qué Borges no escribió una novela, Gutiérrez nos plantea varias hipótesis. Tal vez no lo hizo por cuestiones teóricas, tal vez no lo hizo por cuestiones estéticas, tal vez no lo hizo por cuestiones sociales, porque creía que la novela era una cuestión más burguesa y Borges no se asumía así mismo como tal. O tal vez no lo hizo por cuestiones ideológicas, por ejemplo, pero resulta tan persuasivo el ensayo, que primero Miguel Gutiérrez nos esboza estas hipótesis. Y a continuación en el siguiente capítulo, que se llama justamente «Borges: novelista virtual», no lo dice de forma explícita, pero apunta muy bien a la tesis que está defendiendo en este ensayo. Es decir que Borges no necesitaba escribir una novela porque sus cuentos en sí mismos son síntesis de varias novelas en distintos niveles. Sería válido pensar entonces, y Gutiérrez lo traza también de ese modo, para qué necesitamos escribir tal o cual novela si la podemos resumir de la forma en que Borges lo hacía en un cuento. Creo que es la hipótesis central de este texto.
Para lograr su cometido analiza varios otros textos, por ejemplo, «Pierre Menard, autor del Quijote», «Examen de (la obra de) Herbert Quain», entre otros. A propósito de ello, una de las cuestiones que me interesó mucho de este libro fue esta idea de que aún cuando Miguel Gutiérrez escribió este libro a inicios de este siglo, tenía mapeados a varios autores que, según dijo, no por imitación, sino por creación habían tomado la posta de Borges o de alguna forma habían sentido una influencia creativa a partir de su obra. Este es el caso de Italo Calvino, de Umberto Eco y, por supuesto, el de Cortázar. Por ello, el ensayista señala que en determinado momento Borges deja de ser una especie de gran secreto entre los lectores y se hace mucho más conocido.
Una última cuestión rescatable del ensayo es lo planteado en el último capítulo, donde Gutiérrez cuenta básicamente su experiencia respecto a Borges y los escritores peruanos que pueden o podrían haber recibido una influencia borgeana. En este punto me parece decisivo hablar sobre la técnica de Gutiérrez como ensayista. El escritor utiliza una estrategia bastante adecuada, porque inicia mencionando cuestiones analíticas que pueden ser un poco lejanas para el lector, pero concluye su ensayo con temas más personales, por ejemplo, ese vaivén que sintió Gutiérrez por la obra de Borges y por el autor; esa especie de descubrimiento y entusiasmo inicial con la lectura pausada que hacía Luis Jaime Cisneros de los cuentos «El Aleph» y «Hombre de la esquina rosada». Por otra parte, están también las tensiones que solemos tener con algunos escritores, quizás con los que más nos gustan, que versan en el acercamiento y el alejamiento. Luego, con la madurez, uno vuelve a ellos.
Como bien sabemos, estamos ante una interesante colección de ensayos. Ya tenemos el de Kafka, está también el ensayo sobre Ribeyro y en este último sobre Borges, en las páginas finales del texto, Gutiérrez señala que lo que él está realizando es una relectura de estos autores y señala que «hay algunos autores que sostienen una relectura, es decir, que quedan de pie después de una relectura y otros que no tanto». Si bien no menciona a estos que «no tanto», es categórico en señalar que Borges si lo resiste y que eso es lo que más le apasiona. Considero que esta fue la razón para que le dedicara un ensayo de este tipo.
Finalmente, si bien Gutiérrez no menciona esta cuestión en el ensayo, pero me parece importante decirlo, es que siento que el autor hizo una especie de homenaje a Borges, no sé si de forma directa o indirecta. Lo simpático del ensayo es que el autor puede presentarse haciendo acto en primera persona, mostrarnos sus dudas y la forma en cómo relaciona sus ideas. Hay una parte en la que Gutiérrez parece decir «¡bingo!» o «¡eureka!», pues halló una idea que le pareció genial y que luego retoma. Ya explicaré cómo.
Para ello, me permito tomar esta pequeña cita de la página 107, a propósito del cuento y la novela de Italo Calvino Si una noche de invierno un viajero: «Cuántos novelistas habrán acariciado el sueño de ser Herbert Quain, de ser Borges». Y luego entre signos de admiración dice: «¡Escribir una novela incesante, infinita, tener los atributos de todos los novelistas para poder realizarlo, que extraordinario reto, tal vez varios lo pensaron, pero tal vez retrocedieron ante lo que juzgaban una fantasía irrealizable!».
En efecto, Miguel Gutiérrez no lo dice, pero percibo que él se sintió retado por la figura de Borges. Si evaluamos la obra de Gutiérrez y pensamos, por ejemplo, en la novela publicada en 1969 El viejo saurio se retira o en esta especie de western Hombres de caminos, o en La violencia del tiempo, novela que incluye varias novelas, en ellas hay varios escritores distintos que son Miguel Gutiérrez. Es decir, él mismo asume el reto de Borges de escribir distintas novelas.
Y en su última etapa, que llega justo con el nuevo siglo, Gutiérrez sintió que debía asumir a plenitud su vocación como escritor, narrador y novelista, por lo que hizo todo lo posible por explorar todos los géneros posibles; por ejemplo, tenemos Una pasión latina, novela de corte policial sobre un asesinato; luego está Kymper, novela más bien de tintes políticos. Me permito decir que he leído toda la obra de Miguel Gutiérrez con enorme placer y lo considero un escritor definitivamente admirable.
Queda claro entonces que en Borges: novelista virtual, Gutiérrez lee a Borges, deduce a Borges, nos envía una tesis sobre Borges, la demuestra y nos traza el camino, pero a un nivel personal e íntimo en el que asume el reto y lo cumple, o procura cumplirlo dentro de todas sus expectativas. Sabemos que Miguel Gutiérrez hasta el final estuvo dedicado a la novela y me parece que sin duda este ensayo es un homenaje a Jorge Luis Borges, más Gutiérrez en su propia obra rindió un tributo que es muchísimo mayor.
En el marco de los 126 años del nacimiento del escritor argentino Jorge Luis Borges, les dejamos la transcripción de la presentación que realizó Marcela Robles, poeta y periodista, sobre el ensayo Borges: Novelista virtual, del ensayista piurano Miguel Gutiérrez.
Por Marcela Robles
Traigo algunas ideas anotadas después de pasar un par de semanas con Borges y Miguel Gutiérrez en la cabeza. Espero que en algún momento ambos me permitan articular algunas palabras propias en lugar de las suyas, que son inminentemente maravillosas.
Este rescate literario —respecto a Borges: Novelista virtual— merece seguir adelante para no olvidar a Miguel Gutiérrez, escritor piurano extraordinario que nos trajo una de las palabras más increíbles y estimulantes de la literatura peruana.
En lo personal, este ensayo me ha servido, entre muchas otras cosas, para reencontrarme con Borges a través de relecturas que siempre descubren algo nuevo de nuestros autores favoritos; sobre todo en esta época en que la hondura, la sabiduría y el riesgo parecen haberse desvanecido. Esperemos que temporalmente, porque salvo honrosas excepciones, que por supuesto las hay, lo superficial, lo meramente descriptivo, lo insustancial parecen haber tomado el lugar de la reflexión y la originalidad en la literatura actual. Así que este reencuentro con Borges se lo debo a Miguel Gutiérrez y a su clara y deslumbrante prosa. Les recomiendo encarecidamente que lean este bello libro, porque es de lectura imprescindible.
He tomado nota de las reflexiones, ideas, emociones y asociaciones, que es lo que hace de alguna manera Miguel, porque cruza a Borges con absolutamente todo. Y, ¡por Dios!, atreverse a decir que Borges si bien no escribió novelas fue prácticamente el precursor de la novela latinoamericana, pues equivale a algo tan temerario como aventarse de un precipicio. Sin embargo, creo que consiguió su objetivo.
Lo fascinante de los buenos escritores es que al descubrirnos su universo nos remiten a grandes temas y descubrimientos que trascienden, y esto es importantísimo para todo escritor: que trascienden incluso a los protagonistas o temas principales de sus historias. Esa mirada abarcadora que va más allá de su propia percepción y que generosamente —con muchísima sabiduría— nos cuestiona, nos alimenta, nos incomoda y nos fascina, pero sobre todo nos eleva. Precisamente para no quedarse solo en la superficie o en lo meramente anecdótico. Escritores que no se jactan ni se complacen consciente o inconscientemente de sus capacidades, dejando a la vez un margen para nuestro propio juicio y, sobre todo, dando rienda suelta a tres cosas fundamentales: la imaginación, la curiosidad y el asombro. Tres condiciones que, a pesar del apocalipsis que vivimos, nos mantienen vivos e interesados. Como dice el dicho: «Es mucho mejor estar interesados, que ser interesante».
Gutiérrez, en el prólogo la colección que tituló Biblioteca para el siglo XXI, afirma que en su doble condición de lector impenitente de ficciones sigue siendo un autor que aún no ha perdido la esperanza de escribir una buena novela. Imagínense, esto lo escribió Gutiérrez en 1999 y se publicó en el 2000 si no me equivoco. Es decir, nueve años después de publicar La violencia del tiempo. Solo le queda la esperanza de escribir una buena novela. Entonces me preguntó yo: ¿Qué será de nosotros, pobres mortales, tratando de escribir algo decente cuando él se sentía inseguro de la obra magistral que había escrito?
Y esto demuestra una vez más que casi todos los escritores padecen de alguna u otra manera del famoso síndrome del impostor: esa inseguridad que hace dudar de su potencial hasta a los más notables de la tribu, evidentemente. Me acuerdo, por ejemplo, de una carta famosa y hermosísima de Ernest Hemingway, publicada en Cartas memorables, que le escribe a su amigo Scott Fitzgerald, nada menos. Fitzgerald, que ya había publicado El gran Gatsby en ese entonces, le manda el borrador de la primera copia de Tender is the night, Tierna es la noche —prefiero Tierna es la noche, que Suave es la noche, como lo traducen algunos—y Hemingway lo destroza. Eran muy amigos y, por supuesto, Hemingway lo critica con cariño, con respeto y de alguna manera, con delicadeza, pero fue sumamente crítico. Hablando del síndrome del impostor, si Scott Fitzgerald dudaba de su talento, entonces, como repito, mejor nos dedicamos a la repostería; pero Hemingway le dice: «Scott, estoy completamente seguro de que tú en este momento ya eres capaz de cualquier cosa. Tú puedes escribir lo que quieras en este momento. Tú puedes hacer lo que quieras con tu literatura. Entonces déjate de tonterías y de rodeos y ponte a escribir». Por supuesto, nueve años le tomó a Fitzgerald escribir Tierna es la noche. ¡Y miren lo que resultó!
En verdad, cuando a uno le piden una opinión sobre el trabajo que está realizando un amigo, que quizás esté escribiendo una novela, una debe ser honesto, porque los aplausos no sirven de nada, no hacen más que alimentar un ego que no sirve para nada. Sería bueno aprender esa lección memorable que nos dio Hemingway.
No sé si Borges tenía aquel síndrome. Pienso que no, porque cuando la gente menciona a Borges parece que les salieran plumas de la cabeza. Pero hay que aprender a desacralizar a los clásicos, a nuestros autores favoritos y a los grandes escritores. Hay que aprender a bajarlos a tierra y hacerlos más cercanos a nosotros. Pero lo que sí sé —dicho por el mismo en sus entrevistas, que son una delicia— es que era sumamente crítico de sí mismo y de su escritura. Ustedes lo deben saber. Incluso escribió varios libros que decidió no publicar porque le parecían insuficientes, o que consideraba no debían llegar a los lectores porque no merecían la pena. Era un genio. Excepto, naturalmente por algunos desubicados que van por el mundo sin rumbo buscando los aplausos y la gloria, el éxito es efímero, pero no les haremos ningún caso.
Gutiérrez dice en este maravilloso libro Borges: Novelista virtual que no tiene un carácter académico ni erudito, sino hedonístico, personal y desacralizado; aunque sin detrimento del necesario rigor que la lectura de un texto literario exige, lo siguiente: «Mis clásicos, los he circunscrito al área de occidente del cual de una u otra manera forma parte Latinoamérica. El objetivo que me he propuesto es ofrecer a los lectores una introducción relativamente completa de la novela de este siglo que culmina, pero que a la vez implique un balance y una apertura y proyección a los años iniciales del siglo XXI». Vaya tarea la que se impuso nuestro querido Miguel, piurano de pura cepa, que representa emblemáticamente la literatura regional de nuestro país a los que todos deberíamos volver y no olvidar nunca.
Este libro no solo trasciende fronteras, sino que se convierte en una especie de guía indispensable para recorrer no solo literatura borgeana, sino a todos los escritores influenciados por ella. Y, además, por la cantidad de información minuciosa y extensa contenida en los anexos —que prácticamente son un libro aparte— es un gran instrumento de consulta en cualquier biblioteca. No exagero al decir que los apéndices parecen la enciclopedia británica.
Por supuesto, no podemos dejar de escuchar las palabras de Borges. Atribuyo sus grandes libros a la labor de comunidades, a personajes de los mismos libros, a dioses, a héroes o simplemente al tiempo. Una de las principales obsesiones borgianas es el tiempo. Tales atribuciones son, por supuesto, meras evasiones o juegos, no así la última.
Nadie puede condenar una antología que sea mucho más que un museo de sus simpatías y diferencias, pero el tiempo acaba por evitarlas. Espero que esta especie de antología que Miguel trataba de armar el tiempo la recuerde eternamente. Lo que un hombre no puede hacer, las generaciones lo hacen. Los infolios de Calderón dejan de abrumarnos y perduran; nueve o diez páginas de Coleridge, uno de los poetas favoritos de Borges, borran la gloriosa obra de Byron y el resto de la obra de Coleridge. No hay antología cronológica que no empiece bien y no acabe mal. El tiempo ha compilado el principio y el doctor Marcelino Menéndez y Pelayo el fin. En breve, sigue Borges, la cifra de mis años será setenta. El tiempo, cuya perspicacia crítica he ponderado, en recordar dos textos: «Fundación mítica de Buenos Aires» y «Hombre de la esquina rosada». Que curioso que él mencione este cuento. Si los he incluido aquí, dice Borges, es porque los espera el lector. Lo cual refleja el respeto que Borges tenía por sus lectores.
Quién sabe, añade, qué virtud oscura habrá en ellos. Naturalmente prefiero ser juzgado por —y nombra sus cuentos— «Límites», «La intrusa», «El golem» o «Junín». Sospecho que un autor debe intervenir lo menos posible en la elaboración de su obra, fundamental. Debe de tratar de ser un amanuense del espíritu o de la musa, ambas palabras son sinónimas, no de sus opiniones, que son lo más superficial que hay en él. Así lo entendió Rudyard Kipling, el más ilustre de los escritores comprometidos. A un escritor, decía Kipling, le está dado inventar una fábula, pero no la moralidad de esa fábula. Ojalá las páginas que he elegido prosigan su intrincado destino en la conciencia del lector. Mis temas habituales están en ellos: la perplejidad metafísica, los muertos que perduran en mi memoria, la germanística, el lenguaje, la patria, la paradójica suerte de los poetas.
En el décimo quinto aniversario del fallecimiento del premio nobel portugués, hacemos un breve repaso por la vida y obra de uno de los representantes máximos de las letras universales.
Saramago publicó en 1947 Terra do pecado, su primera novela, la cual pasó desapercibida ante los ojos de la crítica. Tras el fracaso de dicha empresa, el escritor compuso Claraboya, obra con la que pretendía sostener un segundo asalto en la escena literaria. Sin embargo, no vería la luz sino hasta el lejano 2012, dos años después de la muerte de su creador.
Contrario a lo que se piensa, respecto a que un autor existe en la medida que sea publicado, José Saramago optó por el silencio editorial. Durante más de veinte años no publicó ningún libro, aunque realizó diversos trabajos, entre estos, las traducciones de las obras de Maupassant, Baudelaire, Tolstói, entre otros, al portugués.
A decir del mismo Saramago, no publicó porque «sencillamente no tenía algo que decir y cuando no se tiene algo que decir lo mejor es callar». Cabe preguntarse si en aquellos años perdidos se forjó aquel estilo lírico e inimitable, aquellas historias satíricas, acaso proféticas, que componen el corpus de su universo.
Al aparecer Manual de pintura y caligrafía, en 1977, la crítica, antes esquiva, trataba con expectativas el renacimiento de Saramago, pero no fue sino hasta 1980, tras la publicación de Levantado del suelo, que se consolidó como uno de los escritores más importantes en lengua portuguesa. Es decir, recién a los 58 años alcanzó el éxito.
Lo demás, historia es. Desde aquel momento, publicó sin descanso. Quien supo callar, ahora era incapaz de hacerlo. Pero es preciso detenernos en 1991. Y es que, en dicho año, la fama de Saramago se catapulta a niveles superiores, a raíz de la publicación de El Evangelio según Jesucristo, novela que reescribe, de manera caótica, la vida de Jesús, y que causó un revuelo en Portugal.
Diversos sectores religiosos tildaron a Saramago de blasfemo, por lo que el autor, a modo de protesta, se exilió en la isla de Lanzarote. En ello reconocemos el trabajo comprometido de Saramago con su proceso de creación, en el que echa mano de la ficción para resonar en las realidades sociales, políticas y religiosas. Esto les permitió a sus relatos, situados en contextos imaginarios, reflejar las contradicciones del mundo contemporáneo, por lo que sus obras cargan con una fuerte crítica a la sociedad y la condición humana.
Hijos de ello son las novelas Ensayo sobre la ceguera (publicado en 1995, y acaso su libro más famoso) y Las intermitencias de la muerte, las cuales abordan con suma maestría la complejidad del ser humano, en la que critica las etiquetas que encapsulan al hombre en roles predeterminado. Asimismo, es clara la defensa del pensamiento humano y las decisiones que acarrean consecuencias irreversibles, pero llenas de libertad (La caverna es uno de esos ejemplos edificantes).
A quince años del fallecimiento de Saramago, es preciso recordarlo como una alegoría a la vida misma y a la razón más heterodoxa, así como un cántico a la lucha contra los poderes opresores, pero desde una óptica compasiva, tal vez irónica, de que el mundo necesita ser retratado por la ficción para ser comprendido, al menos, en una milésima parte.
En Caín, su última novela, encontramos una frase final que representa, acaso como broma o como un testimonio que soportará la inclemencia del tiempo, la oda perfecta a ese silencio que lo acompañó en su vida: «La historia ha acabado, no habrá más que contar».
Hoy se cumplen 150 años del nacimiento de uno de los autores más importantes de la literatura alemana. Si aún no conoces su obra, te dejamos una lista de cinco libros con los que puedes empezar.
Los Buddenbrook (1901)
Primera novela del escritor que narra el ascenso y decadencia de una familia de comerciantes de la ciudad de Lübeck, entre los años 1835 y 1877. La novela tuvo un éxito rotundo tras su publicación, al punto que a mediados de 1929 se habían vendido más de 185 000 ejemplares de la edición alemana. Precisamente, ese mismo año se le otorgó a Mann el Premio Nobel de Literatura y, según lo dicho por el jurado, fue «principalmente por su gran novela Los Buddenbrook».
La muerte en Venecia (1912)
La trama de esta novela reflexiona sobre la pasión como desequilibrio y senda directa hacia la degradación del hombre. Contrario a lo que se piensa, esta historia cuenta una sencilla anécdota: el escritor Gustav Aschenbach llega a Venecia en busca de inspiración y se obsesiona con un joven llamado Tadzio, que representa la belleza idealizada. Las acciones que despliegan son mínimas y los escenarios en los que transcurre la narración se reducen principalmente a las habitaciones de un exclusivo hotel de veraneo veneciano y a la playa que queda cerca de allí.
La montaña mágica (1924)
Considerada como la obra maestra de Mann y una de las más importantes de la literatura universal de la primera mitad del siglo XX. La historia sigue las peripecias de Hans Castorp, un joven ingeniero que visita a su primo Joachim Ziemssen en un sanatorio de los Alpes suizos, destinado para el cuidado de pacientes tuberculosos.
Lo que sería una estancia breve, se prolonga por tiempo indefinido, lo cual le permite a Hans reflexionar sobre la vida, la muerte y el amor, pilares fundamentales de la existencia humana. La novela es tomada como un fiel reflejo de la sociedad burguesa antes de la Primera Guerra Mundial.
José y sus hermanos (1933-1943)
Esta es una de las más grandes obras de Thomas Mann, dividida en una tetralogía que reinventa la historia bíblica de José, consignada en el libro del Génesis. Mann narra la vida de José, pasando por su juventud, la traición de sus hermanos, el ascenso de José en Egipto y la reconciliación familiar, que simboliza la entrada de los israelitas en tierras egipcias.
Doktor Faustus (1947)
La novela fue escrita durante el exilio de Mann en Estados Unidos y recibió numerosos aportes de personalidades como Ígor Stravinski y Theodor W. Adorno. La historia narra la vida de Adrian Leverkühn, prodigio de la música, la cual coincide, de forma intencional, con la historia moral de Fausto, personaje de la mitología medieval alemana, que se vendió al demonio Mefistófeles.
El relata deja al lector intuir si la presencia del demonio era parte de la imaginación de Leverkühn. De cualquier forma, el músico lleva su arte hasta el nivel más extremo, culminando con su muerte fatídica.
A lo largo del tiempo, la crónica periodística ha dejado una huella imborrable en el campo de las letras, debido a que combina el proceso de investigación con las principales técnicas narrativas. El objetivo: emocionar y conmover al lector. Aquí te dejamos a cinco cronistas que deberías conocer y leer.
Rodolfo Walsh y el periodismo narrativo
El escritor argentino fue el pionero de la llamada novela de no ficción, tras la aparición de su obra Operación Masacre en 1957. El escrito combina una rigurosa investigación periodística sobre los asesinatos de prisioneros el 9 de junio de 1956 —episodio conocido como los fusilamientos de José León Suárez— con herramientas narrativas, lo cual devino en un texto que se ha convertido en referente del periodismo argentino y latinoamericano.
Esta novela se adelantó seis años al boom que desataría la publicación de A sangre fría, del estadounidense Truman Capote.
Ryszard Kapuściński y la cobertura de conflictos globales
Considerado como uno de los máximos exponentes del periodismo moderno, Kapuściński cubrió diversos conflictos provocados por dictaduras, regímenes y tensiones políticas en África, Asia y América Latina. Su enfoque narrativo acerca la realidad de los menos favorecidos hacia los lectores, lo cual estableció una nueva óptica en torno a la narración periodística de conflictos.
Famosas son sus crónicas El emperador, de 1978, la cual narra la decadencia del régimen del emperador Haile Selassie de Etiopía; Ébano, de 1998, un relato profundo de los viajes del periodista por África en el que describe no solo guerras y dictaduras, sino también la vida cotidiana y las tradiciones de distintos pueblos africanos; La guerra del fútbol, de 1992, relata el conflicto armado entre El Salvador y Honduras, conocido como la Guerra de las cien horas, echando mano de la narrativa literaria para explicar las causas y consecuencias de la controversia.
Bob Woodward y Carl Bernstein: periodismo de investigación
Uno de los clásicos de la historia del periodismo. Woodward y Bernstein, reporteros del Washington Post, causaron una gran revolución en el campo del periodismo de investigación de Estados Unidos, tras destapar el escándalo Watergate en 1970.
Dicho caso surgió a raíz del robo de documentos en el complejo de oficinas Watergate, sede del Comité Nacional del Partido Demócrata de Estados Unidos, en Washington, y el intento de la administración del presidente Richard Nixon por distraer la atención de este hecho. La historia se narra en el libro Todos los hombres del presidente, texto que demostró el poder del periodismo para exponer la corrupción en altos niveles y generar cambios sociales.
Martha Gellhorn: corresponsal de guerra
La periodista estadounidense cubrió los conflictos más importantes del siglo XX, como la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial. Sus escritos constan de un sutil toque personal y una marcada línea comprometida con la verdad de los hechos.
Entre sus escritos más importantes resaltan El rostro de la guerra, de 1959, una recopilación de crónicas de distintos conflictos bélicos entre 1937 hasta 1985; también está Cinco viajes al infierno: aventuras conmigo y ese otro, de 1978, que es un relato de sus viajes y experiencias personales en zonas de conflicto; por último, tenemos Vietnam: A New Kind of War, de 1966, que es una serie de reportajes sobre la guerra en suelo vietnamita y las consecuencias en la población civil.
Tom Wolfe y Hunter S. Thompson
En el caso de Wolfe, es considerado como uno de los creadores del nuevo periodismo, debido a que fue de los primeros en combinar la narrativa literaria con la investigación. Entre sus crónicas más famosas resalta La hoguera de las vanidades (1987), pues, aunque es tomada como novela, se basa en una crónica social y política de la ciudad de Nueva York, en la que se dan a conocer las contradicciones de dicha sociedad, así como la realidad social y racial.
Por su parte, Hunter S. Thompson, llevó la innovación periodística hacia un siguiente nivel, tras la creación del llamado periodismo Gonzo. Sus escritos más importantes son La maldición de Lono, crónica que cubre la maratón de Hawái en el aniversario del ataque de Pearl Harbor; Los ángeles del infierno, de 1966 en la que el periodista se mezcla con el mundo de los motociclistas de Hell’s Angels para narrar sus experiencias.
Existen muchas maneras de abordar la vas obra del premio nobel, la cual, al día de hoy, continúa sorprendiendo a entendidos y a quienes se acercan por primera vez. En el siguiente artículo, el escritor Horacio Hidalgo Ledesma propone un método bastante peculiar para empezar a leer a uno de los escritores fundamentales del Perú y América Latina.
Por Horacio Hidalgo Ledesma
Es un hecho que quienes ahora bordeamos los cuarenta tuvimos una primera aproximación a la figura de Vargas Llosa por una vía que en nada involucraba sus obras literarias. Estaba lejos de nuestra comprensión aquel portentoso escritor que había ganado el Premio Rómulo Gallegos y el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, el eterno candidato a un Premio Nobel de Literatura que se le negaba obstinadamente. Para nosotros era, sobre todo, el señor canoso con dicción cantarina que salía por televisión promocionando su candidatura para las siguientes elecciones presidenciales, en medio de la reverdecida esperanza de quienes, como nuestros padres y abuelos, lo veían como el único aspirante por el que de verdad valía la pena votar. Se extrapolaba su prestigio de escritor hacia el terreno de la gestión pública y se presumía que sería el hombre que con su liderazgo lograría sacarnos del hoyo de la pobreza, la violencia, la corrupción y el atraso. ¿Acaso daba alguien un céntimo por su contendiente en la segunda vuelta, aquel señor de apellido japonés que absolutamente nadie conocía?
Sin embargo, el desconocido ganó y el asombro fue tal que muchos fuimos empujados por las circunstancias a bosquejar el trasfondo de la fama que precedía al derrotado candidato. Vargas Llosa se alejó del Perú, al menos físicamente, pero ya su nombre resonaba en nuestras cabezas con los ecos de una celebridad que parecía venir desde el comienzo de los tiempos… Solo algunos años después los más insatisfechos nos dimos a la tarea de cotejar el mito con la experiencia de leerlo, pero sin orden ni concierto, sumergiéndonos en un libro tras otro y tratando de rescatar en cada uno lecciones esenciales sobre el arte de escribir, aunque también sobre el Perú, el país donde se sitúan buena parte de sus historias.
A modo de inicio
Me inclino a pensar que hay una ruta hacia un conocimiento cabal de la obra de Vargas Llosa y, si acaso fuera también posible, de algunos aspectos importantes del hombre que hay detrás de ella. ¿Por dónde empezamos? Tal vez debamos repasar primero los caminos más habituales. Aunque no se haya publicado y sea imposible conseguir una copia en sitio alguno, los iniciados tardarán poco en mencionar que siendo todavía un adolescente Vargas Llosa escribió una obra de teatro titulada La huida del Inca, y muy probablemente proseguirán recomendando los cuentos reunidos en Los Jefes; a partir de allí el sendero más trajinado empieza en La ciudad y los perros, como primer hito en una larga cronología de novelas magistrales y ensayos fundamentales que solidificaron la fama del escritor peruano.
Será menester que los entendidos propongan un primer acercamiento a la obra de Vargas Llosa siguiendo esa linealidad, o que se salten las convenciones temporales —que con tanta osadía revolucionó el escritor en sus novelas— y atiendan en sus recomendaciones los gustos y preferencias del lector interesado. ¿Te gustan las novelas policíacas? Ahí tienes ¿Quién mató a Palomino Molero? y Lituma en los Andes. ¿Prefieres las novelas políticas? Conversación en La Catedral es lo que debes leer… Planteamientos muy sesudos y pertinentes, sin lugar a dudas.
Yo propongo una ruta diferente. Una ruta que no aborda linealmente la cronología de las obras de Vargas Llosa ni mucho menos las clasifica en géneros que puedan acotar su global comprensión. Una pequeña guía, muy libre y muy anárquica, si se me permite, que va desde esas elecciones perdidas hacia la prodigiosa claridad del escritor que en sus años maduros supo regalarnos El sueño del celta y Tiempos recios; una guía que recién mucho más adelante se permitirá una vuelta sobre los pasos para encararnos con la complejidad formal de La ciudad y los perros, La casa verde y Conversación en La Catedral, las tres primeras novelas de Vargas Llosa, que son además las que le ubicaron como uno de los más grandes renovadores de las letras hispánicas.
La autobiografía como punto de partida
Entonces volvamos sobre aquellas elecciones presidenciales que dieron lugar no solo al intelectual lastimado en su amor propio por haber sido derrotado en las urnas, sino también al artista que lamió sus heridas haciendo lo que mejor sabía hacer, es decir, escribir. El pez en el agua fue el resultado de aquel ejercicio de auto resarcimiento. De corte biográfico y una de sus obras más emblemáticas y significativas, El pez en el agua es, a mi juicio, la piedra de Rosetta para la obra del escritor peruano. A quienes deseen conocer la semilla de su inconformidad mucho antes de que el artista en ciernes escribiera la primera palabra en la primera página de su primera novela, o quieran sopesar los sacrificios a los que se vio sometido cuando sus trajines de improvisado político y candidato no le daban casi tiempo para leer —y para escribir todavía menos—; cabrá recomendarles que lean ese libro antes que ningún otro.
Así podrán hurgar en la historia de las dos frustraciones fundamentales de la vida del autor: la frustración del niño mimado que un buen día conoce a su padre, a quien creía muerto, y ve cómo la arbitrariedad y prepotencia de este desconocido contamina de miedo, lo que hasta entonces había sido el paraíso de una infancia protegida en el seno de la familia materna; y la frustración del gran escritor que puso a un lado la mayor pasión de su vida —los libros, la literatura— para abordar la fallida empresa de tentar el poder y lograr cambios positivos en una sociedad agonizante, mientras el terrorismo y la inoperancia estatal, el desempleo y la desesperanza, sobrevolaban los escombros de un país al borde del colapso. La lucha del niño nos entregó al escritor, y la derrota del político nos lo devolvió. Así debió de haberlo entendido el mismo Vargas Llosa. No por nada, El pez en el agua alterna episodios de su infancia con aquellos de su periplo electoral.
Dos novelas fundamentales
Una vez comprendidas las motivaciones del artista, habrá que seguir postergando La ciudad y los perros, La casa verde y Conversación en La Catedral, novelas de un virtuosismo técnico que el lector poco avisado aún podría encontrar herméticas y excesivamente complejas; habrá que saltar con garrocha La guerra del fin del mundo, una de las mejores novelas latinoamericanas jamás escritas; y habrá que dejar para más adelante, también, trabajos de menor calado como Pantaleón y las visitadoras y ¿Quién mató a Palomino Molero?, que no por menos ambiciosas dejan duda sobre la calidad y la destreza narrativa de su autor. Es en este punto donde se impone la lectura de dos novelas imprescindibles: La fiesta del chivo y El Paraíso en la otra esquina.
Jamás titubeo Vargas Llosa en condenar las dictaduras de todo pelaje, vinieran de donde vinieran, porque cada una de ellas simbolizaba a ese padre abusador e insensible que tildaba el quehacer literario como un mero pasatiempo de afeminados; y La fiesta del Chivo es, con su descripción de la brutal dictadura bananera de Rafael Trujillo y el posterior asesinato del jerarca, un trasunto literario de aquella otra dictadura contra la cual el niño Mario nunca supo luchar, como no fuera a través de los libros que leía y las historias que bosquejaba con el pulso todavía vacilante de un aprendiz.
El Paraíso en la otra esquina, por su parte, contiene la clave para comprender el idealismo que llevó al escritor a dejarse convencer para candidatear en las elecciones presidenciales del año 90; porque allí, en la Flora Tristán que se pasea por media Francia postulando el paraíso socialista y la emancipación de la mujer, frente a auditorios conformados por obreros y artesanos, se encuentra el converso Vargas Llosa que de haber llegado al poder habría impulsado un paquete de medidas liberales sin precedente alguno en el Perú; y también porque allí, en el Paul Gauguin que lo dejó todo —su familia, su comodidad burguesa—para irse a vivir a la Polinesia Francesa, donde pintaría varios de sus más famosos cuadros, se encuentra el artista amante de la perfección formal, que puso en pausa su amor por la literatura para montarse en el potro chúcaro de una candidatura presidencial, y que a pesar del trauma de la derrota hubo de retomar sus afanes de escritor como un improbable Adán a quien se le ha obsequiado la posibilidad de retornar al paraíso.
El fin del camino
A partir de este punto, siéntase libre el lector de proseguir como le venga en gana. Quizá no dé lo mismo leer Los cachorros después de La tía Julia y el escribidor, o entremezclar las disquisiciones eróticas de don Rigoberto con los empeños humanitarios de Roger Casement, pero en esta etapa de nuestro viaje bien cabe atender a los mandatos del instinto en vez de acatar las directrices de un orden lógico y racional: fungiremos de Vargas Llosa, entonces, nos dejaremos colonizar por las musas, como cuando un nuevo tema tomaba por asalto al novelista y se le imponía sin que pudiera o quisiera resistirse. Así podremos abrazar la universalidad de lo que a simple vista parece anecdótico y meramente local, y recorreremos con sensación de familiaridad lo que transcurre en geografías por completo desconocidas para nosotros. Allá, en los sertones brasileños. En el escritorio de Flaubert y en el dormitorio de Víctor Hugo. En la Guatemala sojuzgada por el macartismo y la United Fruit Company.
Luego de este gozoso desbarajuste, habremos de tomar un desvío que nos lleve por fin hacia la prueba máxima que tanto hemos anticipado; por fin estaremos listos para leer La ciudad y los perros, conocer al Poeta, al Jaguar y al Esclavo, respirar el aire opresivo de ese Perú tan violento y lleno de contrastes con el que Vargas Llosa tuvo recién contacto cuando su padre lo mandó al Colegio Militar Leoncio Prado con la ilusa idea —vaya que lo fue— de que así abandonaría aquella tonta vocación por las historias y los versos. Entonces aprovecharemos el impulso para quemarnos en el fuego de La casa verde, ser cómplices de los inconquistables en la Mangachería y recorrer la Amazonía en la balsa del bandido Fushía; y así estaremos listos para la amplia gama de recursos narrativos que el todavía jovencísimo Vargas Llosa pondrá a nuestra disposición en Conversación en La Catedral. Listos para la avenida Tacna, que junto a Zavalita miraremos sin amor preguntándonos en qué momento se había jodido el Perú. Porque el Perú fue el comienzo de este largo y complejo itinerario pero ha de ser también su punto de llegada, y de aquí solo cabrá preguntarnos si hay algo de verdad en la famosa frase de Zavalita o si quizá sería mucho más pertinente reformularla, decir, por ejemplo, que no es verdad que el Perú se haya jodido en algún momento sino que jamás ha dejado de joderse; decir, por ejemplo, que hay esperanza pese a nuestra mirada sin amor sobre aquello que nos resulta más cercano. Después de todo fue el mismo Vargas Llosa quien, poco después de anunciársele como ganador del Premio Nobel de Literatura, dijo para emoción de muchos y enojo de tantos otros: «el Perú soy yo, aunque a algunos peruanos no les guste». Entonces a lo mejor vale la pena soñar con un Perú distinto.
A lo mejor vale la pena zambullirse en ese vasto universo que representa la obra de Vargas Llosa y conocer un poco más al Perú y la enorme promesa que se encarna en quienes han nacido en esta tierra. Rindamos un homenaje al Perú, entonces. Leamos a Vargas Llosa. Leámoslo, aunque no sea siguiendo esta pequeña propuesta, que no por pequeña deja de ser presuntuosa.
Leámoslo de cualquier manera y en cualquier orden, sí, pero leámoslo siempre.