El centenario de Universitario de Deportes en cinco libros

Los cien años del equipo crema despertó diversas iniciativas editoriales que conmemoran este hecho trascendental en la historia de uno de los clubes más populares del país. Aquí te dejamos las más importantes.

100 años, 27 títulos, 11 historias — Pedro Ortiz Bisso

Una de las más reciente publicaciones de Penguin Random House en el que Ortiz Bisso, periodista de gran trayectoria y confeso hincha de Universitario, recorre en once historias los títulos conseguidos por el equipo merengue. Infaltable en la biblioteca de los hinchas.

100 grandes triunfos. Épicos partidos en cien años de garra — Jorge Moreno

Un apasionante repaso por los cien años de historia de la U. Esta publicación cuenta con un selecto anecdotario, reflexiones, datos y fotografías inéditas que ilustran el paso del tiempo sobre el equipo. A modo de un cuadro futbolero, once cronistas deportivos identificados con la U intervienen en las narraciones de esta publicación.

Las copas del campeón — Pablo Fedeli

Durante años, el autor rastreó todos los trofeos obtenidos por Universitario de Deportes. Y, para alegría del hincha crema, también encontró la tan codiciada copa de 1934. Este es uno de los títulos más importantes de Academia Antártica y representa el debut literario de Fedeli.

Centenario. Club Universitario de Deportes: la historia del más campeón en imágenes — El Comercio

Esta publicación del diario El Comercio fue editado por Pedro Ortiz Bisso y escrito por los periodistas Miguel Villegas y Jasson Curi Chang. Este libro recorre los hitos más importantes en la historia crema, conmemorando así los cien años de vida institucional del club.

Padre Nuestro — Miguel Villegas

La segunda edición de uno de los títulos más celebrados de la literatura crema. En este libro encontraremos cinco historias que enrostran la pasión por Lolo Fernández, ídolo máximo de la U, pasando por sus inicios en la hacienda Hualcará, hasta el relato de los botines que rompían las redes de los arcos. Un libro que no hace más que confirmar la leyenda y el mito que envuelve la figura del Cañonero merengue.

Juan Carlos Onetti: la mentira como elemento literario

Hoy se cumplen 115 años del natalicio de uno de los escritores uruguayos más importantes. Dueño de un estilo particular, en ocasiones enigmático, leer a Onetti supone un desafío en el que el lector debe estar dispuesto a creer en una serie de mentiras. En el siguiente artículo, te dejamos un breve análisis sobre ello.

Por Marco Fernández

Hace poco retomé la lectura de la obra del uruguayo Felisberto Hernández y encontré que comparte muchas características con la literatura de su compatriota Mario Levrero, pero en especial con Juan Carlos Onetti: el inaccesible, el críptico Onetti. En ello reconocí lo que se dice respecto a que la literatura es un salón de espejos, en el que un autor refleja a otro y así en lo sucesivo.

Mi primer encuentro con Onetti ocurrió cuando intenté leer El astillero, una de las novelas medulares de la literatura latinoamericana. Era una edición de bolsillo y el tomo 59 de la colección Biblioteca Clásica Universal. La historia recibe al lector de la siguiente manera:

Hace cinco años, cuando el Gobernador decidió expulsar a Larsen (o Juntacadáveres) de la provincia, alguien profetizó, en broma e improvisando, su retorno, la prolongación del reinado de cien días, página discutida y apasionante —aunque ya casi olvidada— de nuestra historia ciudadana (Onetti, 1970, p.19)

Este párrafo abre el arcón de Santa María, la utópica ciudad en la que se despliegan muchas de las historias de Onetti. Y es que, en su universo, Santa María no es un mero espacio decorativo, sino que es un personaje fundamental, con una historia propia, llena de gente que la olvida o la profana y cuna de leyendas que se transmiten entre generaciones.

Sin embargo, en aquella época abandoné su lectura por incompleta e incomprensible. Además, el ritmo narrativo de Onetti me parecía bastante lento y en ocasiones soporífero. El asunto es que no estaba listo para afrontar ese tipo de lides narrativas; con el tiempo, entendí que al igual que el argentino Juan José Saer, la prosa de Onetti es capaz de detener el tiempo. En ello reconocemos sus largos intervalos y descripciones.

Por ejemplo, en La vida breve, para describir el lamento de Gertrudis, esposa del protagonista Juan María Brausen, por la mutilación de su seno izquierdo, Onetti procede de la siguiente manera:

[…] Y ella, a pesar del llanto en el alba, acabaría por dormirse, para descubrir, por la mañana, mientras se le desprendían precipitados los sueños, que las palabras de consuelo no habían estado desbordando en su pecho durante la noche; que no habían brotado en su pecho, que no se habían amontonado, sólidas, elásticas y victoriosas, para formar la mama que faltaba.

Las emociones son cruciales en la obra de Onetti. Por esa razón no escatima en escudriñar en la psique de sus personajes, hasta rozar la motivación que moviliza sus tránsitos. Ese es el motivo principal por el que su lenguaje es hipnótico, casi irreal y libre de efectismos. El mismo autor explicó eso en una entrevista en 1976, al decir quesu mejor ambición «es conocer casi todas las palabras que están a mi disposición en el diccionario y que yo podría usar sin repugnancia […] y emplearlas con tal exactitud que no admitieran sinónimos, y en el momento preciso. Esta ambición irrealizable alcanzaría, supongo, para llenar los años de vida activa de un escritor».

La mentira, Onetti y sus cuentos

No exagero al afirmar que para leer a Onetti se necesita cierta experiencia en cuanto a la palabra. También es necesario acercarse despacio, a tientas y por un camino bien definido. Si eres de los que por primera vez pisa los linderos de Santa María, puedes optar por empezar leyendo los cuentos del autor.

Avenida Mayo es el germen de su literatura: la farsa como elemento sustancial, junto con la influencia devenida de su influencia Faulkneriana. La mentira discurre sin prisa, en la que la existencia del protagonista no es una sino muchas. Subjetividad y realidad habitan en completa armonía.

El héroe de este relato expresa sus fantasías, deseos y alucinaciones en un interesante discurrir de la consciencia, lo que equivale a definir un caos constante. En esto reconocemos también la cercanía de Onetti con la literatura de Joyce, respecto a la experimentación con el lenguaje y la libertad del discurso.

Y es que pareciera que Onetti trabajase sus relatos por capas, cada una independiente y con estructuras propias. Es trabajo del lector identificarlas, pero en especial discernir hasta que punto la narración es farsa o realidad.

En definitiva, los personajes de Onetti necesitan mentir. El posible Baldi es precisamente una de esas tiernas mentiras que aceptamos con agrado. Baldi es amante de las máscaras, un personaje fracasado que simboliza el pesimismo de las historias de Onetti. La inconformidad lo lleva a vivir tantas vidas como le es posible, en su afán por conquistar a una mujer. Me animo a creer que este concepto es la génesis de La vida breve, en dónde Brausen intenta huir de su pequeño departamento para vivir en la ficticia Santa María.

En este cuento es difícil saber quién es Baldi en realidad o qué parte de su historia es verdadera. Es preciso mencionar que los cuentos El álbum, Bienvenido Bob y El infierno tan temido comparten las mismas características.

¿Cómo leer a Onetti?

Soy un convencido de que ciertos libros llegan al lector en el momento oportuno. Y, cuando eso sucede, empieza la fiesta. Pero Onetti tiene un sabor distinto. Si pretendes leerlo, debes hacerlo a la vieja usanza. Con esto no quiero decir que exista una metodología estricta para leerlo, sino que hablo desde mi experiencia, con la cual pueden estar de acuerdo o no.

Si estás acostumbrado a leer como velocista, es necesario que bajes las revoluciones. Los textos de Onetti deben saborearse palabra por palabra y volver sobre ellas de ser necesario. En todo caso, prueben leyendo La casa de arena.

Un recurso que me sirvió muchísimo para acercarme a la literatura de Juan Carlos Onetti fue transcribir los párrafos que consideré importantes. Pero, ojo, no en la máquina, sino a mano.

Cuenta el escritor Eduardo Galeano que en una ocasión le comentó a Onetti que escribía a máquina y este le respondió que se estaba perdiendo del incomparable placer de escribir a mano, ya que supone pelearse con las palabras y es un acto de genuina sinceridad. Desde aquel día, Galeano no volvió a escribir en la computadora.

Si algún relato te sugiere alguna idea suelta, anótala. No importa cuantas veces te detengas, pues termina siendo un ejercicio bastante placentero. Pueden aplicar esto mientras leen el cuento Bienvenido Bob.

El posible Baldi y Un sueño realizado son dos cuentos bastante accesibles para los que inician el viaje por el universo de Onetti. Después, pueden pasar a la saga de Santa María, empezando por La vida breve y seguir con El astillero, Juntacadáveres y Dejemos hablar al viento.

Lo demás cae por sí solo.

Libros para regalar por el Día del Padre

Un libro puede ser buen regalo para agasajar a papá hoy. A continuación, te dejamos una lista de títulos que, estamos seguros, le agradarán.

Diario de invierno – Paul Auster

Esta novela autobiográfica es el diario personal del autor estadounidense, en el que repasa una serie de experiencias que avalan su existencia y que le han permitido llegar a los 64 años. Uno de los capítulos más sobrecogedores es la pérdida de su padre, en la que Auster narra como este hecho marcó su vida y su literatura.  

Patrimonio: una historia verdadera – Phillip Roth

Estas son las memorias noveladas que el autor escribió sobre Herman Roth, su padre. El amor es uno de los temas centrales de esta obra, en la que Phillip Roth muestra su lado más íntimo y entrega un bonito regalo para celebrar la vida y el vínculo irrompible entre un papá y su hijo, a pesar de la enfermedad y las dificultades.

El olvido que seremos – Héctor Abad Faciolince

La obra más celebrada del escritor y periodista colombiano Héctor Abad Faciolince. La historia narra la vida de su familia, durante su niñez y adolescencia, centrándose específicamente en la figura de su padre, el médico Héctor Abad Gómez. La novela es un hermoso homenaje al recuerdo del padre, pues como se sabe, Abad Gómez murió asesinado por fuerzas paramilitares a causa de sus posturas políticas.

La carretera – Cormac McCarthy

Esta novela postapocalíptica gira en torno al viaje emprendido por un padre y su hijo a través de un mundo arrasado por un cataclismo —el cual no se revela en la historia— que acabó con la mayor parte de la vida en la tierra. Herido por una flecha disparada por un hombre desconocido, el papá sabe que morirá pronto debido a una infección. Por ello, insta a su hijo a que continúe el camino sin él y que se comunicarán a través de sus oraciones. Una obra que atrapará al lector de principio a fin.

Carta al padre – Franz Kafka

Uno de los títulos más sombríos del escritor checo. En un principio, el texto era una carta, pero terminó siendo un libro en el cual Kafka reclama, entre muchas otras cosas, las cargas e hipocresías que su padre tuvo contra él. Sea que se trate de un libro lleno de cuentas pendientes o uno de los escritos más duros de Franz Kafka, es una de las obras trascendentales de uno de los principales narradores del siglo XX.

Luis Miguel Espejo: «Lo que necesita la educación y la producción de la industria del futuro es que las personas puedan pensar»

La lectura, ese hábito maravilloso y en constante cambio, es uno de los fenómenos más estudiados a lo largo de la historia. ¿Cuáles son sus beneficios? ¿Cómo se enfoca en las escuelas y ante los lectores del nuevo siglo? ¿Cómo se gesta el gusto por la lectura? Luis Miguel Espejo, docente de la Escuela de Edición de Lima, responde estas interrogantes en la siguiente entrevista.

Por Marco Fernández

Mucho se ha hablado, teorizado y emprendido en favor de la lectura. Pero vamos a la semilla, ¿cómo es que se despierta este hábito en los niños? ¿Dónde tiene su origen?

Los niños siempre tienen curiosidad por el mundo. Es natural en ellos preguntar por qué y también imitar, sea lo bueno o lo malo. Si en casa hay disponibilidad de material de lectura, revistas— lo que en mi época llamábamos “chistes”— o libros y, además, hay ejemplo de los adultos que leen, los niños pueden sentir esta atracción y curiosidad por esa acción. En realidad, el acto de leer en esa etapa se trata de un acompañamiento, ya sea leer un cuento antes de dormir o acompañarlos cuando tienen una tarea escolar y no entienden un texto. Es necesario comprender que hablamos de niños del siglo XX, pues a estas alturas también están leyendo en pantalla textos breves o en Youtube. Es decir, se están acostumbrando al consumo de información en movimiento.

Mencionaste una palabra muy importante: curiosidad. Digamos que esta característica lleva al niño explorar el libro y todas sus dimensiones. Pero, ¿qué pasa con ese niño que está creciendo y de pronto se topa con el libro equivocado? Como decía Daniel Pennac en su libro Como una novela, no hay libro malo sino malas experiencias que necesitan de una reconciliación.

Esto puede suceder en la niñez o en la adolescencia también. A veces uno tiene que leer ya sea por el colegio o por obligación. De pronto, el libro no cala, no entra, no corre. Recuerdo que en una conversación con Jorge Eslava saltó el tema del libro bueno, el libro malo, el lector bueno y el malo, y convenimos en lo que dices respecto a que no hay libro malo, sino un mal momento para leer. Cuando leí Rayuela tenía unos dieciocho años y me costó bastante. Pero volví a ella a los diecinueve, a los veintitrés, veinticinco, treinta y tantos y, cada vez que la leo la entiendo y disfruto mucho más. Lo mismo pasa con Moby Dick y un montón de clásicos. Una buena herramienta que pueden tener los padres y los mismos jóvenes al enfrentar una situación de este tipo es recordar, a modo de mantra: «A lo mejor no es el momento para este libro. Ya vendrá otro». Otra cosa en la que concordamos con Jorge en aquella conversación fue que, sino encuentras en las primeras páginas ese enganche para leer, no te obligues a hacerlo. Si no estás leyendo por placer, déjalo y busca otro libro. En esa búsqueda es posible que encuentres una joya insospechada. Lo importante es propiciar el ejercicio de la lectura porque activas rutas neuronales que no podrán efectuarse de otra manera. Además, el libro, a diferencia del periódico que se descarta y olvida al día siguiente de ser consumido, tiene la fascinante característica de la relectura, sobre todo si es que hablamos de literatura.

Ya que hablábamos de Pennac, recuerdo mucho los Derechos del Lector, donde dice que una persona tiene derecho a abandonar un libro si no le gusta. En los colegios, por lo general, la lectura es casi una imposición más que una actividad placentera.

La lectura por placer sería el ideal, sin embargo, es cierto que muchas veces se generan lecturas por obligación. Para poder dar un examen sobre la obra de Homero o los clásicos, necesariamente debes leerlos, no basta con ver un resumen. Y, ¡tienes que sufrir a Homero! El asunto es que, tanto Homero, como la Biblia o los clásicos son libros que fueron escritos para personas de una época específica. Lo mismo ocurre con los libros de ahora. No es fácil entrar sin acompañamiento a algunas lecturas como, sin ir tan lejos, Don Quijote de la Mancha. Me parece excelente que haya versiones adaptadas para jóvenes, pero sería oportuno que se pueda hacer una lectura del texto original de la primera y segunda parte con un acompañamiento bastante integral. No se trata solo de leer la novela, sino analizar que situación atravesaba España en aquel momento, por qué surgió ese libro, qué necesidad tenía Cervantes de acabar con las novelas de caballería, el nivel de analfabetismo en España, la alimentación de la gente, entre otros factores. Todo esto va configurando un entorno que facilita entender por qué hay ritmo en la lectura del Quijote, por qué usa algunas frases, por qué hay frases largas, las interacciones entre la narración, la historia y los personajes.  El contexto ayuda bastante a entrar en ese disfrute.

Es posible que estemos frente a una cadena de malas percepciones, de libros equivocados y momentos poco oportunos. De alguna manera, esto también influye en la percepción que un educador puede tener sobre la lectura. No se dice en voz alta, pero muchas veces los profesores no leen, entonces, ¿cómo podrían inculcar a sus estudiantes el placer y el disfrute de la lectura?

Otra vacuna que pueden inculcar los educadores y lectores adultos es que la literatura no habla consigo misma, sino que dialoga con otras literaturas. El Quijote hace referencia a las novelas de caballería. Hay superhéroes que salen de tragedias o mitos griegos. Incluso todas las telenovelas mexicanas clásicas provienen de unos cuantos de esos mitos: la lucha contra el destino, el chico que desea superar las barreras sociales, la chica que busca el amor y al final se casa y todo es color de rosa. Eso es un tópico tan antiguo como el agua hervida. Otra recomendación es leer más allá del texto, no quedarse solamente en el libro. De todas maneras, hay conexiones con otras tradiciones literarias. Por eso la literatura es uno de los pocos espacios donde los libros se reeditan tal cual. Si haces una buena traducción, sumada a una buena edición, tienes un buen libro asegurado.

Daniel Cassany menciona que más que leer, se trata de comprender. Tenemos tantas cifras en pruebas PISA y otras tantas cuestiones que nos arrojan que en el Perú no se lee mucho. Pero no solo se trata de la cifra dura, sino analizar por qué la gente no lee. Pienso que solo nos guiamos por los números para luego lamentarnos por lo que no se hace. Pero, la pregunta es al final quién arregla este problema.

Si intentásemos encontrar una solución al problema, tardaríamos por lo menos una o dos generaciones. Esto no se arregla con una ley ni con una práctica. Muchas de las cosas que faltan es información de buena calidad. Por ejemplo, estaba dictando una clase —solamente eran mujeres— y les dije a mis alumnas: «¿Cuándo fue la última vez que vieron a un hombre leyendo?». La misma pregunta me la realicé yo mismo y recordé a un hombre leyendo un libro en enero de este año. Eso puedes verlo en Buenos Aires, en Madrid, quizás en México, en un mundo de habla hispana me refiero. Pero acá en Perú eso es un poco difícil. La mayoría de los hombres aquí leen periódicos, pero si he visto a mujeres leyendo libros. Preguntarse el por qué es válido, pero se necesita data para corroborar. Sabemos que el sistema educativo está muy abandonado, manoseado y estancado. Yo siento que estamos yéndonos un poquito más hacia tiempos medievales con este abandono de la educación en general. A los chicos no se les está enseñando a pensar de forma crítica, sino que se insiste con la misma cantaleta de leer, memorizar y responder preguntas. Eso es un nivel muy básico. Lo que necesita la educación y la producción de la industria del futuro es que las personas puedan pensar. De hecho, más importante que solamente enseñar y paporretear respuestas es fomentar el pensamiento crítico en los estudiantes, es decir, enseñarles a debatir, a escuchar, a sopesar ideas, a obtener información y a discriminarla, y a formular conclusiones. Es un trabajo enorme, pero siento que no se está fomentando en las escuelas. Tengo dos hijos en edad escolar y me dejan la sensación de que están haciendo con ellos lo mismo que hacían conmigo en los años ochenta. ¿Cómo se soluciona esto? Por varios frentes. Por un lado, la disponibilidad y el acceso a los libros. Aquí en Perú todavía es caro comprar libros. Y no hablo de que se generen subvenciones, sino que se desarrolle una política integral que hiciese tanto del libro electrónico como del físico un objeto de acceso sencillo. De este modo, un estudiante de cualquier parte del Perú podría acceder a una biblioteca bien surtida, a plataformas que le permitan una lectura cómoda y completa de libros digitales. Necesitamos repensar y trabajar los temas educativos.

Martín Kohan, un escritor argentino, decía que la lectura necesita menos sermones y más actos concretos. ¿Cuál sería un acto de este tipo en torno a lectura y el fomento de esta?

Un acto concreto es que tengamos una proporción razonable entre lectores y creadores. Por ejemplo, alguna vez, cuando visité Islandia, me dijeron un dicho que data de hace muchos años: «Si un islandés no está leyendo un libro es porque está escribiéndolo». Fue sorprendente. La producción editorial en un idioma que solamente podían entender 230 000 islandeses en aquel momento superaba de lejos a la que tenía el Perú.

Algunos autores afirman que antes de ser escritor uno se forma como lector. Alguna vez escuché que, antes de formar en los talleres a escritores, se deben formar lectores que, en el futuro, devendrán en la actividad creativa.

Tú puedes tener un carpintero que, con unos clavos, un martillo y un par de sierras puede hacer algunas piezas básicas. Pero si a ese mismo carpintero le das varios tipos de martillos o diferentes tipos de madera, se conseguirá otro tipo de ebanistería, más fina o elaborada si él quiere. Cualquiera puede animarse a hacer creación en literatura, en lírica, en narrativa o en artes escénicas. Mientras más herramientas tengas, mucho mejor. Tú menú va a ser mucho más rico, mucho más grande y tu producción, por tanto, podría ser más variada o exploratoria. Entonces, mientras más tengas para elegir, mayores probabilidades tendrás para producir. Sería bueno encontrar formadores de lectores antes de, o durante los talleres de creación literaria.

Incluso, hay aspirantes a escritores que dicen que no leen porque «están buscando su propio estilo». Y, uno se pone a pensar a qué estilo se están refiriendo si no tienen un referente que pueda alimentar, justamente como usted lo menciona, esas técnicas, esos caminos exploratorios que podría tener sobre el proceso creativo.

En La tía Julia y el escribidor, el escribidor era este señor que hacía los guiones de radio para las radionovelas y que afirmaba que no leía nada para no contaminar su estilo. Si se fijan bien, el maestro Vargas Llosa presentaba el mismo estilo en todos los capítulos que le tocaban al escribidor. Entonces, todo el tiempo parecía el mismo personaje de nariz aguileña, frente amplia, actitud y serenidad en la mirada. El héroe de cada una de las radionovelas —porque cada capítulo que le tocaba al escribidor era una radionovela diferente e inconclusa— aparecía  como un personaje que era igual al propio escribidor. Un tipo de mediana estatura, con frente amplia, nariz aguileña y serenidad en el semblante. Se repetía lo mismo. Claro, tú puedes encontrar tu propio estilo. Pero, experimentar con otros estilos en algún momento dará alguna clave para forjar un estilo propio y realmente original. No por «descontaminarte» con otros escritores vas a estar protegido. Para nada. Y no hay problema si es que te salen cosas iguales. Esta famosa «cleptomnesia», en la que tú te robas algo sin darte cuenta de ello, al menos en el plano literario es natural. Es normal que si estás escribiendo algo y no recuerdas si leíste algo de Ricardo Palma o de Hemingway cuando estabas en la adolescencia, te salga una frase parecida a la de ellos. Alguien más se dará cuenta y dirá: «Oye, por acá se te ha escapado algo que tú ya tenías allá en tu arsenal y ha pasado inadvertido porque lo has escrito con tus propias manos».

Pedro Canelo: « Si bien en internet todo es inmediatez, la crónica tiene un atractivo para generar públicos en el ámbito digital»

Periodista del diario El Comercio y docente en la Escuela de Edición de Lima, Pedro Canelo se prepara para iniciar el curso de Herramientas Periodísticas, en el cual abordará los distintos géneros periodísticos y otros puntos importantes en la formación de los redactores. Descubre los detalles en la siguiente entrevista.

¿En qué consiste el curso de Herramientas Periodísticas que dictarás en la Escuela de Edición de Lima?

Tiene una base en la redacción, como la mayoría de los cursos relacionados al periodismo escrito, en el sentido de dar un estímulo y refuerzo a aquellas personas que tienen dificultad para comunicarse con mayor propiedad en ese ámbito. Al utilizar el término “periodísticas” le da un margen distinto a la materia, pues la vincula con los géneros periodísticos como la crónica, la entrevista o el reportaje. También tiene que ver con los criterios periodísticos, cómo que es noticioso y que no lo es; en este mundo de redes sociales, por ejemplo, identificar lo que pertenece al mundo público y lo que es privado. A partir de la segunda y tercera clase nos concentraremos en los géneros periodísticos, qué es la crónica, qué es la entrevista, qué es la columna de opinión, que es el periodismo informativo —que es mucho más directo y concreto—, qué es el periodismo interpretativo — que tiene que ver con lo narrativo y la crónica—. Esa es la idea del curso: darles a los alumnos las herramientas necesarias por si es que alguno de ellos desea incursionar en el ámbito impreso o digital del periodismo.

El periodismo, de alguna manera, ¿influye en aquellos que tienen una inclinación más literaria? Digamos que las herramientas que usted menciona podrían propulsar ese gusto en el alumno.

Sí, sobre todo si hablamos de géneros como el reportaje o la crónica, que tienen una base más narrativa y de amplio desarrollo. La literatura de no ficción, relacionada con el nuevo periodismo, definitivamente dota de herramientas para una formación integral vinculada a lo netamente literario. El nuevo periodismo es casi primo hermano de la literatura y al hablar de ello me refiero específicamente a la crónica, que es uno de los temas de mayor desarrollo en el curso.

Y si hablamos de nuevo periodismo quiere decir que en el curso revisarán a diferentes autores de esta corriente.

De todas maneras. Cada profesor y profesora tiene su cartera de autores inevitables. Yo también los tengo, como Juan Villoro, Martín Caparrós, Gay Talese, Norman Mailer, Tom Wolfe, Leila Guerreiro, Jon Lee Anderson, entre otros, sin dejar de mencionar al pionero, Ryszard Kapuściński. Todos ellos serán parte del acompañamiento en las clases, sin ninguna duda.

¿A qué hacemos mención cuando nos referimos a «herramientas periodísticas»?

Significa darle al estudiante todas las capacidades para que conozcan y puedan explorar el periodismo escrito o la escritura dentro del periodismo. Una herramienta puede ser la aplicación de un criterio periodístico para escribir, la identificación de la noticia o el momento preciso para aplicar las normas del periodismo informativo o en qué momento apelar al periodismo interpretativo — la crónica, la columna de opinión—. Para mí es importante inculcar en los alumnos estas capacidades. Hablar de herramientas es referirme a capacidades. En esa mochila de herramientas encontrarán criterio periodístico, sentido de la noticia, conocimiento integral de los géneros periodísticos, identificación de los distintos tipos de periodismo, entre otras.

En su experiencia, profesor, ¿cuál es el género que más le apasiona?

Definitivamente la crónica. Es curioso porque yo tengo poco más de veinte años dedicado al periodismo y la crónica estuvo muy presente en mis inicios. Luego, exploré otros géneros, como la entrevista. Pasé cinco o seis años realizando diversas entrevistas y casi una década dedicado íntegramente a elaborar columnas de opinión. Hoy en día estoy volviendo al camino de la crónica, como una especie de retorno a mis inicios. Creo que, en este tiempo digital, en el que se gesta un periodismo muy inmediato, debemos reforzar en los nuevos periodistas la posibilidad de que escriban crónicas. Si bien en internet todo es inmediatez, la crónica tiene un atractivo para generar públicos en el ámbito digital.

Mencionó el tema digital. Eso me lleva a pensar, en tiempos de inteligencia artificial, ¿supone un complemento al trabajo periodístico o una amenaza?

Puede ser una herramienta de complemento en cuanto a búsqueda de información. Quizás nadie lo dice, pero cuando se habla con un poco de horror sobre la inteligencia artificial, cabría preguntarse quien no ha entrado a Wikipedia para ubicar algún dato. Suena políticamente incorrecto o poco intelectual decirlo, pero todos lo hemos hecho. Por ahí podría darse el uso, pero no creo que suponga la sustitución de la labor. De repente para algunos géneros, como la nota informativa. Un ChatGPT puede elaborar una información que diga «Dina Boluarte declaró que el gobernador de Ayacucho le prestó un reloj», pero lo que no podría hacer es una crónica de guerra vivencial en Ucrania, no puede hacer una buena crónica acerca de un mundial de fútbol, no puede elaborar una crónica del concierto del Grupo 5. Puede intentarlo, pero no podrá competir contra un profesional que tenga estas herramientas y la formación de periodismo literario. Es un complemento, pero sobre ello debemos fomentar géneros como la crónica, la columna de opinión y la misma entrevista. Quizás el ChatGPT puede reemplazar lo inmediato, pero lo demás no.

¿Para quienes está dirigido el curso de Herramientas Periodísticas que dictará en la Escuela de Edición de Lima?

Es un curso que tiene dos tipos de público. En primer lugar, para aquellos profesionales directamente interesados en el periodismo escrito, pero también para quienes están llevando un curso integral en la Escuela de Edición, donde los módulos son multidisciplinarios, según lo que revisé hace algún tiempo. Sin embargo, siento que mi curso será un complemento o una posibilidad de desarrollo para ampliar el espectro de las distintas posibilidades que se tiene para redactar un texto. Es un curso base para los directamente interesados y si son alumnos del curso integral, que a lo mejor no están muy motivados con ello, haré todo lo posible para que se interesen desde la primera clase.

Coordina tu participación en el curso dando clic aquí.

Cinco libros para conocer la obra de Bret Easton Ellis

Conocido como el enfant terrible de la literatura estadounidense, la obra de Easton Ellis ha sido traducida al menos a 27 idiomas y refleja la decadencia moral y espiritual de una sociedad norteamericana que parece caminar hacia el abismo. Hoy, el escritor cumple sesenta años. Si aún no lo has leído, te dejamos cinco libros con los que puedes empezar.  

Menos que cero (1985)

Novela con la Bret Easton Ellis debutó en la escena literaria. Se convirtió rápidamente en un best seller y refleja el primer esbozo suburbano que marcaría sus trabajos posteriores.

La historia narra el regreso del joven Clay a Los Ángeles, para pasar las vacaciones de Navidad. Allí se encuentra con Blair, su exnovia, quien lo envolverá en situaciones cargadas de alcohol, drogas y viejos amigos.

Si bien esta novela obtuvo críticas negativas —debido «a la prosa fría del autor, así como por el sensacionalismo de muchas escenas»—, hoy en día es tomada como obra de culto en muchos círculos de lectores.

American Psycho (1991)

Considerada como la obra maestra Easton Ellis, es su trabajo más controversial, debido al alto grado de violencia que contiene. Seguro la recuerdan por la adaptación cinematográfica del año 2000, protagonizada por Christian Bale y Willem Dafoe.

Aunque la novela es una crítica mordaz a los efectos del capitalismo, la forma en que se describen los crímenes del protagonista hizo que la historia tuviese otra lectura por un gran sector de lectores, quienes censuraron al autor.

Patrick Bateman, banquero de Manhattan, debate su vida entre los lujos y el éxito de Wall Street y los asesinatos que comete por las noches. A través de monólogos, Bateman describe y crítica la superficialidad de la vida neoyorquina, así como otros aspectos de la clase alta.

Lo interesante es que estos monólogos se ven interrumpidos por el mismo protagonista para dirigirse directamente al lector y criticar a artistas de la música pop de finales de los 80. La novela mantiene un alto grado de ambigüedad, debido a las contradicciones que presenta el narrador.

Compleja, violenta y de una técnica narrativa deliciosa, American Psycho supone un reto para cualquier lector curtido o principiante en lides literarias.  

Glamourama (1998)

A diferencia de sus primeros trabajos, el autor utiliza aquí una trama para narrar la historia. La novela es una crítica a la avaricia, la obsesión por la belleza y al consumismo de las celebridades. Como es característico en Easton Ellis, también encontramos altas dosis de violencia y humor negro.

Víctor Ward, mánager de un club nocturno de Nueva York, pasa sus días organizando la inauguración de un nuevo local y verificando que todas las celebridades que invitó asistan al evento.

Un día, Ward recibe la llamada de F. Fred Palakon, un misterioso personaje que se encuentra en busca de su exnovia. De este modo, Víctor Ward se involucra con una red de terroristas que fingen ser estrellas del mundo de la moda para pasar desapercibidos.

Como dato curioso, en esta novela desfilan personajes del universo literario de Bret Easton Ellis, como Patrick Bateman de American Psycho.

Lunar Park (2005)

Esta es, quizá, una de las mejores novelas del autor y una gran mentira. En ella, Easton Ellis narra una biografía ficticia de su propia historia.

En esta rama alternativa, el escritor Bret Easton Ellis tiene un hijo y le llega la fama cuando todavía se encuentra estudiando en la universidad. Fiestas glamourosas y millones de dólares llenan sus días, hasta que el protagonista decide poner punto final a esa vida y empezar de nuevo.

Afincado en un barrio residencial de ensueño junto a su familia, en una noche de Halloween, Bret Easton Ellis cree ver a uno de sus personajes más temibles conduciendo un auto y alguien le dice que una muñeca en su casa ha cobrado vida.

Las cosas van a peor cuando se entera de que una serie de asesinatos de niños de la edad de su hijo han ocurrido cerca de su casa. Sin duda, una novela en la que ficción y realidad se mezclan para borrar la existencia del propio autor.

Blanco (2020)

Luego de haber transitado por el universo literario de Bret Easton Ellis, aterrizamos con este libro en sus memorias, despojado de técnicas y engaños narrativos. Es decir, el autor al desnudo.

El libro recorre su infancia, su controvertida carrera literaria, así como los personajes y hechos ocurridos entre los 60 y 80 que marcaron su vida. Sin embargo, el libro no permanece únicamente en la orilla del recuento de experiencias.

A través de estas, Easton Ellis realiza una crítica al presente, especialmente a la autocensura impuesta por la sociedad, preguntándose cómo es que llegamos a este punto, a lo largo de los años.

La cocinita editorial. Analizamos «Lumen Christi», un cuento de Marco Fernández

No es lo mismo editar que corregir, y este espacio propone demostrarlo. Aquí, a partir de algunos textos cortos e inéditos de ficción y no ficción, nos ejercitaremos en la identificación de vicios retóricos y argumentativos dentro de cada párrafo. Todos están invitados a participar con sus publicaciones.

Por Carlos Chávarry Valiente

Resumamos lo que se va a encontrar aquí: un relato de ficción que, si bien tiene un inicio un tanto intrincado, se vuelve interesante conforme se desarrolla hasta llegar a un cierre certero. Esto último, el cierre, es lo que más justicia le hace al texto en sí, algo que explicaremos más adelante. Su autor, Marco André Fernández Risco, es comunicador, escritor ─ha publicado Escala de grises, un libro de cuentos─ y exalumno de la Escuela de Edición de Lima. La versión original se puede encontrar aquí.

Lumen Christi

Las campanas de la iglesia repican inquietas. El resueno recorre los tejados en ruinas y desciende entre las callejuelas y la plaza dormida. Vencida la noche, se apodera del cielo un claroscuro; pronto alzarán vuelo las tórtolas, cantarán orgullosos los gallos galponeros y las campiñas recibirán el baño cálido del sol.

Junto con una ventisca, las campanadas penetran las entrañas de una de las tantas casas del pueblo de Orupe. Sobresaltada, Artidora abre los ojos. Le sostiene la mirada un cristo agonizante y de frio yeso que pende de una cruz, un poco más descascarado que ayer, pero con la divinidad intacta. Aparta el cobertor, se calza un par de chancletas, enciende una vela y la coloca sobre un pequeño altar. Junta sus manos y cierra los ojos. El viento se fortalece, como si alguien soplase a pulmón salido. La flama alumbra los pies del crucificado y provoca una penumbra tenue bajo los filos de unas estampitas.

Hilachas de agua se deslizan entre las grietas de sus mejillas. Se acomoda los rizos prietos, no hay mucho que embellecer en aquel rostro, en el cual caben todos los gestos, menos la sonrisa. Artidora sale del baño, hacia su habitación. Apoya la mano contra la pared; avanza, avanza, cada paso requiere su propio esfuerzo. Avanza, avanza, y la distancia entre ambos cuartos parece la de dos continentes.

La mañana ha tomado forma. Vientos recios mecen las copas de las palmeras que adornan la plaza. Se agitan las ropas de los tendederos y las ventanas se estrellan contra sus marcos. El canto de las pregoneras anuncia la salida de las primeras remesas de pan, los cuencos rebalsan de leche fresca y aparecen los primeros caminantes. Las campanadas de la iglesia resuenan otra vez. En el cuarto de Artidora, la llama de la vela es ya una lengua robusta. Nada que esté fuera de aquellos muros tiene sentido para ella. Es que el padre Humberto dice que solo un corazón silencioso y desentendido del mundo es capaz de escuchar al Señor. Pero, a veces se le olvida que creer en Dios supone también aceptar sus silencios.

El comentario

Es cierto que en un texto de ficción el autor puede permitirse enriquecer los detalles del contexto de los personajes todo lo que desee, y también es cierto que tiene licencia para alargar la introducción, pero en este caso específico ─y desde una apreciación muy subjetiva─ nos resulta demasiado extensa la enumeración de lugares. No es una regla en sí, pero muchas veces la descripción minuciosa ayuda a hablar de espacios inesperados o que cobrarán relevancia más adelante en el relato. Aquí, sin embargo, no parece cumplir esa función y, por el contrario, distrae de lo que debería ser un inicio poderoso que invite al lector a continuar. De hecho, cuesta identificar que se va a contar la historia de alguien llamada Artidora.

Para entender lo anterior, lo de cómo retratar lugares de manera puntual, utilizaremos un texto de no ficción ─queremos evitar comparaciones innecesarias─ de Martín Caparrós, quien tiene una frase bastante conocida con la que reseña un lugar tan árido y monótono como una metalúrgica: «Aquí, ahora, en este espacio enorme gris espeluznante hay rayos, fuego, truenos, materia líquida que debería ser sólida: el principio del mundo cuarenta y cuatro veces al día. Aquí, ahora, en este espacio de posguerra nuclear hay caños como ríos, las grúas dinosaurias, las llamas hechas chorro, sus chispas en torrente, cables, el humo negro, azul, azufre, gotas incandescentes en el aire, el polvo de la escoria, las escaleras, los conductos, los guinches como pájaros monstruosos, olor a hierro ardiendo, mugre, sirenas, estallidos, plataformas, calor en llamaradas, las ollas tremebundas donde se cuecen los metales». Uno lee esa descripción y prácticamente se puede ver la planta de fundición. Lo mejor es que el cronista argentino solo ha necesitado unas cuantas palabras para llevarnos a esa imagen.

Bloque 2

Artidora lleva varios días sin pronunciar palabra y contemplando únicamente la mirada moribunda de Cristo. Menea la cabeza y aprieta los dientes.

—Zambo so coudo, dice, casi en un susurro.

Un campanazo retumba en la habitación y ella se persigna tantas veces como puede. Le resulta imposible controlarse al pensar en su esposo Evaristo. El fuego de la vela continúa hinchándose, como si las plegarias y el recuerdo lo alimentasen. <<Zambo so coudo>>, piensa Artidora, tras concluir una salve por tercera vez. Es que su esposo no solo era un “so coudo”, sino “el cojudo”. Y, según ella, a los cojudos pertenece el reino de arriba.

Era un zambo de cabello blanco y rizoso, labios anchos, patilargo y de lomo encorvado. Un hombre hecho para el domingo, como solía decir el padre Humberto. Lo que nadie entiende es como un tipo de su talante tuvo tan mal ojo al momento de escoger una esposa. Pues, Artidora no solo tenía malgenio, sino que, además, era santera.

En un cuartucho, cerca de la plaza, Artidora recibía a los consumidos por el susto, el mal de ojo, o cualquier otra dolencia en el espíritu. Venían a buscarla de todos los rincones de La Milla: madres con niños llorones, solteras de pelo teñido, hombres sin trabajo que apestaban a mala suerte; avariciosos o bienechores, todos eran bienvenidos. Los que vivían cerca de aquel lugar aseguraban que la calle olía a flores rancias y que la santera acumulaba cuyes muertos en un corralón. A mitad de la noche, hacía una hoguera a las afueras del pueblo y quemaba los restos. Pese a todo, nunca se oyó decir que alguno de sus métodos fallase.

El comentario

En contraposición a los párrafos de inicio, con este bloque el autor ya entra de lleno a explicar la situación de los personajes principales, y lo hace de manera muy simple y precisa ─es decir, efectiva─. Se puede notar claramente la estructura que Marco André ha seguido: primero ─y con cierta dosis de humor─ explica los pensamientos de la protagonista Artidora, los que a su vez llevarán a la presentación del segundo personaje importante de la historia, Evaristo, para luego explicar el vínculo entre ambos y, en especial, el contraste que ellos representan ante los demás. En otras palabras, el autor concatena la información de una manera calculada pero nada forzada: todo en ese bloque fluye con naturalidad.

En este punto hacemos un pequeño salto dentro del texto ─la parte donde se explica cómo se enamoraron ambos personajes, y que también está narrada con propiedad─ para ir hacia lo que será el primer conflicto de la historia, el nudo que, a su vez, llevará a uno más grande.

Bloque 3

Una noche, mientras cenaban, Evaristo le pidió a su esposa que conversaran. Ella accedió de mala gana. Esperaba a un muchacho que aseguraba ser víctima de envidias y le había prometido una buena paga si lograba apartarle esa vibras. Evaristo siguió a Artidora hasta el cuartucho. Olía a hierbas, tierra húmeda y canela. Una bombilla pálida alumbraba el espacio y de las paredes colgaban santos y ángeles de rostros calmos y afeminados. Sobre un pequeño altar, dos cráneos eran velados. Artidora se sentó en un banquito y vertió un líquido amarillento con pétalos en una batea.

— Negita, quieo que tú me acompañe a misa, dijo Evaristo.

— ¿Qué tu tá loco?, mira, yo no te jodo con tu vaina de la glesia, no venga a moletame tú a mí, respondió Artidora y movió la batea para que se mezclasen las aguas.

—Pero, Doita, tienes que hablá con diosito pue, pa que sigas cuando a tus enfemitos y salves tu almita, dijo Evaristo e intentó acariciarle la mejilla. Ella lo apartó, dándole un manotazo.

—¿Y tú qué piensa? ¿Quel padecito ese va hace el milago? No seas buro, zambo so coudo. Acá la cosa es suelte, y lo que quiea la fotuna, no me venga con tonteas, dijo Artidora.

—Vamo pue negita, mira que no me guta que la gente hable mal de ti, pue, dijo Evaristo.

—Me impota tes pepinos ¿Qué haces caso tú, zambo coudo? Tú tas casao conmigo, no con la gente, respondió Artidora y tocaron la puerta.

¿Y si lo hubiese hecho tal como Evaristo decía? Artidora junta sus manos y agacha la cabeza. Solo necesita un milagrito. La flama baila al paso del viento que mece las cortinas y las estampas del altar. Las campanas otra vez. Artidora se levanta. Avanza, muy despacito, avanza hacia la ventana, segura de que algo sucede afuera.

Evaristo insistió. Ella lo amenazó con ponerle agua de raíces en su café, si no dejaba de hostigarla con eso de que fuese a la iglesia. Además, los domingos dormía hasta pasadas las ocho y las consultas de la semana la dejaban cansada. En cambio, Evaristo se vestía de gala ni bien amanecía. Un saco raído, una camisa amarillenta, que en algún tiempo debió ser pulcra y brillosa; un pantalón con tantas costuras como cicatrices tiene un acuchillado, y un par de zapatos de cuero opaco. Antes de salir, se acercaba a Artidora para darle un beso en la mejilla.

—Quita, quita, zambo fatidioso. Ande a baré la glesia con el cua, decía Artidora.

—Ahí te voa llamal, mi negita mocha, mocha, respondía Evaristo.

El comentario

Si seguimos la línea estructural del relato, notaremos que el autor introduce con equilibrio un diálogo ─quizá un poquito extenso─ para dar luces sobre el conflicto que servirá de telón de fondo de todo lo que se viene: la protagonista no solo se niega a ir a la iglesia a causa de sus creencias, sino que ─y aquí Marco André lo sugiere de manera muy sutil─ desprecia a su esposo por tenerlas y no obtener nada tangible ─rentable, un beneficio económico─ de ellas. Con este bloque, el autor muestra las motivaciones psicológicas y espirituales de Artidora y Evaristo sin necesidad de dar descripciones abstractas o subjetivas. Es decir, deja que los personajes se expliquen con sus propias palabras y reflexiones, algo que los lectores siempre agradecemos.

Otro detalle clave: el autor hace mención a la presencia de velas encendidas a lo largo del relato, y no dejará de señalarlas casi-como-quien-no-quiere-la-cosa, lo cual es muy importante porque, en algún punto, esas velas flameantes tendrán un efecto impredecible dentro de la historia. Ese recurso, que aquí está muy bien manejado al mantenerse constante en el texto sin ser demasiado ostentoso, también ayuda a que el lector visualice los ambientes donde se desenvuelven los personajes.

Por otro lado, si bien se entienden los intentos de realismo en el habla de los personajes, como autores también debemos ser cautelosos para no resultar machacantes y agotadores. En esa línea, es posible pulir el estilo que tiene Artidora y Evaristo para comunicarse y no insistir tanto con el recurso de recortar las palabras: este, al final de cuentas, no es más que un truco para que las frases suenen realistas, pero se requiere utilizarlo con precaución, pues de lo contrario hasta podría parecer que nos regocijamos en los estereotipos, lo que nos haría perder la autoridad necesaria como narradores ante el lector.

Bloque 4

Sin su compañero, Artidora terminó consumiéndose. No le quedaban fuerzas para responder a quienes la culpaban por la muerte de Evaristo, especialmente a los que aseguraban que Dios lo había premiado arrancándolo de su lado. Acudía a la iglesia todas las mañanas, pero al igual que ahora, no sabía cómo dirigirse ante los santos o a la más simple de las estampas. Cogió sus ahorros y compró la imagen del crucificado. Pensó que a Evaristo le hubiese gustado tener a su jefe en casa. A lo mejor, de ese modo aprendería a rezar y todo sería más fácil. Y, así continuó, hasta que la artritis devoró sus fuerzas.

Las campanas, repican, repican, repican.

¡Mochita, mochita! Sal, Doita, sal que tenemos que rezal a papalindo.

Y comprende que, mientras viva, tendrá que consolarse con esas campanadas, imaginando que es Evaristo quien la llama, ese hombre que solo buscaba salvarle el alma y enseñarle a conversar con Dios. Repican, repican, repican las campanas. Artidora junta las manos, “esponde, dioito”. Y, con esa sola esperanza, Artidora se persigna. Es un bonito día.

Sal, Doita, sal que tenemos que rezal a papalindo.

La flama de la vela ha consumido al crucificado, las estampitas, el altar y llega hasta la cama.

 El comentario

Aquí hacemos otro corte en la historia y nos vamos hasta el último bloque de párrafos. El recurso de apelar a frases sueltas de una sola línea ayuda muchísimo para graficar los picos que afloran en la conciencia de Artidora: no necesitamos saber todos sus pensamientos, solo aquellos que la torturan y la hacen arrepentirse de su forma de ser (y querer). De la misma manera, y luego de tener párrafos de varias líneas, el autor recurre a un cierre de una sola frase, corta y directa, lo que le da fuerza a la historia porque sugiere lo que sigue a continuación, y al mismo tiempo le otorga elegancia, porque ya no necesita narrar más de lo necesario.

Solo para terminar, una sugerencia que podría servir al autor es que intente recortar sus frases: sus historias ya son lo bastante potentes como para distraer al lector con párrafos largos. Mucho de lo que narra se podría escribir en corto, con economía de palabras. Esto le ayudaría a darle mayor énfasis a la composición de sus oraciones. Si Marco André Fernández hiciera este ejercicio, el texto original podría ahorrarse entre una página a página y media, aproximadamente.

Hasta aquí llegamos con el análisis del relato. Los invitamos a que ingresen al texto completo (el link está al inicio de esta página) para que puedan leer la versión original sin pausas.

No olviden que siempre pueden enviar sus publicaciones de ficción y no ficción para someter sus primeros párrafos a este breve ejercicio de edición. El correo de recepción de sus textos es noticias@cdeyc.com. Pueden enviarlos con sus nombres propios o seudónimos. Nuevamente, están todos invitados a participar, sea cual sea la edad y profesión.

Muchas gracias por la confianza. Revisa el ejercicio anterior: La cocinita editorial. Analizamos «Ceremonia», un cuento de Ana Akamine.

Una reseña sobre «Estos ensayos no tienen principio ni fin. Textos para perder la orilla sobre la obra de Jorge Eduardo Eielson», de Pamela Medina

Cesar Augusto López, docente del Centro de Desarrollo Editorial y de Contenidos, nos presenta una interesante reseña sobre la obra de la escritora Pamela Medina, quien a través de cinco ensayos intenta profundizar en la obra del poeta Jorge Eduardo Eielson.

Por Cesar Augusto López

Sin temor a equivocarnos, con las vanguardias, la pretendida relación directamente proporcional entre lenguaje y realidad fue puesta en cuestión de mil maneras. En ese sentido, la idea de representación o mímesis, en el burdo sentido de la imitación de la realidad fue minado, hecho trizas, porque se reconoció que los artistas siempre realizan variaciones con el material de sus producciones. La palabra, la pintura, la piedra, la madera, entre otros, y sus distintas junturas, serían suspensiones selectivas en torno a la inasible realidad. El arte no repetiría a las cosas ni serviría a fines políticos, tal como Platón indicaba, con no poco desprecio, sino que por su libertad pondría en tela de juicio una diversidad de cuestiones entendidas como inconmovibles. La fundación del arte moderno se ciñe a la expresión del artista, a su independencia y a la liberación de su práctica.

Sobre la base general que acabamos de explicar, intentaremos atender y entender el conjunto de trabajos, sobre Eduardo Eielson, que desplegaría Pamela Medina en Estos ensayos no tienen principio ni fin (Ediciones MYL, 2022). Valga aclarar que, fuera de los cinco textos, se cuenta con una presentación, agradecimientos y la respectiva bibliografía. En primer lugar, es importante destacar la factura del libro con su clara aspiración a ser un libro objeto y, por ende, un hecho estético. Sin duda, hubo un trabajo arduo en la construcción del mismo y el mayor valor del mismo tiene que ver con lo osado de su presentación en un espacio acostumbrado al academicismo como dejaría entrever la autora (p. 12). En otras palabras, el libro se revelaría ante la imposición o anquilosamiento de la formalidad universitaria, en resumidas cuentas. Definitivamente, esto se consigue con la forma del libro y con creces. Quizá ese es el objetivo principal del conjunto, tal como se anuncia en un epígrafe, tomado de Maurice Blanchot, en el que se menciona la relación entre lealtad metódica y claridad en los objetivos del libro. En otros términos, lo disruptivo o subversivo del libro tenga que ver con su forma como principal punto de apoyo a su crítica contra las limitaciones de los academicistas.

En el aspecto más saltante, Estos ensayos no tienen principio ni fin cumple con su razón de ser. No obstante, el contenido del texto adolece de ciertos principios básicos para abordar la obra de Eielson, tal como se lo propone o como pretende seguir en una expansión de la lectura y no de la literatura (p. 11). Así, se abandona el arte literario por un fin en que la letra desbordaría sus límites hacia otros campos de comprensión. Si la forma del libro clásico es desbordada, la cuestión de la letra no consigue compaginarse con ese deseo, desde la discusión que propusimos al inicio de nuestra reseña. El peso de la representación, como premisa de reflexión, de una u otra forma, vencería. Pero citemos in extenso:

El problema de expandir la lectura, y no de expandir la literatura, es que, en la relación entre la obra de un autor y su estudioso, o entre el lenguaje y el metalenguaje, solo nos hemos fijado en cuarto que el creador desordena, pero no en los pasos que intentan recomponer ese desorden que antes era orden o de ese orden que antes era desorden […] dudo mucho que la compleja obra de Eielson sea solo un objeto de estudio o admiración. Es, en realidad, la forma de entender un problema, que afecta a nuestros modos de leer y comprender… (pp. 15-16)

Fuera de lo enrevesado que puede ser el pasaje citado —no es el único, ya que el texto está plagado de muchos de estos y bastante oscuros, sobre los que faltó, con certeza, trabajo de edición—, queremos enfatizar que Medina busca reconstruir un proceso creativo que, al parecer, no ha sido tomado en cuenta. Sus ensayos, según entendemos, atienden al meollo del caos previo al objeto estético «eielsoniano». Sin embargo, aquello que se desprendería de su propuesta no va más lejos o no nos descubre nada en torno a los productos artísticos, puesto que son formas de entender o atender problemas y afectarían nuestra cognición; nuestra percepción del mundo. El arte, hace mucho tiempo, anda desprendido del ánimo cientificista o de la contemplación griega; el arte es en sí mismo una dimensión crítica por la exploración de sus materias, los cuales, en su ordenamiento estético, pondrían, inevitablemente, en tela de juicio la realidad.

Lo que acabamos de decir, es que el texto aún depende de una mirada conservadora del arte, porque incluso emplea la palabra «estético» como bello (p. 24) y no como sentir. De aquí nuestra observación inicial y nuestra concordancia con Eielson, más que con su estudiosa. A partir de lo mencionado, es posible que el lector pueda sentir una clara tensión en el discurso y en el proceso argumentativo de los ensayos, pero esto no tiene que ver con la obra del artista estudiado, sino con los límites de fondo que son el punto de partida del contenido del libro. Tenemos expuesta una visión poco problemática del arte y un autor que problematiza el mismo, pero desde los campos estéticos que transita.

Por este motivo, bajo su condición de entendimiento, la autora piensa el poema como ecuación (p. 33), a sabiendas de que la existencia de esta última parte del reto de la resolución. No se plantean problemas matemáticos para no convertirse en retos de explicación, contrario al poema que no anda interesado en ello. Al fin y al cabo, la palabra poética «no crea ni ordena o media, al contrario, permuta, desarma, confunde y escamotea lo que representa» (p. 26).

Repetimos que ni siquiera representa, en consonancia con la premisa de esta reseña. Incluso, se afirma que la poesía sería un puente entre matemática y lenguaje (p. 40). Podemos estar de acuerdo, pero también sucede lo mismo con otras disciplinas estéticas e, incluso, no estéticas. Se matematiza la poesía en el ensayo, pero ¿no será que la matemática se poetiza en realidad como se podría hacer lo mismo con la economía o la química? Hasta donde puede llegar nuestro entendimiento, el poema trastoca realidades, más que lo inverso. Cuídese, lo que afirmamos, de que las ciencias no tengan un grado de poeticidad, una estética particular. Eso también es obvio, por la necesidad de la metáfora en su explicación de realidades complejas.

Otro de los asuntos que se abre a la problematización en el libro es el estatuto de lo ontológico y su localización en la poética de Eielson (p. 53). Este tema requiere una batería potente de explicaciones y justificaciones, las cuales no se presentan. Por ende, el proceso interpretativo acumula una gran cantidad de términos y usos que pueden confundir al lector por la velocidad y poca minucia con las que se presentan. Incluso existe una confusión conceptual cuando se menciona al demiurgo, artesano por excelencia, y se le coloca como inferior a un editor, el cual se presenta con el mismo estatuto de aquel que trabaja de cerca con su material para, casi inmediatamente, saltar hasta el poeta como programador. Medina explica así: “Difícilmente, el poeta demiurgo podría ver sus poemas como siluetas sobre el papel o sus versos teñirse de amarillo” (p. 54). Al parecer, se nos presenta un demiurgo poco dispuesto a la labor manual cuando es todo lo contrario, si revisamos un poco el Timeo. Pero podemos estar equivocados, el asunto de fondo es que la ensayista no coloca una referencia a su afirmación, lo cual nos permite discrepar con ella.

En el tercer ensayo, sobre la novelística del autor, o el ensayo cuatro, sobre la corporalidad o la propuesta final, sobre la ensayística eielsoniana, siempre se rodea el asunto ontológico no sin ciertas contradicciones básicas, ocasionadas por un punto de vista clásico contra una clara exploración de las formas, tanto en el libro como en su razón de ser, la creación de Jorge Eduardo Eielson. Esto implica que, para cuestionar rotundamente un estamento, entiéndase el intelectual o, peor aún, el intelectualista, es necesario demostrar un manejo solvente de sus limitaciones; unas que ya fueron apuntadas a inicios del siglo XX, pero que Medina parece no reconocer como verdadera fuente de su postura y que solo roza de vez en vez.

Bajo lo mencionado, las oscilaciones o lo indecible de los ensayos no sería producto de un desprendimiento y riesgo interpretativo, sino las tensiones que se generan por no cruzar bien a la otra orilla de lectura que se nos propone. Vaste indicar la consideración de que la matemática (!) corporalizaría a la poesía (p. 54). Idea muy polémica, pero que no sería sospechosa, si hubiera un buen punto de partida en contra de la tradición representativa (término que se repite mucho en el quinto movimiento del libro) y jugara como Eielson hacía con la palabra. De esta forma, no encontraríamos una conclusión final que brilla por ser evidente (p. 155), sino una que se encuentre a la altura de la conformación material, muy elogiable, del conjunto de ensayos que el lector, más que nosotros, sabrá juzgar.