Tributo definitivo: Borges, la novela y Miguel Gutiérrez

El escritor piurano Lenin Heredia Mimbela analiza el ensayo Borges: Novelista virtual, planteando diversas hipótesis sobre lo que el ensayista Miguel Gutiérrez escribió acerca de Jorge Luis Borges. Aquí les dejamos la transcripción de la presentación que realizó sobre el libro.

Por Lenin Heredia Mimbela

Me gustaría empezar comentando algo que me parece interesante, respecto a la vigencia de Miguel Gutiérrez. El año pasado se reeditó algo que se denominó la edición definitiva de La violencia del tiempo. Más allá del título, es bastante valioso que se haya reeditado esta gran novela que efectivamente, como lo mencionó Marcela Robles, es una edición hermosa de más de mil páginas que se une ya a las otras ediciones de dos o tres tomos que tenía esta novela.

En este contexto particular, valida también la vigencia de Miguel Gutiérrez la reedición de La destrucción del reino, una de sus novelas de 1993. Por tanto, me parece especialmente elogiable que una editorial independiente haya optado por la misión de reeditar sus ensayos. Pues nos muestra a otro Miguel, pues lo conocemos bien por sus novelas, pero pienso que también estuvo muy interesado en que conociéramos también dicha faceta: la de ensayista.

Recuerdo que leí con muchísimo gusto su ensayo La invención novelesca, que es más o menos una fundición de varios otros ensayos publicados previamente. En dicho libro hay un epígrafe que me parece muy interesante: «pasión por las ideas, amor por las palabras». Eso es en realidad el ensayo.

De derecha a izquieda: Leni Heredia, Mendis Inocente y Marcela Robles

Y cuando uno lee Borges: novelista virtual, lo primero que surgen son varias preguntas y expectativas. Cuando descubrí que Miguel Gutiérrez tenía un ensayo sobre Borges pensé, ¡vaya!, escribir un ensayo sobre Borges. Y es que Borges es un objeto de estudio difícil, acaso un objeto de difícil análisis; o es que escribir sobre Borges es sumamente complejo, porque no solamente era un escritor oceánico, titánico y amplio. ¿Quién se atreve, o quién se atreviera, o quién podría atreverse a escribir sobre Borges sin defraudar? Sin duda alguna, como bien nos hace notar este libro, esa persona es Miguel Gutiérrez, hombre culto y de muchas lecturas.

Eso es lo primero que me gustaría rescatar: este ensayo de Miguel Gutiérrez plantea varias cuestiones al mismo tiempo. Por un lado, es una especie de ruta de lectura de Borges, que es lo más básico. Y nos ayuda, creo yo, a mirarlo desde otra perspectiva. Estas cuestiones que nosotros no habíamos visto, o que habíamos leído en los cuentos de Borges, pero no habíamos terminado de entender en ciertos aspectos. Lo segundo es que Gutiérrez nos acompaña o nos pide que lo acompañemos en su análisis, es decir en su lectura de Borges. Sin embargo, esto no es tarea fácil, pues nos deja la valla muy alta, ya que, si bien menciona algunos textos conocidos en su estudio, también hace referencia a otros textos que podrían sentirse lejanos. De algún modo, el lector objetivo son personas apasionadas por la lectura y la literatura, pero para un mayor disfrute, el lector ideal sería alguien que no solo ha leído a Borges, sino todos esos otros textos a los que hace mención Gutiérrez cuando discute, por ejemplo, la influencia de Borges en la novela latinoamericana.

La segunda cuestión va por el título del ensayo. Han transcurrido casi 25 años desde la publicación de Borges: Novelista virtual, y en la actualidad tenemos otra idea de lo que es o lo que podría ser lo «virtual». No me sorprendería que algún joven piense que ser un «novelista virtual» tenga relación con el internet o el ciberespacio. Obviamente el tema no va por ahí, pero de cualquier forma es interesante percibir las distintas concepciones en torno a ello.

Ahora bien, es muy seductora la hipótesis que plantea Miguel Gutiérrez respecto a que Borges solo escribió cuentos y no novelas; y ¿por qué no escribió novelas? Esa es la pregunta central del libro. En el primer capítulo se plantea lo que el autor denomina como una «herejía borgeana», para hacernos notar cómo es que Borges rechazaba la idea de la novela o, por lo menos, la imagen que Borges había construido todo el tiempo de sí mismo. Y es que los escritores hacen eso también: crean una imagen pública de sí mismos y con sus declaraciones —ya Marcela nos ha hecho notar el talante de las declaraciones de Borges— había planteado una especie de rechazo hacia la novela. Una de las primeras ideas que discute Miguel Gutiérrez en este ensayo es que quizá ese rechazo que Borges decía sentir por la novela no era tal. Por tanto, intenta hacer un rastreo de por qué no era tal y nos dice «en primer lugar, Borges ha influido por supuesto por el lenguaje que utiliza, que les enseñó a los escritores la precisión en la palabra». Cabe mencionar que Gutiérrez lo dice respecto de sí mismo, a la par de otros escritores latinoamericanos.

Por otro lado, el ensayo plantea que Borges fue una especie de precursor —vamos a llamarlo de ese modo— o que preparó el terreno para lo que luego vendría a ser y la nueva novela latinoamericana. Hay que ser muy avezado para señalar tal cosa. Pero Miguel Gutiérrez empieza a trazar las referencias entre una y otra cuestión; por ejemplo, desde el punto de vista técnico él abre el camino y lo otros lo siguen, pero también desde el punto de vista temático, desde el punto de vista de mirar la realidad peruana desde otra óptica. Eso que detestaba Borges, dice Miguel Gutiérrez. Quizá Borges lo que en realidad detestaba era eso que se podía llamar un realismo limitante, por decirlo de alguna forma, pues él creía que la realidad era mucho más compleja.

Sobre la interrogante de por qué Borges no escribió una novela, Gutiérrez nos plantea varias hipótesis. Tal vez no lo hizo por cuestiones teóricas, tal vez no lo hizo por cuestiones estéticas, tal vez no lo hizo por cuestiones sociales, porque creía que la novela era una cuestión más burguesa y Borges no se asumía así mismo como tal. O tal vez no lo hizo por cuestiones ideológicas, por ejemplo, pero resulta tan persuasivo el ensayo, que primero Miguel Gutiérrez nos esboza estas hipótesis. Y a continuación en el siguiente capítulo, que se llama justamente «Borges: novelista virtual», no lo dice de forma explícita, pero apunta muy bien a la tesis que está defendiendo en este ensayo. Es decir que Borges no necesitaba escribir una novela porque sus cuentos en sí mismos son síntesis de varias novelas en distintos niveles. Sería válido pensar entonces, y Gutiérrez lo traza también de ese modo, para qué necesitamos escribir tal o cual novela si la podemos resumir de la forma en que Borges lo hacía en un cuento. Creo que es la hipótesis central de este texto.

Para lograr su cometido analiza varios otros textos, por ejemplo, «Pierre Menard, autor del Quijote», «Examen de (la obra de) Herbert Quain», entre otros. A propósito de ello, una de las cuestiones que me interesó mucho de este libro fue esta idea de que aún cuando Miguel Gutiérrez escribió este libro a inicios de este siglo, tenía mapeados a varios autores que, según dijo, no por imitación, sino por creación habían tomado la posta de Borges o de alguna forma habían sentido una influencia creativa a partir de su obra. Este es el caso de Italo Calvino, de Umberto Eco y, por supuesto, el de Cortázar. Por ello, el ensayista señala que en determinado momento Borges deja de ser una especie de gran secreto entre los lectores y se hace mucho más conocido.

Una última cuestión rescatable del ensayo es lo planteado en el último capítulo, donde Gutiérrez cuenta básicamente su experiencia respecto a Borges y los escritores peruanos que pueden o podrían haber recibido una influencia borgeana. En este punto me parece decisivo hablar sobre la técnica de Gutiérrez como ensayista. El escritor utiliza una estrategia bastante adecuada, porque inicia mencionando cuestiones analíticas que pueden ser un poco lejanas para el lector, pero concluye su ensayo con temas más personales, por ejemplo, ese vaivén que sintió Gutiérrez por la obra de Borges y por el autor; esa especie de descubrimiento y entusiasmo inicial con la lectura pausada que hacía Luis Jaime Cisneros de los cuentos «El Aleph» y «Hombre de la esquina rosada». Por otra parte, están también las tensiones que solemos tener con algunos escritores, quizás con los que más nos gustan, que versan en el acercamiento y el alejamiento. Luego, con la madurez, uno vuelve a ellos.

Como bien sabemos, estamos ante una interesante colección de ensayos. Ya tenemos el de Kafka, está también el ensayo sobre Ribeyro y en este último sobre Borges, en las páginas finales del texto, Gutiérrez señala que lo que él está realizando es una relectura de estos autores y señala que «hay algunos autores que sostienen una relectura, es decir, que quedan de pie después de una relectura y otros que no tanto». Si bien no menciona a estos que «no tanto», es categórico en señalar que Borges si lo resiste y que eso es lo que más le apasiona. Considero que esta fue la razón para que le dedicara un ensayo de este tipo.

Finalmente, si bien Gutiérrez no menciona esta cuestión en el ensayo, pero me parece importante decirlo, es que siento que el autor hizo una especie de homenaje a Borges, no sé si de forma directa o indirecta. Lo simpático del ensayo es que el autor puede presentarse haciendo acto en primera persona, mostrarnos sus dudas y la forma en cómo relaciona sus ideas. Hay una parte en la que Gutiérrez parece decir «¡bingo!» o «¡eureka!», pues halló una idea que le pareció genial y que luego retoma. Ya explicaré cómo.

Para ello, me permito tomar esta pequeña cita de la página 107, a propósito del cuento y la novela de Italo Calvino Si una noche de invierno un viajero: «Cuántos novelistas habrán acariciado el sueño de ser Herbert Quain, de ser Borges». Y luego entre signos de admiración dice: «¡Escribir una novela incesante, infinita, tener los atributos de todos los novelistas para poder realizarlo, que extraordinario reto, tal vez varios lo pensaron, pero tal vez retrocedieron ante lo que juzgaban una fantasía irrealizable!».

En efecto, Miguel Gutiérrez no lo dice, pero percibo que él se sintió retado por la figura de Borges. Si evaluamos la obra de Gutiérrez y pensamos, por ejemplo, en la novela publicada en 1969 El viejo saurio se retira o en esta especie de western Hombres de caminos, o en La violencia del tiempo, novela que incluye varias novelas, en ellas hay varios escritores distintos que son Miguel Gutiérrez. Es decir, él mismo asume el reto de Borges de escribir distintas novelas.

Y en su última etapa, que llega justo con el nuevo siglo, Gutiérrez sintió que debía asumir a plenitud su vocación como escritor, narrador y novelista, por lo que hizo todo lo posible por explorar todos los géneros posibles; por ejemplo, tenemos Una pasión latina, novela de corte policial sobre un asesinato; luego está Kymper, novela más bien de tintes políticos. Me permito decir que he leído toda la obra de Miguel Gutiérrez con enorme placer y lo considero un escritor definitivamente admirable.

Queda claro entonces que en Borges: novelista virtual, Gutiérrez lee a Borges, deduce a Borges, nos envía una tesis sobre Borges, la demuestra y nos traza el camino, pero a un nivel personal e íntimo en el que asume el reto y lo cumple, o procura cumplirlo dentro de todas sus expectativas. Sabemos que Miguel Gutiérrez hasta el final estuvo dedicado a la novela y me parece que sin duda este ensayo es un homenaje a Jorge Luis Borges, más Gutiérrez en su propia obra rindió un tributo que es muchísimo mayor.

Quince años después: el silencio, la escritura y un hombre llamado José Saramago

En el décimo quinto aniversario del fallecimiento del premio nobel portugués, hacemos un breve repaso por la vida y obra de uno de los representantes máximos de las letras universales.

Saramago publicó en 1947 Terra do pecado, su primera novela, la cual pasó desapercibida ante los ojos de la crítica. Tras el fracaso de dicha empresa, el escritor compuso Claraboya, obra con la que pretendía sostener un segundo asalto en la escena literaria. Sin embargo, no vería la luz sino hasta el lejano 2012, dos años después de la muerte de su creador.

Contrario a lo que se piensa, respecto a que un autor existe en la medida que sea publicado, José Saramago optó por el silencio editorial. Durante más de veinte años no publicó ningún libro, aunque realizó diversos trabajos, entre estos, las traducciones de las obras de Maupassant, Baudelaire, Tolstói, entre otros, al portugués.

A decir del mismo Saramago, no publicó porque «sencillamente no tenía algo que decir y cuando no se tiene algo que decir lo mejor es callar». Cabe preguntarse si en aquellos años perdidos se forjó aquel estilo lírico e inimitable, aquellas historias satíricas, acaso proféticas, que componen el corpus de su universo.

Al aparecer Manual de pintura y caligrafía, en 1977, la crítica, antes esquiva, trataba con expectativas el renacimiento de Saramago, pero no fue sino hasta 1980, tras la publicación de Levantado del suelo, que se consolidó como uno de los escritores más importantes en lengua portuguesa. Es decir, recién a los 58 años alcanzó el éxito.

Lo demás, historia es. Desde aquel momento, publicó sin descanso. Quien supo callar, ahora era incapaz de hacerlo. Pero es preciso detenernos en 1991. Y es que, en dicho año, la fama de Saramago se catapulta a niveles superiores, a raíz de la publicación de El Evangelio según Jesucristo, novela que reescribe, de manera caótica, la vida de Jesús, y que causó un revuelo en Portugal.

Diversos sectores religiosos tildaron a Saramago de blasfemo, por lo que el autor, a modo de protesta, se exilió en la isla de Lanzarote. En ello reconocemos el trabajo comprometido de Saramago con su proceso de creación, en el que echa mano de la ficción para resonar en las realidades sociales, políticas y religiosas. Esto les permitió a sus relatos, situados en contextos imaginarios, reflejar las contradicciones del mundo contemporáneo, por lo que sus obras cargan con una fuerte crítica a la sociedad y la condición humana.

Hijos de ello son las novelas Ensayo sobre la ceguera (publicado en 1995, y acaso su libro más famoso) y Las intermitencias de la muerte, las cuales abordan con suma maestría la complejidad del ser humano, en la que critica las etiquetas que encapsulan al hombre en roles predeterminado. Asimismo, es clara la defensa del pensamiento humano y las decisiones que acarrean consecuencias irreversibles, pero llenas de libertad (La caverna es uno de esos ejemplos edificantes).

A quince años del fallecimiento de Saramago, es preciso recordarlo como una alegoría a la vida misma y a la razón más heterodoxa, así como un cántico a la lucha contra los poderes opresores, pero desde una óptica compasiva, tal vez irónica, de que el mundo necesita ser retratado por la ficción para ser comprendido, al menos, en una milésima parte.

En Caín, su última novela, encontramos una frase final que representa, acaso como broma o como un testimonio que soportará la inclemencia del tiempo, la oda perfecta a ese silencio que lo acompañó en su vida: «La historia ha acabado, no habrá más que contar».

Thomas Mann: cinco libros indispensables

Hoy se cumplen 150 años del nacimiento de uno de los autores más importantes de la literatura alemana. Si aún no conoces su obra, te dejamos una lista de cinco libros con los que puedes empezar.

Los Buddenbrook (1901)

Primera novela del escritor que narra el ascenso y decadencia de una familia de comerciantes de la ciudad de Lübeck, entre los años 1835 y 1877. La novela tuvo un éxito rotundo tras su publicación, al punto que a mediados de 1929 se habían vendido más de 185 000 ejemplares de la edición alemana. Precisamente, ese mismo año se le otorgó a Mann el Premio Nobel de Literatura y, según lo dicho por el jurado, fue «principalmente por su gran novela Los Buddenbrook».

La muerte en Venecia (1912)

La trama de esta novela reflexiona sobre la pasión como desequilibrio y senda directa hacia la degradación del hombre. Contrario a lo que se piensa, esta historia cuenta una sencilla anécdota: el escritor Gustav Aschenbach llega a Venecia en busca de inspiración y se obsesiona con un joven llamado Tadzio, que representa la belleza idealizada. Las acciones que despliegan son mínimas y los escenarios en los que transcurre la narración se reducen principalmente a las habitaciones de un exclusivo hotel de veraneo veneciano y a la playa que queda cerca de allí.

La montaña mágica (1924)

Considerada como la obra maestra de Mann y una de las más importantes de la literatura universal de la primera mitad del siglo XX. La historia sigue las peripecias de Hans Castorp, un joven ingeniero que visita a su primo Joachim Ziemssen en un sanatorio de los Alpes suizos, destinado para el cuidado de pacientes tuberculosos.

Lo que sería una estancia breve, se prolonga por tiempo indefinido, lo cual le permite a Hans reflexionar sobre la vida, la muerte y el amor, pilares fundamentales de la existencia humana. La novela es tomada como un fiel reflejo de la sociedad burguesa antes de la Primera Guerra Mundial.

José y sus hermanos (1933-1943)

Esta es una de las más grandes obras de Thomas Mann, dividida en una tetralogía que reinventa la historia bíblica de José, consignada en el libro del Génesis. Mann narra la vida de José, pasando por su juventud, la traición de sus hermanos, el ascenso de José en Egipto y la reconciliación familiar, que simboliza la entrada de los israelitas en tierras egipcias.

Doktor Faustus (1947)

La novela fue escrita durante el exilio de Mann en Estados Unidos y recibió numerosos aportes de personalidades como Ígor Stravinski y Theodor W. Adorno. La historia narra la vida de Adrian Leverkühn, prodigio de la música, la cual coincide, de forma intencional, con la historia moral de Fausto, personaje de la mitología medieval alemana, que se vendió al demonio Mefistófeles.

El relata deja al lector intuir si la presencia del demonio era parte de la imaginación de Leverkühn. De cualquier forma, el músico lleva su arte hasta el nivel más extremo, culminando con su muerte fatídica.

Un último regalo para Mario

Cerramos esta edición especial, en tributo y recuerdo de Mario Vargas Llosa, con comentarios de nuestros docentes y estudiantes sobre la obra y vida del premio nobel.

Cuánta razón tuvo mi asesor de tesis cuando me advirtió que por ningún motivo entrevistara al autor de los libros de mi investigación. Procuro huir de las despedidas, de las tristezas, me cuesta reconstruirme cada vez que me enfrento a una ausencia, por ese motivo siento que su esencia estuvo y estará, y no tendré que despedirme de usted. Si bien no nos proponemos aproximarnos a un análisis psicológico del autor a través de sus personajes, entendemos que en buena parte de ellos está él. Sin haberlo conocido, pero sí escuchado en varias conferencias, lo percibo en mis Rigoberto, Fonchito, hasta en Lucrecia, menciono a estos tres, porque últimamente me siguen muy de cerca.
Todo un universo en la cabeza. Decía de El Quijote y de Tirant lo Blanc que eran un claro ejemplo de la novela total, que sus escritores crearon un mundo, que era una obra completa. Yo creo que usted también lo fue. Al respecto, podríamos hablar largo y tendido, en algún momento será, allá donde no existen relojes, para que me cuente si su intención fue que viéramos lo que yo vi en el núcleo de la casa barranquina, no en la suya, claro, en la de Rigoberto. Lo encontraré, como siempre, en el placer de las letras. — Katherine Pajuelo Lara (traductora, correctora y docente)

Los intelectuales, los escritores, los artistas y todas aquellas personas que dejan un legado, tarde o temprano nos dejan. Y depende de cada uno de nosotros decidir si atesoramos o olvidamos ese legado. Mario Vargas Llosa, hasta el último minuto de su vida, nos dejó su invaluable contribución. Lo que logró es un motivo de orgullo para todos los peruanos y su legado perdurará más allá de su partida. —Dante Antonioli (editor)

No hay comentario, libro u homenaje que pueda contener lo que Mario representa para las letras peruanas. Su incansable labor literaria, ese vicio de escribir y sacrificio único hacia las letras, lo han convertido en un autor de lectura obligatoria. Es imposible en estos tiempos no conocer La ciudad y los perros, o por lo menos haber hojeado, sea por curiosidad o por deleite, Conversación en La Catedral. Los que hemos disfrutado de su literatura optamos por separar al Vargas Llosa político de su obra. ¿Discutible? Sí. De ahora en adelante, hablar de Varguitas será empuñar una espada, abrir una brecha, discutir como se hace únicamente sobre las leyendas. Se le va a extrañar mucho —Marco Fernández (editor adjunto del Centro de Desarrollo Editorial)

A mi modo de ver, Mario Vargas Llosa acaba de iniciar una nueva vida, una que durará muchísimo, y más que su existencia «natural» en la Tierra. Y es que vivirá en cada uno de nosotros, es evidente, y quienes nos sucedan también dirán lo mismo con igual validez, así hasta que los peruanos —o los latinoamericanos, o la humanidad entera— pierdan la memoria. Un escritor, académico y líder de opinión como Vargas Llosa ha forjado por sus propios méritos una poderosa influencia en la sociedad. Sus novelas forman parte del imaginario común del pueblo peruano, sus declaraciones son y serán escuchadas, debatidas y reinterpretadas eternamente. — César Osorio (bachiller en Literatura de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos)

Ahora me siento solo y con la tristeza de saber que no volveré a leer nada nuevo de su pluma. Quedan sus libros y su figura ejemplar tanto en sus aciertos como en sus equivocaciones. Pero voy a echar de menos sobre todo su sonrisa particular, aquella con la que remataba algún comentario que lo alegraba o irritaba. Ni mas ni menos que lo que sentía por mi padre o mi abuelo. Gracias, Mario. Te vamos a extrañar — Ricardo Meinhold (editor)

Gracias, Mario. Te vamos a extrañar

Incontables son los homenajes y tributos que vienen apareciendo en diversos medios a Mario Vargas Llosa. En el siguiente artículo, les presentamos el testimonio de Ricardo Meinhold, corrector y editor egresado del Centro de Desarrollo Editorial, quien se despide de Varguitas con un escrito que demuestra ese cariño que se forja entre lector y autor.

La noche del domingo me encontraba releyéndolo cuando me enteré de la noticia. Por alguna razón me sentía triste, desanimado. Para remediarlo recurrí, como casi siempre hago, a la lectura. Y si me siento realmente deprimido a causa de la especie humana, a la relectura. Y tal vez por alguna extraña intuición de lector me encontraba hojeando entre aquellos libros suyos sus memorias y columnas más personales. Textos escritos con una prosa cristalina y elegante, porque para él la claridad era una cuestión ética además de estética. Fue un golpe para mí: Mario Vargas Losa había muerto ese domingo. Sin embargo, me tranquilizó saber que falleció en compañía de sus seres queridos y, sin duda alguna, de sus libros. 

Ahora me siento solo. No sabría explicarlo, pero lo que me asalta ahora es un sentimiento de orfandad. Es absurdo lo sé. Aunque, en realidad no lo es tanto. Empecé a leerlo a los veinte años, cuando el Perú sufría la peor crisis económica de su historia y la política salvadora del gobierno de turno pensaba que el fin justificaba los medios.

En ese momento, el cinismo ganaba a mi generación, ganó a las que vendrían después, y no había quien respondiera las preguntas que me hacía en ese momento: ¿Por qué hay tanta violencia? ¿Qué hago? ¿Hacia dónde voy? Era entonces un nobel lector y leía sobre todo a escritores del siglo XIX y principalmente a Ricardo Palma, con quien descubrí un refugio y me enseñó que la ficción es la manera de reinventar la realidad para que calce con nuestros deseos.

Pero fue Mario quien respondió aquellas preguntas que me hacía y me ayudó a tener siempre una actitud critica hacia mi realidad. A entender que el poder tiene su propia lógica y que como joven y ciudadano me correspondía cuestionarlo, señalarlo, incluso condenarlo. A ser critico con nuestros gobiernos y entender que es uno mismo el responsable de su destino. Que de nosotros depende encontrar el éxito o el fracaso. A seguir tu vocación por encima de todo.

Textos como La literatura es fuego. El poder de la mentira. Sebastián Salazar Bondy y la situación del escritor en el Perú, Albert Camus y la moral de los límites, o El país de las mil caras (muchos de cuyos párrafos releo a mis hijos) se volvieron textos de cabecera en esos años.

Si uno busca sus precursores, como escribió Borges alguna vez, entonces fue gracias a Vargas Llosa que empecé a encontrar a los míos. Desde el mismo Borges hasta escritores y ensayistas imprescindibles para mí como André Malraux, Ernest Hemingway, George Orwell, Albert Camus, Octavio Paz, críticos como Cyril Connolly o Edmund Wilson y pensadores como Raymond Aron y Jean Francois Revel.

Aprendí que uno es su lenguaje. Que corromper tu lenguaje es corromper tus valores. Decir lo que se piensa y hacer lo que se dice debería ser la regla y no la excepción. Que en política los medios no deben justificar los fines sino al revés. Y que la gran desgracia de la historia moderna ha sido ver como aquellos hermosos fines fueron traicionados o destruidos por los terribles y bárbaros medios que el hombre usó para justificarlos.  

La literatura vino después. Dejo para otro momento el impacto que su literatura tuvo y tiene para mí no solo como lector sino como escribidor. Solo baste decir que la primera secuencia de Conversación en La Catedral te enseña más sobre como escribir ficción que muchos libros y talleres de escritura. Y que Los cachorros sigue siendo una pequeña obra maestra que no envejece y que recomiendo leer o releer.

En estos momentos que leo como aquí y en todas partes escriben qué a Vargas Llosa hay que leerlo, pero no escucharlo, que solo hay que recordarlo como el gran novelista que fue, descubro como la intolerancia, la descalificación, la inercia y el lugar común siguen siendo moneda corriente entre mis contemporáneos. Yo sé, parafraseando algún texto suyo, que mi vida hubiera sido peor sin los libros que escribió Vargas Llosa.

Ahora me siento solo y con la tristeza de saber que no volveré a leer nada nuevo de su pluma. Quedan sus libros y su figura ejemplar tanto en sus aciertos como en sus equivocaciones. Pero voy a echar de menos sobre todo su sonrisa particular, aquella con la que remataba algún comentario que lo alegraba o irritaba. Ni mas ni menos que lo que sentía por mi padre o mi abuelo.

Gracias, Mario. Te vamos a extrañar.

Preguntas a la deriva: Mario Vargas Llosa, ¿un genio trasnochado?

Defensores y detractores han abierto un intenso debate respecto a la figura literaria de Mario Vargas Llosa. Una de las interrogantes más saltantes es si en algún momento el autor se volvió prescindible. En el siguiente escrito, Juan Molina, crítico literario, ensaya una respuesta en medio de una de las discusiones más saltantes de la palestra literaria nacional.

Por Juan Molina Sócola

Me han pedido resumir lo que vendría a ser una revisión sobre la obra de Mario Vargas Llosa. El nobel falleció como debe hacerlo cualquier persona: en su cama, rodeado de sus seres queridos y… ¿en paz? Es que su partida deja muchas preguntas: ¿Tuvo algo más qué decir? ¿Por qué se trompeó con Gabo? ¿Quién mató al Esclavo? ¿En qué momento se jodió el Perú?

Tantas preguntas no me dejan admitir que se haya ido en paz. Posiblemente lo hizo soñando tranquilo, como quien siente que el cuerpo se le adormece por el cansancio o por una borrachera que se le quitará con unas horitas de sueño bien merecido. Pero un escritor, uno como él, seguramente quiso escribir algo más; y eso es algo que cualquier persona que ha dedicado su vida entera a las letras sabe muy bien. Una vez escritor, siempre escritor.

Pero hablar de la calidad de lo escrito es trigo de otro costal. Es imposible negar que, en las últimas tres décadas, el marqués no mostró la misma elocuencia ni ambición que en La casa verde o en Conversación en La Catedral. Y ni siquiera aquellos que proclaman que nos hemos quedado en la orfandad narrativa con su partida, o que a Latinoamérica solo le queda Laje como último intelectual, podrán decir que en sus textos de los últimos años está lo mejor que ha escrito Mario Vargas Llosa.

Quizás se me permita despotricar porque soy poco menos que un desconocido, o porque quienes lean estas líneas no sean más que unos cuantos ojos curiosos que se cruzaron accidentalmente conmigo y que no tendrá mayor repercusión. Pero eso no desmerece mi punto. Hablo con el corazón de un lector que derramó unas lágrimas al cerrar La ciudad y los perros, que se partió de risa con el humor de brocha gorda, como decía él, de Pantaleón y las visitadoras, y que sintió el deseo de ir a La casa verde, por lo menos treinta minutos. Y ni qué decir de sus obras cumbres como La fiesta del chivo, La guerra del fin del mundo o Lituma en los Andes; ya se encargarán de darle los merecidos laureles quienes tengan la autoridad de haberlos releído lo suficiente. Yo me conformaré con decirle a Marito que se equivocó.

Sí, se equivocó, como todo hombre, porque eso era él: un mortal más. Con la elocuencia que pulió durante toda su vida, y eso es lo que admiro de él; pero un mortal más. Porque Mario no fue un genio de las letras; a lo mejor tuvo talento innato y por eso se resistió a que su padre le cortara las alas al mandarlo a un colegio militar, así como Pichulita Cuéllar se resistió a ser castrado por la sociedad y hasta se presentaba orgulloso de ser un pichulita. Nuestro Mario cultivó ese talento, como cualquier campesino que va a su chacra y siembra, echa el guano, riega, saca la malahierba, y fumiga las plagas para ver como crece su papa, su camote, su choclo, para finalmente ponerlo en su plato y tragarse su sudor. Igual fue Mario con su pluma.

No le bastaba con vivir rodeado de libros y amarlos en el silencio perfecto de un lector. Necesitaba decir lo que pensaba de sus lecturas, de sus investigaciones, hablar de ellas y con ellas. Era un hombre de acciones. Y por eso nuestro Mario —arequipeño de sangre, aunque unos papeles digan que es un marqués español— nunca soltó la pluma. Pese a ello, como cualquier hombre, se equivocó. Porque lo que dijo en Cinco esquinas, no pasa de ser una lectura somnolienta, con un final sorprendentemente predecible. Mario relacionaba mucho el erotismo con el humor; por eso don Panta se tiró a Olga Arellano, ¿quién no se mataría de risa al ver que aquel saco largo tenía los pantalones suficientemente sueltos para comerse a La Brasileña? Y por eso el formalito de Luciano propone hacer una orgía con su esposa, su mejor amigo y la esposa de este al final de la novela.

Sí, nuestro nobel se volvió no solo predecible, sino aburrido y trasnochado. Decidió que su creación literaria debía ambientarse siempre en el pasado: en el periodo de dictaduras, de totalitarismos, de maltratos a la población, contra los que siempre luchó –no hay que negarlo—, y por el que parece que ocultaba muy en el fondo una necesidad existencial, ontológica. ¿Quizás por eso tituló a sus memorias como El pez en el agua? ¿Porque se sentía a gusto hablando literariamente de eso que tanto despreciaba?

Como dije, Mario siempre tuvo algo qué decir sobre sus lecturas, que es lo mismo que decir sobre su vida. Y su vida fue, como él admitió en diversas entrevistas y en Conversación en Princeton, «dos historias, muy distintas entre sí, [que] poco a poco se van acercando». De ahí podemos deducir esa superposición cuántica del Mario literato y el Mario no literato, porque queda corto e inexacto decir el «Mario político» o el «Mario de la vida real».  Mario es literato o no es Mario.

Para terminar literaria y paralelamente con su vida, creo que la mejor pregunta que puedo hacerme es: ¿En qué momento se jodió Mario Vargas Llosa?

Vivir para siempre: el legado de Mario Vargas Llosa

César Osorio, bachiller en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y corrector egresado del Centro de Desarrollo Editorial, analiza desde el sentimiento de un lector la partida de Mario Vargas Llosa, el vacío que deja y la brecha abierta entre sus defensores y detractores.

Así como a muchos, la noticia de su partida me tomó por sorpresa. Aquel suceso no dejó indiferente a nadie, ni siquiera a los lectores más férreos. Pero si una persona regular se apenaba por el deceso del único premio nobel peruano, parecido al sentir de un civil que despide a un héroe de la patria, la impresión que marcó tanto en mí como en mis colegas de carrera alcanzó una dimensión más profunda y desconsoladora. Fue como si despertáramos de un extraño letargo y al abrir los ojos no viéramos más a un referente de profesión, un ídolo para muchos, que con su sola figura sostenía buena parte del prestigio de nuestra literatura.

Tal vez la crisis social en la que estamos sumidos nos hizo olvidar que podríamos perderlo en cualquier momento; ya había llegado a una edad prolongada y hasta él mismo daba señales, con su última novela, de que no le quedaba mucho tiempo. De cualquier forma, ahora no está más. No cabe duda de que dejó un vacío irremplazable. Lo sabemos y solo queda aceptarlo.

A mi modo de ver, Mario Vargas Llosa acaba de iniciar una nueva vida, una que durará muchísimo, y más que su existencia «natural» en la Tierra. Y es que vivirá en cada uno de nosotros, es evidente, y quienes nos sucedan también dirán lo mismo con igual validez, así hasta que los peruanos —o los latinoamericanos, o la humanidad entera— pierdan la memoria. Un escritor, académico y líder de opinión como Vargas Llosa ha forjado por sus propios méritos una poderosa influencia en la sociedad. Sus novelas forman parte del imaginario común del pueblo peruano, sus declaraciones son y serán escuchadas, debatidas y reinterpretadas eternamente. Su nombre se ha convertido en el de un intelectual ilustre por antonomasia —y esto lo digo con el perdón del antifujimorismo, aunque ellos saben que no miento—. Vargas Llosa, similar a César Vallejo, José María Arguedas o Ricardo Palma, se ha ganado con justicia la vida eterna a través de su legado.

Vivir así es un privilegio al que muy pocos pueden aspirar. No solo en la literatura, sino en todo lo que respecta a las actividades humanas. Lo más probable es que casi ninguno de nosotros pueda acceder a algo remotamente parecido. Lo más seguro es que nos extingamos de la memoria colectiva cuando ya ni nuestros tataranietos recuerden quiénes fuimos o qué hacíamos, y esto siendo positivos.

Las masas se renuevan, pero los rostros individuales están destinados a perderse entre la multitud. Por el contrario, la obra de Vargas Llosa hará que su faz se reproduzca por diferentes medios, de manera que nuestros tataranietos sepan mejor cómo se veía él que cómo nosotros lucíamos. Al fin y al cabo, se vive cuando se es recordado. Vargas Llosa será recordado en todas sus facetas, en sus éxitos, fracasos, hitos y contradicciones. Incluso los que lo han rechazado por las infortunadas decisiones políticas que Vargas Llosa abanderó, tendrán que mencionarlo y tenerlo en cuenta al reconstruir los relatos de la literatura peruana y latinoamericana.

Por ese motivo, a pesar de la tristeza que me genera su muerte, me tranquiliza saber que ahora se halla en un lugar mejor: el olimpo de los humanos notables. Mis maestros seguramente han arribado a esa conclusión mucho antes que yo. Varios de ellos, apasionados de la frondosa e implacable narrativa «vargaslloseana» nos hablaban con entusiasmo de cada detalle de sus novelas, sus temas, su estructura interna, sus referencias e intertextualidades.

Y no solo constaban las pláticas del universo ficcional, sino que se extendían hasta la otra complejidad de su contexto social, sus batallas políticas, su trayectoria ideológica. Uno de mis maestros, muy querido y respetado por todos en la facultad, nos comentaba que tener a Vargas Llosa de referente literario ya por sí solo eleva el nivel creativo de uno, pues inspira a emular cierto grado de la magnitud que logró plasmar en sus novelas. Como estar a hombros de un gigante. Un gigante de la San Marcos, por cierto. Me parece hasta alucinante que haya podido estudiar en la misma alma mater que él. ¿Quizá nos ha heredado a los sanmarquinos un pequeño destello de su grandeza…? Ojalá.

Sea como sea, gigantes como Vargas Llosa nunca mueren. Mi eterna gratitud hacia un gran hombre que supo elevar el nombre de las letras peruanas hasta los cielos universales. Cuando llegue mi hora, podré afirmar con calma que, al menos, viví en su misma época.

Mario Vargas Llosa: enfermedad, literatura y eternidad

Muchas serán las anécdotas, acaso incontables los homenajes que se le rendirán a uno de los escritores más queridos de la literatura peruana y latinoamericana. Evocar el recuerdo de Vargas Llosa es abrir una polémica interminable, sin embargo, es necesario hablar de un hombre que vivió únicamente para escribir.

Por Marco Fernández

Ningún artículo, ensayo o libro que se publique en adelante podrá abarcar la totalidad de la vida de Vargas Llosa, menos aún su obra. Valen los intentos y con ello deberemos conformarnos.

El escritor argentino Rodolfo Fogwill, en su magnífico cuento «Otra muerte del arte», menciona lo siguiente: «En fin: nada peor que estar enfermo de literatura. Corrijo: nada peor, para la literatura, que estar enfermo de literatura (…) Pero vivir de la literatura, o vivir en estado de literatura, no son enfermedades: son errores». Basta con imaginar al pequeño Mario escribiendo o leyendo para tener una figura precisa de esa enfermedad. Pero a diferencia del sarcasmo y evidente pesimismo «Fogwillesco», en Vargas Llosa es todo lo contrario. La gula literaria y el desenfreno por la escritura no fue más que el manifiesto de una entrega total al solitario oficio de escritor.

Fue precisamente en los años de su estadía en Cochabamba donde aprendería a leer y escribir, memorizando versos de Darío que su abuelo, aficionado a la poesía, le enseñaba. Pero este solo fue el principio de la enfermedad. A los catorce años, fue enviado por su padre al Colegio Militar Leoncio Prado del Callao, en el que recibiría una estricta formación entre los años 1950 y 1951. Pese a lo que se podría pensar respecto a una experiencia como esta —cualquiera habría sucumbido ante tal hecho— Vargas Llosa reconoció que fue la época en que más leyó y escribió, siendo sus autores de cabecera Víctor Hugo y Alejandro Dumas.

La literatura como refugio sería el punto exacto para definir esta etapa de la vida del joven Mario. Evidentemente, no enfermó como cualquier aspirante a escritor que vive de los sueños y las ansias de gloria. La consolidación de su vocación como escritor llegó precisamente en medio de las barracas del colegio, con las ficciones como su única salida de la realidad—quizás pensamos en Roberto Bolaño y la literatura como su tabla de salvación ante la enfermedad, o en el cubano Reinaldo Arenas, para quien la literatura se convirtió en su único fusil para enfrentar a un régimen dictatorial—. Tal vez por ello Vargas Llosa sentía esa inclinación total por la ficción; basta recordar una de sus más conocidas frases: «Escribir novelas es un acto de rebelión contra la realidad».

No debería extrañarnos entonces que La ciudad y los perros (1963) represente la vía de escape a la que nos referimos. Podríamos imaginarla como acaso la más sutil de las venganzas, aquella que solo se consigue con mentiras. Y, Vargas Llosa fue el más querido de cuanto mentiroso haya transitado por los caminos de la literatura. Nos hizo creer en las visiones del Poeta Alberto Fernández, en los monólogos de el Esclavo Ricardo Arana, en las correrías del Jaguar, en las órdenes imperantes del teniente Gamboa.

Si volvemos a Fogwill y a la «enfermedad», entonces podríamos colocar a Vargas Llosa como un mitómano predestinado. Cualquiera que haya disfrutado sus historias deberá aceptar que fue timado de la manera más pícara: aquella que surge de un relato bien contado.

Cómo olvidar la historia de don Anselmo o aquel grupo de mediocres y picadores llamados Los inconquistables —a la que pertenecía el Sargento Lituma— en La casa verde; cómo olvidar esa pregunta de Santiago Zavala en Conversación en la Catedral qué hoy cobra más relevancia que nunca: «¿cuándo se jodió el Perú?»; ¿es posible no conmoverse con la integridad de Pantaleón Pantoja o sucumbir ante los encantos de la Brasileña?; seguramente más de uno recordará las prédicas de Antônio Conselheiro o el triste final de el Beatito tras la derrota de los yagunzos en La guerra del fin del mundo; nadie podrá negar el manejo excepcional del erotismo en Elogio a la madrastra, a través de la historia de Rigoberto y Lucrecia. De esta manera, podríamos llenar decenas de páginas —libros, ¿por qué no?— con los protagonistas de esas mentiras a las que solemos llamar cariñosamente cuentos o novelas.

La obra de Mario Vargas Llosa no solo representa un legado de valor incalculable en la literatura peruana, sino que además, y mucho antes de su desaparición, fue uno los faros de las letras latinoamericanas. Último sobreviviente de aquel cuarteto que llevó el boom hacia la cumbre, podemos decir, tal vez con algo de nostalgia, que en ese sentido nos hemos quedado solos. La estructuración de sus historias, la administración de los recursos narrativos, las temáticas que desplegaban sus relatos y el vicio de escribir no son más que algunas características de su escritura, una que probablemente será replicada, pero jamás igualada.

No debemos olvidar también el constante tributo que realizaba Vargas Llosa hacia sus autores favoritos. Ahí tenemos La verdad de las mentiras; El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti; García Márquez. Historia de un deicidio; Cartas a un joven novelista; Medio siglo con Borges; La mirada quieta (de Pérez Galdós), entre otros ensayos que confirman a su autor como un hombre enfermo de literatura, esclavo de su escritura y merecedor de la eternidad.

Y esto tuvo su recompensa en el 2010, cuando recibió el Premio Nobel de Literatura, para disgusto de muchos y congratulación de otros. Lo cierto es que, como dijo el narrador Antonio Gálvez Ronceros en una entrevista, el buen Mario «se lo buscó». Esa tal vez es la clave de la eternidad de Vargas Llosa. Vivir para escribir, para ser feliz, para ganar un Nobel, para vivir en una realidad alterna en la que solo es posible existir si se toma por vocación a la escritura.

Adiós, Mario. Hasta que nos volvamos a ver. O, mejor dicho, hasta que volvamos a leerte, pues para cualquier lector que se precie de serlo, la lectura es la resurrección constante de un autor. Así que será mejor decirte solo hasta luego. Al rato nos vemos.

Editorial Reino de Redonda publica su última obra

De duelos, brújulas e ilusiones: en recuerdo de Javier Marías es el último título que verá la luz bajo dicho sello.

La editorial fue creada en el año 2000 por el fallecido escritor español y representa su legado más personal. Se dice que era un sello de culto, manejado por Marías casi como una cofradía. El autor, cual sibarita de la literatura, seleccionaba cuidadosamente los títulos y su esposa Carme López Mercader se encargaba de editarlos y publicarlos.

Marías era tan exquisito en sus preferencias que solo aparecían dos o tres títulos al año. Sin embargo, pese a haber rescatado valiosas joyas literarias y traducido al español muchas que permanecían inéditas, Reino de Redonda era una editorial que dejaba más pérdidas que ganancias.

El mismo Javier Marías bromeaba a menudo sobre ello y aducía que su único objetivo era «recuperar maravillosos libros olvidados y ofrecer algunos nuevos que en mi opinión deberían ser conocidos en mi lengua o en mi país. Y, por supuesto, cuidarlos todos por igual». A la fecha llevan editados poco más de 40 títulos. El catálogo de Reino de Redonda lo conforman autores como Joseph Conrad, W.H. Auden, Honoré de Balzac, Robert Louis Stevenson, Rebecca West, Janet Lewis, entre otros.

Es así que llegamos al último título que será editado bajo este sello: De duelos, brújulas e ilusiones: en recuerdo de Javier Marías, un sentido homenaje de López Mercader al laureado escritor. Esta obra representa el yugo de un duelo que se discurre a lo largo de una colección que se ve interrumpida tras la desaparición de su fundador. Asimismo, también es una elegía a la pérdida.

En palabras de López Mercader, «el dolor asociado a las pérdidas no es una aflicción poética, sino algo primario y animalesco. Solo es posible soportarlo, cediendo el paso a las automatismos básicos del día a día: comer, dormir, trabajar».

Julio Cortázar: algunos aspectos del cuento*

El universo cortazariano, aparte de Rayuela, encuentra su culmen en la producción cuentística del autor. En ese sentido, Cortázar dedicó gran parte de su vida al estudio, reflexión y escritura del cuento. Aquí les dejamos un fragmento de una conferencia que data de 1970, en la que el escritor argentino hace algunas precisiones sobre el relato corto.

(…) Pero además de ese alto en el camino que todo escritor debe hacer en algún momento de su labor, hablar del cuento tiene un interés especial para nosotros, puesto que casi todos los países americanos de lengua española le están dando al cuento una importancia excepcional, que jamás había tenido en otros países latinos como Francia o España. Entre nosotros, como es natural en las literaturas jóvenes, la creación espontánea precede casi siempre al examen crítico, y está bien que así sea.

Nadie puede pretender que los cuentos solo deban escribirse luego de conocer sus leyes. En primer lugar, no hay tales leyes; a lo sumo cabe hablar de puntos de vista, de ciertas constantes que dan una estructura a ese género tan poco encasillable; en segundo lugar los teóricos y los críticos no tienen por qué ser los cuentistas mismos, y es natural que aquellos solo entren en escena cuando exista ya un acervo, un acopio de literatura que permita indagar y esclarecer su desarrollo y sus cualidades. En América, tanto en Cuba como en Méjico o Chile o Argentina, una gran cantidad de cuentistas trabaja desde comienzos de siglo, sin conocerse entre sí, descubriéndose a veces de manera casi póstuma.

Frente a ese panorama sin coherencia suficiente, en el que pocos conocen a fondo la labor de los demás, creo que es útil hablar del cuento por encima de las particularidades nacionales e internacionales, porque es un género que entre nosotros tiene una importancia y una vitalidad que crecen de día en día. Alguna vez se harán las antologías definitivas—como las hacen los países anglosajones, por ejemplo— y se sabrá hasta dónde hemos sido capaces de llegar. Por el momento no me parece inútil hablar del cuento en abstracto, como género literario. Si nos hacemos una idea convincente de esa forma de expresión literaria, ella podrá contribuir a establecer una escala de valores para esa antología ideal que está por hacerse. Hay demasiada confusión, demasiados malentendidos en este terreno.

Mientras los cuentistas siguen adelante su tarea, ya es tiempo de hablar de esa tarea en sí misma, al margen de las personas y de las nacionalidades. Es preciso llegar a tener una idea viva de lo que es el cuento, y eso es siempre difícil en la medida en que las ideas tienden a lo abstracto, a desvitalizar su contenido, mientras que a su vez la vida rechaza angustiada ese lazo que quiere echarle la conceptualización para fijarla y categorizarla. Pero si no tenemos una idea viva de lo que es el cuento habremos perdido el tiempo, porque un cuento, en última instancia, se mueve en ese plano del hombre donde la vida y la expresión escrita de esa vida libran una batalla fraternal, si se me permite el término; y el resultado de esa batalla es el cuento mismo, una síntesis viviente a la vez que una vida sintetizada, algo así como un temblor de agua dentro de un cristal, una fugacidad en una permanencia.

Solo con imágenes se puede trasmitir esa alquimia secreta que explica la profunda resonancia que un gran cuento tiene entre nosotros, y que explica también por qué hay muchos cuentos verdaderamente grandes.

*Conferencia publicada en Revista “Casa de las Américas”, nº 60, julio 1970, La Habana.